Billy Joe Bierce, un cuento de Francesco Vitola

Francesco Vitola Rognini es comunicador social de la Universidad del Norte (Barranquilla, Colombia). Máster en periodismo de la Universitad de Barcelona y la Columbia University de NY. (2005-2006). Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana de la Universitat de Barcelona. (2015-2016)

I

Billy Joe Bierce despertó con una mueca de sonrisa. Vio las mismas baldosas opacas y desgastadas que había visto a diario durante los últimos veinte años, pero eso no lo desanimó, estaba decidido. Esa sería la última mañana que pasaría en esa casa, su vida, lo que quedaba de ella, sería otra desde ahora. La noche anterior se había tomado un somnífero antes de hacerle el amor a su esposa, no quería pensar, no iba a dejar que la culpa le impidiera un final digno. Él ya no sentía los efectos del somnífero, pero si lo incomodaba una migraña cegadora. Su cerebro le pedía un café y un acetaminofén, pero sabía que esa combinación sólo empeoraría los síntomas. Buscó la pastilla y fue a la cocina a bajarla con agua. Al regresar notó que su esposa dormía profundamente, a pesar de que eran las 7:15. Billy Joe comprendió que los fluidos sexuales que la inundaron anoche anterior estaban saturados de sedantes.
 La miró, sabiendo que no despertaría en un buen rato. El plan salía mejor de lo planeado, sin dramas. Ella dormía como un ángel. Eso le facilitaba las cosas, sentía alegría de irse porque así les evitaría el dolor de presenciar su degeneración física y mental. Le daba tristeza tener que dejar todo atrás, no había rabia, pero se sentía frustrado ante la certeza de no poder remediar lo irremediable. No iba a botar el dinero en quimioterapias, prefería dejarle los ahorros de toda una vida, eso por lo menos ayudaría a su familia un par de años. Por eso se sentía tranquilo, ésta era la mejor salida.
Mientras se ataba los cordones de los zapatos deportivos sonrió viendo el trabajo de los polinizadores que revoloteaban sobre las flores de pétalos magenta de la bougainvillea.
Aunque esa mañana se despertó más temprano de lo habitual no fue al gimnasio, ya no tenía sentido. Una semana atrás durante los carnavales se había desordenado con todos los juguetes, la celebración alcohólica duró tres días, sus familiares lo dieron por muerto. A Billy Joe ya le habían dado la mala noticia, así que no sintió remordimientos. ¿Para qué iba a seguir cuidando su cuerpo si la muerte le respiraba en la nuca? Le habían hablado de unos rituales chamánicos milagrosos y lo que le quedaba de vida lo pretendía dedicar a buscar remedios naturales. No iba a engordar más al obeso especialista con rinitis crónica. Prefería terminar muerto en la selva, como su abuelo, antes que morir en una clínica, conectado a todo tipo de aparatos. Si había alguna esperanza de seguir con vida no la encontraría en la monótona existencia que lo estaba carcomiendo.
 Desde que el oncólogo le dio la noticia entendió que la vida no le alcanzaría para vivir todo lo que planeaba hacer “cuando le dieran la pensión”. El futuro de sus hijos ya no estaba en sus manos. Dos meses de vida no le alcanzarían para nada.
Las últimas semanas Billy Joe evitó llegar temprano a su casa, para no tener que disimular su cara de angustia. Sabía que su esposa leería la inquietud en su rostro. Sentía que las cosas no funcionaban bien en sus órganos, aún sentía fuerzas para sonreírle a su mujer. Quería recordar su cara sonriente, no quería verla arrugarse de amargura llorando por su degradante fin. Prefería hacerle creer que la había abandonado, para que la rabia le hiciera encontrar un reemplazo pronto. Siempre hay un amigo fiel esperando este tipo de eventos para ocupar el lugar del marido ingrato.
“Hay que estudiar y superarse” se repitió Billy Joe cada mañana, durante veinte años, cuando apoyaba sus manos en las rodillas antes de levantarse de la cama. Esas fueron las últimas palabras que su abuelo le dijo la noche antes de perderse en la selva; él tenía 10 años. Ahora él tampoco se iba a quedar esperando a que la muerte lo corroyera. Volvió a mirar Silvana. Dormía abrazada a dos almohadas. Billy le descubrió la espalda y las nalgas. Silvana sonrió adormilada. Billy Joe recordó el cañaveral de guadua amarilla junto al riachuelo de corriente fría, en la  Sierra Nevada, aquella primera vez que la amó. Creyó respirar de nuevo el aire de esa fría madrugada, el olor del monte cubierto de rocío. Revivió el arrullo sibilante de las hojas del bambú frotadas por el viento, el rumor del agua del riachuelo filtrándose hasta sus mitocondrias. Creyó sentir el aire frío entrando por sus fosas nasales. Recordó a Silvia acostada junto al guadual, a medio lado, con una pierna ligeramente adelantada.
Después de tantos años  ella seguía durmiendo igual y él seguía viéndola con los mismos ojos. Se desnudó en silencio, la besó detrás de las orejas y en el cuello. Silvia despertó sonriente. Se amaron como sólo ellos sabían hacerlo después de tantos años explorándose mutuamente.
Tras la ducha juntos Silvia le preparó cuatro claras de huevo revueltas con tocino y sofrito de pimentón, cebolla y tomate, sirvió la tortilla resultante dentro de medio pan francés, le añadió unas hojas de cilantro fresco picado. Lo acompañó con un vaso de bebida de soya con sabor a fresa. Billy Joe comió su desayuno saboreando cada bocado, sus feroces tripas tenían menos remordimientos que su cerebro. Para lágrimas ya habría tiempo.
Silvia creía que en las mañanas nubladas ocurrían más desgracias, pero no lo mencionó para no ser negativa. Se acercaba una tormenta, los truenos la anunciaban.
Esa mañana, poco antes de salir, Billy abrazó a su mujer. Ella sintió la erección contra su estómago. Metió la mano en el pantalón, le apretó el miembro palpitante y sus lenguas calientes se enredaron en un beso lubricado con años de práctica.
 Ella lo eligió a él y él le estaría eternamente agradecido por ello. Pero tenía que irse, antes que la situación se volviera una pesadilla. No quería que ellos lo vieran degenerarse, o que tuvieran que cuidarlo en su convalecencia. Prefería pasar por egoísta, que pensaran que los había abandonado. Antes que ser un ente delirante al que cambiarle los pañales cada dos horas prefería ser libre de morir lejos de ahí. Billy Joe no podía cambiar la situación, pero si podía adaptarse. Abandonó su hogar a las 8 A.M. Se dirigió a la empresa donde trabajaba, siete días atrás había renunciado y solicitado su liquidación. La familia se enteraría luego de que había consignado el cheque en la cuenta de ahorros de Silvia. Llevaba dos décadas trabajando ahí, lo que significaba que la cifra rondaba los cincuenta millones de pesos, unos 20.000 dólares. En los videos de seguridad que las autoridades estudiaron vieron a un tipo cabizbajo, sin muestras de impulsividad o rabia. Incluso conversó amablemente con un par de ingenieros jóvenes que lo saludaron.
Al salir, Billy Joe dobló su cheque, lo guardó en el bolsillo de la camisa y salió caminando con rumbo desconocido.

