Hombre mal afeitado, por Jose Hoyos

Por Jose Hoyos


I
Érase un juego de paciencia, érase un ramaje sin hojas y pesado, érase un temblor como de ruego, érase un reclamo de alas o terminación, érase la rabia al sentir hambre, érase la sangre liberada del mezquino sistema circulatorio, érase una escalera sin piso ni pared, érase la pérdida del habla, érase un sendero angosto de tan ancho, érase un antílope con cabeza de hombre, érase un monolito indescifrable, érase un viento adverso, érase un río cuya forma no existe sino rebasando sus orillas.
Es 1912. En el tren que va de Praga a Berlín viaja un hombre flaco, bien trajeado y mal afeitado. Se encoge aterrorizado cada que alguien le dirige la palabra o la mirada. Sentado, su estatura cubre casi toda la ventanilla. El cuello largo parece irse empequeñeciendo gracias a algún misterioso mecanismo de su naturaleza. Comparte asiento con una mujer que también viaja sola. Es altanera y hermosa, con su vestido de redecilla blanca bien ceñido. Le despierta una atracción incómoda, y ese sentimiento lo hunde en un pantano de culpa y vergüenza. Ella lo observa sin disimulo y él rehúye la mirada con ojos vidriosos que casi nunca parpadean. Le llama la atención la forma obsesiva como él se aprieta los muslos con ambas manos, fuerte y sin pausa. Nota que las manos le sudan en exceso y le ofrece un pañuelo. Él lo recibe, agradece con un gesto tímido y vuelve a ensimismarse. Bosteza sin ganas, como queriendo llamar las ganas, pero se nota que bosteza para evadir por unos segundos el dolor. Dolor y miedo son una dupla sofocante: la congestión de la sangre en la cabeza y su inútil seguir fluyendo. Ahora su estatura no llega a mitad de la ventanilla. En apenas media hora ha perdido peso y la ropa empieza a quedarle grande. A ella el viaje parece irla rejuveneciendo, sus pechos exactos no dejan de erguirse, se delimita la redondez de sus caderas, bulle la carnosidad de los labios rosados, su cabello rubio se hace más abundante con el andar del tren. La rubia es como un llamado de atención. Él es una presencia urgida de ir en declive. La mujer, de quien sabemos que se llama Grete Bloch y es —casualmente— la hija del cuidador de la casa donde vivió Goethe, contempla por unos minutos el paisaje de árboles veloces y cuando vuelve la vista al hombre, este naufraga entre su ropa, su cuerpo no llega ni al borde inferior de la ventanilla. Él intenta sobreponerse al temblor de sus manos de niño, saca un cuaderno sin tapas, hace a un lado la jarra con agua que está sobre la mesita dispuesta para cada compartimento y escribe: “10 de noviembre. Aunque me faltase aquí el labio superior, allí el pabellón de una oreja, aquí una costilla, allá un dedo, aunque tuviese calvas en la cabeza y en la cara picadas de viruela, ni siquiera así mi cuerpo correspondería de verdad a la imperfección de mi interior”. Hace a un lado el cuaderno, va a tomar agua pero ya el vaso está demasiado grande para sus manos y no logra asirlo, es apenas un temblor entre sus ropas ya casi sin dueño y caídas sobre la silla. La rubia mira incrédula cómo el saco y el pantalón terminan de desinflarse y quedan regados junto a los zapatos vacíos en una silla que parece jamás haber estado ocupada. El cuaderno permanece.
