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La Zona Fantasma, un cuento de Carlos Polo

Distrito Grafiti

L

o primero que golpea al pisar la Zona Fantasma no es precisamente el roñoso panorama, la suciedad, los desechos desparramados por todos lados, las edificaciones en ruinas; no: lo que realmente se te viene encima como un ramalazo es el mal olor. Una especie de presencia sólida y penetrante que te sacude entera.

Avanzo intentando sortear el detritus, la descomposición, las bacterias, las bacterias, las bacterias… los microbios, los microbios, los microbios…

Me esfuerzo en controlar las arcadas mientras me adentro en estas calles atestadas de sucios muertos en vida, con la firme intención de pasar desapercibida entre el ir y venir de todos estos desconocidos, en este pedazo de tierra de nadie, de estos miles de nadie que deambulan sin prisa y sin tiempo, con la marca del exilio pintada en sus caras.

Avanzo entre todos estos desahuciados que van por ahí compartiendo sus fluidos, su vaho, su sudor, su halitosis, su mugre y sus despojos.

En la Zona Fantasma habitan no solo alimañas y bichos de toda índole, sino miles de empaques desperfectos y en avanzado proceso de deterioro, enseñando a plena luz las claras alteraciones moleculares que presenta su organismo, la falta de regeneración de sus células y el descarado avance de la muerte, una real, definitiva e irrevocable muerte…

¿Cómo se puede subsistir en semejantes condiciones?, ¿cómo puede ser ésta una consciente y libre elección? No solo resulta difícil de creer, sino obsceno y repulsivo. Son fantasmas, sombras imperfectas, fieles discípulos del caos y la apoptosis, comemuertos impenitentes que decidieron huir del sistema y negar toda norma, toda ley, toda autoridad y regirse según sus propios términos.

A la Zona Fantasma se accede atravesando el Desierto de las Medusas, y luego este cuadro decadente en donde reinan como únicos dioses de bolsillo el individualismo, la fuerza, el engaño, la astucia y la recursividad. Aquí todo está en venta, todo es susceptible de negociar, hasta la esencia. Incluso lo que no se ha inventado, si no existe, en la Zona simplemente lo hacen realidad.

Mi IAI se apresura a descontaminar el oxígeno, un sujeto alto, extremadamente delgado, se atraviesa en la acera.

La cosa va ataviada con una vieja gorra gris, de la cual se desprende un par de orejeras largas que le penden sobre los hombros. Una especie de viejo gabán del mismo color, roído y deshilachado que le llega hasta las rodillas, le cubre una camiseta a rayas agujereada y un pantalón demasiado ancho y holgado que le baila sobre los huesos.

Se despoja de unas gafas oscuras con una extraña lentitud y solemnidad que me resulta curiosa y luego hace una mueca y muestra unas encías desdentadas. Su ojo derecho es una prótesis vieja por donde se puede observar una cuenca vacía y una serie de cables y conectores eléctricos, su ojo no es más que una pelotica que se mueve para todos lados como si no existiera conexión alguna entre los comandos cerebrales y la misma prótesis.

Su rostro ajado, excesivamente marcado por las arrugas, está enmarcado entre un cabello largo y completamente blanco, sin vida. Hace un gesto adusto, circunspecto, y enseguida vuelve a cubrir sus ojos con los lentes.

“¿Tiene alguna idea sobre cuánto tiempo habrá que mantener oculta esta historia?”, dice.

No entiendo de qué habla, y lo peor es que sigue como si nada, como si nunca se hubiera atravesado en mi camino. Un pequeño vehículo con dispositivo autónomo lo sigue como un satélite; en  el  interior  de  la  máquina,  expuestas  a  la  vista,  se  pueden  observar varias prótesis, algunas oculares, otras de extremidades inferiores y superiores, órganos biológicos e implantes cerebrales de vieja generación IA20050, completamente descontinuados.

Un ventarrón inesperado levanta una enorme nube de polvo. Sobre la acera y tirado como un trasto inservible, me encuentro con un cuerpo que yace boca abajo. Mi primer impulso es continuar mi camino sin que nada me distraiga, pero hay algo dentro de mí que siempre termina por imponerse a la lógica y a la razón.

“Esa no es una buena idea”, dice Eloysa, la IAP conectada a mi dispositivo.

“Y según su sabia majestad, ¿qué se supone que se debe hacer en estos casos?”. 

“Nada. Todo lo que no esté conectado con la operación está de sobra”.

“Y según… Me estoy saliendo de los parámetros que competen a la operación. Vaya, muchas gracias”.

“De nada”.

“Siempre es bueno tener presente estas cosas”. “Descuida, para eso estoy aquí”.

“De manera. Muy bien, gracias por todo, ciao …”. “Por favor, no me vayas a…”.

“Ciao, hasta la vista. En este momento no necesito sermones”.

Me agacho y toco el hombro del desconocido. “Hola, ¿está bien?, ¿se siente bien?”, le pregunto,  mis poros reciben otro embate del viento como respuesta, trago algo de polvo, lo cual me desata un momentáneo ataque de tos. Giro el cuerpo, que me parece liviano en exceso, como si tuviera entre mis brazos una cáscara vacía.

Del otro lado de la acera alcanzo a divisar unos viejos y roídos tenderetes atestados de compradores atraídos por el humo y los fuertes olores que producen los animales procesados para la ingestión. La triste panorámica me provoca un ligero ataque de asco y repugnancia.

En esta tierra de perros hambrientos y famélicos, nadie, absolutamente nadie, se interesa en otra cosa que no sea saciar sus propias tripas.

El cuerpo ya frío y acusando el rigor de la muerte, me enseña las cuencas vacías de unos ojos abiertos de par en par, que miran fijo hacia el oscuro infinito, hacia la nada. Automáticamente caigo en la cuenta de la inutilidad de mi gesto. De su boca escapa una enorme cucaracha que hace que retroceda de manera instintiva.

Era un hombre joven, famélico, sin un solo asomo de grasa corporal. No lleva calzado, ni abrigo, tampoco corazón, en su lugar hay un agujero y conectores desordenados y desprendidos. Otra cucaracha se desliza por su boca, y esta vez sí que resulta suficiente para mí.

“Eloysa, dame un mapeo completo de la zona, evalúa los posibles elementos hostiles circundantes y, por favor, dame la ubicación exacta del primer elemento”.

“Te dije que no era buena idea”.

“Tienes toda la razón, debí escucharte”.

“Por el momento no hay registro de posibles elementos hostiles a la redonda. Latitud Oeste, antigua capital portuaria. Divisado primer elemento a 2500 metros latitud norte”.

“Gracias, Eloysa”.

“No está de más recordarte que debes evitar el contacto con estos salvajes”. “Sí, ya lo sé”.

“Podría enumerarte una a una las 5325 posibilidades en las que esta exagerada exposición de tu parte puede terminar mal”.

“No hay ninguna necesidad de exagerar”.

“Yo solo pinto un cuadro fáctico de la realidad circundante”. “¿Y qué se supone que tengo que hacer?”.

“Ser mucho más cuidadosa y menos confiada. Por lo menos con un mimetismo adecuado llamarías mucho menos la atención”.

“Muy bien. Sugerencia procesada. Lo tendré en cuenta para la próxima”. “Deberías hacerlo en este mismo momento”.

“Gracias, pero no me apetece. Hasta luego”. “No se te…”.

“Ciao”.


Lascivia- bar.


Sobre el escenario tres jóvenes danzan mientras se van despojando de la ropa al compás monocorde y acelerado de una canción popular. Rodeando el escenario varias mujeres sonríen levantando sus vasos al aire. Algunas aprietan sus labios contra los de sus compañeras de mesa, otras se toquetean, otras aplauden mientras beben.

En la barra, uno que otro sujeto solitario contempla ensimismado su bebida destilada. El chico ubicado en el centro del trío de bailarines realiza una acrobacia que sus piernas modificadas le permiten, que no son otra cosa más que un par de implantes descontinuados, de esos que se empleaban antes de la revolución molecular.

Un sujeto excesivamente alto, que atiende los pedidos detrás de la barra, sonríe sin motivo mientras realiza unos ridículos pasos de baile y su cabello le cambia de rubio a moreno, de blanco a rojo, de azul a castaño, al ritmo de los beats acelerados de la canción que se escapa de los reproductores de sonido.

Cuando los jovencitos se despojan de toda la ropa, el bar entra en calor y la salva de aplausos y el vitoreo no se hace esperar. El rubio del extremo izquierdo se roba la atención de todos gracias a las erecciones espontáneas y a los movimientos rápidos y exagerados de su miembro que maneja a total voluntad. Alrededor de su glande se pueden observar los filamentos electrónicos y los conductos modificados que le permiten su espectáculo.

“¡Eloysa, Eloysa, necesito contacto visual con el elemento!”.

“Dame un minuto. La recomendación es dejar este lugar lo más pronto posible; todos y cada uno de los presentes se constituyen en elementos potencialmente hostiles”.

“A veces siento que olvidas toda mi experiencia y mis años de entrenamiento”. “No se trata de eso, es… No sé cómo explicarlo…”.

“Olvídalo, concéntrate en el elemento”.


Ilda la Desertora.


“De acuerdo. Reconocimiento facial, lectura biométrica concordante. Esquina derecha junto al rincón. Ilda Val Kiriart, más conocida como Ilda la Desertora, ex miembro importante de la FA perteneciente a las primeras falanges, fue degradada y expulsada durante la cuarta oleada de purgas. Fue acusada de apropiación de recursos, desacato y conspiración”.

“¿Por qué repites todo eso, Eloysa, si sabes que yo tengo esa información más que procesada?”.

“Porque lo considero necesario y práctico, lo siento. ¡Cuidado, arma letal!”.

“Eso sí que es importante. Pero tranquila, en esta ecuación a ella le resulta de mucho mejor provecho mantenerme intacta, sin un solo rasguño, o de lo contrario jamás conocerá lo que es un empaque nuevo. Es más, podríamos estar seguras de que de ahora en adelante contamos con una guía y con seguridad personalizada”.

“Contacto visual y reconocimiento asegurado. Preparados”.

“No hay problema”.

Alta, robusta, de facciones duras, Ilda es una mujer que lleva marcado el paso del tiempo en su rostro. La mujer  es poseedora de un raro temple, una especie de rudeza salvaje que habita en su mirada.

