La lotería está en cualquier parte




¿4792?, preguntó la empleada a través de la ventanilla.
Tuvo que gritar porque el ruído de la calle abrumaba las palabras y desde el otro lado del vidrio, donde estaba Jota, no se escuchaba nada de lo que ella decía.
¡Sí!, respondió también a gritos Jota, 4792.
Hoy juegan cuatro loterías, ¿cuál prefiere?
¡La de aquí!, respondió él de nuevo a gritos.
Cuando recibió el billete lo revisó, efectivamente allí aparecía 4792, lo dobló por la mitad lo puso en el bolsillo de su camisa y salió a la calle.
Aunque su manera de jugar parecía descuidada, en realidad no lo era, respondía a un método friamente calculado. Lo había aprendido de su padre, apostador empedernido que vivió de los números, como él decía, mantuvo a su familia, pagó estudios a su hijo y murió sin dejar herencia.
Desde muy pequeño, había aprendido a convivir con los números: cómo distinguirlos, cómo jugar con ellos, cómo calcular sus posibilidades de repetición en una serie, cómo descifrarlos. Su papá le enseñó el valor de fundar su vida alrededor de ellos, el arte que debía dominar si quería ser apostador, una profesión tan digna como cualquier otra, insistía. Cuando decidió que sería contador, su papá lo animó diciéndo que había elegido el mejor camino. En esa profesión estarás en contacto con la materia prima de tu vida, los números, agregó, eso te hará sensible, para distinguirlos, para ver cómo se repiten, cómo interactúan con otros, en grupo, o con otros grupos que verás en la calle, o en cualquier parte.
Heredó una táctica que no era compleja pero era el secreto mejor guardado de su familia. Consistía en llevar el historial de cada número que jugaba anotado cuidadosamente en unos cuadernitos de pastas verdes con textura de mármol, cuadriculados, de cien hojas, que compraba en la tienda dos cuadras más abajo de su casa. Cuando los cuadernos de pasta verde se acabaron y tuvo que cambiarlos por otros de pasta roja, Jota dijo al tendero que no le gustaba la posibilidad de tener dos colores diferentes de cuadernos para llevar sus estadísticas. Debí comprarlos todos del mismo color desde el primer día, dijo cuando se enteró que ya no encontraría más cuadernos verdes en ninguna otra parte de la ciudad. Según sus cálculos, cada cuaderno duraba aproximadamente dieciocho semanas, lo que quería decir que un año equivalía a tres cuadernos y dos semanas. En esos cuadernos anotaba, hacía cálculos, y definía por probabilidades cuál era la mejor apuesta del momento, allí estaban consignados cifra por cifra los movimientos de todos los números que se hacían públicos por medio de apuestas en el país. Eran su memoria, su organización y su principal herramienta de trabajo. No hay duda, Jota era un hombre organizado, como debe ser quien maneja estadísticas y además hace apuestas, lo heredó de su padre.
Hasta que una noche tuvo un sueño en el que una mujer, que no había visto nunca, lo siguió por todas partes hasta el frente del edificio donde vivía, lo curioso era que detrás de ella no había otros edificios, como los que veía todos los días por la mañana cuando salía a la calle, había un potrero con vacas de todos los colores, 4792 vacas. La mujer se descubrió el pecho con una mano para mostrarle, tatuado en uno de sus senos, el número 5803, mientras con la otra mano parecía indicarle un camino. Hasta ese día y, a diferencia de otros apostadores, Jota tuvo poca fe en los sueños, por eso le parecía tan difícil recordar cómo continuaba el de la mujer frente a su puerta. Sin embargo, la noche siguiente y las otras noches de esa semana soñó con la misma mujer en distintas situaciones y cada mañana el esfuerzo por recordar el sueño se convirtió en ejercicio matutino.
Hay números tras de mí, pensó, mirando el techo de su cuarto, mientras contaba distraídamente las tablillas de la decoración, contó 47,92, casi 48.