Amigo lector: las moralejas son reduccionistas. La estupidez y la crueldad no dejan de reinventarse en historias que no dan cabida a ninguna moraleja. Cualquier historia es ancha y compleja y ninguna merece tal menosprecio. Franz Kafka no quiere ser principio ni final ni continuación. Le fue instalado el atributo de la examinación. Conseguir examinarse es tan peligroso como aprender a afeitarse. Parece que estuvo perfecta, pero toda afeitada es una serie de cortaduras. El examen de uno mismo nunca se agota, más bien se contraría, se vuelve en contra, aparenta ser un aliado para volver a alzarse en rebelión. La trampa en la que sin falta se cae es convertirse en gregario de sí mismo. ¿Existirá alguien que no sea un gregario? ¿En este vasto mundo habrá una sola persona que no siga a otra que considera modelo de algo? Un gregario no desconoce el sentido de la obligación y del compromiso. Lo que sí desconoce es la rebeldía. Tampoco acierta en descubrir el costado contradictorio de ese a quien sigue. No está mal ser un gregario si el perseguido es Schopenhauer, Spencer o Franz Kafka. Es poco probable que Kafka alguna vez haya pensado en hacer adeptos. Lidiar con la angustia es ya suficiente, sería masoquismo volverse su predicador. Más probable es que pusiera todo su empeño en lo opuesto, ahuyentar a las personas, escamotearlas, mostrarles huecos oscuros para que se alejen, como un leproso que le dice a un niño que pasa a su lado: «¿Ves?, esto es lo que te espera, mejor cambia de rumbo». Una vez en la existencia, ya no hay forma de corregir nada. Solo te queda alienarte. Servir como contraejemplo, según pontifican los sicólogos, es una eficaz forma de la pedagogía. Si uno fuera por la calle un día exageradamente cotidiano y una voz sin origen a la vista le injuriara los oídos con el brevísimo relato Deseos de convertirse en indio, uno no podría más que responder de golpe: ¿quién me da estos consejos terribles?, ¿por qué me atrae tanto? La sensación de falta de soporte que nos queda tras el relato debe toda su potencia a la destreza dialéctica, pues sin darnos cuenta aceptamos el vértigo de la cabalgadura y la certeza de que tanto el caballo como el piso y las riendas son menos que humo.

II
Cualquier fundamento de la verdad tiene que conducir a lo inexplicable. Hay enfermedades del alma que flotan en el aire. Los pequeños relatos de Contemplación son como para descollarle las meninges a cualquiera. Si en personajes tan desconcertantes como Macedonio Fernández nada se compara al placer de existir (ni siquiera los libros), en Kafka, el hombre con menos anticuerpos que ha venido al mundo, nada se compara al tormento de existir. Su conquista fue labrar el engaño de hacernos creer que es posible el escepticismo absoluto, de que todos tenemos el don de convertirnos en indio, la suerte de despertar como insecto. Abrimos los ojos al despertar y un hachazo de conciencia ya nos arruinó el día: ¿qué es esto que soy? Lo único malo de eyacular y de dormir es el regreso. Abrir los ojos y ver que todo sigue en su lugar, que nada se derrumbó, que toca vestirse y salir. Kafka converge con Schopenhauer en que “el hombre es una colección o atadura de percepciones, que se suceden unas a otras con oscura rapidez”. La simultaneidad aparente de tantas percepciones se llama Presente. Y Mundo es el cúmulo de objetos falsos donde el alma humana descarga sus pasiones cuando le faltan los verdaderos. Puede pensarse que Kafka fue de los pocos adelantados natos, pero que no se le asocie fácilmente con modelos literarios no significa que no los tuvo. Uno de sus logros mayores fue disimular por completo su condición de gregario, dejar la impresión de que las palabras no sonaban afuera de él sino adentro. Para que las ideas retumben afuera con fuerza hace falta un reflejo, un frontón que las devuelva y expanda. El sabor kafkiano, su tono y forma, han sido determinados por él mismo. Aunque si se lee detenidamente el Wakefield de Hawthorne y algunas piezas de León Bloy, ambos anteriores a Kafka, no será difícil establecer relaciones. Una, es el cuidado riguroso de no dar opiniones en los tramos más desconcertantes. Otra, la configuración por defecto: había que ser así para escribir así. Existe la casualidad y la influencia, y ambas operan como causalidad. Nathaniel Hawthorne también descendió a la reclusión absoluta, a la desviación del sistema riguroso que domina el tránsito de los hombres por el mundo. Dice Borges —gregario mayor— que el primer “precursor de Kafka” fue Zenón de Helea. La tortuga y Aquiles son la infinita postergación, el inalcanzable que asoma la cabeza con el único fin de confirmar su condición de inalcanzable. No hay metas que alcanzar, todo se reduce a una promesa divina hecha de la misma sustancia que el indio y las rienda y el caballo y el piso y el humo, sin embargo, como los gregarios incorregibles que somos, insistimos. Como en El Castillo, recibimos una convocatoria y de inmediato su anulación, y tercos seguimos tocando una puerta-realización que jamás se nos abrirá.
