Personajes a la obra, un cuento de Fabián Martínez

Fabián Mauricio Martínez G. Sus trabajos periodísticos han aparecido en la Revista DONJUAN de la Casa Editorial El Tiempo, la Revista DOMINGO de El Universal de México, la Revista VICE, Las2orillas y el portal de periodismo 070. En 2015 fue finalista del 5º Premio Latinoamericano de Crónica Nuevas Plumas y en 2014 recibió mención como finalista del Premio Nacional de Crónica Ciudad de Bogotá. En 2017 fue seleccionado por la FNPI, como uno de los ganadores de la Beca de Periodismo Cultural Gabriel García Márquez. Es autor de cuatro libros, dos de ellos de cuentos, Una Ciudad llamada Bucaranada y Cuervos en la Ventana, Editorial UIS; una novela, El sexo de las salamandras, Ambidiestro Taller Editorial; y una biografía juvenil, Me llamo José Antonio Galán, Editorial Norma.
Fffound

Conozco ese brillo en sus ojos, el minúsculo girasol alrededor de la pupila, la ceja alzada para enfatizar lo que dice. Sé lo que está pensando. Sé lo que está haciendo. Yo lo escribí. Yo lo inventé de la cabeza a los pies.
El escenario es un bar de oficinistas a las seis de la tarde. Mi personaje está sentado junto a una chica en la terraza del primer nivel. Considera que acostarse con ella en la agonía del jueves es la mejor recompensa para un día tan parecido al de ayer. Y al de anteayer.
Mi personaje prepara su próximo movimiento. Sabe que debe fingir interés por lo que ella dice. Sabe que debe mover las manos con gracia, hacer una pausa y susurrarle: Moría de ganas por estar a solas contigo.
—Escúchame bien.
—Cuéntame —le responde ella ensortijándose el pelo con un dedo.
—Nos están escribiendo.
— ¿Qué? —pregunta ella con los ojos desorbitados.
—No me pongas esa cara, nos están escribiendo —contesta él enarcando la ceja—. De hecho, la ceja que acabo de alzar fue obra del que nos escribe —continúa mientras busca las palabras de su siguiente frase—. Se supone que debo callarme y tú debes hablar.
— ¿Y cómo estás tan seguro?
—Soy su personaje principal. Escucho su voz y, a veces, los dedos golpeando las teclas. Por favor, habla.
— ¿Pero qué digo?, estoy muerta del miedo  —contesta la mujer tapándose la cara con las manos—. Desde que dijiste que nos escribían, un nudo se apretó en mi garganta.
—No le pares bolas a ese nudo, lo amarró el que nos escribe. Solo finge que hablas, y por favor quítate las manos de la cara. Se supone que te estoy seduciendo.
—No es fácil, me siento extraña —dice ella incorporándose y sobándose el cuello.
—No te preocupes, tenemos una ventaja —asegura él retomando su carácter de seductor irresistible.
— ¿Cuál? —pregunta la mujer aclarándose la garganta.
—El escritor no conoce nuestras voces. Se cree el cuento del narrador que lo ve y conoce todo. La patraña del narrador omnisciente.
—Oh, Dios mío —exclama ella con indignación—. Los peores son los que se creen Dios.
— ¿Ves? No hay que tener miedo —le dice él mientras le acaricia una oreja—. Yo me inclinaré, te susurraré algo y tú sentirás cosas ricas.
—De hecho, las siento —dice ella cruzando las piernas cubiertas por medias veladas, apretándolas bajo la falda roja.
—Te lo dije, primor, nos están escribiendo —afirma él con tono triunfante—. Ahora deja que te bese.
Mi personaje besa a la mujer. Ella lo atrae hacia su pecho palpitante.
—Qué maravilla, sobre esto nunca nos hablaron en la Escuela —dice ella apretándose contra el hombre.
— ¿De qué cosa?
—Sobre esta extraña sensación de sometimiento —responde la mujer, separándose.
—Exacto, se supone que ni siquiera nos íbamos a dar cuenta cuando nos escribieran —reflexiona el hombre tomándose la barbilla—. Definitivamente estamos frente a un mal escritor.
Mi personaje masculino le dice que vayan a su apartamento, el cual queda muy cerca, en las Torres del Parque Amarillo, a pocas cuadras del bar.
—Levántate y camina.
— ¿A dónde vamos?
—A mi apartamento.
— ¿Y por qué?
—Este tipo quiere que concluyamos el asunto.
—No me digas que es de esos autores que no puede pensar en otra cosa cuando chico conoce chica.
—Exacto querida —le confirma besándole la mano derecha.
—Bueno, por mí está bien. Solo te pido que no uses el módulo Marqués de Sade- Miller-Bukowski. Hoy me siento especialmente tierna.
— ¿Quieres que concluyamos el asunto?
—Sería delicioso.
—Tienes razón, quiero quitarte la ropa.
—Vamos entonces. Seré una chica muy mala.
—Muero de ganas, pero me interesa encontrar a nuestro autor.
—Olvídate de eso. Nos seguirá escribiendo cuando hayamos acabado y entonces podremos encontrarlo.
