Tres relatos breves de Carlos Castillo Quintero*





Tears In Heaven
Un sol pálido entra por los ventanales del living. Conor salta sobre la cama, feliz, mientras espera a que su papá llegue: ese día van a ir al zoológico. En la mañana el portero estuvo limpiando los vidrios y ha olvidado cerrar la puerta del balcón. El apartamento queda en el piso 53, desde allí los automóviles parecen diminutas cucarachas de latón atravesando las calles de Nueva York.
Su mamá se arregla para salir: el espejo le devuelve la imagen de una bella mujer. La niñera, mientras tanto, acompaña al niño en sus juegos. Desde hace unos momentos juegan a las escondidas. Él no lo sabe, pero su nana ya nunca lo encontrará. Ha caído. Siente el viento en su rostro, ve un universo de insectos multicolores que se acercan vertiginosos.
Su padre va a identificarlo a la morgue pero el niño que está allí no es su hijo. ¡No! Su hijo tenía apenas cuatro años y un hermoso rostro. Ese ser inanimado que yace en la camilla no refleja ninguna edad, no es de este mundo pero aunque le cueste reconocerlo, hasta hace unos momentos era Conor.
En el funeral su papá mira el ataúd, sin poder decir nada. Su abuela intenta arrojarse a la tumba. Es un triste, frío, y desolado día de marzo. Todos los habitantes de Nueva York cierran sus ventanales con doble seguro.
Su padre sólo tiene una pregunta: ¿Dirías mi nombre, si me ves en el cielo?
 Para Eric Clapton

* * *

Dominatriz
Se pasó la noche leyendo «50 sombras de Grey», en inglés, tomando tinto, fumando, con los ojos fijos en el celular, aguantándose las ganas de llamarlo: era sábado. Esperó hasta las diez de la mañana y cuando imaginó que ya estaba conectado, se duchó, se puso la falda de cuero que había comprado para estar con él, las medias de malla, la blusa roja, el chaleco, las botas, el antifaz…
Prendió el portátil y entró a Facebook (no a la cuenta que tenía con su nombre  —pues hacía unas semanas él la había desagregado—, sino a la otra, a la de Valentina Sí) y lo buscó: no estaba. Se entretuvo un buen rato revisando su perfil pero en los últimos tres días no había publicado nada. Hurgó en las cuentas de amigos comunes, en la de la hija, y nada. Ninguna nueva información. Seguro se había ido de rumba y todavía estaba dormido, ebrio. O peor: estaba con alguien. Cambió de perfil (entró al de Mario Ríos) y le envió mensajes ofreciéndole trabajo, a ver si caía. Nada. No estaba conectado. Entró a su perfil más rosa (al de Mary Albaluna) y como si de verdad fuera la nenita de catorce años que decía ser, le puso mensajes pidiéndole consejos sobre qué leer. Le preguntó qué opinaba de Vladimir Nabokov. No contestó. Se levantó, fue a la cocina y preparó otra jarra de tinto. Se demoró una eternidad: nada. No estaba conectado.
Se tendió al lado del computador, le dio pantalla completa a esa foto vieja en la que estaban juntos, abrió las piernas, lo miró a los ojos —con autoridad— y comenzó a darle órdenes…

* * *

Encuentro nocturno
Darle un susto era la idea inicial del fantasma. Meterle miedo. Hacer que se fuera para la casa, y que en lo posible no anduviera más por esas calles y a esas horas. El ebrio sólo quería encontrar una tienda abierta. Una licorera. Algún hueco para seguir tomando.
Se cruzaron en un poste del alumbrado: el ebrio tratando de orinar, y el fantasma aleteando con su sábana de muerto, intentando que el otro se diera cuenta de su presencia. Y así fue.
El impulso inicial del ebrio fue el de brindarle trago, pero ya no le quedaba nada en la botella. Luego le dijo que si tenía algo para beber, y en últimas le preguntó si sabía dónde comprar. Ya no tenía dinero, pero algo se le ocurriría.
—¡Buuuu! —dijo el fantasma, con voz destemplada, y enseguida se dio cuenta de que había hecho el ridículo. Intentó sonrojarse, pero nada, se puso más pálido que antes.
El ebrio ni siquiera se dio cuenta. Sentado en el corredor empezó a contarle que era un desgraciado, un solitario, que desde que su mamá había muerto, hacía ya unos veintitrés años, nadie se ocupaba de él. Le contó que había tenido mujer, hijas, amigos, perros, gatos… pero que al final del camino había quedado solo. Más solo que nadie en el mundo, dijo, y bebió de su botella desocupada.
El fantasma, sentado al lado del ebrio, no supo qué decir. Quiso abrazarlo como cuando era niño. Quiso arrullarlo, ponerlo en su regazo y arrullarlo en aquella fría y desolada noche, pero eso no le estaba permitido.
Así los encontró el día: el ebrio dormido en el andén, y el fantasma a su lado, sin saber qué hacer con su hijo, como en el pasado, como siempre.

*Ha publicado las novelas Alicia Cocaine (2016) y Gente rara en el balcón (2016 - Premio CEAB).  Los libros de cuento Dalila Dreaming (2015), Espiral al Sur y otros relatos de la noche (2013), Carroñera (2007), y Los inmortales (2000). Las antologías Sinfonía de los ocobos / Escritores del Lengupá (2015), Pisadas en la niebla / Nuevos cuentistas boyacenses (2010), y El placer de la brevedad / Seis escritores de minificción y un dinosaurio sentado (2005). Los poemarios Ab imo pectore / Antología personal (2010), Sin el azul del día (2008 - Premio CEAB), Rosa fragmentada (1995), Burdelianas (1994), y Piel de recuerdo (1990). 

Ha ganado varios premios entre los que se destacan: Premio de Novela CEAB, 2015. Premio Bienal de Novela Corta Universidad Javeriana, 2012. Premio Nacional de Cuento convocado por el Ministerio de Cultura y dirigido a directores de RENATA, años 2011 y 2012. Premio Nacional de Cuento Universidad Central, 2012. Premio Libro de Cuentos, CEAB 2012. Premio Libro de Poemas, CEAB 2007. Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana de Barranquilla, 2002.

Actualmente es docente de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia.
Los textos aquí publicados hacen parte del libro inédito Adiós del suicida y otros 100 microrrelatos.






3 comentarios:

  1. Carlos Castillo, admirable maestro de la minificción en Colombia. Sus textos consolidan la imagen, las contribuciones colombianas al microrrelato hispanoamericano. Conmovedor su homenaje al drama de Clapton. Este texto debe estar en una antología del cuarto género en lengua española.

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  2. John Jairo Zuluaga Londoño11 de mayo de 2016, 6:50

    Me gustó el tercero, los otros de final abierto son buenos.

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  3. John Jairo Zuluaga Londoño11 de mayo de 2016, 6:53

    Me gustó más el tercero, pero los otros están bien escritos.

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