El barman sirve un par de tragos dejando las copas al alcance de sus manos, la larga barra poco a poco se ha ido poblando de curiosos que buscan de cualquier manera acercarse para observar mejor el particular espectáculo.

Ilda vacía la copa de un solo envión y la vuelve a poner sobre la barra de un golpetazo seco y enérgico. Escanea completa a la delicada mujer que tiene enfrente, la esculca de arriba abajo, empleando esos ojos fríos cansados ya de tanto trasegar por un mundo que no ofrece treguas ni concesiones.

“Es hora de largarse de aquí, niña, antes de que toque abrirse paso a punta de pistola. Uno no puede meterse en un nido de víboras como este con un empaque así de inmaculado. Allá atrás ya están negociando desde tus ojos hasta tus tetas. ¡Muévete, niña!”.

Dice con un tono de voz igual de áspero al de sus bruscos ademanes.

La noche sube de temperatura, los cuerpos de alquiler, de estos jovencitos desesperados, brindan y sonríen, entre el humo de cigarrillos de colores y sabores estrambóticos, entre exóticos licores que fungen como aperitivo para invitar los discretos placeres de la carne, entre alegres conversaciones de mero tránsito, antes de concretar la transacción.

Cada una de las luces están dispuestas para invitar a la intimidad y la discreción, en medio de una abundancia de cuero, piel al descubierto, risas, bebidas, danza. Todo lo que está ocurriendo frente a mis ojos es ilegal, prohibido y fue  erradicado completamente a lo largo y ancho de las cinco localidades.


La música del océano.


Ganan la calle y se enfrentan a otra noche desprovista de luna y estrellas, a un cielo, que no es otra cosa que un agujero negro y oscuro, un hueco gris del que empiezan a caer delicadamente pequeñas motas blancas. El frío arrecia, la calle es una boca hambrienta y abierta que las engulle sin masticar.

Rodean la calle con lentitud desplazándose con disimulado sigilo entre charcos y agua estancada. Rezagos del fuerte aguacero que cayó mientras ellas estuvieron bajo las luces estroboscópicas del bar.

Ahora acusan un persistente goteo fragmentado, lo suficientemente fastidioso para generar incomodidad. En especial las calles de la Zona Fantasma no gozan de una gran vitalidad y no se trata precisamente de la lluvia. En los pocos rostros de los atrevidos y necesitados cuerpos de alquiler que caminan la acera como si nada, se adivina el miedo y la desconfianza.

Ilda marca un paso rápido y firme. Doblamos la esquina para desembocar en un callejón oscuro. Se detiene, me toma de la mano y se lleva el dedo índice a la boca. Nos volvemos a mover, esta vez con mucho sigilo. Se vuelve a detener y se pega a la pared, recostando la cabeza y la espalda, me hace un par de señas ordenando que haga lo mismo. Bate un par de palmas y ordena con firmeza a su IAP.

“¡Camaleón!”.

Quedamos envueltas en una falsa fachada holográfica, que nos permite ver de adentro hacia afuera y nos proporciona un mimetismo perfecto. A escasos centímetros vemos pasar a un grupo de cuatro mujeres y dos sujetos que llevan armas desenfundadas. Todos estaban departiendo hace unos momentos en el mismo bar de mala muerte que acabamos de abandonar. Durante varios minutos se dedican a revisar y a hurgar por los alrededores, luego se dispersan, tomando cada cual un camino diferente.

Una vez que se pierden de nuestro alcance focal, Ilda se pone de nuevo en movimiento y volvemos a tomar la calle. Regresamos por donde vinimos, como recogiendo los pasos, y luego tomamos la bocacalle buscando el oeste por un callejón largo que desemboca en las postrimerías del Desierto de las Medusas.

Gracias a los conocimientos de la zona y a la ya curtida relación de Ilda con estos recovecos y estas callejuelas desamparadas y sin ley, logramos ponernos a buen resguardo. Ingresamos a una vieja edificación que parece abandonada. La primera habitación tiene una extraña forma redonda, es un recinto amplio, espacioso. Ilda se detiene en el centro de la habitación, cierra por completo los ojos y me dice.

“Cierra los ojos y escucha; sé que eres demasiado joven para reconocer de golpe este sonido, pero solo inténtalo”.

“Qué, cómo”. 

“Shhhhhhhh”,  ordena, convocando el silencio o, mejor, a los sonidos que solo son percibidos precisamente cuando intentamos que el mundo se detenga.

Una especie de rumor que crece y crece me empieza a recorrer el cuerpo, una especie de rugido cadencioso, acompasado y tranquilo. Algo que no logro asir ni interpretar con las palabras, una energía pura y tranquilizadora que me empieza a arrullar.

“¡Eloysa, Eloysa!, ¿me puedes sacar de esta vergonzante ignorancia?”.

“Cómo no. Revisando en los archivos. Esto que escuchas no es más que un fenómeno natural. La llamada música del océano, los sonidos producidos por las olas del mar, que siempre estaban en constante movimiento. Cuando la fuerza del agua tocaba la costa o embestía contra las rocas generaba esa vibración acústica, que terminaba reproduciendo esa especie de bramido”.

“Bienvenida al Caracol, el único lugar de toda la Zona Fantasma en el que se produce esta cosa maravillosa. Ahora sí podemos seguir adelante con nuestro asunto. Aquí nadie nos puede interrumpir, nadie puede intervenir con nuestra transacción. ¿Están listo los códigos de acceso?, ¿el indulto? Y…”

“Todo está listo y debidamente coordinado. Todo: el acceso a los recursos y a la información solicitada. Y lo más importante, el nuevo empaque. No serás perseguida, la FAS borró ya el expediente. Lo único que no tienes permitido es la reincorporación, seguirás confinada a la Zona Fantasma”.

“Les puedes comunicar a las culos fríos de tus jefas que no tengo ningún interés en su mentira y en su mierda de sociedad perfecta. ¡Qué se jodan todas! Hasta tú, bonita criatura valiente. Jajajajajajaja. Tienes esas tetas bien grandes niña bonita para meterte así sin protección a la Zona Fantasma. Jajajajajajajaja. Diles a tus jefas que lo único que necesito es que me cumplan”.

“Aquí quien ha cometido delitos y ha infringido la ley es…” “Podrías callar a ese bicho no-biológico”.

“Adiós, Eloysa, gracias por los datos”. “¿Cuáles son mis garantías?”, pregunta Ilda con los puños cerrados, que reposan sobre su gruesa cintura.

“Todas. Todo aquel que le sirve bien a la FA siempre será recompensado. Extiende tu brazo”.

Ilda extiende su brazo derecho ofreciendo la palma de su mano. “Dame acceso”.

Ambas digitan sobre sus muñecas los respectivos códigos, luego las acercan a centímetros y el trato queda sellado.

“Es hora de irme. Hasta aquí llega mi responsabilidad y mi parte del trato”. “¿Y dónde encuentro a mi elemento?”.

“Después de esta habitación debes seguir hasta el final del callejón oscuro que precede a esta estancia; una vez culmine, allí encontrarás lo que buscas.”.

Me da la espalda y se marcha sin más, sin un gesto ni una palabra de sobra. El callejón es un agujero húmedo y oscuro, prolongado, casi interminable.

“Eloysa, necesito luces, no tengo idea de hacia dónde voy”.

“Realizando diagnóstico. Te quedan menos de 20 pasos para ganar la salida; no registro por el momento amenazas o elementos hostiles”.

“Muchas gracias”.

“Siempre lista para el servicio”.

“A veces sería bueno que no lo estés tanto”. “No entiendo”.

“No es nada”.

“Nada, esa frase no es coherente con lo que acabas de expresar”. “Olvídalo. Por el momento necesito volverte a bloquear”.

“Pero aú…”. 


Los soñadores.


El callejón conduce a otra enorme estancia ocupada por cientos de cuerpos en reposo que yacen en pequeñas camas ordenadas en hileras. La mayoría conectados vía intravenosa a soluciones salinas y suero de sustento. El terrible olor hace imposible la respiración, una mezcla de sudor, heces y orina concentrado. Todos y cada uno de estos seres en reposo están conectados a dispositivos IAI, que a su vez están conectados a una matriz que les da acceso a la plataforma.

Un hombrecito de rostro oval y bigotes delineados, casi que milimétricamente dibujados, se acerca a mí con un particular modo de caminar que me resulta gracioso, además de sus enormes orejas y la extraña bata blanca atiborrada de polvo y suciedad; el hombrecito no camina, se balancea de un lado para otro como un antiguo autómata de esos fallidos que terminaron descartados precisamente por su antinatural despliegue motriz.

“Bienvenida. ¿Cuántos meses de conexión desea? Antes de asignarle un cupo necesito que llene estas formas, por favor”.

No solo se trata de su rostro, de su forma de caminar, ahora me sorprende mucho más su extraño tono de voz, grave, profundo, bien modelado, en completo contraste con su extraño cuerpo asimétrico.

“No, no vine a eso. Ilda me dijo que todo estaba arreglado”. “¿Ilda, cuál Ilda?”

“Ilda, la Desertora”.

“Ahhhh, la Desertora. Muy bien, disculpe la confusión, pero ya está claro. Haberlo dicho desde el principio. Ilda La Desertora, claro que sí. Muy bien, nos ponemos en ejercicio de ipso facto. Cupo 225, hilera 23. Acompáñeme, por favor”.

Por sus ojos desfilan cientos y cientos de cuerpos famélicos, pegados al hueso y al tuétano, algunos en completo reposo, como si hubiesen entrado ya en la total desconexión que supone la muerte real. Otros menos desgastados y muy activos, moviendo los brazos o las piernas; otros solo con la cabeza en movimiento, el rostro enjuto, adusto, marcado por el tiempo. Algunos tan famélicos que ya no son más que cadáveres momificados en los que aún se percibe un mínimo impulso vital y nervioso. Todos y cada uno de ellos idos y con los ojos apagados, como si la presencia de sus cuerpos fuera solo un reflejo, una ilusión, un espectro…

“Perdóneme, por un momento pensé que usted era otra soñadora; aunque, pensándolo bien, por su aspecto, dudo mucho de que alguna vez haya probado de estas amargas mieles”.

“Está usted en toda la razón. ¡Eloysa, Eloysa! Dame la ubicación exacta del elemento”.