II

 Billy Joe había nacido en un campo de refugiados al que habían sido trasladados los sobrevivientes de la inundación tras la ruptura del dique. Su madre tenía 16 años, su padre tenía 19. Ella era nativa y el padre era parte del equipo internacional de la Cruz Roja que ayudó a atender a los damnificados. En los ires y venires del desastre se enamoraron, ella quedó embarazada y él se regresó a su lugar de origen. Billy Joe lo conoció por fotos. Creció deseando conocerlo, pero nunca regresó.
 En el campamento de La Loma era habitual que a eso de las 4 P.M. comenzaran a recogerse. Era bien sabido que la creciente había liberado de los zoocriaderos vecinos a cientos de caimanes, incluyendo varios ejemplares adultos. Durante las noches merodeaban  los perímetros del campamento buscando presas fáciles. Los perros habían sido exterminados, varios niños habían desaparecido, junto con los ancianos, los puercos y las gallinas.
Billy Joe tuvo que madurar apresuradamente. Antes de dormir, en vez de rezar, reflexionaba. Sentía que había sido elegido para grandes designios, que podría alcanzar lo que se propusiera. Nacer en un lugar donde criaturas salvajes depredaban durante la noche significaba para él que podría sobrellevar las minucias del mundo humano. Era una edad particularmente apta para dejarse influir en su conducta, por lo que escuchaba con atención a los mayores.
Al cura le oyó decir que el desastre era la consecuencia natural de los pecados carnales de los “machitos preñadores”, a la indiferencia de los comunistas ateos y a la liberación femenina de las mujeres devotas. En las misas dominicales teorizó más de una vez sobre porque las pocas mujeres centradas se habían ido primero, seguidas de las ambiciosas. Las mal casadas, las mujeres mayores, las enfermas, las mantenidas y las conformistas se habían quedado. Algunas buenas se habían quedado, afirmaba, pero eran la excepción a la regla. Lo decía sosteniéndole la mirada al grupo de señoras que se encargaban de organizar actividades con el fin de recolectar fondos para cubrir con los gastos del cura. Desde el púlpito hecho con pallets, bajo la carpa que hacía las veces de capilla, cada domingo el cura descargaba reflexiones filosóficas que pocos toleraban. El tono empeoró cuando ciertas familias pasaron de vender huevos de gallina, huevos de iguana y ciruelas, a alquilar a sus hijas. Se sabía que camioneros estacionados en la gasolinera donde funcionaba un motel eran los que financiaban el negocio. Las malas lenguas hablaban de siete niñas prostituídas por tres familias. Los niños, sus compañeros de clase, eran los primeros en notar la ausencia. Les contaban a sus padres y así comenzaba a rodar la bola de nieve.
 Billy Joe solía vender huevos de iguanas que el mismo cazaba después de salir de la escuela. Era muy independiente, en comparación a muchos niños que se iban directo a su casa después de la escuela. Billy Joe llegaba a su casa, se quitaba el uniforme, se ponía ropa fresca y salía al monte. Su mamá trabajaba día y noche decorando delantales con pintura acrílica para venderlos cada domingo en los mercados campesinos de la ciudad. Para ella era una bendición que Billy Joe fuera tan autosuficiente. Ella había pasado por fases depresivas al reconocerse como una madre ausente que debía trabajar el doble para cubrir con sus necesidades. Dormía cuatro o cinco, a veces menos, y cuando no estaba sentada trabajando, estaba de pie cocinando o haciendo labores del hogar. Nunca le prestaría la atención requerida al niño, ambos lo sabían, su familia no era como las demás. Su mamá nunca abandonaría esa casa con piso de cemento y techo de láminas de zinc, mucho menos su forma honesta de ganarse la vida. Ella nunca se movería para ir a buscar nuevos horizontes.
