Ver llover, un cuento de Julio César Mazo Gonzalez


Concluí que esos eran los pensamientos de un tipo que llevaba demasiado tiempo solo, ajustado a la sospechosa alegría que pueden provocar los libros, con sus simulacros de sueños y consuelos. 
Julio Paredes

Cuando le dije lo que le dije, cuando confesé, por primera vez, que la experiencia que tengo de esta ciudad comenzó con las palabras de un hombre fastidiado y simple, su reacción no pudo ser otra. Digamos que le sorprendió que un hombre como yo, cuya apariencia es la de un viajero incansable, jamás hubiera dado un paso, después de tantos años, fuera de su propia casa.
–Pues sí señorita, así fue como comenzó todo esto –le dije queriendo ignorar su rostro, olvidando quizás que esa sería la única expresión posible ante mis palabras. –Lo primero que supe fue que esta Bogotá era tan fría como la destemplanza interior de la abstinencia –entonces me detuve, no solo porque me sorprendiera el hecho de haber guardado en mi memoria estas palabras, sino porque noté la incomodidad de ella al ignorar por completo lo que le decía–. Sí, fue en una carta de Burroughs, una en la que describe mejor que nadie esta ciudad, incluso en eso de una ciudad triste y sombría, es más, creo que nadie pudo decir algo mejor –de nuevo guardé silencio, esta vez por el simple placer de repetir en mi interior aquellas palabras que hace ya tantos años me llevaron a conocer mis calles desde un sillón. Sí –sentencié como si me encontrara ante un juzgado– así comprendí que no hay nada afuera que desde aquí no pueda conocer.
A pesar de su confusión no pude detenerme, simplemente seguí, me perdí en razones mediadas todas por el eterno aburrimiento de la soledad. Ella me miraba, queriendo atrapar algo de todo ese tránsito de palabras, queriendo capturar, desde su ingrata posición de periodista, la razón de tanto silencio. En cuestión de minutos le conté mi corta vida, lo que vale la pena, solamente el tiempo que he pasado aquí. Comencé, como ya lo he dicho, por la carta del hombre aquel que por razones que ahora no importan terminó en esta Bogotá de grises. Le pregunté si no creía innecesario y peligroso que tantos caminaran estas calles, si no estaba de acuerdo conmigo al pensar que lo mejor es que otros se despedacen afuera, para que así el resto, los que permanecemos, podamos contar sus historias, si no era apenas lógico leer en el rostro de estos barrios un fatal anuncio, sobre todo si tenemos en cuenta sus nombres, que son como advertencias: Las Cruces, Los Mártires, La Soledad,  Babilonia, La Fiscala, El Retiro, y otro centenar que lo único que hacen es recordar al pasante su fragilidad. Tras las cruces vienen los mártires señorita, no le parece suficiente, pues a mí sí, y aun si esa fuera mi única razón me sentiría igual de satisfecho de hacer lo que hago, de estar sentado leyendo un mundo al que no le cambian nada más que los nombres, escribiendo día y noche las guías que a usted tanto interesan.
–Lo más difícil de mi trabajo… haber, déjeme pensar –la pregunta era difícil, no solo porque jamás consideré mi ocupación como un trabajo, ni siquiera creo que haya en ella algo excepcional, sino porque me resulta tan natural  hacer estos mapas y escribir estas líneas que entregarles semejante rótulo era también quitarles todo su encanto. –La verdad señorita –me decidí a contestar después de un largo silencio– creo que en lo que hago no hay nada difícil, y estoy tan seguro que la invito a probar, solo necesita paciencia y la perspicacia suficiente para entender que la nuestra es una ciudad terriblemente inmodificable –guardé silencio. Aquello de terriblemente inmodificable me gustó, tanto como a ella le debió molestar. Noté en su rostro una expresión de acaso no cree que el crecimiento de la ciudad y el aumento de… por eso le sonreí, quise ser amable y cambié así el tono de mis palabras. –Bueno, lo que quiero decir es que hay cosas que difícilmente pueden cambiar, usted sabe, todo eso de la violencia, la pobreza, la ignorancia, esos pequeños y siempre molestos baches que no pueden faltar en toda gran ciudad –hice un gran énfasis es esta última parte, queriendo inútilmente resaltar que estos eran inconvenientes comunes en todo el mundo, pero luego, casi inmediatamente, entendí que lejos de recomponer, mi respuesta lo único que hacía era aumentar en ella la incomodidad, la ira.