“Divisado el elemento, estamos a pocos pasos de su encuentro. Signos vitales funcionando y óptimas condiciones, estado físico en orden. En reposo inducido y contemplado desde hace 45 días”.

El hombrecito se detiene frente a una de las angostas camas, revisa unos ficheros que cuelgan de una de las esquinas.

“Aquí está, El Colorado Tourette, un consuetudinario asiduo de esta Casa de los Sueños. Tourette es un soñador regular y controlado, nunca ha extendido su viaje por más de 120 días”.

Retira con mucho cuidado el dispositivo IAI de la sien del Colorado y este se incorpora en la cama casi que de un salto. Sacude con fuerza su cabeza e inicia con una rápida y repetitiva contracción y distención involuntaria de su rostro. Saca la lengua, la esconde y arranca con una sarta de maldiciones.

“Mierdas andantes, putos culisucios, comemuertos, matasoles, alimañas necrófagas, tragaculos…”.

Virgil espera que se calme un poco y lo mira directo a los ojos para soltarle una sentencia.

“La máxima jerarca de la FA envió por ti. Te necesitamos, Colorado. Tenemos un importante encargo para ti y no tienes una solo opción, una sola posibilidad de negarte”.

Su cabeza comienza a sacudirse una vez más, contrae y abre la boca, los pómulos, luego cierra y abre el ojo derecho, después el izquierdo, saca la lengua y la vuelve a guardar para terminar con otra ráfaga de maldiciones y puterías.

“Pero quién es el puto comemuertos, culisucio, salvaje marrano, mataestrellas, tragapalos, malnacido, masticahuevos que se atreve a interrumpir mi…”.

_____

Carlos Polo  (Barranquilla, 1973). Autor de Polifonía de Colores, Testamento de la barriada, La suerte del perdedor. Dirigió la editorial Labra Palabra.

Truenos de agua, un cuento de Keren Marín

D

esde la ventana podía observar las cataratas. Deslizó la mirada y contempló la caída del agua y el estremecimiento que se producía cuando esta se estrellaba contra las piedras. Ensimismado se acercó al albornoz durante algunos minutos, olvidando por completo lo angosto de la habitación y el modo en que la humedad iba carcomiendo las paredes. Con lentitud desempacó sus maletas, ordenó el dormitorio y colgó al lado de la ventana una filmina a color de aquel paraíso tantas veces soñado. Quería ver si aquella imagen coincidía con lo que divisaba a través del vidrio. “Es igual” susurró. 

El reloj ya marcaba las 9 p.m., se acomodó con dificultad en la cama estrecha y apreció con los ojos apenas entreabiertos los saltos de las cataratas. Durante treinta y cinco años su vida se consagró únicamente a tal propósito: desde que descubrió aquel mágico paisaje en las imágenes de colores que atesoraba su hija con esmero, se empeñó en conocer aquel lugar. Fue tanta su obsesión que destinó un tercio de su salario para el viaje, renunció por completo a toda actividad que lo desviara de aquella pasión febril y en el ímpetu de su delirio abandonó su hogar llevando únicamente consigo la minúscula filmina. Tras un largo suspiro cerró sus ojos y trató de dormir, pero el sonido del agua irrumpiendo en el vacío le impidió conciliar el sueño: “Es cuestión de tiempo, pronto me acostumbraré a su presencia”. Sin embargo, los días discurrieron y con ellos la impaciencia al no poder conseguir tan anhelado descanso. 

De día la belleza de las cataratas era muda, pero bajo el claro de la luna su sonido hacía eco en las paredes y lo aturdía de tal modo que al día siguiente permanecía desorientado. Agobiado, preguntó al encargado del hotel el nombre de algún somnífero que le permitiera descansar, pero este respondió secamente: 

—Ya debería saber usted que las cataratas hacen demasiado ruido.

Después de aquella conversación tensa e infructífera, abandonó el hotel y recorrió durante varias horas los alrededores hasta que el cansancio lo venció y decidió volver a la habitación de paredes mohosas. Con el sueño a cuestas se acomodó sigilosamente en la cama, entrecerró los ojos y trató de obviar el sonido del agua saltando de los peñascos. Durante unos minutos la habitación se llenó de silencio, pero luego y sin previo aviso volvió aquel sonido monótono, el ruido de sus propios pensamientos abalanzándose hacia el precipicio. 

En los días siguientes su aspecto demacrado llamó la atención a varios de los huéspedes: algunos le invitaron tragos en el bar mientras otros le ofrecieron cambiar de habitación. Pero él desechaba cualquier propuesta. Justificaba su decisión diciendo que solo desde aquella ventana podía apreciarse la caída del agua y la espesa bruma que cubría la cima de su salto. Frente a tal determinación los demás comentaron que era demasiado huraño y optaron por dejarlo solo. En la hora de la cena evitaban su compañía y cuando entraba sigiloso en el bar se apartaban hacia el rincón más alejado, pero eso no le importaba, pues él se devanaba los sesos en un único pensamiento: dormir. 

Las semanas transcurrieron sin mayor novedad. En el día cruzaba el vestíbulo de baldosas naranjas y recorría una y otra vez el puente colgante que conectaba aquella casona con las montañas. Si se cansaba se acostaba debajo de dos coníferas a observar el trasegar del río y volvía a deambular por el puente una vez recobraba las ganas de dormir. Durante la noche permanecía desvelado, rodeado por el murmullo que provenía de la sala de bailes y que le recordaba una y otra vez el sonido trémulo del agua. 

Cada día andaba de un lado a otro, se arañaba la coronilla despoblada y golpeaba con sus puños las paredes, se encerraba en los baños comunes y abría todos los grifos en un vano intento de contener la realidad que le perseguía y apresaba. Una mañana la filmina con la imagen de las cataratas clavada en la pared cayó al suelo. El hombre levantó la imagen, empacó sus pertenencias y se acostó en la cama. Si aquel había sido el paraíso que había imaginado, logró soportarlo. Cerró la maleta y abrió la puerta. No había vuelta atrás. Treinta y cinco años no podían ser en vano. 

Al día siguiente cruzó el vestíbulo con maleta en mano. 

Alrededor silencio. 

____

Keren Marín. Politóloga de la Universidad de Antioquia y Magíster en Antropología en la Universidad de los Andes.

Imagen: Salto del tequendama, Stanislaus Bhor

Es algo temporal, un cuento de William Tamayo Agudelo

Imagen: Wikimedia Commons

L

os gritos de Lina empujan la madrugada hasta mis pestañas. Busca a Manuel, mi sobrino. Todavía una fracción de mi cuerpo le pertenece al sueño, me doy la vuelta mientras un martilleo de pasos desesperados se clava en el piso de madera. Manuel debe prepararse para el colegio, dice, y, al parecer, está metido en una habitación diferente a la suya o continúa dormido o detenido en alguna estación de un juego de escondite, porque Lina grita cada vez más molesta sin importarle que su huésped se revuelque en el mueble de la sala cansado y con un poco de dolor de cabeza. ¿Cuántos años puede tener Manuel si aún disfruta jugándole bromas a su madre antes de las seis de la mañana?

El vuelo de Londres se retrasó. Por ese motivo hube de estar tirado en un rincón del aeropuerto por quince horas, arrebujado en las mínimas frazadas que guardaba en el equipaje de mano. La elemental sobriedad por la falta de recursos luego de un viaje de estudio y trabajo que fracasó, me acompañó en aquella espera, duplicada al siguiente día en el aeropuerto de Rionegro, donde permanecí ocho horas expectante por la decisión que tomaría mi hermano Luis, quien se debatía, estoy seguro, entre no responder de nuevo el teléfono, permitirme dormir en su casa o pagarme un hotel por cerca de una semana para evitar algún contacto conmigo. Al final, aceptó entregar su dirección y pagar un taxi que me llevara a su casa. 

Estoy en la sala, acostado en un mullido sofá de cuero marrón, con los ojos cerrados y escuchando la voz fuerte de Lina. La misma voz que con desgano, en la madrugada, me preguntó por el valor del transporte una vez abrió la puerta. Lina, su esposa, a quien no conocía en persona ni tenía por qué conocer. 

—Usted es el hermano de Luis, mi nombre es Lina, al amanecer hablará con él —dijo, luego de recibir el cambio. 

Mi sonrisa en el umbral no encontró reflejo en su rostro, pero tampoco leí en él molestia o rencor.

—Evite hacer ruido. Manuel, el niño, tiene un sueño ligero, cuando se despierta a esta hora no duerme más. Allí —Y señaló el sofá— puede dormir. Quédese con la ropa puesta. 

Como un ensalmo, el nombre Manuel resuena en la cocina, el patio, la escalera, el garaje, la biblioteca. Tendrá cinco años, tal vez seis. Supe del matrimonio de Luis hace siete años a través de su Facebook, pero en las fotos todos eran desconocidos para mí, incluso él mismo: calvo y más gordo. Lina no se veía en embarazo; por lo tanto, Manuel debe ser un pequeño en preescolar. 

¿Invitaría a mamá a su matrimonio? Aunque no aparecía en las fotos, dudo de su ausencia y de su presencia, simultáneamente. Con ella y Luis cualquier hecho cotidiano podía convertirse en un acto desquiciado: una camisa perdida en el fondo de la canasta de ropa sucia se transformaba, en pocos minutos, en una búsqueda desenfrenada por toda la casa hasta llegar a las casas vecinas y a las de los familiares más cercanos. El repiqueteo del teléfono, un día cualquiera, descorría el velo de la ferocidad hacia todas aquellas personas que pudiesen estar importunando su tranquilidad por el hecho de realizar una llamada; así que empezaban a insultar en orden alfabético a los posibles culpables, incluidos los bancos, las empresas de televisión por cable y servicios públicos. Por acciones como estas es imposible saber si mamá asistió a la boda o prefirió vestirse de novia o de viuda, chocar el carro nupcial antes de su llegada o, al final, decantarse por mantener una sonrisa para todos los invitados, lanzada desde una pantalla táctil dispuesta en el salón de recepción. 

Lina arrecia la búsqueda de Manuel. Desde el segundo piso baja la voz gruesa de Luis:

—Manuel no está hoy, preocúpate por Manuela, ve a su habitación. 

