Reflejos, un cuento de Farides Lugo

Farides Lugo Zuleta (Barranquilla, 1987). Magíster en Historia de la literatura de la FURG (Brasil). Profesional en Estudios literarios de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá). Es docente de la Universidad del Norte (Barranquilla) y colaboradora de los procesos editoriales de las revistas ESAL y Huellas. Es de su interés investigativo: la nueva novela histórica colombiana, la esclavitud y la alteridad desde una perspectiva ética. Algunos de sus cuentos han sido publicados por Libros & Letras y Aurora Boreal. Actualmente prepara su proyecto editorial Mackandal.
Andrés Sierra

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Yo que sentí el horror de los espejos 
no sólo ante el cristal impenetrable 
donde acaba y empieza, inhabitable, 
un imposible espacio de reflejos
Jorge Luis Borges

I
Antes de cerrar por completo la puerta de su apartamento, ella mira a sus dos gatos a los ojos, se han quedado quietos por su evidente partida. Los ojos muy redondos, las orejas verticales, esperando. ¿Podrían verla a través de la puerta? Ella confirma tener la llave en su mano y que los bombillos estén apagados. Suspira y cierra la puerta contundente.

II
Cinco, cuatro, tres, dos, primer piso. Ella no tiene carro, por eso nunca desciende al menos uno o menos dos. Atraviesa fugaz la recepción, regando su splash fantasía azul profundo y sonrisas piadosas para el vigilante de turno, búho paciente y amistoso.
Va tarde. No quiere llegar a la cita con más de quince minutos de retraso. Ruega para que haya algún taxi estacionado debajo del enorme árbol de la esquina. Allí está, la abejita amarilla. Aprieta el paso. Con el rabillo del ojo sospecha que una señora con sus dos hijos también persigue el mismo objetivo. La chica suele ser amable y generosa, pero hoy no se puede. Sin girar la cabeza pretende hacerse la loca, abre la puerta del carro y se acomoda con un ademán ágil, cuando quiere atraer la puerta hacia sí, la señora se lo impide con su mano también rápida y su gesto angustiado. Le pide torpe compartir el taxi. La chica duda, repara el niño dormido en el hombro de su madre, su pequeño rostro enterrado en el cuello sudoroso de la señora. Siente algo de pesar, pero toma su decisión final cuando calibra de pies a cabeza al jovencito que los acompaña, un atuendo medio descolorido que cubre un cuerpo de más o menos diecisiete años. La chica mira fijo a los ojos rasgados de la señora, niega con la cabeza, toca dos veces su muñeca con el dedo anular y tira fuerte de la puerta del taxi.
Dirigiéndose al conductor, ordena que la lleve, por favor, a la cinemateca. Mantiene su rostro firme mirando a través del panorámico y suspira, ya se siente tranquila.

III
⸺¿Por qué no quiso compartir el servicio con la señora? Les hubiese hecho el colectivo y salía más barato.
⸺Voy de afán, señor. Además, uno nunca sabe. ¿Qué tal que nos atracaran? Se veían raros.
⸺Yo tengo ojo clínico. No era más que una señora cansada de cargar a su peladito, acompañada de un hijo bien acaba-ropa que no la ayuda con el peso.
La chica no respondió. Le fastidió que el taxista enturbiara aún más su reciente remordimiento. Lo miró, hasta el momento no había reparado en él. Para ella sólo era una voz, un ente que recibía indicaciones precisas. El tipo se supo observado y dejó nacer e instalarse su mueca de sonrisa.
⸺¿Y si yo ahora le hago el paseo millonario?

IV
Ella sintió de inmediato el bajonazo. Algo frío descendió de golpe por su garganta y se quedó en su estómago. Sabía por instinto que debía guardar silencio y dejar, casi que colaborar, para que lo que tuviese que pasar ocurriera en el menor lapso posible. Lo que más le dolió fue pensar en su esposo. La desgarró imaginar la angustia y la pena que le ocasionaría saber que a su mujer la habían abusado o asesinado. Lloró con amargura.
Quizás ya habían pasado más de diez minutos desde que el taxista se desviara del camino solicitado; agarró con descaro la Circunvalar con rumbo hacia el sur de la ciudad. Viaje opresivo, camino plagado de mototaxis, bicicoches, ventas de frutas mosqueadas, casitas lamentables, fábricas ordinarias; paisaje que los acomodados sólo se permiten contemplar cuando van al aeropuerto y les refuerza el alivio de alejarse una temporadita de allí.
El conductor giró brusco a la derecha y se hundió en la noche de un barrio bullicioso.