Vaya de nuevo, lector, al cuento Josefina la cantora, y vuelva cuando lo haya masticado bastante. Aunque bien visto, se trata de uno de esos cuentos que nunca se mastica lo suficiente. Hay un despeñadero, hay un sujeto, hay una masa. Según la experiencia ofrecida por el mundo y a la que la humanidad ha resuelto adherirse, ¿a cuál de estos dos últimos le correspondería despeñarse? “Solo que aquí, con Josefina, el chillido [el arte] está liberado de las ataduras de la vida cotidiana y nos libera también, aunque sea por un momento.” La noche de navidad, los rabinos cortan el papel higiénico para todo el año. En el retrete está prohibido leer la Torá. El rabino deduce que solo en ese lugar pueden leerse los libros profanos. No creo, como dicen, que Josefina la cantora sea una alegoría al pueblo judío. Un pueblo que enfrenta numerosos peligros, que por diecinueve siglos se ha defendido de un entorno hostil, que elige un salvador. Un pueblo fácil de conmover puede también mostrarse insensible y tirano. Confinado el gueto judío de Praga y distanciado de su comunidad, Kafka es un aislado dentro de los aislados. Ponerse a un ladito de la realidad es como llevar un diario: vivir un presente descolocado, de manera que ofrezca perspectiva. No se aborde la perspectiva kafkiana desde el sicoanálisis o la religión. Sí desde la literatura. Kafka no buscó ser teólogo ni especialista, solo quiso meterse bajo la sombrilla del arte. Se puede fallar en cualquier aspecto de la vida, menos en la escritura. Josefina, faro, soporta la idolatría y el repudio. El pueblo es una pequeñez acostumbrada a que nadie supere su medida. Lo incomprendido despierta un sentimiento religioso. Josefina, artista, pueblo, ratones. Palabras sueltas rodando por ahí. Viene entonces de parte extraña algo que no puede explicarse muy bien y arma con esas palabras la representación corta y precisa de este mundo. Un jugador común toma las fichas de ajedrez y juega una partida ordinaria. Un gran maestro, con esas mismas fichas, realiza una obra maestra. Pasa igual con las palabras. Pero las palabras por sí solas no son suficientes para contar el mundo real. Hace falta un vórtice. Hace falta un grito con rebote. Recuerde, lector, Gulliver no era un gigante, es que todos los demás eran diminutos.

III
Mientras espera el arribo del tren, sentado en la estación de Praga, el hombre mal afeitado mira con atención a un grupo de niños que hacen corrillo alrededor de un objeto pequeño que uno de ellos sostiene. Ve a dos mujeres elegantes subidas en una pequeña tarima que reprenden a un carguero de equipajes porque les dejó caer el baúl sobre los rieles. Los hombres que esperan el tren sostienen en una mano el paraguas y en la otra el periódico que anuncia las tensiones entre el ya inestable Imperio austrohúngaro y grupos separatistas de origen checo, serbio y rumano. Hay una caricatura del emperador Francisco Jose arrodillado ante el zar Nicolás II. Falta media hora para que llegue el tren y el hombre mal afeitado piensa lo bien que le vendría si la estación de repente se vaciara, entonces se sentiría igual pero sin ruido. El invierno está bien instalado. No quiere dejar su puesto junto a una saliente de madera que lo cubre del viento siempre adverso, pero le inquieta el corrillo de niños, entonces se acerca silencioso, se empina y logra ver el objeto con que juegan. Se trata de una esfera de madera que cabe en la palma de la mano. Adentro, una superficie plana contiene un laberinto de caminos y un pequeño agujero hasta donde el jugador debe conducir, con mucho tacto, una bola. El hombre no parpadea por un momento, toma el cuaderno y escribe: “Si la bola estaba desocupada, opinaba que ya se le atormentaba bastante durante el juego con los caminos y que, por consiguiente, tenía derecho a descansar en la zona libre de ellos. Además, como tenía bastante anchura, afirmaba que no estaba hecha para un camino tan estrecho. No obstante, los caminos no podían ser cómodos para ella, pues en ese caso no sería un juego de paciencia”. No continúa con la anotación porque ve aparecer en la plataforma a una mujer rubia que se lleva su atención. La observa agazapado, y al llegar el tren se desliza tras ella, espera a que tome asiento y se apura a sentarse a su lado.