Lina, molesta, farfulla algo incomprensible. Luego grita: 

—¡Él debería estar aquí, entonces es tu turno! 

La escucho subir las escaleras y abrir una puerta. En la madrugada, antes de acostarme, recorrí el primer piso ayudado por la luz del celular, entré a la cocina, robé un banano, luego entré al patio, a la biblioteca y, al final, atisbé dos carros blancos en el garaje. Todo organizado, en orden, pulcro. Hay un niño y una niña en la casa, de acuerdo con los gritos de mi cuñada; sin embargo, en la cocina no encontré cereales, dulces o cualquier otro alimento que delatase su presencia. En el piso tampoco hay juguetes o rastros del desorden esperable de un par de pequeños. De nuevo la voz gruesa de Luis, ahora en un tono apenas audible, le pide a alguien que se levante. Podrían ser gemelos. Quizás, hermanos con poca diferencia de edad. Tengo dos sobrinos, en todo caso. 

—¡Está acostado en la sala! —Lina alza la voz.

Escucho abrir una puerta y cerrar otra. Mantengo los ojos apretados y mi cabeza está vuelta hacia el espaldar del sofá. Quisiera evitar la voz de Luis cerca de mi cara por mucho más tiempo, algunos meses si fuera posible, para evadir cualquier tipo de recriminación. Hace diez años fue nuestro último encuentro.

El sofá se hunde, la gutural y tumultuosa voz de Luis sube desde mis pies doblados: 

—Ricardo, Ricardo, despierta, son las seis de la mañana, aquí no dormimos hasta tarde y debes salir temprano, puedes volver después de las siete de la noche, por lo menos este día, ya veremos mañana. 

Doy la vuelta en el mueble y finjo que acabo de despertar, pero mi actuación es pésima. Luis es un hombre gordo y calvo envuelto en una bata blanca de dormir. Su rostro está mal afeitado y la mirada es seca, más de lo que recordaba. 

—Hola, Luis. Muchos años sin verte, tenías cabello entonces.

—El estrés —responde—. Asumir responsabilidades acelera el envejecimiento, tu rostro, en cambio, está lozano. No tengo mucho tiempo para hablar, deja la maleta en el garaje y vete.

—¿Para dónde? —le digo. 

—Visita a mamá, vive en el mismo sitio —dice. 

—¿En Belén? Está muy lejos de aquí y no tengo un céntimo. 

—Si sales temprano, llegas en tres o cuatro horas a pie. 

—¿Puedes llevarme? 

Luis mira mi maleta, luego mira las escaleras. Escucho ruido en el piso superior, pasos ligeros, de niño. Una puerta se cierra. 

—Mantener una familia es costoso, Ricardo: dos hijos, casa, los carros, colegios, Lina no trabaja. En dos o tres días tendré algo de efectivo para entregarte, lo mínimo para un hotel económico. Por el momento, puedes venir en las noches, estrictamente en las noches, cuando estemos acostados. 

El sonido de una ducha baja hasta nosotros. 

—¿Puedo usar el baño? 

—Rápido —exclama—. Tienes que salir ya. 

—Acércame un poco, cuando lleves a Manuela al colegio. 

—¿Escuchaste a Lina? Estabas despierto, entonces. Decidimos en la madrugada que evitaremos que te conozcan. No voy a llevarte. 

—Luis, papá optó por invertir su dinero en mi educación en Londres. Era su sueño…

—A las 6:20 debes estar en la puerta —sentenció. 

Son las 6:20 de la mañana cuando salgo de la casa. Busco la vía principal y desciendo por la calle central de la unidad residencial. Son lotes individuales en los que cada uno ha hecho su casa tan ostentosa como ha querido. El frío es soportable y juego con el aire caliente que sale de mi boca, mientras me hago a la idea de caminar hasta Belén; sin embargo, ver a mamá no agita mis emociones. Tal vez quiera practicar el juego del olvido o la ignorancia y se permita hacerme presentar durante algunas horas, preguntar cada tanto mi nombre, apellidos e insultarme cada vez que le diga mamá. Eso hizo una tarde por Skype, hace seis años. Le colgué y, unos minutos después, le marqué de nuevo. De inmediato, me dijo que no recibía llamadas de desconocidos. Luego, recibió algunas llamadas telefónicas, pero solo para decirme que mi voz le parecía vagamente familiar. 

Antes de las 7 de la mañana, dos policías de la estación de Las Palmas me preguntan mi procedencia y la razón para, en lugar de tomar un bus, caminar por la vía a esa hora. Cuando menciono a Luis, se muestran extrañados y dicen que lo vieron pasar en la camioneta hace un rato con doña Lina y el niño. Si soy su hermano, podría haber ido con ellos. Respondo con un encogimiento de hombros y una sonrisa. Además, deben estar equivocados, Manuela va con ellos, a menos que Manuel hubiese, finalmente, salido de su escondite. Una mujer policía me pide mi cédula, escribe el número en una especie de celular policiaco y luego me la devuelve, agradece mirándome a los ojos y le agradezco de igual manera. 

—¿Quiere que lo llevemos a alguna parte? —dice el policía. 

—Si son amables, a Belén Rosales. Se ríen y mencionan la extrema lejanía del barrio, algo que sé y por lo cual necesito el apoyo. Sin embargo, me dejan cerca de un paradero de una ruta integrada del metro. Desde allí, comienzo a caminar rumbo hacia Belén.

El celular marca las 10:13 cuando llego a la casa de mamá. Luego de tocar el timbre durante unos cinco minutos, escucho su voz desde el balcón. 

—¡Dalia, mamá, soy Ricardo! —grito y cubro mi rostro del sol con la mano abierta sobre la frente. Seco el sudor de mi cara con la manga del grueso buzo que utilizaba para evadir el frío de los inviernos de Londres.

—¿Quién? 

—¡Ricardo, mamá, llegué en la madrugada, vine a saludarte! 

No responde, abandona el balcón. De nuevo el timbre. Otros cinco minutos y al fin abre ella con un vaso de agua en una mano y unos lentes oscuros en la otra. 

—Debe tener sed —exclama, y se pone los lentes con ánimo de escrutar mi rostro. De un tirón me bebo el agua, mientras observo cómo mamá contrae su cara en una mueca de interrogación. 

—Lo que usted haya sido —dice—, ahora lo es un poco menos; si fue mi hijo, hoy le falta un pedazo de eso. 

Después de la frase, se da vuelta y sube por las escalas. Como no me invita, pero tampoco cierra la puerta, vacilo antes de empezar a seguirla con lentitud por aquellas gradas que en mis recuerdos son un poco más espaciosas y menos empinadas. La sensación de opresión en mi cabeza es igual a la que sentía cuando en la adolescencia abría la puerta y miraba antes de entrar.

Me gustaría iniciar una conversación diciéndole que soy huésped de Luis; sin embargo, al llegar a la última escala, veo que estoy frente a la gran sala vacía: sin muebles, cuadros, alacenas, ornamentos. 

—¡Dalia! —grito de nuevo, y la voz de mamá se alza desde el fondo de la casa.

—¡Un momento, señor! 

—¿Has tenido problemas? —pregunto mientras la veo venir con una taza de chocolate y algunas galletas de soda en la mano.

—Eso a usted no le interesa. Tome, coma algo.

—Aquí había cuadros y porcelanas costosas, mamá, ¿pasó algo? 

—No importa.

—Cómo no va a importar…

—El robo de un hijo —dice con fastidio y da la espalda para ir de nuevo a la cocina.

—¿Robo? 

—La verdad, de los hijos. De uno para viajar, del otro para educar una descendencia que no conozco —responde, mientras camina. 

—Aquí había cuadros de Manzur, Caballero, Grau y uno pequeño de Romero Ressendi traído por papá de España…

—No hay nada. Todo se vendió. Incluidos los cristales orientales. ¡Todo! 

—Pero…

—¡Ya! Se fueron y es suficiente explicación. Dígame a qué vino tan temprano.

—A saludar, saber cómo estás... Las acciones normales que emprende un hijo cuando regresa de un viaje —Mi voz retumba en la casa como un eco.

—Acciones inútiles. Por cierto, no recuerdo su presencia en el entierro de su papá. ¿Estuvo?

—No, mamá. Él mismo me pidió que detuviera el viaje. Me despedí por teléfono cuando aún estaba en el hospital.

—¿Sí? Muy obediente usted.

—Estoy seguro de que lo recuerdas.

—Eso no es de su incumbencia. ¿Me repite para qué vino?

—Voy a evitar entrar en el incómodo juego de las repeticiones, mamá. Estoy en la casa de Luis. Me quedaré allá dos o tres días, luego buscaré un hotel o una pensión, mientras logro reconocer la ciudad y recuperar viejas amistades que puedan ayudarme.

—¿Ayuda? ¿Otra vez? Mi casa es un monumento a la ayuda. Pero lo voy a demoler. ¿Terminó la merienda?

—Pensé que podría estar aquí durante el día. Luis me permite llegar en la noche a la casa, a dormir, únicamente. Necesito un sitio donde descansar, y si puedes, algo de dinero para el transporte, porque caminé desde Las Palmas. Luis, sabrás, vive alto, en una parcelación. 

—A las dos peticiones respondo no —dice—. Si va a estar aquí por algunos minutos debe ayudar con la limpieza. Segundo: evito dar limosnas. Decida. 

—Ayudo con la limpieza, como lo hice casi siempre.

Escucho una llave de agua abierta en la cocina y el sonido de un balde. Desde el balcón veo la contaminación cubrir de gris las montañas orientales. Huelo mi ropa y siento el hedor a humo y sudor, producto de la larga caminata.

—¿Belén está tan contaminado como el resto de Medellín? —pregunto.

—Otro asunto que no le debe importar. Averígüelo, si es de su interés. Aquí está el balde con la trapeadora. Con esa agua debe limpiar toda la casa, la cuenta de servicios es cara y debo ahorrar en todo. Espere un momento, voy a traer una silla. 

—¿Tienes desinfectante o algo con aroma para mezclar con el agua? 

—No hay nada, señor. Solo eso. Empiece y yo superviso.

Con la primera lavada de la trapeadora, el agua del balde ha quedado negra. Mamá está sentada en una silla de plástico en un rincón de la sala. Tiene los ojos cerrados. El sonido de la trapeadora al deslizarse por el piso comienza a adormecerme y de la sala se eleva un olor a tierra húmeda. Las baldosas están desgastadas, opacas, y muchas de ellas muestran grietas profundas.