En otro de los sueños un taxi paró cerca de él, el chofer le abrió la puerta y cuando se acercó para subir vió que el chofer era la mujer del sueño anterior que le mostraba un número como en los sueños anteriores, esta vez era el 3681 escrito con bolígrafo en la palma de su mano. Después, en otros sueños, se encontró con el 3883 y el 5601 que lo inquietaron. Otra noche soñó que, al cruzar la calle, una moto lo atropelló. Recibió un golpe tan fuerte que quedó tendido en el asfalto. Lo único que alcanzó a distinguir de la motociclista fue su cara, era la misma mujer y el número que llevaba marcado en la parte de atrás del casco no estaba lejos de los anteriores, era el 5881. Ese jueves en la noche, llevó su trabajo de contador a casa para ver qué hacían los números fuera de los sueños, que de trabajar. Los que aparecían en casi todos los papeles estaban cerca de los que había visto en sus sueños. Todos giran al rededor del 4792, concluyó.
Cuando se acostó no  se podía quitar el número de la cabeza. -¿Qué estará pasando con él, será una fecha?¿Cuatro de julio del noventa y dos? o ¿Abril siete del noventa y dos? O al revés ¿Septiembre dos del cuarenta y siete?¿Febrero nueve del setenta y cuatro, o dos de Septiembre del setenta y cuatro? Mientras calculaba se quedó dormido. Esa noche soñó que estaba en una playa solitaria con la misma mujer, morena, alta, de pelo negro, corto, de unos treinta años. Ella llevaba un vestido de baño rojo con soles amarillos de una sola pieza, le gustó el vestido y alargó su mano para tocarlo, pero ella no dejó que la alcanzara y le señaló algo que había dibujado en la arena, era un número, el 4792. De repente estaban rodeados de gente, pero ninguna de esas personas estaba vestida con ropa de playa, mas bien parecía una fiesta y él en medio del corrillo en vestido de baño. Cuando quiso encontrar la mujer del vestido de baño rojo, había desaparecido.                                              
Se despertó temprano y volvió a revisar la hoja que llenó la noche anterior con los números que en apariencia lo venían siguiendo: 5881. 5601 . 5803 . 5683 / 4792 / 3681 . 3883 . 3603 . 3801.
El número central era el del último sueño, en el que casi toca a la mujer. Tal vez, pensó, estaba buscando liberarse y no lo había logrado, por eso le estaba mandando mensajes con otros números. Es extraño, pero puede suceder, pensó Jota esa mañana cuando revisó el periódico y vió que otras loterías distintas a la que jugaba siempre los viernes, habían estado cerca. Ese día salieron el 5683 y el 3801. Era la primera vez que algo así le sucedía, tenía cerca cuatro números atrapados y sintió la necesidad de liberarlos. Quedó más convencido de lo que sucedía cuando, camino de la casa de apuestas, le pareció ver  por la ventana del taxi el número atrapado en la placa de un bus. Tuvo que apurar al taxista hasta casi hacerlo chocar para que alcanzara el bus y confirmar, mientras esperaba que el semáforo pasara al verde, que el número a liberar era 4792.

Y ese día, lo jugó.
Cuando salió a la calle después de hacer su apuesta y se encontró en medio del tumulto de gente que iba de un lado para otro, se acordó de la mujer que lo había perseguido toda la semana en sus sueños y que él, con su manía de buscar lo que pasaba con los números, había dejado en segundo plano. Morena, alta, de pelo corto, de unos treinta años, fue la figura que recordó de ella. En ese momento todas las mujeres que pasaban a su lado se le parecían: las altas, las gordas, las bajitas, en todas veía a esa mujer que ahora, de un momento a otro, comenzó a intrigarlo. Al llegar a la esquina, volteó a la izquierda. Dos cuadras más allá de la venta de lotería, estaba la estación de Metro, eran las cinco y media de la tarde. Las 17:30, marcaba su reloj digital, pero no, ese no es el número de hoy, pensó tranquilamente y caminó por la acera hacia la estación. Un halo rojo con soles amarillos brilló a su lado. Mientras levantó los ojos de su reloj para ver de donde venía el resplandor, lo único que alcanzó a ver fue la forma de un vestido femenino. Era la mujer. Era la misma mujer de la playa con un vestido igual al del sueño que se le iba a ir, se le iba a perder otra vez entre la multitud que a esa hora salía del trabajo. Ahora que la tenía cerca, en carne y hueso, no era posible que se le fuera, ella que le había mostrado durante noches enteras, que había cuatro números atrapados, ella, esa mujer que iba delante de él fue quien le impuso la tarea de liberarlos. ¡Tenía que saber quién era, tenía que hablarle!