Veo la expresión de niño miedoso y obediente que tiene Kafka en la portada de sus Diarios (Debolsillo, 2006) y pienso: tiene cara de ser un perejil incapaz de torcer el destino de alguien. Tiene peinado reglamentario y mirada frágil. El 23 de marzo de 1915 el perejil se decreta “hueco como una concha en la playa, dispuesto a ser machacado de un puntapié”. Acaso preparado a ser barrido por el piso igual que Gregorio Samsa. Cuando yo era niño y rezaba lo hacía esperando que alguna recompensa llegara, algo como la tranquilidad, paz interior, claridad de pensamiento. Casi nunca llegaba. Pasan los años y esa recompensa se evapora por completo, no vuelve, y en su lugar aparece el hastío, la negrura de los días. Ya no hay rezos ni esperanzas ni pedidos. Hay una petición recurrente: que el ruido se vaya. El ruido era un demonio, un impedimento con cara de demonio. En abril de 1915 viaja en tren a Hungría acompañando su hermana Elli. Se ve obligado a interactuar con gente recién conocida: “Incapaz de convivir con seres humanos, de hablarles. Completo abismamiento en mí mismo. Apático. Angustiado. No tengo nada que comunicar, nunca, a nadie. Con los enfermos es preciso ser severos, de lo contrario no se consigue nada”. El mundo exterior interrumpe y el interior se retuerce. Desde niño es escenario de unos dolores de cabeza terribles que duran tres o cuatro días, se queja repetidamente. No escribe, espera. Cuando se van tampoco escribe, viene a hacerlo, como un loco, al dar con un buen párrafo. Lo hace por encima del sueño y el cansancio. Cree que es merecedor de algo después de haber soportado los dolores, de haber rezado. “La tierra es particularmente negra y pesada en esa región. Por eso brinda a los topos un alimento particularmente sustancioso y estos crecen de manera inusual”. No busca entender nada, es un visionario. La lucidez es incompatible con la tranquilidad.
Un apellido así no pasa desapercibido. Es sonoro y enigmático. Cuando oí por primera vez sobre Kafka y su obra pensé que el misterio recaía de lleno en la letra K. Esa es una letra poderosa, capaz de engullir sin inmutarse a las pobres C y Q. Los nombres y las letras vienen a tomar nervio solo cuando el sujeto ha labrado su destino. Si Kafka hubiera sido un obrero ignoto cuyo mayor logro en la vida fue jubilarse y envejecer, su apellido sería uno más en la guía telefónica. Las letras que le tocaron en suerte fueron eso, una suerte. Un texto judío del siglo VI dice que Dios construyó a partir de 22 letras. Las ordenó de forma que dieran lugar a todo lo que existe. A cada una le corresponde cierto poder en tal o cual franja de la existencia. La letra kaf, dice, le sirvió a Dios “para formar el sol en el mundo, el miércoles en el año y la oreja izquierda en el cuerpo”. Kafka y el sol, no se busquen vínculos, no los hay. El retraimiento, la oscuridad y el rezago no se oponen, en este caso, a que un hombre alcance respeto de sombra. Más de un tercio de los relatos cortos de Meditaciones tienen como trasfondo un dolor creciente de cabeza que pocas veces se interrumpe. A veces aparece como recipiente de carbón, otras como buitre o ventana, otras como puente sin barandales o azote de domadores. Hubo un tiempo, cuando los dolores arreciaban por la noche, en que lograba domarlos metiéndose a fondo en sus entrañas, escarbando bien adentro del punto sucio donde dolía, siguiendo más allá, como si apareciera un toro negro tremendo y el hombre, en vez de huir, caminara hacia él. Y cuando lo tiene enfrente y enviste, no deja de avanzar. Pasa por entre cuernos que lo rompen, sigue sobre su cabeza, el lomo que lo aplasta, patas que le parten los dientes. El hombre sigue sumergiéndose en ese negror, se ve a punto de desistir, pero le anima la certeza de que llegará a un punto de penetración que no le dejará al dolor más opciones que rendirse. Lo conseguía, el dolor terminaba por retirarse, y el hombre seguía robustecido pensando que era el único ser al que jamás ningún dolor le ganaría. Pero con los años empieza a flaquear, siente que sus pies están hechos de un aire denso que no se resiste a sí mismo. Se detiene y siente a fondo el espesor y por momentos no le parece tan mal. Imagina que así es estar muriendo. Imagina que lo terrible no es morir ni que duela sino la presencia lejanísima de gente que quiere, el abatimiento de que el dolor supera al amor.