—Dalia, ¿cuándo limpiaste por última vez? 

No responde. Llego a la primera habitación, la que fue mía: está completamente desocupada. La misma pared lateral pintada de rosa, ahora descascarada como si los cuadros y los afiches que allí estaban hubiesen sido arrancados con fuerza. Trapeo con descuido y salgo rápido. Prefiero evitar cualquier recuerdo nuevo levantado por la configuración tradicional, el techo con arabescos o el clóset de pino. El vacío de la habitación no aumenta mi desánimo por la casa o por mi madre. Es una oquedad a la que quisiera poner forma de recuerdo disipado. Es un espacio en el cual no quisiera dejar ninguna sensación del presente, creo.

Mamá está sentada con la cabeza baja y los ojos cerrados, esperando. Sospecho que, sin embargo, me ha visto por el rabillo del ojo. Tomo el balde, ella se para, agarra la silla y me sigue. Intento entablar una conversación en dos o tres ocasiones más y la respuesta es el sonido de carros y pájaros que sube por el balcón. Continúo. Dormitorio de Luis: sucio, aunque su cama, nochero, mesa y cuadros permanecen en los mismos lugares. Habitación principal: cerrada. Segunda sala para juego y televisión: sofá cama raído con ropa doblada encima y una lámpara de piso alta junto a una pequeña mesa para el computador personal. En el comedor solo quedan los muebles de caoba pulida empotrados en la pared. Algunas copas de cristal permanecen en la parte alta. Al acercarme a la cocina, mamá detiene la persecución.

—Suficiente. Pare aquí. La cocina está limpia. Puedo darle algo de comer más tarde. Espéreme en la puerta. 

—Mamá, no voy a robarte. Además, la casa está desvalijada casi por completo. 

—Aunque no haya nada, haber tenido familia me enseñó que siempre queda algo por llevarse. 

—Todavía tienes familia.

—¿Quiénes?

—Luis, sus hijos, Lina…, yo.

—¿Quiénes?

—Ya sé, permanezco sin perdón por parte tuya. Papá me entregó casi todo para cumplir su deseo…

—Escúcheme…

—Espera...

—¡Espere usted! Solo reconozco a Luis. ¿Hijos?

—Tiene dos: Manuel y Manuela.

—¿Lina? ¿Usted?

—Mamá, aunque parezca insensible o tranquilo, me siento un poco…

—¡Sin dolores! No conozco a ninguna Lina, Manuel o Manuela. Creí que Luis tenía un hijo, únicamente. Poco importa, no me incumbe. En cuanto a usted…, espere en la puerta. 

Un rato después, sentado en la jardinera de la casa, recibo de mamá un plato de plástico con arroz, huevo estrellado y papas fritas de paquete.

—Aprendí a comer toda clase de comida en el extranjero, aquí era más selectivo, importunaba por lo que me servían tú o la empleada. ¿Recuerdas? ¿Qué fue de ella?

Su respuesta: una mirada lanzada a mi boca y una mano en el aire. El rostro de mamá es inescrutable, recio, sus ojos grises y pequeños me miran con desgano. Tiene puesta una blusa vieja de lino blanco, un pantalón vaquero y tenis azules de suela baja. Su cabello es corto y de color castaño. Al mismo tiempo la percibo fuerte y cansada. En dos oportunidades se esfuerza en iniciar una frase, pero se detiene. Luego de un rato, cierra la puerta. Un mediodía gris cae sobre nuestras cabezas. El barrio siempre fue silencioso, no parece haber cambiado mucho durante estos años. A mi espalda se mueven algunas flores y las ramas del chirimoyo de la niñez se bambolean con lentitud. Estamos solos frente a la puerta: yo, sentado en el borde de la jardinera con el plato en la mano, ella con el brazo apoyado contra la pared. 

—Supuse que tenías una relación más fluida con Luis —le digo en un intento por buscar su voz, sin tomar en cuenta el gesto de la puerta—. Conmigo entiendo tu distancia, mi decisión fue marcharme. Me alentó papá, fui mediocre en mis estudios, eso lo sabíamos, pero él tenía esperanzas. Después, todo se vino abajo. Luis era tu soporte. Sin embargo, quedaron algunos ahorros y la pensión. Eso le entendí a él la última vez que hablamos. ¿Por qué, entonces, pareces desconocer la vida de Luis? Es el hijo mayor, al que más quieres o querías…

—Eso no debe interesarle a usted, no es de su incumbencia. Hace parte de la familia que fuimos. 

—¿Qué hace Luis? ¿Ayuda con tus gastos? En la mañana me contó acerca de sus obligaciones, Lina está desempleada y los niños deben estudiar en buenos colegios, imagino. Yo llegué sin un céntimo, literal.

—Ya todo se lo había quitado a su papá… A nosotros.

—¡A ninguno le quité nada! También hago parte de la familia. Era un derecho, la apuesta de papá.

—Siento cansancio, me reconfortaría que se fuera. No le agradezco la visita porque no lo invité. Luego de escucharlo, reconozco un poco su voz y no me gusta. Tampoco recuerdo si antes me gustaba.

—¡Mamá! Está bien, no es necesario querernos, tenemos suficiente con tolerarnos, buscar algo soportable del pasado. ¿Tengo que pedir disculpas? Ahora mismo, si quieres…

—Es absolutamente inútil. Para eso tendría que reconocerlo de nuevo, señor, y, la verdad, lo siento como un… extraño, alguien a quien no es necesario ver ni escuchar. Hace mucho tiempo perdí lo que tenía y carezco de la fuerza para buscar viejos cariños.

—¡Cómo que no me reconoces! Al comienzo de mi viaje hablábamos por teléfono casi a diario, aunque solo fuese porque papá buscase nuestra reconciliación. Soy tu hijo y lo seguiré siendo. 

—Su papá era quien lo reconocía. Yo quería una niña, una hija. Así estaría libre de la ingratitud. Mire el resultado, señor: este desastre de casa, unos muros, unas paredes solas, sin alma, sin otra mujer.

Dalia está parada en frente de la casa y me golpea con sus ojos grises.

—No fui mujer, en contra de tu voluntad.

—¡Y tiene que decir lo sabido! En su regreso lo evidencia: una mujer estaría aquí conmigo.

—¿Quién lo asegura?

—¡Yo!, que sé cómo obraron ustedes y cómo lo harán en el futuro. Por suerte, queda poco, de lo contrario, acabarían conmigo más rápido.

—¡Mamá!

—¡Silencio! Nada de mamá. Esa es una palabra muy pesada. Apelo al desconocido que siento que es: váyase ahora. 

En los aeropuertos aprendí a entregar los documentos de identificación a cualquier policía sin buscar razones. Por eso, cuando de nuevo me piden la cédula y me preguntan por qué estoy sentado en la orilla de la carretera, sonrío con amabilidad y digo la verdad. Recorrí el camino más largo desde Belén, tomé la vía principal hasta cruzar el puente de la estación Industriales del metro, de allí busqué la avenida El Poblado hasta llegar a la vía Las Palmas y empecé a subir; por lo tanto, estoy cansado y huelo mal. A los policías les hace gracia el relato del viaje y quieren saber en dónde termina. Se sorprenden cuando les doy el nombre del sitio hacia el cual me dirijo, pero dicen que no pueden ayudarme. Luego se van. 

Durante buena parte de la caminata tuve la imagen de mamá incrustada en la cabeza, pero intenté no hacer caso a pensamientos felices o nostálgicos sobre ella o la familia. «Es algo temporal», exclamé en voz alta, como solía hacerlo cuando atravesaba Tottenham Road al salir de clases, y pensaba en los malos resultados y en cómo terminar la universidad. «Es algo temporal», dije, cuando papá al fin descansó y su verdadera ausencia me hizo sufrir. «Es algo temporal», digo, sentado en la hierba, al lado de esta carretera que lleva a la gran casa de Luis, Lina, Manuel, Manuela.

Esperé lo suficiente para llamar a la puerta. Luis abre. La casa está a oscuras. Antes de que intente ingresar, cierra la puerta y me señala una banca larga de madera, justo debajo de un farol.

—¿Visitaste a mamá hoy? —pregunta con interés.

—Sí. Hablamos, le ayudé a limpiar un poco. Actúa parecido a ti, como si temieran que yo les fuera a saquear la casa o les hubiese robado algo. Al final, me sacó a la calle y luego me echó.

—¿Te contó algo?

—¿Sobre qué?

—Nosotros, mi familia.

—Dice que no sabe nada acerca de tus dos hijos. Tampoco reconoce a Lina. En la casa faltan los cuadros y los objetos de valor, está casi vacía. Nos acusa a los dos.

—Luego de la muerte de Roberto, lo vendí todo —dijo y sonrió—. Tenía que recuperar algo después de que te llevaste la mayor parte para tus supuestos estudios. Ella encontró la casa así como la viste, pero se sentía culpable conmigo. No defendió mi patrimonio. Inmediatamente, me alejé. He ido algunas veces más desde ese día. Tiene la pensión de Roberto, es una cantidad suficiente para que viva tranquila. 

—Yo vi lo contrario.

—Con el tiempo concluí que es la culpa. Eso la cambió.

—O la soledad o la venganza o la frustración. A ti, te quiso más. Eso siempre lo supe. Con esa certeza acallé el malestar cuando me fui. Supuse que continuaban unidos, cercanos, cómplices como en la niñez. Hizo un reclamo por no conocer tu descendencia. Así la llamó.

—Yo quería que algún día sintieras las consecuencias de tu rebeldía. Si hubieras rechazado la oferta de Roberto, aún vivirías con ella y yo habría administrado el capital. Estaría todo bien ahora. ¡Botar el dinero en estudios costosos! Roberto soñaba con un hijo dócil: tú. Y nos robaste. A él también. 

—Dalia me dijo que hubiese preferido una niña.

—¡Exacto!

—¿Cómo que exacto?

—Yo hubiera tenido el control. En una familia debe existir una independencia parcial. Al final los asuntos se reducen, como en un embudo, y debe quedar un filtro. Alguien por quien pasen las decisiones, otra persona que acompañe, una protegida. El resto del mundo se organiza alrededor de estos personajes. 

