Unos tragos con David Betancourt

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Ángel Castaño Guzmán

A la hora de hablar del cuento colombiano actual de inmediato vienen a la mente los nombres de Luis Noriega, Andrés Mauricio Muñoz y David Betancourt. Este último –filólogo de la Universidad de Antioquia, ganador de varios concursos nacionales– en menos de un semestre publicó dos libros de cuentos: Bebestiario y La vida me vive amargando la vida. Betancourt es un tipo juicioso, un lector muy atento y un bebedor de primera: casi nadie es capaz de tumbarlo libando aguardiente. Él, al igual que Chiquito –el personaje central de su más reciente libro–, ha hecho de la gorra un símbolo inconfundible de su indumentaria. Así sea de manera virtual, con él se conversa sabroso. Acá una muestra.

¿Por qué escribe?
Yo escribo para pasar bueno.
En menos de tres meses aparecieron dos libros suyos: Bebestiario y La vida me vive amargando la vida. ¿Cuáles son sus rituales a la hora de escribir? ¿Cuál es el secreto detrás de tal fecundidad?
Yo no escribo todos los días ni me pongo horario para escribir ni escribo para ejercitarme ni para soltar la mano ni para no dejar de sentirme escritor... El método mío es no tener método. Si tuviera horarios y esas cosas escribir se me volvería como un trabajo y no pasaría tan bueno como le digo. Desde hace casi un año no he escrito una sola línea, pero sí he leído parejo y comido ensalada y montado bicicleta. Dejar de leer si no me dejo, no me lo permito. Yo escribo únicamente cuando me dan ganas y tengo ideas y cosas en la cabeza y como no trabajo ni estudio me puedo dar el lujo de sentarme un año enterito y darle todos los días todo el día. Pero siempre voy sin afán. Eso sí, todo el tiempo, cuando estoy barriendo, trapeando, cocinando, sacudiendo, arreglando el solar, jugando con los gatos, matando zancudos, viendo partidos, remendando las medias… estoy escribiendo cuentos en la mente y apuntando cosas en un cuaderno. Ahora tengo un libro terminado, sobre vicios, que no me falta sino escribir.

