En la mesa de Miguel Manrique


Ángel Castaño Guzmán

Miguel Manrique cultiva la novela (Disturbio), el cuento de terror (Ellas se están comiendo el gato) y el ensayo (Carlos Fuentes: una lección del tiempo y la circunstancia). Desde hace un tiempo coordina un taller de escritura creativa dirigido a los interesados en la novela corta. Formado en la academia, Manrique –como podrá comprobarlo quien lea los siguientes párrafos– es un tipo sensato en sus afirmaciones, conocedor de la tradición literaria. Su huella de lector se puede notar en Planeta Lector, uno de los sellos de la editorial Planeta. En medio de sus múltiples oficios, con gentileza abrió un respiro en su agenda para contestar estas preguntas.

En su calidad de escritor y de editor, ¿cuáles son los ingredientes que debe tener una novela para que sea un acierto estético?

La novela, como género literario, se ha ido transformando a lo largo de la historia. Hay enormes diferencias en la estructura dramática, narrativa y lingüística entre las novelas que se escribieron en el siglo XI y las que se escribieron en los siglos XVII, XVIII, XIX, XX y el siglo actual. El héroe novelesco, Don Quijote o el príncipe Genji, es parte fundamental en una novela. Deben ser personajes complejos, marcados por la historia, la sociedad, los ideales, las obsesiones de su época. Como el doctor Zhivago y Emma Bovary. Pero deben ser también personajes cotidianos, mediocres, llenos de defectos y contradicciones, como Leopoldo Bloom. Los personajes de la novela son personajes comunes y corrientes. Provienen de los bajos fondos de la sociedad y la historia. No son como los de la épica que eran dioses y héroes, o como los de la novela fantástica que son monstruos o magos. También es importante la ilusión de completitud de la historia, es decir, que esté acabada, que sea redonda, como se dice vulgarmente. Debe parecer, cuando uno la lee, que una vida comienza, entra en crisis, se resuelve y termina. Una novela es la narración de un viaje interior, como le ocurre a Gregorio Samsa, o exterior como le sucede a la jueza Roslin. Una novela es el relato de una búsqueda, en la que el protagonista se enfrenta a obstáculos, a miedos, a otros personajes, a la naturaleza, al crimen, a los prejuicios de su pueblo. En esa lucha aprende, halla la verdad, un tesoro, el amor, la desilusión o la muerte. Una novela es una propuesta estética, un artefacto bello a pesar de sus imperfecciones: un trabajo que el escritor desarrolla usando una materia maleable e indisciplinada llamada el lenguaje. Con el lenguaje, el escritor le da forma a su oficio, construye una voz, un ritmo, un estilo. Esto es, una forma particular de ver el mundo a través de la literatura. Una novela parece un universo ilusoriamente acabado y perfecto en forma de libro, pero en realidad es una máquina inacabada y defectuosa en la que de manera indispensable interviene el lector, que es, en últimas, el que la llena de sentido. Una novela es una máquina de generar sentido.




Hace un tiempo publicó usted la novela Disturbio, sobre la vida política y académica de las universidades colombianas. ¿Qué tanto se alimentó su obra de su tiempo de estudiante de la Nacional? Vista con la perspectiva de los años, ¿cuáles son, en su opinión, los aciertos y los fallos de esa ficción?

Disturbio fue el resultado de años de inquietud sobre cómo escribir una novela. El mundo que recreo en esta historia tiene que ver con el mundo que viví como estudiante de la Universidad Nacional. Con la forma como me relacioné con mis profesores, mis compañeros y mis amigos. Con la forma como viví esa época a finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, con mis lecturas, mis pasiones y mis obsesiones literarias. Voy a recordar y a parafrasear algo que dijo Aldous Huxley a propósito de la publicación de Un mundo feliz, para referirme a los aciertos y los fallos que usted menciona. Los defectos de Disturbio como obra de arte son considerables, pero hoy soy otra persona. Así que no voy a llorar sobre los errores literarios de diez años atrás, no voy a intentar enmendar una obra imperfecta para darle la perfección que no logró en su primera ejecución, ni tampoco voy a perder los años de la madurez en el intento de corregir los pecados artísticos que cometí y legué cuando era joven, «todo ello, sin duda, es vano y fútil».