IV
Su médico y amigo Robert Klopstok y Dora Dymant, su última compañera, están ahí viéndolo agonizar, padeciendo, pero él los ve indiferentes, fríos, y esa desazón, la comprobación de que siempre se está solo, es el momento culmen de la vida. Los momentos que preceden a la muerte son los únicos abrumadoramente reales en la vida de todos los hombres. La obra de Kafka eleva un grito: nadie jamás ha dejado de estar solo, en una vida llena de cosas extrañas, destinadas a uno solo, y que no se pueden decir. En las cosas más profundas estamos indeciblemente solos. Aun los mejores se equivocan en las palabras cuando estas han de significar los más silencioso e indecible. Pobre el individuo capaz de escribir en nombre de todos. Nadie vivirá su dolor como él. Se sentía, en los días de escritura febril, más fuerte que la fuerza, y al momento de dejar de escribir o en los periodos resecos, pleno de “torpeza mental, expulsado”. Esos días se extinguen rápido, la tuberculosis se le anuncia con una larga antelación. La enfermedad espiritual ha rebasado sus bordes y se clavó en sus pulmones. A los 25 años el dolor ha reclamado su trono y ya nunca lo dejará. Solo dará pequeñas treguas, suficientes para uno o dos capítulos por semana y páginas que terminarán en el cesto de basura. Cada capítulo tiene valor por sí solo y valor en conjunto. Antes escribió relatos pequeños para la revista Hyperion e intentos de narraciones mayores (Preparativos para una boda en el campo, Los aeroplanos en Brescia) que se quedarán como relatos cortos con finales abiertos, universales.
En El Castillo el agrimensor K quiere entrar. En El proceso el funcionario K quiere salir. En ambas situaciones termina absorbido por el laberinto ideado por los hombres para vivir en sociedad. El rezago es una característica sobresaliente en el agrimensor. El Castillo configura la interrupción adrede en la línea de vida del individuo. Los intermediarios de un Conde que jamás aparece fragmentan toda relación entre K y los aldeanos. Pareciera más libre que todos, pero se ancla a un sitio que le está por completo vedado. “Nada había más absurdo y desesperante que esa inmunidad”. La aldea está ahí para negarle a K toda posibilidad de acceso al castillo, ¿cómo?, prometiéndole interceder por él, manteniéndole la esperanza de admisión con anzuelos irrechazables para un recién llegado. Todos le conocen cada movimiento e intención. Todos le anticipan cada movimiento e intención. No es que no pueda llegar al castillo, es que el camino termina mucho antes de llegar a él. El individuo no es recibido ni expulsado, no es aceptado ni resistido: no tiene lugar. Entre tantos intermediarios que le prometen ayuda, está Hans, el niño: “Una leve sonrisa en las comisuras de sus tiernos labios parecían insinuar que él sabía que tan solo se trataba de un juego”. Mientras el funcionario K de El Proceso es instado a indagar, a buscar una forma de salir del embrollo judicial (ya no a conocer la causa), en El Castillo a K se le mueve tanto a salir como a entrar. Una entidad dominante lo lleva de cabestro con una atadura que es exclusión e invitación, alternadas hasta el infinito. La paradoja de Aquiles reclama su sitio: la meta o realización tienen como esencia el inalcanzable. Hay sutiles contradicciones de los más naturales en las instrucciones que K. recibe de los aldeanos (“las ordenes no están en las palabras sino en el ademán que las acompaña”). Un secretario, un profesor, el alcalde, cada uno recomienda algo que es lo contrario a su siguiente recomendación. Un desorden repetido incesantemente ya es un orden. Así como el error enraizado por la costumbre se vuelve normalidad.