V
El paseo de la muerte paró frente a una casa estrecha. Después de bajar, el taxista se dirigió a la otra puerta y sacó a la chica tomándola fuerte del cabello. Con su cuerpo inclinado, ella contó los pasos hasta la entrada de la casa, diecisiete. Él abrió, saludó y por fin la liberó.
Cuando ella se animó a elevar su rostro recibió un segundo bajonazo frío al comparar las caras de los dos hombres. En la cocina de esa diminuta casa se encontraba una copia exacta del taxista fritando unas tajadas para la cena. Ella pensó que debía ser su hermano. Ambos sujetos se entendían sin necesidad de articulaciones. De inmediato la desvistieron, la encerraron en una pieza y allí permaneció perdiendo cada vez más los números del tiempo.

VI
Ella recibió cada noche sus visitas. Nunca fue capaz de distinguirlos. Ellos jamás le preguntaron su nombre. La chica les suplicaba una charla, escuchar por lo menos sus voces diciendo palabras al azar: hombre, gato, carro, brazo, casa, sexo, hogar… Ellos eran silenciosos e implacables.
De pie, ella ya no podía alcanzar con la mirada su pubis, su vientre se fue inflando, imparable, y los hombres se fastidiaron, por fin, de la contenedora de la nueva vida. Cada uno la agarró por un brazo y la echaron lejos de la casa. Ella no sabía qué hacer con su nueva autonomía. La luz la lastimaba y las miradas insistentes de los transeúntes, también. La única certeza que tenía es que jamás volvería a coger un taxi. Una señora diligente le lanzó un vestido viejo por pena ajena. La chica se lo puso sin pensarlo y decidió usar sus dos piernas para volver a casa.

VII
Anduvo por calles azotadas por el sol. Entre el zumbido de carros ardientes. Con esfuerzo recordó. Pronto se halló frente a un árbol enorme. Tres taxis se alineaban en espera paciente de clientes. Era allí, había llegado a su esquina.
 Su mirada se dirigió hacia donde debería estar su antiguo edificio, pero este no apareció. Estaban, eso sí, todas las casas enormes de su vieja cuadra, menos su edificio. El número 90-51 no existía. Ella no tenía a dónde volver. Su paseo de la muerte no tuvo retorno.

VIII
Atolondrada, anduvo sin rumbo fijo hasta encontrar una tienda con sillas amarillas. La barriga le pesaba, decidió sentarse un rato. Alguien salió disparado de detrás del mostrador y se le acercó dispuesto a espantarla, pero al mirarla de cerca se arrepintió. Ella lo miró suplicante y sin voz, la chica ya no podía escuchar sus propias palabras: “¡Ayuda! ¿Quién soy?”.
Fijó su mirada en el televisor que colgaba de una esquina de la tienda. Se ilusionó al pensar que su esposo la estaría buscando todavía. Pasaban las noticias, la presentadora de tv, con sus ojos rasgados, se le hizo exacta a la señora que le pidió compartir su taxi aquella horrible noche. Su rostro relampagueó en su mente. Tuvo que cerrar los ojos. Siguió escuchando la noticia en su propia sombra: Una joven ha sido raptada y colgada en lo alto de un árbol en el municipio de San Antero; por meses fue alimentada con los frutos del mismo árbol, según indican las cáscaras regadas cerca al tronco. Su ropa estaba en jirones por la intemperie al momento del rescate, sin embargo, no hay confirmación de agresión sexual. Sus familiares no se explican lo ocurrido, afirman no tener enemigos. La joven no está en condiciones de dar su versión de los hechos en exclusiva para nuestro canal. Lamentablemente ha perdido el habla como consecuencia del trauma. No sabemos hasta cuándo estará en shock… Narraba la voz neutra de la presentadora.
Ella abrió sus ojos. “Qué historia tan terrible”, pensó. La noticia la hizo olvidar por un momento su patética situación personal. Miró la pantalla, repetían una y otra vez el video del rescate de la joven del árbol. Vio su cuerpo atado en cruz, mujer-Jesucristo, y su cabello enmarañado. La cámara hace un acercamiento. El televisor muestra claramente un rostro golpeado por el dolor, exacto al de ella. Idénticas.


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