—Entonces, ¿mi rol era de acompañante?

—Tal vez. También de protegida.

Al escuchar a Luis lograba captar su convencimiento. Su cabeza calva estaba iluminada por la luz del farol y su cara tenía un gesto de autocomplacencia, de solemnidad.

—En tu familia, supongo, las cosas son así —barboté.

Al decir esto, el semblante de Luis cambió por unos segundos, me miró sin molestia, con sorpresa. 

—Con los años, lo será. Estamos en formación. 

—Por fortuna, tienes un niño y una niña, ¿no? Les vas a dar roles a uno y otra.

—Lo que sea —respondió con molestia, por primera vez—. Mañana te vas y deseo que no regreses. Si viviera en otro lugar, te pediría que durmieras afuera, pero debo dejarte dormir adentro, como anoche. Lina no es tan mala persona. Toma cien mil pesos, aunque no debería darte nada. 

—Muy bien. ¿Puedo bañarme?

Luis abrió la puerta y dejó que entrara. Miró un momento mi maleta y cerró con todos los seguros. Luego de usar el inodoro y darme un baño, me tiré en el mullido sofá. Sin embargo, no pude dormir. Deambulé por la cocina, tomé leche con pan, abrí algunos cajones con cuidado, descubrí un jardín detrás de la cocina con salida hacia un pequeño bosque de pinos y luego me concentré en el garaje interno. Un ruido a mis espaldas me alteró.

—¿Y tú quién eres?

—Debes ser Manuel —digo en voz baja, casi susurrando y un poco asustado. La casa está a oscuras, pero la luz de los faroles de la calle ilumina una parte de la sala. En frente, tengo a un niño soñoliento con el pelo alborotado que me mira con cara de asombro, vestido con un pijama de color melocotón.

—¿¡Y cómo sabes mi nombre, vienes de otro planeta!?

—Casi.

—¿Viniste en la nave Oumuamua? —pregunta excitado, mientras levanta las dos manos y figura un objeto alargado sobre su cabeza.

—¿Aprendiste eso en el colegio?

—En internet. Internet es un sitio muy grande y que sabe muchas cosas. Muchas más que el colegio. Luego te voy a enseñar cómo usarlo. 

—Muchas gracias, Manuel.

—Manuela. Soy Manuela.

—¿Manuela?

—Hoy me llamo Manuela. ¿Cuál es tu nombre alienígena?

—Ricardo. 

—¿Solamente? —exclama decepcionado.

—Sí. Soy hermano de tu papá. Soy tu tío.

—Uhmmmmm… ¿Pero sigues siendo extraterrestre aunque seas mi tío?

—No sé. Quizás. Si quieres.

—¿Puedo pensarlo unos segundos? 

—Claro.

—Ya. Yo quiero. Y también quiero ser una extraterrestre. ¿Me puedes conceder las dos cosas?

—Es difícil en este momento. Se me agotaron todos los poderes en el último viaje —respondo en un susurro.

—¿Y cuáles poderes se te acabaron? ¿El viaje fue muy largo? ¿Cuándo vuelves a tener poderes? ¿En la nave había más extraterrestres hermanos de mi papá?

—Son muchas preguntas al mismo tiempo, Manuela, y estamos de madrugada. Luego te las contesto. Yo tengo solo una, ¿por qué hoy eres Manuela?

—Porque mi mamá me dijo. Mañana me llamo Manuel y voy a otro colegio. 

—¿Y qué haces en cada colegio?

—Lo mismo, tareas y jugar con mis amiguitas —responde con despreocupación—. ¿Ya reconociste toda mi casa?

—Un poco, estaba haciéndolo cuando llegaste. 

—¿Te enseño?

Con delicadeza, toma mi mano y comienza a guiarme despacio por la cocina, el baño, la sala, el comedor, me explica el uso de los cubiertos, la nevera, el horno microondas, los platos. Después, se ubica delante de mí y empieza a subir por las escaleras, halando de mi brazo. En su habitación, enciende una pequeña lámpara de Disney y alcanzo a observar la cama doble con sábanas blancas, afiches de Toy Story, Frozen y de un grupo de K-Pop surcoreano pegados en las paredes. Una ventana pequeña, con una persiana color hueso, se encuentra al lado izquierdo de la cama. 

—La otra habitación es mía también, pero de Manuel. Es casi igual, nada más tiene un clóset más grande. Ahí estoy mañana. En las dos tengo ropa. Al otro lado está la de mis papás, con una cama grande y cortinas vino tinto.

En silencio, sale de su habitación y sigue con el recorrido hasta mostrarme una sala de estar rematada por una ventana de doble altura. En la pared frontal se ve un televisor de 50 pulgadas, un sistema de sonido en las esquinas y sillas de descanso. En ninguna de las paredes reconozco alguno de los cuadros de nuestra niñez. Aunque todo es exuberante, relleno, como de catálogo de exhibición, no logro detectar objetos de mucho valor, pero en la penumbra podría pasar por alto algo verdaderamente importante.

—Aquí me tiro cuando llego del colegio todos los días —me dice al oído. 

—Bueno, Manuela. Llévame al garaje —le digo y repito en mi mente: «es algo temporal».

—¿Dónde te encontré? ¿Por ahí entraste?

—Sí, es algo temporal.

—¿Cómo, Ricardo?

—Es una frase de nosotros los extraterrestres.

—¿De verdad? ¿Yo también la puedo decir?

—Sí, de esa manera te vas transformando.

—¡En serio! —dice con excitación infantil. 

—Claro. El universo es más sencillo de lo que te imaginas, Manuela. Ahora hazme un favor: voy a bajar al garaje. Acuéstate después, mañana no me verás y por eso vas a decirle algo a tu papá cuando se dirijan al colegio, ¿me ayudas?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¿Qué?

—Le dices que un extraterrestre, Ricardo, o sea, yo, recorrió la casa contigo, de la mano, y luego solo, para llevarse algunas cosas a su planeta y aprender de sus objetos y costumbres.

—Está bien. 

—Muchas gracias, Manuela.

—Me repites la frase alienígena.

—Es algo temporal.

—¿Y vas a dejarme algo?

—Otras palabras: cuando te transformes, deja a tus papás, pero mientras los acompañes no les prestes mucha atención. Ellos no reconocen los secretos. Deja de hacerles caso rápidamente.

—Uhmmm, ¿así es en el espacio?

—Claro, por eso viajamos desde tan lejos sin familia.

—Eso tiene sentido. Yo nunca oigo que hablen del papá extraterrestre.

—¿Sabes cómo salir de la casa sin abrir la puerta de la calle?

—Por la cocina, se pasa al jardín y con tus pocos poderes puedes brincar la reja. ¿Cuándo te vuelves a montar en Oumuamua?

—Muy pronto. No me verás más desde mañana. Eso espero. En cambio, yo te veré cuando crezcas y seas Manuel o Manuela. Lo que quieras.

—Me parece bien. «Es algo temporal».

—Excelente, Manuela. Aprendes muy rápido. Esa frase la puedes decir cuando quieras. Incluso, en algunos días se la puedes enseñar a Luis y Lina. Diles que te la dejé. ¿Vale?

—Vale, Ricardo. ¿Y tú qué eras antes de empezar a decir la frase?

—No… no entiendo, Manuela.

—Te explico: si me puedo transformar diciendo…

—Sí…sí…sí, Manuela. Hasta ahora me lo pregunto. Tú me lo preguntas.

—¿Lo olvidaste?

—No, exactamente. Quizás, no era alguien…

—¿Cómo así?

—Creo que era alguien que no quería ser una niña.

—Ser niña es difícil. Te lo aseguro. Pero ¿ahora qué eres? ¿Nada más un extraterrestre?

—Alguien que sabe que no fue un tipo de niña —respondo, golpeado por la pregunta.

—Eso no lo entiendo, pero parece muy bobo. 

—Lo es, chica lista; sin embargo, a veces lo bobo también es importante para completar el universo.

—¿De verdad?

—Quizás, después me enseñarás si estaba equivocado. ¿Vale?

—Vale, Ricardo —dice sonriendo, mientras extiende el pulgar—. Buen viaje. «Es algo temporal».

—«Es algo temporal», Manuela.

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William Tamayo Agudelo (Medellín, Colombia). Psicólogo. Colaborador habitual en revistas literarias.

La casa, un cuento de Lorena Aguilar

Pixabay / graphisstudio

L

a casa tiene olor a humedad. Las paredes aún vibran por los gritos de la Señora, lanzados con la misma fuerza con la que tiró a la calle la maleta gris con la ropa de su marido. La casa está fría por las gotas de agua que se filtran a través del techo como se filtran las ficciones y las voces en su cabeza.

La casa cambia. Un día huele a cera roja, a navidad, al ajiaco preparado para los invitados, a la colonia que su marido usará para la celebración. Otro día, el perfume es el olor a la sangre que asegura haber visto en la camisa de su esposo, quien huía trepando la pared como un insecto.

El lunes la casa reluce, todos pasan a la mesa cuando el Señor llega hambriento. El viernes la casa cae de mugre apilada como trinchera para esconderse del susurro en su cabeza que le asegura que su esposo es un criminal. Se esconde de las cámaras ocultas entre las paredes, visibles solo para ella.

Cuando huele a comida provoca entrar por las puertas pintadas de rojo, como el piso, como la cera, como la sangre en la camisa del Señor. Si las puertas están rojas, es una invitación a seguir. Es la señal de su tranquilidad, no hay susurros ni advertencias en sus oídos. Pueden pasar, ha olvidado los motivos que la obligaban a atrincherarse.

Pero otras veces, las puertas son grises. Advierten que ella no le abrirá a nadie, que le recordaron todo: las cámaras, la camisa manchada, su marido huyendo, el peligro que corre si no se esconde detrás de la mugre. 

Todos huyen de ella, husmean desde las ventanas protegidos por las cortinas, como él, que sólo tiene valentía para abrir la puerta de su cuarto lo suficiente para que salgan un índice y un pulgar obesos apretando un par de billetes. Grita el nombre de su hija, ella rapa los billetes con la valentía que a su padre le falta y a ella por obligación le sobra.