Habiéndose reavivado en mí cierta disposición hacía la cortesía, decidí comenzar nuevamente con mi historia, y así se lo hice saber, demostrándole también que mi interés no era hacerle pasar un mal rato, y muchos menos enviarla de regreso al periódico en el que trabajaba con un artículo tan desalentador como su rostro. Acepté que la lectura de Burroughs había generado en mí cierto impulso, uno que desde hacía tiempo se venía madurando y solo así logró estallar, que había decidido entregar mi vida a este oficio porque así conseguía liberar un poco de mi insatisfacción, que jamás, óigase bien, jamás creí engañar a nadie con lo que hago, más bien siento que les enseño algo nuevo, algo que quizás por su obviedad no logran distinguir. Luego le ofrecí un trago.
–Creo que en la cocina queda algo– dije a la mujer que al fin parecía tranquilizarse. Me levanté entonces del sillón y fui hasta la cocina. Mientras le servía el trago, un aguardiente doble con un poco de limón, le conté que en esta ciudad es tan popular tomar las onces porque son once las letras de la palabra aguardiente, y con esto logré al fin sacarle una sonrisa. Le dije que en algún lugar lo había leído, y que desde ese momento mis onces cabían en una copita. De nuevo sonrió, esta vez como queriendo sacar una gran carcajada que la vergüenza contuvo. Quise también contarle todo lo que pensaba acerca del licor, que en esta, como en toda gran ciudad, se había convertido en combustible para su crecimiento, pero preferí mantener su risa, que por momentos me recordaba a las actrices de las películas en blanco y negro que duran interminables minutos observando un punto en la distancia. Nuevamente guardé silencio y levanté la copa en señal de brindis, por Bogotá, dijo ella, por Bogotá, le contesté, seguro de que esta palabra cobraba fuerzas tan distintas como increíbles según quien la pronunciara.
–Bueno, en esto me inicié cuando entendí que podía recorrer mejor que nadie estas calles con la simple ayuda de los libros. Cada vez que en uno de ellos se describe la ciudad y sus detalles siento que la camino, y para esto me basta cerrar los ojos y esperar, por eso creo que no es difícil, por eso creo que cualquiera puede hacerlo. Es más señorita, a veces siento, como ahora, que lo que hago adquiere un valor exagerado… todo eso de mostrarles la ciudad, como si no la tuvieran enfrente, como si no la padecieran a diario –pensar en este padecimiento me estremeció, creo incluso que a mis ojos asomó alguna lágrima. La verdad es que permanecer tanto tiempo encerrado me producía cierta nostalgia. A ratos extrañaba sentir la brisa en mi rostro, el olor de la lluvia interminable, o el simple ruido de los pies al caminar, siempre como en una marcha eterna –ingenua– que no lleva a ninguna parte.
Ella notó mi repentina tristeza. Quiso saber qué me pasaba. Creo incluso que por su cabeza cruzó la idea de abrazarme, pues se me acercó extendiendo tímidamente sus manos. Al final simplemente me observó, mientras dejaba caer sus dedos sobre una de mis piernas. ¿Hace cuánto no beso a una mujer?, ¿cuánto tiempo desde la última vez que sentí el cuerpo tierno de una rozar el mío?, me preguntaba, como queriendo también que esto fuera suficiente para que ella se me abalanzara y terminara de una vez con todo esto. El beso nunca llegó, era obvio, y en cambio el silencio se hizo tan incómodo que faltó poco para que ella, valiéndose quizás de su habilidad periodística, retomara el hilo con una nueva pregunta. Esta vez quiso saber el tema de mi próximo “trabajo”. Respiré profundo, y contesté.