—Pero cada caricia, cada beso, cada arremetida de nuestros cuerpos será obra de él. No nuestra.
—No importa, bésame.
Él la toma por la cintura, la aprieta contra su vientre, la besa. Ella lo abraza, le acaricia la pierna. Sus lenguas son dos salmones saltando contra las piedras de sus dientes, nadando a contracorriente de las bocas.
—Espera, esto me encanta, pero realmente quiero descubrir al que nos escribe —dice él separándose del beso.
—Pero estamos en llamas —dice ella acercándose.
—Lo sé, estoy hecho un animal —responde él mientras la aparta de su regazo—. Ya tendremos tiempo para esto, te lo juro. Por ahora encontrémoslo, debe andar cerca.
— ¿En serio?
—En serio.
— ¿Por qué estás tan seguro que vamos a encontrarlo?
—El muy tarado escribió Parque Amarillo.
—No te lo puedo creer.
—Te lo dije primor, es de lo más predecible. Según la Teoría de la Creación Autor-Tropo-Personaje de Yulian Kieslowski, el Parque Amarillo es un café para intelectuales de izquierda.
—Por supuesto —dice ella riéndose con ganas.
—Vamos a buscarlo.
—Quiero que vayamos a tu apartamento y me arranques la falda.
—Lo haré, pero primero encontrémoslo.
—Eres de lo más aburrido cuando te empeñas en algo.
—No lo seré cuando me empeñe en ti.
Una llovizna cae sobre la ciudad. La pareja camina abrazada. Él le señala la esquina del Parque Amarillo, y junto a un urapán, las torres de apartamentos donde vive.
— ¿Ya vamos a llegar? —pregunta ella.
—Supongo, nos acaba de ubicar en la esquina del Parque Amarillo.
—Eso quiere decir que el autor debe estar metido en ese local, el de los maniquíes en la vitrina.
—Debe ser. No hay más locales. Además eso de poner maniquíes y máquinas de escribir en la vitrina es de puro café de intelectuales de izquierda.
—En la Escuela sí nos advirtieron sobre este peligro: piojos y poesía —dice ella entrando al café.
—Bufandas, caspa, tinto, impostura y afectación —agrega él—. Pero qué diablos, hay que correr el riesgo.
—Por lo menos hay tres hombres que escriben —observa ella—. Dos lo hacen a mano, fíjate.
—Debe ser el del portátil, escucho las teclas en mi cabeza.
Entran a las Torres del Parque Amarillo. En el ascensor, las bocas reconocen el veneno de la sangre caliente. El vaho del deseo cociéndoles las encías. En el pasillo, antes de abrir la puerta del apartamento, mi personaje rasga las medias veladas de la mujer.
—Disculpe señor —dice el personaje masculino tocándole el hombro al autor sentado a una de las mesas del café.
El autor salta de su silla. Se para frente al personaje masculino como un pugilista. Le lanza un par de ganchos, sin éxito.
—No se atreva a interrumpirme, mequetrefe —dice el autor mientras lanza un jab de izquierda—. Estoy a punto de concluir mi mejor relato, estoy a punto de noquear a mi lector.
          — El peor y más predecible de los relatos, querrá decir —lo enfrenta la mujer—. ¿Me va a pegar? ¿Le va a pegar a una mujer?
El autor baja sus puños. Se acerca a la mujer. Toca su falda roja. Acaricia su melena ensortijada. Dibuja con su dedo la línea de la nariz. Se dirige hacía el personaje masculino y con una lupa que saca del bolsillo, examina los ojos del hombre. Reconoce el minúsculo girasol alrededor de la pupila y, tambaleando, se ubica detrás de la mesa en la que segundos antes escribía.
—Deje de escribirnos —ordena el personaje masculino levantando la ceja.
—Esto es imposible —dice el autor—. Ustedes no pueden salir de mi historia y venir a reclamarme.
—Sí podemos. Fuimos a la Escuela de Personajes y aprendimos cómo lidiar con escritorzuelos como usted —dice la mujer con alboroto.
El autor, pálido como una hoja aún por escribirse, niega con la cabeza:
—No puede ser posible, porque yo ya no estoy escribiendo —dice el autor—. La historia sigue contándose —y señala con el dedo al ordenador sobre la mesa.
El intelectual de izquierda y los dos personajes se asoman a la pantalla luminosa. Letra por letra, las palabras se forman en el monitor. Acaecen en oraciones, en párrafos, en páginas. Se percatan que la mesa que sostiene el ordenador no está hecha de madera. Está compuesta por extrañas sucesiones de emes, ées, eses y aes. Las bufandas, los cigarrillos, los maniquíes, la vitrina, los urapanes, el cielo y la llovizna tienen la misma estructura caligramática. Letras apretadas que caen, ruedan, tiemblan, ascienden y resoplan sobre un mundo azotado por las teclas del que escribe.
Aterrados —el personaje masculino, la mujer de falda roja y el intelectual de izquierda— comprenden que hacen parte de la obra de otro escritor.

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