La jovencita camina entre la basura regada por el piso hasta llegar al teléfono, con temor susurra la dirección. La casa sabe el significado de esa llamada. La puerta se hace más pequeña. La joven lo nota y se apresura a convencer a su mamá de que salgan a dar una vuelta por la ciudad, le dice que es Día de Velitas y que sería hermoso ver las luces. La toma de la mano con temor vestido de delicadeza. La lleva hacia la salida con pasos que se hacen lentos al tiempo que el marco de la pequeña puerta se llena de una extraña secreción. Salen atravesando esa viscosidad pegachenta anhelante de mantener dentro de la casa lo que es de la casa. 

El Señor escucha el sonido de un carro poniéndose en marcha. Piensa que es el taxi que se lleva el castigo con que Dios le desposó. Piensa en cuánto va a durar esta hospitalización. Su mente es numérica, suma y resta billetes todo el tiempo. Dos billetes para llevar a su mujer a la clínica de reposo. Diez billetes para la salida de la Señora, para que vuelva a lavar camisas, portones y pisos.

El Señor sale del cuarto. No reconoce lo que ve. Pareciera que cada elemento de su casa flotara. Huele a cobardía, a orines en los pantalones. Siente húmedo su ombligo. Observa su voluminoso estómago. Su camisa está manchada por la sangre que gotea su nariz, como cuando era niño y su mamá lo arrastraba de una mano mientras huía de su esposo que amenazaba, machete en mano, con llenarlos de planazos.

Se quita la camisa y limpia su nariz con ella. Se está asfixiando y necesita salir. No soporta más. Observa las paredes. Se acerca a una de ellas, la detalla, la corteja. Cierra los ojos. La huele mientras la acaricia placenteramente con las yemas de sus dedos. Manos y pies expelen un sudor espeso. 

De repente, como si saliera de un trance, abre los ojos detallando cada milímetro del espacio. Ágilmente sube su mano derecha por la pared, luego su pie derecho, mano izquierda, pie izquierdo. Sigue la ruta dibujada en su pequeña cabeza: pared, techo de la sala, pasillo, techo del patio. Llega hasta el lugar por donde entra el olor al aire citadino y la imagen del cielo pintado con nubes grises que se cuela por una teja rota que intenta arrancar el viento. Él se detiene para sentir con el rocío que empieza a caer, el inicio de su soledad. Sale dejando un rastro pegajoso y maloliente que borra la lluvia filtrada por las paredes de una casa vacía.

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Lorena Aguilar. Bogotá, 1991. Ganadora del concurso de cuento El Túnel 2018 (Cámara de comercio de Montería). Actualmente estudiante de Trabajo Social en la Universidad Nacional de Colombia.

Bogotá Acid Road Trip, un cuento de Fabián Mauricio Martínez

B

ART era el nombre de la empresa que Yohei Yamamoto y Shuta Hirata contrataron antes de salir de Japón. Los dos amigos, estudiantes de último semestre de publicidad en la Universidad de Tokio, investigaron en la dark web sobre planes insólitos para hacer en Bogotá. Shuta y Yohei desecharon las redes de pedofilia, el ofrecimiento de esclavas sexuales encadenadas en sótanos y las catas de aguardiente con abundante cocaína, en exclusivos bares de la ciudad. Lo de la cocaína ya lo habían contratado en Bolivia, en un circuito de bares underground, en La Paz. Todo lo demás les pareció de mal gusto, así que siguieron con su búsqueda hasta encontrar los servicios ofrecidos por Bogotá Acid Road Trip (BART), y compraron, muy emocionados, los paquetes turísticos. 

Los dos jóvenes eran asiduos practicantes de osmolagnia y ozolagnia. Es decir, les fascinaban los olores corporales, más aún cuando se trataba de aromas asociados con excrementos, flatulencias y partes íntimas. Encontrar en el menú del BART la satisfacción de este fetiche, junto a otros que exploraban los límites de sus sentidos, los llenó de expectativas y emoción ante lo que les ofrecería la capital colombiana. Este tipo de turismo extremo era el que les interesaba a los japoneses, quienes tenían el pelo negro y la piel color ambarino. Yohei usaba un bigote poco tupido; Shuta era lampiño. 

Los japoneses visitaron Perú, Bolivia y Argentina. En Buenos Aires tomaron un vuelo hasta Bogotá. Llegaron un día antes del comienzo del frenético tour. Se instalaron en un hostal de La Candelaria, caminaron por el centro de la ciudad, tomaron algunas fotos de murales y grafitis, cenaron pizza en el restaurante de un italiano cerca de la Luis Ángel Arango, y se fueron temprano a la cama porque a las seis de la mañana los recogería una camioneta oficial del BART. 

La camioneta los llevó al Terminal del sur donde un colectivo los esperaba. Los dos japoneses compartían el tour con tres alemanes, dos francesas y un italiano, quienes también compraron la membresía en la dark web. El guía se llamaban Johnny, un hombre de San Andrés que hablaba un inglés perfecto. La primera parada, según el itinerario que les fue entregado en un programa de mano, era a las afueras de la ciudad, en el Salto del Tequendama. Un escenario recomendado por olfactofílicos del mundo entero. 

El bus escolar llevó a los extranjeros a observar la caída de agua, y Johnny, el guía sanandresano, los invitó a que se embriagaran con los efluvios pestilentes que se desprendían de la gran cascada. Los aventureros no se inhibieron, y aspiraron a bocas llenas el olor a mierda y cañería que reinaba en el lugar. Al cabo de un rato, el asunto resultó insuficiente; los turistas querían algo más fuerte, y Johnny lo sabía. El isleño los tranquilizó contándoles que ese era el preámbulo del verdadero manjar. La siguiente parada era la planta de tratamiento de aguas residuales del occidente de Bogotá. Por ahora los invitaba a que se hicieran fotos y selfis con la cascada de fondo. Los extranjeros se tomaron varias fotos y se montaron al bus escolar hacia el siguiente destino. 

Durante el recorrido, uno de los alemanes –pelo naranja y ojos verdes– pidió un porro extragrande de marihuana. Lo encendió y lo compartió con los demás miembros del grupo. En el BART el consumo de drogas estaba permitido, y los participantes podían pedir lo que quisieran en el momento que lo desearan. El plato fuerte era un ácido que se tomarían cerca del mediodía, según se leía en el programa entregado. Una de las francesas –pelo rojo y ojos azules– pidió un vodka doble. Su compañera –pelo negro muy corto, ojos azules y facciones finas– ordenó una línea de cocaína. Johnny, el hombre de rastas cafés, los atendió a todos con premura. Los otros dos alemanes, muy rubios y blancos, y los dos japoneses pidieron agua y café. El italiano no quiso nada. 

Al llegar a la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales El Salitre, los viajeros, como si fueran animales hambrientos, aspiraron con delectación la acumulación de gases nauseabundos. «Me encanta», dijo uno de los alemanes rubios; «delicioso», se relamió la francesa de pelo corto; y Johnny les regaló un dato que aumentó su éxtasis: «Esta planta trata las aguas negras del 30 % de Bogotá. Nuestra ciudad tiene alrededor de nueve millones de habitantes; es decir que estamos aspirando el olor de la mierda de más de tres millones de culos», y todos estallaron en carcajadas, mientras husmeaban con frenesí, como sabuesos de dos patas. «Esto es casi como el jenkem», afirmó el italiano –calvo y de barba negra–, que les contó a todos cómo solía drogarse con un grupo de amigos en Nápoles, tras llenar con mierda y orina una botella de plástico, taparla con un globo y dejarla fermentar unos días bajo el sol, con el fin de aspirar sus gases. 

Los japoneses estaban fascinados. Les divertía mucho encontrar personas de otros países con sus mismas aficiones. «Esto es muy bello», dijo Yohei, y su bigote desordenado se ensanchó con placer. Johnny, con sus rastas gruesas y quemadas, los invitó a que bajaran al pozo donde buena parte de la materia fecal se empleaba para hacer fertilizante para plantas. El grupo bajó y se sentó alrededor de la laguna de lodo en donde la caca era convertida en toneladas de biosólido Tipo B. Los extranjeros abrieron las bocas y con las manos se ayudaron a tragar las hediondas vaharadas. Allí los esperaba un funcionario de la planta –casco amarillo y gafas industriales– que recibió un fajo de billetes de Johnny. El empleado le entregó al isleño un sobre de manila. Luego, el funcionario industrial, con un acento bogotano muy marcado, les dijo a los turistas: 

—Enjoy the ride, guys. I hope you all have a strange trip —y sonrió antes de alejarse cuesta arriba.

Johnny invitó al grupo a que formara un círculo a su alrededor. Les dijo, mirando su reloj de pulsera, que eran las 11:30 de la mañana y había llegado el momento de tomar LSD, tal y como estaba planeado. Repartió unos ositos de goma de varios colores, impregnados con dietilamida de ácido lisérgico, uno por persona, y los invitó a comerlos:

—Welcome to Bogota Acid Road Trip —les dijo en tono ceremonial. 

Los viajeros se comieron los ositos de goma, se tomaron de las manos, formaron un círculo y aspiraron al unísono el hálito de la planta de tratamiento de aguas negras. Luego se soltaron y se dirigieron al bus escolar. Los tres alemanes entonaron una especie de himno; las dos francesas se detuvieron y se besaron largamente bajo el cielo azul; Shuta y Yohei gritaron con acento japonés y en español: ¡Viva Bogotá!

Durante el nuevo trayecto se preguntaron unos a otros si el LSD ya les había hecho efecto. Todos dijeron sentirse raros, pero aún se encontraban en el plano ordinario de la realidad. El microbús tomó la avenida 68 y cruzó por encima de la 26, y a la altura del Parque Simón Bolívar el calvo de barba negra gritó que se le había estallado el ácido. Se carcajeó señalando una buseta de transporte público, en la que la gente se apretaba con rostros malhumorados. Todos observaron la buseta, pero el único que también le encontró gracia fue el alemán de pelo naranja, que describió los ojos de los pasajeros como pelotas de ping pong y los dientes salidos como los de las ardillas. El italiano repetía que la buseta parecía un triceratops con ventanas en los costados, y la gente un montón de gusanos que infectaban al dinosaurio. «Está muy loco», dijo otro de los alemanes, fastidiado por la alharaca del calvo italiano. 