–Siempre me han gustado los cafés, y ahora que sabe cómo vivo imagino que esto le sorprenderá, pero la verdad no dejo de pensar en ellos como los lugares donde todo en esta ciudad se gesta, aquí donde nada se termina. Es allí, en los cafés, donde los habitantes perseveran en el cambio, donde todo, sin importar lo extraño que parezca, puede ser posible. Me sorprende su carácter inmutable, su permanencia, por eso los he sentido siempre como verdaderas máquinas del tiempo. Es increíble, por ejemplo, que hace más de setenta años un hombre sin más que una maquinita de café Faema, un pequeño radio y una registradora abriera el café San Moritz; un lugar que parece conservar en alcohol a tanto bogotano en desuso, un sitio repleto de Gaitanes, Torres y cantores que jamás se extinguirán –aquí tuve que tomar aire nuevamente, recobrar las fuerzas para continuar con una respuesta motivada casi en su totalidad por el aguardiente, pues si bien es cierto que jamás he dejado de escribir, también lo es que de mi capacidad para conversar no queda casi nada–. Usted disculpará tanta emoción, pero hace tanto que no recibo una visita que olvidé como es esto… alguna vez leí que la población de Bogotá vive en los cafés, y así lo creo, y si bien es cierto que la mayoría de ellos son ahora espacios infestados por la moda o el olvido, todos conservan el poder aquel de la palabra que se dice. En un café los bogotanos son lo que quieran ser –esto último fue como una sentencia, y creo que ella lo entendió así, porque recordó en voz alta los momentos pasados en estos lugares; al salir de la universidad, un domingo cualquiera o después de un agotador día de trabajo. Al fin nos poníamos de acuerdo, al fin dejé, por lo menos por un instante, de parecer un viejo huraño al que le cuesta encontrar placer en algo distinto a sí mismo.
–Pues sí, creo que mi próxima guía será sobre los cafés, algo así como breve guía de… –antes de poder decir cualquier cosa la mujer me silenció. Llenando una vez más su copa me dijo que le parecía un viejo desagradecido al hablar así del sitio que tan amablemente me acogía, que no podía creer cómo tanta gente visitaba esta ciudad después de haber leído lo que hacía, si tan solo pudieran pasar un rato a mi lado perderían para siempre el interés en estas calles, que yo no era más que un estafador, alguien que se ganaba la vida hablando de cosas que ni siquiera había visto, que lo único que yo necesitaba era salir, retomar las calles que tanto nombraba y convencerme así del error que cometía, que esta ciudad estaba entre las mejores, que ella, si yo estaba de acuerdo, podría darme un recorrido por una Bogotá que a pesar de presumir yo solo desconocía. Se quedó con la mirada fija en mis ojos, tenía el rostro rojo y se le notaba acalorada, no solo por el alcohol, sino por la ira que le recorría el cuerpo. Era evidente que se sentía ofendida con todo lo que yo hacía, y que si hace un rato había dado muestras de compasión había sido solo por lástima, por no atreverse desde un principio a cortar con esta entrevista estúpida. Yo no pude más que guardar silencio, dejar que se desahogara como yo unos minutos antes. Llené nuevamente las copas y pensé que tal vez tenía razón, quizás necesitaba refrescarme, dejar el miedo y salir.
 Mientras bebía el trago, anhelé como nunca regresar a la risa de hace unas horas, pensé en repetir mi comentario sobre las onces, decir algo sobre el río aquel que atraviesa el corazón de esta ciudad y quizás por eso está tan sucio. Anhelé gritarle que toda esta violencia es también pasión, y que es justamente eso lo que me mantiene aquí. De nuevo la imaginé como en una película. Recordé la última vez que había visto una, en el Teatro México, encarné su figura en la de Blanca Guerra, aquella bella actriz que como yo había muerto. Por primera vez sentí que mis esfuerzos habían sido en vano. ¿Alguien sabe quién es Blanca Guerra?, ¿alguno recuerda el teatro que ahora es solo escombro?, ¿cuántos como yo cierran los ojos y andan esta ciudad con los muertos?, porque son fantasmas los que me la cuentan. Libros plagados de estos espectros que ya nadie quiere, mientras yo insisto infantilmente en revivir una ciudad que un nuevo orden aplastó.
–Aquí ya no hay historia. En Bogotá ya no hay tranvías. Nadie usa corbata ni levanta el sombrero al saludar. Sí, señorita, aquí la memoria no es otra cosa que el recuerdo de viejos como yo, así que quizás usted tenga razón, quizás la perseverancia no sea más que el nombre de uno de estos barrios y yo no haga otra cosa que perder el tiempo con estas guías que tanto tiempo me llevan… aquí el recuerdo, todo lo pasado, esa sombra hedionda, se limpia con la lluvia, y así, todo junto, van a dar al mismo caño imágenes, letras… –me levanté, creo que no tenía más que decir, o simplemente estaban todas las palabras juntas en mi pecho, como peleando, así que levanté la copa y la miré a los ojos –¡Por Bogotá! –le dije, queriéndola ofender, intentando despertar en ella todo el abandono, la pasión, que me mantiene aquí, en este sillón.

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Imagen: Stanislaus Bhor

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