Ataques de Risa y La vida me vive amargando la vida son libros de cuentos protagonizados por un personaje: en el primero una chica filóloga, en el segundo un filólogo cuarentón. Háblenos de la gestación de estos dos libros.
Yo, como estos dos personajes que mencionás, curiosamente también soy filólogo de la Universidad de Antioquia y pienso muy parecido a ellos y además los tres queremos ser escritores de cuentos y la vida nos la tiene montada. A veces la muchacha filóloga me recuerda mi adolescencia: por lo frenética, descontrolada, rebelde… Y Chiquito, el cuarentón filólogo, se me parece mucho a mí en cinco años: es como una caricatura mía, mi futuro yo. En Bebestiario, mi libro sobre el trago, también, casualmente, hay varios filólogos por ahí trabajando de mensajeros, arreglando jardines y caídos de la perra. Lo que yo quiero es que los filólogos se pongan de moda a ver si consigo trabajo algún día y abandono mi profesión actual de amo de casa. Estos tres libros son los que más he disfrutado escribiendo y los escribí como te dije: se me ocurre algo, leo o veo o escucho algo que me gusta, lo pienso bien, lo voy escribiendo en la cabeza y cuando ya está terminado en mi cabeza lo escribo en papel. Los libros con un personaje que protagonice todos los cuentos se me facilitan más, paso más bueno escribiéndolos porque no tengo que ponerme a buscarle un tono a cada cuento (diez o quince tonos en total por libro), ni un personaje por cuento (o sea diez o quince), ni necesito inventarme diez o quince maneras de hablar ni diez o quince estilos…, sino que el mismo personaje se despacha, se desahoga, se contradice, se equivoca solo y el escritor, creo, el autor del libro, no se ve o se ve menos. El que se ve es el personaje. Pero te repito: que mis personajes sean filólogos, les gusten los libros de Felisberto Hernández, vivan en Medellín o en México es pura casualidad.
Ahora que habla de Felisberto Hernández, cuéntenos cuáles son los cuentistas que le han ayudado a comprender los mecanismos de la ficción corta.
Yo no sé cuáles cuentistas me han ayudado a comprender los mecanismos de la ficción corta, como vos decís, pero sí sé que Felisberto Hernández hoy es el que más me gusta. Su humor, la espontaneidad, la ironía, la gracia, el personaje de sus libros, lo patético, lo raro. Felisberto no se pone a inventar cambiando de narrador cada dos renglones ni se inventa estructuras complejas ni se pone a inventar cambiando de tiempo todo el tiempo ni le interesa tener una “prosa potente” que vaya a mil ni lucírsele al lector ni quiere descrestarlo con trucos y experimentos… Lo que le interesa a Felisberto, como a mí, es contar una historia sencillita, cotidiana, en primera persona (excepto la novela corta Las Hortensias, que escribió en tercera persona) y listo. Pare de contar. Parecen cuentos chiquiticos, pero son inmensos y algunos llegan muy adentro de uno. También me gustan mucho Ibargüengoitia, Cepeda Samudio, García Márquez, Rulfo y muchos otros, por lo mismo.
A la luz de sus experiencias de lector y cultor del cuento, ¿cuáles son los ingredientes que para usted debe tener un cuento?
Antes te hubiera contestado que el cuento no debe desviarse, no debe irse por las ramas, que debe tener tensión e intensidad, que no debe contar más de una historia, que no puede ser más largo de la cuenta porque deja de ser cuento y se vuelve novela o más corto porque cambia de nombre, que debe ganar por nocaut y tener un inicio, un nudo y un desenlace y todas esas cosas que dicen los manuales y que la gente repite y que enseñan en algunos talleres. Ahora, hoy, te contesto que un cuento para mí puede ser cualquier cosa, que hay muchas maneras de escribirlo, que cada cuento tiene sus propias reglas, que nadie tiene la razón y todos la tienen cuando hablan de lo que es el cuento y que lo único que tiene que importar es que esté bien escrito. Un cuento necesita libertad, que lo escriban como se le antoje al escritor. A mí me gustan mucho los cuentos espontáneos, que son como narraciones orales, con gracia, sin lenguaje rebuscado o refinado, sabiendo que detrás de esa espontaneidad hay muchísimo trabajo, mucho cerebro para que se lea espontáneo, o sea cero espontaneidad.


