Trece años, por José Luis Aguirre Aguilar

11:30

Por José Luis Aguirre Aguilar 


Hablo, digo estupideces.
La maestra de reojo me observa y no dice nada, pero tiene todo el semblante de advertirme no sé bien qué.
No se  atreve, por lo pronto. Hablo. Río. Le estiro la camisa al Güero. Se sonríe y su cara brilla con su sonrisa de niño. Me siento drogado. Chiflado. Babeante. No sé que es sentirse drogado. Pero lo intuyo.
Mucho ruido en el salón. La maestra golpea con un periódico el escritorio. Nadie le hace caso. Golpea más fuerte y entonces sí.
Güero me jala el pelo pero no me hace daño. Pendejo,  le digo. Se sonríe.
La maestra sale del salón. Antes dijo algo que no alcance a entender. Una tarea perdida para siempre en mi memoria. O un murmullo. O algo más fuerte que un murmullo. Angelita en una esquina del salón llora. No sé qué pasa. Platica con unas niñas, sentada en su banco del rincón y está llorando.
El gordo Bulmaro (que más que moreno es negro porque su piel es oscurísima), toma por la espalda a Javier y le tuerce los brazos. Gritos. No sé quién ni qué es lo que grita. Güero me jala el cabello otra vez.
Y hace unos momentos la maestra dijo algo.
Yo trato de no pensar en eso que dijo porque me ofusco. Eso que dijo, no sé bien como…, descifrarlo.  Simplemente me confunde.
Pinche vieja, ni sabe ni qué pedo, dice güero, cómo te va a decir eso. Qué, le digo. Pos lo de tu papá me dice, ¡Ah! contesto. Y es un ¡Ah! de un asombro bien fingido, desinteresado, pero con  una mezcla de confusión a fin de cuentas.
Bulmaro, el gordo negro, se cae con Javier y se ríen. Ruedan por una parte del piso de mosaicos rojos. Comienzan a circular bolitas de papel mojado con saliva. Una cae cerca de mí  y Güero dice, “espérate, no mames” dirigiéndose a Hernán quién es el que las ha puesto en circulación arrojándolas desde su banca. “Ay, perdón”, dice Hernán, y alza la mano a la altura de su pecho y yo le lanzo  una mirada de despreocupación que no alcanza, si quiera, a redondearse con una sonrisa leve.
Hay algo en el fondo de mí. Pienso.
¿Cómo es posible que te comportes así? Sobre todo tú. Debes tener mucho cuidado, fijarte como te compartas. Tú especialmente, en estos momentos, especialmente.  Fue lo que dijo la maestra hace unos momentos y yo quise ignorar, y dije que me confundía y que no podía descifrarlo. Dijo esto cuando entró al salón al principio de la clase, y me vio juguetear con el güero, subírmele a la espalda y casi caernos. Ahora todo, en este día de mi retorno a clases, por lento que parezca, empieza a dar vueltas  de formas tristes y cansadas.
Estoy cansado. Eso es. Muy cansado. Siento como si me hubieran chupado todas las energías. Veo al Güero y a Bulmaro y a los otros chiquillos. Y Ángela ya está bien, limpiándose las lágrimas y el salón con sus ladrillos rojos en las paredes brilla de una forma extraña. Como entre niebla.
Y las ventanas. Esas ventanas. Debería  de salir por una de ellas como en mis sueños. Cuestión de poner un pie encima del asiento del banco. El único problema  es que estamos en un segundo piso. Hay hojas grandes de arboles grandes, o de plantas muy grandes, no sé bien como llamarlas, puesto que son plantas muy grandes pero no son arboles; y puedo verlas aún más grandes a través de la ventana del salón claramente, desde este segundo piso. Sus copas y puntas forman un follaje espeso. Siento que puedo perderme entre ellas sin necesidad de caer al fondo, hasta el suelo, y lastimarme. Solo saltar por la ventana y  perderme sin regresar.
Es de lo que tengo ganas.
Y no es tanto un salto, sino… simplemente,  una forma apacible de salir por la ventana. Desaparecer. Salir. Como si justo después de atravesarla, bajara despacio hasta el suelo, pero antes de llegar al suelo, justo antes de llegar al suelo mismo, desvanecerme, sin tocarlo.
Y unas ganas muy curiosas de jugar se apoderan de mí. No pasa nada por un segundo en el salón y es como si no hubiera nada más que decir.
Hay algo en el fondo de mí. Como si algo desde dentro de mi viniera. Hasta salir.
Pero tenía que regresar aquí. La escuela. Después de todo tengo 13 años. Y vaya que siento ir las cosas mal. Y la principal es que siento como si ya nada en el mundo brillara para mí. El  brillo del mundo se gastó y se apagó. Apenas si veo algo de nuevo.
Pendeja, cómo le dice eso.  Alcanzo a escuchar la conversación entre Bulmaro y Güero. Platican y llegan precisamente a esta frase, dicha por Bulmaro, creo, y es justo cuando detecto sus diálogos que Güero finaliza diciendo: pinche vieja.
Y yo no sé bien que decir. Ni sé bien que pensar. La atmósfera de protección hacia mí, en el salón, me resulta rara. Me abruma un tanto. ¿Quién y cuándo les habrá dicho? ¿Cuál sería su reacción en ese momento? ¿Por qué creen que deben comportarse así conmigo? ¿Así es cómo es cuando pasa?
Y pienso en mamá y en lo duro que fue esta semana justo antes de regresar de Cadereyta. Fue tan duro como despertarse cuando uno trae mucho sueño. Al menos así sentí yo. Bueno no. No sueño exactamente. Pero sí unas ganas de seguir dormido y no despertar en mucho tiempo.
Cadereyta. Nueve días de dizque rezar un rosario y guardar luto. No hacía más que dormir sin sueño. Después un buen rato debía de pasar antes que despertara por completo y saliera a un rabioso sol en la calle sin pavimentar donde se ubicaba  la casa de mi abuela. O en su patio. La mayoría de las veces a jugar, si había con quién, aparte de mi hermana, a la que ya no le prestaba atención, de plano.
Cadereyta. Solo recuerdo mosquitos. Mosquitos pegajosos que daban la impresión de meterse adentro de los ojos y anidar ahí.
 Jugué futbol tantas veces en la superficie llena de polvo de la calle. Removimos tierra  lodosa. Húmeda. Aunque no recuerdo que haya llovido en algún momento. Arrastramos el balón por donde podíamos y como podíamos, mis primos y los demás niños de las casas del vecindario. Por momentos nuestros padres salían a mirarnos jugar. Hablaban entre ellos. Luego se movían de lugar o desaparecían. Vi a mamá observarnos, a mi hermana y a mí, mientras jugábamos. En algún momento le gritó a mi hermana que tuviera cuidado, que no se fuera a caer. Luego se aleja. La miro alejarse, y sentarse a conversar con familiares. Fue entonces cuando pensé, por un segundo, no más, qué era lo que iba a seguir en nuestras vidas. Qué íbamos a hacer tras la muerte de mi padre, que, a fin de cuentas, era el jefe de familia, como dicen, y quién proveía todo el dinero para movernos de un lado a otro. Mamá no trabajaba hacía años.
El balón me rebota en el pecho y le pega en los testículos a mi primo. Se agarra. Nos reímos todos.
Jugamos bajo el sol otras tardes y mediodías más. Era muy bueno jugando futbol. Movía el balón con habilidad y mis primos no me lo podían quitar. Me cansaba. Qué sol rabioso. Qué calor tan fuerte y los mosquitos en los ojos nunca se iban. Una niña se enamoro de mí. Morena. Pelo negro. Mi primo me dijo que le había dicho…
Descubrí otros primos lejanos. Y  niños. Niños de casas contiguas que se hicieron amigos, o por lo menos jugaban con nosotros seguido. Lloré mucho frente a la tumba de mi padre. No sé porqué. Me había dicho a mí mismo que no iba a llorar. No tenía ganas momentos antes, y de pronto,  no pude más. Alguien me cargó y me llevó a sentar cuando ya me empezaba a dar náusea por los mocos y  lágrimas que me obstruían la garganta y la nariz. No empezó a llover, como en los funerales de las películas, al contrario, hizo un calor horrendo cada vez más y más fuerte. No se quitó el sol hasta que entramos de lleno en la tarde. En lo hondo de la tarde, como me gusta decirle al momento cuando empieza a oscurecer.
Recuerdo que después del funeral no pronuncié una sola palabra como en dos días. Luego me empezó la somnolencia. En la hilera de autos que se unían al cortejo iban todos los taxis del grupo al que pertenecía papá. Ser Taxista fue su último trabajo. Había sido varias cosas en la vida. Pero ésta fue la última.
 En el carro, atrás de la carrosa que llevaba a papá: mi hermana mi madre  mi abuela y yo. No pensaba nada y me sentía muy incómodo. No sé qué hablan mamá y la abuela. De pronto mamá comienza a llorar y al poco rato también lo hace abuela. Terminamos abrazados los cuatro. Yo al centro y apretujado contra la cara de mi hermana por tantos brazos. Miro por la ventana del auto y confundo que llueve, pero en realidad son mis ojos anegados. Lágrimas acabadas de salir. Nuevas. De ese momento que no pensé que acabara así.
Quiero pensar, que la  siguiente palabra pronunciada cuando volví a hablar, después del par de días sin hablar, a partir del funeral, fue la palabra Gol. No podría asegurarlo, pero es muy probable, puesto que me recuerdo gritando muy fuerte varios goles anotados.
Días perdidos, pienso ahora, de los cuales no conservo más que un pensamiento que llega y se va como ráfaga.