La mujer se desenvolvía bien entre la gente y la esquivaba sin complicaciones. Iba más rápido que Jota, que ya había tenído que pedir excusas por lo menos a tres personas en su afán por alcanzarla. A él, que nunca se le arrimaba nadie para ofrecerle nada, hoy, todos los vendedores ambulantes lo asediaron para ofrecerle cuanta cosa había que se pudiera vender como nueva. Por todas partes aparecían números que lo llamaban, que le hacían señas. Pero él no veía nada, tenía los ojos puestos en el vestido rojo de soles amarillos que aparecía y desaparecía entre la gente. La vió entrar al Metro y la perdió de vista por unos segundos. Cuando llegó a la puerta de la estación y distinguió la silueta roja subiendo la escalera automática, un muchacho, que servía de lazarillo a un vendedor de lotería ciego, se atravezó en su camino y le ofreció un billete con el número que, según él, iba a ganar ese día. Jota miró el billete con el ojo izquierdo, con el derecho seguía los movimientos de la mujer. Cuando por fin se atrevió a mirar con los dos ojos el billete que le ofrecía el vendedor ciego, no se pudo sobreponer a la curiosidad de mirar los otros billetes debajo del que le presentaban, se demoró solo tres segundos que fueron suficientes para perderla de vista. La mujer ya no estaba por allí. Sintió que la había perdido.
En la taquilla de entrada al Metro había una fila de tres personas. Cuando llegó su turno pidió un tiquete doble. Tendré que devolverme, dijo al muchacho que le entregaba el tiquete, justificando algo que ni siquiera él comprendió bien. Pasó la registradora y subió por la primera escalera hacia el andén donde llegaban y salían los trenes. Una vez arriba, recorrió toda la extensión del andén sin ver el vestido rojo. Cuando ya no sabía qué hacer y su desespero comenzaba a convertirse en frustración, alcanzó a divisar la figura femenina vestida de rojo con soles amarillos en el andén del frente, ella iba en la dirección contraria. Sólo pudo verla un instante, la llegada del tren que se dirigía hacia el sur, la desapareció de su mirada. Tomó un nuevo aliento. Corriendo alcanzó las escaleras, bajó lo más rápido que pudo, hizo los treinta metros del corredor que pasaba por debajo de los rieles para ir al otro lado en tiempo record y subió de tres en tres escalones hasta el andén dirección norte. Al llegar allí sonó el timbre de alerta que indica que las puertas del tren se cerrarían en diez segudos. Alcanzó a subir al primer vagón que encontró abierto. No vio la mujer, pero estaba seguro de que estaban en el mismo tren.
La puerta se cerró.
Respiró profundo, cerró los ojos y los dejó así unos momentos, entonces vino a su memoria una película que había visto en la que unos agentes enemigos perseguían a una espía también enemiga en el Metro de Nueva York. Los agentes iban de vagón en vagón mostrando sus placas secretas a los pasajeros asustados  y cuando ya casi iban a llegar al vagón donde estaba la espía, el tren entró en una estación, se detuvo y abrió las puertas, ella los vió venir pero se quedó quieta para que ellos no la vieran. Los pasajeros que iban a bajar se acercaron a la puerta y eso impidió que los agentes llegaran hasta donde estaba la mujer. En el momento preciso en que las puertas se cerraban, la espía bajó del tren. Sus perseguidores no pudieron bajarse, ella los buscó por las ventanas del tren y cuando los encontró les hizo un gesto desde el andén doblando el brazo derecho con ayuda de la mano  izquierda...