El último capítulo de El Proceso no es el último. Max Brod lo enhebró para darle forma de pieza cerrada. ¿Cómo va a tener terminación un proceso que no avanza? La obra fue pensada para mantenerse ad infinitum. Todo en El Proceso pervierte la lógica del thriller. La negación de la acción hace que el interés del lector se recargue en la atmósfera, no en los hechos. Párrafos y frases larguísimas, con un exceso de subordinación que parece destinada a causar agotamiento y extravío en el lector. Ese enorme volumen construye, más que la narración, la atmósfera. Vienen después dos o tres frases cortas que devuelven al lector a un escenario real, físico, como respiraderos que anuncian una nueva inmersión. Desde el momento en que se proclama la apertura de un proceso, K, sin rejas, ya está preso. A donde va es observado, de golpe toda la gente lo conoce y sabe de su acusación, van un paso adelante. El castigo viene antes que la culpa y que el crimen, como si fuera necesario practicar la operación quirúrgica antes de que llegue la enfermedad. Por momentos el autor no sabe qué hacer con K, hay giros que parecen carentes de planificación, como el oleaje del mar, pero ¿quién cuestiona el oleaje del mar? En las historias de Kafka el ambiente y la penetración sicológica importan más que la evolución y el entendimiento de los hechos. Sin embargo hay excepciones. Con lo bonito que era presentarse primero y que luego lo conocieran a uno, piensa K.  Hombres uniformados se presentan para arrestarlo, y para arreglar el asunto al detenido solo se le ocurre mostrar su carnet de ciclista. Es injusto que el Kafka humorístico sea menos admirado que el lúgubre.

V
Aun con roles, actitudes y necesidades diferentes, el agrimensor K y el funcionario K son el mismo personaje porque la dualidad lineal en los hombres es una falacia. Un engaño de la moral. La alegoría de los estados ambiguos de comportamiento que ficcionó Stevenson es por muchos malinterpretada. Tanto Jekyll como Hyde son dobles. No es que Jekyll sea contenido, virtuoso, racional. Hayde no es primitivo, cruel e irracional. Ninguno es absoluto. Tanto el uno como el otro son dobles, contradictorios e intermitentes. Tienen mil desagües inexplicables. No se trata de un yo bueno y uno malo, se trata de un yo múltiple, cualquiera sea su inclinación moral. La complejidad viene con K como marca de su configuración por defecto. Kafka defiende la idea de que un hombre no puede dividirse, tiene que acoger insalvablemente a muchos hombres —cada uno cambiante, altibajo y contradictorio en sí mismo— en un solo cuerpo.
En la Isla de Pascua las moles de piedra observan y callan. Pesan porque pesa todo lo que han visto en tres mil años. Se mantienen poderosas dentro de la mudez, a lo mejor conocen un secreto milenario que no puede comunicarse. ¿Por qué encargó Kafka la quema de sus obras? Si lo hubiera querido él mismo las habría quemado. Publicar encarna cierta responsabilidad, denuncia una especie de aceptación de las condiciones de gregarismo que tanto atacó mediante sus fábulas. El autor queda ungido y pasa a enfilarse junto a tantos otros. Si se considera que la mayor parte de sus obras quedaron inconclusas —como seguramente él lo planificó: el proceso no debe tener final porque la justicia es inalcanzable, al castillo-divinidad jamás se podrá acceder, el teatro donde admiten a Karl Rosman, el héroe de América, continuará las demoras y postergaciones por toda la eternidad—, puede pensarse también que un objetivo a medio alcanzar no merece ganarse una plaza en la historia. Las notas de Max Brod hablan de cierta alegría solapada que experimentaba Kafka cuando la revista Hyperion publicaba sus relatos. Hay varias versiones acerca de los designios de Kafka para sus manuscritos. Una dice que Kafka seleccionó sus tres novelas para que sí se publicaran, nada más. Otra, que a Max Brod nunca se le entregaron los manuscritos, y aprovechó una visita a la habitación del difunto y los robó. Otra, que Kafka siempre quiso meterse en la historia de la literatura porque conocía el calibre de su obra, y junto a Brod urdió el plan de hacer creer al mundo que su voluntad era quemarlo todo. Los monolitos terminan hablando.