La última tarde que pasó en su lugar de origen estaba junto a la carretera vendiendo huevos de iguana. Un Audi R8 pasó zumbando y le dio un susto de muerte. La adrenalina que le produjo aquello le hizo pensar que él también debería encaminarse a Bellaquería, donde estaba el dinero y las oportunidades. Él quería conducir automóviles así, vivir la buena vida antes de morir. Lo pensó unos minutos, contó las monedas que llevaba en sus bolsillos y calculó que al conductor del bus podrían interesarle unos huevos de iguana a modo de compensación por el valor del pasaje. Se subió en el primero que pasó y no miró atrás. Pensó que le hacía un favor a su madre al liberarla de las responsabilidades económicas. Podría buscarse un marido, tener una familia, comenzar de nuevo. En Bellaquería pasó la noche en el umbral de una iglesia del centro de la ciudad. Despertó al amanecer cuando lo orinó un perro. La emoción de comenzar una nueva vida hizo que se levantara con una sonrisa, a pesar de que le habían robado los zapatos.
Eran muy diferentes las razones y los motivos de ambas partidas.
En su última mañana en Bellaquería, mientras se alejaba  de su mujer e hijos no pudo contener las lágrimas cuando los recuerdos se le arremolinaron. Billy Joe recordó al viejo Diógenes, un vecino del pueblo que los domingos solía vender miel de abejas silvestres en la carretera. De lunes a viernes trabajaba cargando costales con frutas y hortalizas en la central de abastos. Diógenes fue la última persona que vio antes de dejar su pueblo. El anciano venía cabizbajo, aunque usualmente caminaba sacando pecho. El niño Billy Joe vio algo negativo en su actitud y le preguntó que pasaba.
-Niño, hoy no pude con un saco de papas. Intenté llevármelo al hombro, algo de todos los días. Fue como si la realidad me hubiera dado una bofetada. Estoy viejo, y lo que es peor, acabado, he elegido por estilo de vida una actividad que implica fuerza y ahora que se me fue la juventud estoy jodido. Intenté llevarme el saco al hombro media docena de veces y no pude. Para rematar, mientras me reponía del golpe, un muchacho de veinte años -que había estado mirándome con un cigarrillo en los labios- subió al camión tres sacos de yuca y unas cajas con tomates en menos de cinco minutos.
Billy Joe pensó que el viejo iba a llorar, pero en cambio el anciano se despidió como los militares; en la mano llevaba dos rasuradoras desechables. Dio cinco pasos, y antes de irse se giró para pronunciar unas últimas palabras:
-Te voy a dar un consejo gratuito: Cuida lo que comes, con quien te acuestas y sobre todo, pregúntate por qué haces lo que haces. Si comienzas a comer porquerías te ganarás una barriga con facilidad, y luego, muchacho, será difícil perderla. La panza quita fuerza, reduce la capacidad de reacción -hizo una pausa para agregarle dramatismo a sus palabras- en este mundo sólo sobreviven los más aptos. Elige una buena mujer, que te ayude a salir adelante, no una que te utilice para sus propios fines. Para que lo sepas, después de los 20 viene la decadencia, así que no esperes demasiado de la vida. Son escasas las buenas mujeres.
 Hizo una reverencia teatral, giró sobre sus talones y siguió caminando hasta perderse de vista para siempre. Poco después de la lección gratuita Billy Joe sintió el impulso de subirse al autobús y dejar La Loma en el pasado.
Su madre nunca superó la desaparición, pensó que lo habían secuestrado, o que los paramilitares lo habían reclutado. Le esperó dos años, luego la depresión la empujó a meterse a un jagüey infestado de babillas. Él nunca conocería esa historia. En su mente la imaginó formando una nueva familia.