Jota abrió los ojos cuando el tren entraba en la estación siguiente. No me puede pasar lo mismo que a los agentes de la película. Bajó del tren apenas las puertas se abrieron para dejar paso a otros pasajeros y para vigilar si la mujer del vestido rojo con soles amarillos se bajaba también, pero no bajó y Jota se subió otra vez con los pasajeros nuevos. No se decidió a cambiar de vagón y buscarla en otro porque no sabía si ella estaba en los de adelante o en los de atrás y prefirió esperar que fuera ella quien hiciera el primer movimiento. Mantuvo los ojos bien abiertos buscando cualquier reflejo de color rojo entre los pasajeros, pero solo veía números. La camisa del vecino tenía cuatro colores. Una publicidad que había encima de la ventana del vagón tenía una sola palabra de siete letras: “Modelar”. En el fondo del pasillo venían nueve niñas de uniforme café y verde, gritando. Una señora, ya mayor, traía dos maletas. Sólo veía números. ¿Cuántos soles habría en el vestido rojo?, no había tenido la oportunidad de contarlos. La voz anunciando que entraban a otra estación lo sacó de sus pensamientos. Repitió la misma acción de la vez anterior: bajó, miró y nada, el vestido rojo no se veía por ninguna parte. Hizo lo mismo en las siguientes seis estaciones, la mujer no se bajó. Al llegar al terminal miró de nuevo su reloj, las 18:15. Qué número, pensó, pero no me sirve hoy. Escuchó la voz del altoparlante que decía: “Terminal, última estación. Todos los pasajeros bajan. Repito: todos los pasajeros bajan. Última estación…”
Aquí se tiene que bajar, le dijo el hombre de la camisa de cuatro colores, detrás de él mientras lo empujaba. Jota bajó al andén buscando la puerta de salida. Por allá tiene que pasar. Había una puerta a cada extremo del andén. Pasaron unos veinte segundos, en el tren venía mucha gente y era difícil distinguir algo a esa distancia. Por fin la alcanzó a ver en una de las puertas, pero lejos, unos treinta metros. Estaba allá, lejana, al lado de la puerta, se detuvo un instante y miró hacia el lugar donde Jota se encontraba, sus miradas se cruzaron o por lo menos eso pensó él y desapareció. Jota se abrió paso difícilmente entre la gente, llegó a la puerta de salida, bajó las escaleras, la máquina registradora, llegó a un salón grande que parecía el hall de entrada de la estación, bajó otras escaleras y salió a la calle. Miró a lado y lado y ya en la oscuridad de la noche no la vió.
Tuvo una sensación de impotencia tan grande que sintió deseos de sentarse en la orilla de la acera a llorar, no sabía qué hacer, perdió su rastro y no tenía a quién preguntar por ella. Unos metros más allá había un vendedor de cigarrillos con su mercancía en un mueble recostado contra el muro de la estación. Jota lo vió después de un momento de estar allí perdido sin saber para que lado ir. Se acercó y le preguntó: ¿vió salir de la estación a una mujer con vestido de tela roja y soles amarillos?, no sé cuantos soles, muchos... De repente Jota se detuvo, no continuó su frase, el vendedor esperó sin decir nada. Cuando Jota pudo hablar de nuevo, su mirada estaba fija en un billete de lotería pendiente de un gancho para papeles. ¿De dónde sacó ese billete de lotería? preguntó. Lo compré respondió el hombre, pero si quiere se lo vendo, también vendo lotería. Y ese número, ¿tiene otros números?. No, respondió el hombre, tenía el 0816 pero una mujer vestida como la que usted me pregunta lo compró hace unos momentos, me dijo que si un hombre venía, preguntaba por ella y me compraba este 4792, el último que me queda, le dijera por dónde se había ido. Dígame por dónde fue, ordenó Jota. Primero me compra el billete, respondió el vendedor. Jota lo compró y lo puso en el bolsillo de su camisa, junto con el otro billete. Ahora dígame. Insistió amenazante ¡Es urgente! El hombre guardó la plata del billete en el bolsillo y le señaló hacía el fondo de la calle, siga hacia allá dos cuadras, al llegar a la casa de balcón pintada de azul, suba a la izquierda otras tres cuadras, en esa esquina hay una tienda, cuando llegue ahí, pregunte al dueño donde queda la casa marcada con el número 47-92, creo que es por ahí cerca, dijo el vendedor.