Kafka no quiso apartarse por completo: fue una exigencia innegociable. Su configuración por defecto era la alienación. No eligió hacerse a un lado sino internarse, como una forma alterna de evasión. Terminó convertido en el núcleo, en faro, en parangón, en objeto de estudio, en centro. No es posible renunciar a ser centro del mundo. Ningún ser humano jamás ha tenido una experiencia de la que no sea el centro absoluto. Cada individuo es, en todo momento, el centro del universo. No me refiero a su universo. Todo lo que existe se mueve en torno a su percepción. La gente ordinaria sigue manteniendo repulsión ante esa idea. La consideran egocentrista. Como si no fuera su principal condición de existencia. ¿Por qué toman entonces los puntos de vista propios como patrón de conducta? Solo considerándose un centro puede alcanzarse un lugar, un carácter, un ángulo, una ubicación. Piglia dice que el estilo en un escritor no es otra cosa que la convicción de tener un estilo. Así nada tengas que ver con el arte, considera esto: el mundo está siempre al frente tuyo, y a tu espalda, a tu derecha e izquierda. Y adentro tuyo. El resto del mundo necesita una forma de comunicarse contigo, pero tus pensamientos son inmediatos, precisos, reales, sin mediación externa. Sí, hacemos concesiones, conviene a los otros y a las relaciones sociales dejar amarrado en la trastienda a ese animal egocéntrico incapaz de negociar con nadie. Pero ese animal es producto de nuestra configuración por defecto, nos viene de fábrica. El equilibrio no es más que contención. A lo mejor Kafka nunca supo de esa contención porque nunca consideró siquiera la idea de ser centro. Se alejó tanto que terminó convertido en corazón del átomo. Cruzar por la vida sin dejar rastro sería una lágrima que se pierde en la lluvia. La obra es la culminación de una causa, el aporte destinado a la inmanencia. El río tiene que desbordarse.

VI
Dejar obra es dejar la vida. En cambio dejar descendencia es fácil. Regar la cimiente entre la humanidad es un acto instintivo, más propio del cuerpo que del espíritu. Los diarios de Kafka insinúan que siempre está anclado en el comienzo. No cree que pueda dar un final satisfactorio a sí mismo ni a sus textos. Tener hijos ofrece un resquicio que los hombres confunden con la terminación, realización de la existencia, garantía de permanencia de una estirpe que, por facilista, no merece permanecer. Kafka grita de nuevo: no hay que cooperar con lo estatuido. Quienes cooperan son las primeras víctimas. Para él, ser padre es aprobar el despotismo, favorecer la continuidad del sometimiento, el susto de la dictadura doméstica. El viaje de Kafka mal afeitado a Berlín aquel día de 1912 estaba destinado a seguirle los pasos Goethe. Irá a Weimar, pasará horas en la casa del sabio, hurgará en los objetos y notas, vivirá pequeños periodos libres de ansiedad, y en el jardín donde Goethe escribía caminando terminará de cortejar a Grete Bloch, la hija del cuidandero. De ese romance pasajero nacerá un niño que morirá ocho años después, y gracias al apoyo furtivo de Grete para que el hombre se entregara a su obra sin las interrupciones y desdichas de la paternidad, Kafka jamás supo que fue padre.
Sus páginas son difíciles porque de un mundo difícil no puede salir nada fácil. Un estado venido de las profundidades vierte profundidad al papel. Fue un desnudo entre vestidos. Cortado en seco a ras de piel. Cuando se rompen las apariencias, ¿qué es seguro fuera de nuestro propio ser? No puede esperarse blandura de un escritor que desconoce la blandura. Figuras descompuestas, confusas, extrañas, rotas, como de alguien que tiene genio. Los monolitos de la Isla de Pascua saben algo importante. Han visto tres mil años de hombre y mundo. Reservan su secreto para quien sepa descifrarlos. Si un hombre pudiera descifrar el secreto de la existencia le sobrevendría una condición sin equa non: no poder comunicarlo. Kafka quiso revelarlo y supo que el precio sería su propia existencia. Su marca le impidió participar de su propio acontecimiento. Resolvió entonces dejarlo encriptado. Aunque sabía que es algo tan incomunicable como la experiencia de la muerte o como cualquier experiencia individual. Todas lo son.

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