Ráfaga. Ráfaga. Repito en voz alta agarrándole el hombro al Güero. ¿Qué? ¿Qué es?, contesta mirando al frente, sin voltear a mí. Es como algo que desaparece muy pronto pero nunca lo olvidas.
En un momento del día los tíos nos llevan al río. No sé nadar y solo retozo en la orilla. Vamos a ver caballos y vacas. Mi primo monta un poco y anda encima de un caballo por la orilla del río un buen rato. Mi tío lo acompaña desde abajo caminando. Los campos de Cadereyta me parecen bonitos. El trigo recién salido es muy verde  y da el efecto de mirar una alfombra muy fina.
Luego me miro en otros días más junto a mis primos y otros niños. Atravesamos un campo de futbol enorme. Polvoso. Gris. Dándonos pases largos y  verticales. Llegando hasta la otra portería, fallando y anotando goles.
En el vidrio de la ventana más alta del salón, se estrella una bolita de papel con saliva arrojada por Hernán. Siento que me siento mal. Que me falta el aire. Y la sensación de mirar mis manos desde muy adentro de mi cabeza. Desde un lugar muy lejano. Los chicos hablan y hablan y no paran. Su hiperactividad no da tregua y el ruido en el salón nunca cesa.
  Miro por la ventana. Hay algo en fondo de mí que empieza a emerger y pesa bastante. Me paro de la silla y pongo un pie en el asiento. Un parpadeo y estoy parado encima de la silla. Subo el pie por encima del marco de la ventana y después el otro. Comienzo a bajar hacia los arboles o plantas gigantes que parecen arboles, cuyas copas y puntas forman un follaje espeso. Como en mis sueños, lo voy haciendo como si flotara.
No me hago daño.

Imagen: Bob Dylan

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