La vida me vive amargando la vida sigue en detalle las travesuras que el día a día le juega a Chiquito. Este libro es su primero publicado en una editorial comercial grande. ¿Cuál fue la génesis de la idea? ¿Qué diferencia este trabajo de sus anteriores libros?
Hay gente que por más esfuerzos que haga, por más que quiera salir adelante en la vida siempre le va mal. Yo quería escribir una caricatura de esa gente de malas, de esas personas desafortunadas a las que la vida no los deja vivir tranquilos, se las tiene montada, les tiene bronca, como rabiecita o algo por el estilo y siempre terminan fracasando, perdiendo. Entonces, queriendo escribir sobre esa gente, se me ocurrió un personaje que se llama Chiquito, un cuarentón mantenido que vive con sus papás, el abuelo y Chigüira, la muchacha del servicio, que teniendo el título de filólogo hispanista de la Universidad de Antioquia se ve obligado, para pelechar, a trabajar repartiendo volantes disfrazado de empanada o a animar una primera comunión de un niño vegetariano disfrazado de zanahoria. Al final, siempre, en los diez cuentos, termina peleando con su vida, agarrado con ella, alegándole por portarse tan mal con él, con ganas de pegarle un tiro. ¿Qué diferencia este trabajo de mis anteriores libros? Que son cuentos mucho más extensos, que todo pasa en Medellín, el tema, etc. De los seis, este libro fue el que más disfruté escribiendo. Además tuve a Carolina López y Paula Marulanda, dos tremendas editoras, ayudándome.
En los últimos años su trabajo ha recibido varios premios literarios. ¿Qué importancia tuvieron los premios en la formación de su carrera literaria?
Los premios me han servido para motivarme a escribir, para agarrar confianza, para no tener que pasármela buscando editoriales que publiquen mis libros y para que lo que escribo sea más fácil de conseguir y la gente me lea más. Cuando uno no tiene amigos en este medio ni en los medios, cuando uno vive fuera del país, cuando uno no es de los que se mantiene tirando elogios por ahí a todo el que se le atraviese ni se mantiene metido en ferias y reuniones de escritores y redes sociales… ganar premios es una de las poquitas maneras de hacerse ver. Eso sí, ganar concursos también sirve, y mucho, para conseguir enemigos y gente que no lo quiera a uno ni poquito y, por eso mismo, que lo lea a uno todo el tiempo con juicio y hable de uno y lo mantenga vigente.
¿Qué le ha aportado a su trabajo literario la temporada que lleva radicado en México?
México me da lo que más necesita un escritor: tiempo. Mi tiempo se lo doy todo a la cocina y a la mal agradecida de la casa que se ensucia fácil, y, sobre todo, a la lectura y a la escritura. Bebestiario y La vida me vive amargando la vida los escribí en México. Acá no tengo los distractores que tenía en Colombia, como las visitas, los amigos fiesteros y eso tan horrible que se llama trabajo. Ahora más que todo estoy dedicado a leer mientras me dan ganas de escribir.
Antes hablaba usted de la malquerencia que se ha ganado por vencer en los concursos literarios. ¿Tal vez sea ese el origen de los rumores sobre supuestos plagios en sus textos? ¿Qué tiene para decir al respecto?
Con mis cuentos y con mis libros y con los premios que he ganado he conseguido más amigos y gente que me quiere y que piensa y habla bien de mí. Sin embargo, esta gente buena gente conmigo no ha logrado con sus comentarios positivos lo que sí han logrado los cinco que no me quieren. Por ejemplo: los cinco dicen algo malo sobre mí y entonces me entrevistan más, me buscan editoriales, revistas, aumenta la gente de la que es querida conmigo y por eso se venden más mis libros y a mí me va mejor. También me escriben escritores y me dicen puras cosas buenas y me apoyan y algunos me hablan de la frase famosa que una vez dijo Cochise. Además, me escribe gente contándome que los cinco que no me quieren aprovechan los talleres que dan para seguir hablando mal de mí. Eso pasa siempre en la vida. A muchos les duele que a los otros les vaya bien. Si los cinco que no me quieren tuvieran la razón y sus acusaciones fueran ciertas no me apoyarían escritores ni me buscarían editoriales ni me publicarían cuentos ni me invitarían a ferias del libro ni a charlas ni me estuvieras entrevistando vos ni llegaría tanta y tanta gente de la que es querida conmigo. Esto es algo personal que ya, y me lo han dicho varias personas, es evidente, patente. Ellos me acusan de algo que García Márquez, y solo lo menciono a él, hizo muchísimo: jugar, algunas veces, con una idea de otro escritor, sin copiar ni una sola línea. Desconocen que en la literatura las ideas no se protegen porque si se protegieran no existiría ni la mitad de los libros que existen. Yo a este tema no le paro bolas y no le voy a perder más tiempo. Mi tiempo lo invierto leyendo y escribiendo. Lo que iba a decir sobre esto lo dije ya en su momento respondiendo un ataque anónimo al que se le veía la rabia. Todo lo que acabo de comentarte se resume en un video que Luis Miguel Rivas me mandó una vez. “Vos sos el pájaro grande”, me dijo Rivas.
Video que menciona David Betancourt:
    Terminemos con su top cinco de cuentos imperdibles para cualquier lector.

Es que no se me ocurren cinco cuentos. Mejor digo que vale la pena leer a Felisberto Hernández y a Roberto Arlt y a Ibargüengoitia y a Armonía Somers y a Cepeda Samudio.


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