 Él seguía siendo el mismo niño aventurero y solitario que escapó de casa aquella vez. Sabía que sus hijos podrían ayudarle a la madre, como él ayudó a la suya. Él a su edad ya aportaba al presupuesto familiar. Él, él, él. Él ya no iba a estar, así que mejor ni preocuparse. Contaba con que los cinco años de Judo que les había patrocinado a sus hijos varones sirvieran de algo. Confiaba que sabrían hacer lo correcto. Él necesitaba despedirse del mundo con dignidad. No había tiempo para sentimentalismos, no iba a esperar la muerte en una cama, dando lástima a todos, perdiéndose de vivir al máximo antes de explotar carcomido por el cáncer de páncreas.
 Desde que le dieron la noticia, dejó de disfrutar los combates de lucha libre mexicana que tanto le divertían. Eso le hizo ver que ya nada sería igual, que la vida había perdido la gracia. La noche anterior a su partida volvió a ver la pelea entre Hulk Hogan y The Rock in Wrestlemania, un clásico de 17 minutos que le hizo olvidar por un rato sus preocupaciones. Luego fue a trotar. Dio cinco vueltas al parque. Hizo 20 minutos de muscle ups en la barra y media hora de paralelas. En su casa se tomó las capsulas de aminoácidos y las acompañó con media piña dorada cortada en cubos cubiertos de azúcar. Tomó una ducha y se acostó con una sensación extraña en la espalda baja, ahí fue cuando decidió tomarse el somnífero.
A la semana de la desaparición el oncólogo llamó para saber porque Billy Joe no había regresado a sus controles. Fue entonces cuando Silvia se enteró de los detalles. Al colgar ella llamó al cura del barrio, el Padre Ordeñece, para que rogaran por el alma de su esposo en la misa del domingo.


III

Billy Joe armó la carpa y rodeó su campamento con cintas de casette. Decía que así espantaba a los burros. Cenó unas salchichas enlatadas y unas galletas saladas. Masticó concentrado en una fogata distante, al extremo de la bahía.
A media noche subió con un grupo de personas a un promontorio rocoso, donde se celebraría la ceremonia. Entorno a la fogata, cada persona tenía asignados un baldes y una bolsa para dormir. Veinte minutos después de beber el brebaje amargo comenzó a ver todo como una ensoñación. Las imágenes fueron tan poderosas que tuvo que cerrar los ojos, al abrirlos de nuevo descubrió que estaba rodeado de monstruos deformes que vomitaban y defecaban. El chamán agitó sus plumas con una sincronización que a Billy Joe le produjo vértigo y no pudo contenerse, vomitó y defecó como nunca antes. Por su boca vio salir serpientes, lápices y clavos. En sus heces aparecieron sapos, cucarachas y cienpiés. Aquella noche sintió que había expulsado toda su podredumbre. Creyó morir y renacer. A la mañana siguiente el grupo fue a la playa. Luego de almorzar, empacaron. Tomaron el bus que habían contratado y siguieron su peregrinaje. Unas semanas después tendrían otro encuentro en Machu Pichu, dónde los esperaba otro chamán, otras sustancias, otro renacer.

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