Jota no dijo ni gracias. Salió corriendo hacía donde el hombre le había indicado, mientras tanto decenas, centenas de pensamientos golpeaban su mente, su respiración se agitaba a medida que avanzaba, imaginó el nombre de la mujer, tal vez se llame Tania, como la espía de la película, ¿cuántos años tendrá?¿será casada? No era el momento de hacer esas preguntas, estaba sólo a unos metros de tenerla frente a frente y no iba a detenerse en preguntas inútiles. Llegó a la tienda jadeando. El dueño, un señor gordo, de gafas pequeñas y tres pelos en la cabeza lo miró por encima de la montura y guardó silencio, parecía como si lo estuviera esperando. Tómese un vaso con agua, le dijo,  usted parece venir de una carrera. Jota, no dijo nada, las palabras se le enredaban en los labios. Tomó un sorbo de agua, respiró profundamente y preguntó ¿Dónde queda la casa número 47-92? Después de un momento el tendero le dijo. Es la tercera por la acera del frente hacia allá y con la mano señaló hacía la derecha, pero allá no hay nadie, agregó el tendero. ¡No es posible! respondió Jota. Alguien me dio esa dirección, en esa casa vive una mujer joven que acaba de llegar del centro. En esa casa vivía una mujer joven, le contestó el tendero, pero ella y su familia se fueron de ahí desde el cuatro de julio del noventa y dos, me acuerdo de la fecha, continuó el tendero, porque ese día fue día de fiesta. Jota no sabía qué hacer. Salió de la tienda sin abrir la boca y fue hasta la casa. Era una casa de dos pisos, con dos balcones, cinco ventanas cada una de dos alas, con tres divisiones. Esa manía de los números, pensó Jota parado frente a la casa a oscuras. Tocó tres veces y esperó, volvió a tocar otras tres veces. Tocó así muchas tres veces más y nadie salió, efectivamente no había nadie en esa casa. Se quedó allí, como sin sentido, no se dió cuenta cuando pasó el tiempo. Lo despertó el silbato del celador al amanecer, estaba recostado contra la puerta de la casa, se había quedado dormido, sin darse cuenta. Me dío lástima despertarlo, dijo el celador, parecía como si estuviera soñando algo muy agradable, se reía y hablaba con alguién, debía ser con una mujer porque parecía feliz y sus manos hacían gestos de acariciarla. Pero como está amaneciendo me decidí y lo desperté, váyase para su casa y siga con el sueño allá, aquí está haciendo mucho frío, dijo el celador y siguió pitando hacia la cuadra siguiente.
Jota regresó lentamente hasta la estación del Metro. Cuando llegó al puesto de cigarrillos, había otro vendedor, era un muchacho que apenas lo vió le ofreció el periódico de la mañana. El que trae las noticias frescas, le dijo.
Jota lo compró y buscó en la página de las loterías la que siempre compraba los viernes, esperando tener el número ganador. En el recuadro, debajo de donde estaba escrito Premio Mayor en letras grandes, aparecía el número 0816.

Fotogafrías de Miroslav Tichi

2 comentarios:

  1. Ese Jota debe estar muerto de la risa con este cuento, sentado y recortando periódicos...

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