Sin embargo, ¿qué cambiaría en Disturbio si quisiera? Tal vez haría a Manuel Martínez un personaje más fuerte como outsider literario y cultural que, creo, fue el error que cometió el personaje: no defender radicalmente sus gustos literarios y culturales hasta el final, en contra del canon académico. No flaquear ante la cultura hegemónica y dominante que, en principio, era algo en contra de lo que iba a luchar. Pero esto ya lo ha resuelto la psicología. Disturbio es el resultado de enfrentar la pasión por la cultura, como un espacio amplio donde caben todas las manifestaciones estéticas, con las posiciones políticas más ingenuas. Disturbio es una novela de amor incomprendido e inconcluso. La historia de unos personajes despistados, jóvenes, ingenuos, ignorantes que desean salir de esa situación.
Disturbio está escrita con ese espíritu y creo que el resultado lo expresa. Me gusta la imperfección de esa novela, sus fallos y aciertos. Y no le cambiaría nada. Eso creía, eso pensaba y así escribía el joven Manrique que la escribió.

Volvamos un momento a su rol de editor. ¿Cuál cree usted que es el aporte del editor literario al debate público y cultural del país?

El editor literario es una especie de Prometeo. Roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. En mi caso particular, ahora que estoy a cargo de un catálogo importante, es clave entender qué se lee en Colombia. Qué leen los niños, los jóvenes y los adultos. ¿Cuál es el perfil de estos lectores? Es muy complejo. Un editor es alguien que sufre de acoso textual. A mí me interesan mucho los géneros literarios: la poesía, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo y la crónica porque hacen parte de la formación cultural de los niños y jóvenes del país. A pesar de las creencias, en Colombia se lee mucho el cuento y la poesía, y hay buenos cuentistas y grandes poetas. También me interesa publicar géneros literarios específicos como la novela negra, la novela policiaca, la ciencia ficción y los relatos de terror escritos por autores colombianos. Estos géneros estaban desaparecidos o escondidos, a causa tal vez de la violencia. Frankenstein no asustaba en Colombia porque eran más miedosos el Mono Jojoy y Jorge 40. Tengo la hipótesis de que ahora estamos más preparados para leer más este tipo de literatura. La literatura colombiana es mucho más amplia y diversa de lo que un simple editor como yo se imagina.

¿Cuáles son los temas que hoy obsesionan a los autores colombianos? ¿Qué tipo de virtudes y puntos flacos encuentra en general en los libros que llegan a su mesa de editor?

Por esa misma diversidad de la que hablé, los temas que obsesionan a los escritores colombianos, narradores y poetas, son asimismo variados: la violencia política bipartidista, el nueve de abril, el amor romántico, la soledad, la muerte, los próceres y conquistadores, quizás fueron temas dominantes en una época. Hoy el panorama es distinto: hay novelas y cuentos que narran los desastres naturales que ha vivido el país, como la avalancha de Armero y el terremoto del eje cafetero. Hay novelas y cuentos que hablan del conflicto y estigma que significa padecer de enfermedades mentales. Hay novelas y cuentos que narran la vida, aventuras y desventuras de los homosexuales. Novelas y cuentos que hablan del papel de las mujeres en las regiones, de la vida de los pobres, los afroamericanos, la clase media, los perros, los artistas y los escritores. Novelas y cuentos sobre la corrupción, el narcotráfico, el paramilitarismo y las masacres. Y mucha de esa narrativa es contada en clave de parodia y humor, de rabia y resentimiento. De autoficción, autobiografía y testimonio. Las formas son variadas, así como los tonos, los ritmos, la búsqueda de un estilo y la factura. Hay una especie de rescate de las formas de hablar regionales, barriales y populares. También la poesía colombiana es vigorosa por sus poetas, viejos y jóvenes, y los festivales, y las publicaciones. Pero sobre todo porque la poesía colombiana ha sobrevivido al lirismo bobo y a la falacia, repetida hasta el cansancio, de que aquí todo el mundo escribe poesía. Es falso. En Colombia sí se escribe poesía, y la hacen unos pocos buenos poetas, en todo el país, que siguen utilizando el verso como forma estética para hablar de la vida cotidiana y sus preocupaciones. En Colombia, el cuento y la novela hablan en voz alta, casi gritan, en cambio la poesía nos habla al oído. También me parece importante pensar en editar y publicar obras importantes de la dramaturgia colombiana, de autores que han escrito para las tablas, pero con un sentido estético del lenguaje.

¿Cuál cree usted que es el principal reto del libro en el mundo de hoy? ¿Tiene alguna idea que sirva para superarlo?


Creo que el libro es un objeto que goza, desde sus orígenes, de funcionalidad y perfección. Por su naturaleza, el libro siempre estará presente en las habitaciones y estudios de los lectores. Tener un libro es un privilegio. No sólo por lo que representa como símbolo de cultura y conocimiento, sino como receptáculo de la memoria. El libro ha superado la prueba del tiempo, a pesar de la fragilidad del papel. Compartirá el lugar de la lectura con otros dispositivos, pero su valor y nobleza creo que se incrementarán con el tiempo.



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