El bus se detuvo. Los viajeros se bajaron y caminaron hacia la entrada, encantados con las curvas amarillas y rojas de las montañas rusas, y con los rayos de luz del inicio de la tarde golpeando la superficie del barco pirata. Todos ya habían emprendido el viaje lisérgico, y se encontraban en medio de la embriaguez ascendente del ácido. Johnny repartió los brazaletes del parque de diversiones, un par de botellas de agua, unas manzanas y unos bocadillos. Les dijo que con ese brazalete tenían acceso a todas las atracciones y los juegos del parque. Les advirtió que luego de cuatro horas los vería en ese mismo punto para partir a la siguiente estación del Bogotá Acid Road Trip. Él y otras personas del staff estarían muy pendientes de ellos, porque eran conscientes de que el LSD extraviaba la noción del tiempo. También les dijo que podían presentarse problemas nerviosos debido a la sobreestimulación del parque, pero que esa era precisamente la idea y el espíritu del BART: el turismo extremo en todo su esplendor.

Los extranjeros se dispersaron. Shuta y Yohei decidieron ir a la rueda de Chicago, al igual que la pareja de francesas. Tomaron la misma góndola, y desde la parte más alta de la noria contemplaron la belleza de la gran arboleda del Parque Simón Bolívar. La francesa de pelo largo y rojo dijo que le parecía un racimo de brócolis y espinacas. La otra mujer, de pelo corto y tatuajes en los dedos, le pidió que le regalara ese ramo de hierbas en el altar de su matrimonio, y la besó. Los japoneses observaron boquiabiertos ese beso rojo y frutal, que parecía salírseles de las bocas como pétalos de carne arrastrados por el viento. Uno de los ojos azules de las francesas se abrió y miró a los japoneses. El ojo azul escogió a Shuta y una mano rosada de lúnulas blancas lo tomó de la camiseta y lo atrajo hacia ellas. El japonés sintió el mareo del desbalance de la cabina y se pegó a los labios húmedos y vertiginosos. 

Shuta cerró los ojos y vio peces azules que nadaban a gran velocidad y se desintegraban formando una erupción de energía multicolor. Abrió los párpados y se sentó nuevamente en su puesto. Yohei se abalanzó contra las francesas, pero la misma mano rosada que había traído a Shuta, lo rechazó. La rueda de Chicago se tambaleó y descendió. Se detuvo a la altura del suelo, y el operario los invitó a bajar. Los japoneses lo hicieron, pero las francesas alegaron que se querían quedar mucho tiempo en la rueda. El operario insistió, pero una de ellas le mostró el brazalete con mucho énfasis. El operario se encogió de hombros y accionó la máquina. 

Shuta vio la góndola subir y a las francesas fundirse en un nuevo beso. Le pareció que las mujeres eran de plastilina y se derretían sobre el plástico amarillo de la cabina. Los japoneses acordaron ir al castillo del terror. En el camino se distrajeron disparando al blanco, en la casa de los espejos donde se abrumaron con sus múltiples imágenes desvaneciéndose en los cristales, y tomaron el sol, sentados en una amplia zona verde. 

El castillo del terror emulaba una torre medieval pintada de negro y rojo. Adentro, después de hacer una larga fila, apagaron las luces. En la primera recámara, un hombre con capucha de verdugo dejó caer un hacha muy cerca de donde estaban; Shuta y Yohei corrieron espantados, ahogándose entre la risa, el miedo y las oleadas de ácido lisérgico. 

En la siguiente habitación, sobre una cama, estaba una niña retorciéndose, botando babaza y doblando su espalda como una araña, con la cara cortada y los ojos verdes como desechos radioactivos. Junto a los japoneses se encontraban el italiano calvo de barba negra y un grupo de clientes del parque de diversiones. 

El siguiente escenario era una especie de anfiteatro. Varios cuerpos yacían bajo sábanas aguamarinas. Los japoneses, el italiano y lo demás visitantes atravesaron la sala, unos agarrados de otros, al tiempo que dos de los cuerpos se levantaron con enormes cuchillos. Los muertos, maquillados como zombis, espantaron al grupo. Yohei no podía controlar la risa, y se detuvo en el pasillo antes de ingresar a la siguiente sala. Shuta lo esperó con lágrimas en los ojos. El italiano, que también se quedó con ellos, estaba pálido y serio; alucinaba con demonios y calaveras que lo cazaban. Cerraba los ojos y veía dentro de sí a la muerte con la guadaña acercándose con interés. Abría los ojos y se encontraba con el horror sobredimensionado del castillo del terror. Tenía la frente verde, al igual que las comisuras de los labios rodeadas por la espesa barba. 

Los tres atravesaron la próxima sala. Estaba iluminada con luz amarilla y tenía un tubo rojo como el que usan los bomberos para descolgarse desde el techo. Arriba de ese tubo había un hoyo del que descendió un payaso con dientes largos, vestido negro y zapatones rojos. Al aterrizar, frente a ellos, desenfundó una motosierra, que encendió al instante. Los japoneses escaparon, pero el italiano, en el colmo del mal viaje, colapsó. Cayó fulminado y convulsionó en el suelo. Los japoneses huyeron convencidos de que el payaso había hecho trizas al italiano. 

Shuta y Yohei salieron del castillo. Corrían a toda velocidad, en medio del terror y las risas alborotadas. Fueron abordados por una mujer que los obligó a parar, tomar agua y calmarse. La mujer los condujo al bus escolar. Era la hora de partir hacia la siguiente parada. Shuta observó la rueda de Chicago. De una de las góndolas sobresalían las pantorrillas rosadas de una de las mujeres francesas; las piernas se agitaban al igual que la cabina que las sostenía. Shuta sonrió y caminó hacia el bus, al igual que Yohei, que mordía una manzana muy roja, bajo una tarde extraordinariamente azul que agonizaba en Bogotá.

En el bus, Johnny anunció que las francesas se quedaban, al igual que el italiano, quien estaba siendo atendido por los médicos. Solo restaban para esta última parte del BART los tres alemanes y los dos japoneses como tripulantes de la extraña caravana. Durante el trayecto a la cuarta estación, Johnny les ofreció cerveza y puso minimal techno en el sistema de sonido. Los alemanes pidieron cocaína e inhalaron con gran escándalo. La música los puso a bailar en los asientos. El bus se dirigió al sur de la ciudad, en medio de un atardecer dorado, como si el cielo fuera un gran incendio y los psiconáutas estuvieran rodeados por el fuego. 

Los beats del minimal techno se transformaron en distintas atmósferas para cada uno. Shuta cerró los ojos y se vio atravesando una nube inmensa, blanda y rosada como de algodón de azúcar. Yohei estaba en un viaje más sci-fi. El techno y la noche que ya se cernía sobre la ciudad crearon alrededor del joven japonés la ilusión compacta de una nave espacial, que recién ingresaba a la Vía Láctea, avanzaba por el Sistema Solar, atravesaba la órbita de la Tierra, surcaba su atmósfera, rompía varias capas de nubes, sobrevolaba el cielo bogotano y caía en el bus escolar que se detenía en el siguiente destino.

Johnny y sus rastas quemadas, que a esta altura del viaje eran las serpientes de la cabeza de Medusa, abrió la puerta corredera del bus y les dio la bienvenida al nuevo destino: 

—Welcome to hell, dear strangers —y con su mano señaló un callejón por donde entraban y salían muchas personas, que vistas a contraluz parecían los extras de una película de una guerra atómica y devastadora. 

El lugar era una especie de mercado al aire libre, con toldos armados con madera y plásticos negros, poltronas y sofás sucios, en donde mujeres, niños y hombres fumaban marihuana y bazuco, inhalaban pegante, cocaína y bebían cerveza, aguardiente y alcohol antiséptico con total tranquilidad. Johnny los condujo por el callejón, en medio de fantasmas con los párpados rojos, el pelo inmundo pegado al cráneo y la ropa sucia. Yohei notó que en ese mercado, además de drogas, se vendían bicicletas, zapatos y electrodomésticos. De alguna manera, aquel infierno le recordó los mercados de pulgas que había visto en otras partes del mundo, pero con habitantes de la calle y gente del común consumiendo drogas como si la vida se fuera a acabar en ese mismo momento. O como si la vida ya se hubiese acabado y no importara nada más. 

Se sentaron en un sofá verde manzana tachonado de quemaduras de cigarrillos, y en dos sillones manchados de pegante amarillo. Pidieron cerveza y marihuana, que les fueron llevados al instante. 

—I love this shit —dijo el alemán de pelo naranja, y se dispuso a liar un porro para todos. 

Shuta observó a la gente que iba y venía en una procesión incesante. Viejos y niños con una botella pegada a la boca, arrastrando sus pies como soldados heridos de una guerra perdida hace mucho tiempo. Una pareja se acercó. El hombre era rosado y calvo, con los ojos verdes y la cara redonda. A Yohei le recordó al futbolista inglés Wayne Rooney. La mujer que lo acompañaba era flaca y morena, vestida con una camiseta rota de la que sobresalía una barriga grande, de varios meses de embarazo, en cuya piel Yohei creyó ver el rostro delineado de un bebé con mala cara. 

Wayne Rooney sostenía una botella de alcohol antiséptico con grumos de pegante industrial, de la que bebió un largo sorbo. Se secó la boca con el dorso de la mano y pasó la botella a su compañera, que tomó del brebaje con bastante sed. La mujer volvió a beber y escupió el trago a los pies de los extranjeros. Rooney les dijo: «Una moneda, gonorreas». Ellos no entendieron, y sonrieron pensando que se trataba de un acto del BART. Se acomodaron en los sillones y miraron a la pareja con expectativa. Rooney sacó un puñal que reverberó en medio de las luces callejeras. Tres hombres, con gorras y pantalones anchos, emergieron de las paredes –o así lo percibieron los japoneses–, y de un golpe en el cuello desarmaron al futbolista inglés, que cayó de rodillas al suelo. 

Los hombres con gorras patearon en el suelo a Rooney y lo arrastraron al interior de una de las casas, mientras la morena y su inmensa barriga imploraban por su compañero. Otros dos hombres, con gorras y pantalones anchos, empujaron a la mujer y la obligaron a ir detrás, en medio de unos alaridos que debieron oírse varias cuadras a la redonda. La morena miraba y gritaba a los japoneses suplicándoles ayuda. Yohei vio el rostro del bebé dibujarse en la piel de la barriga. El niño gesticulaba terror. Una puerta se abrió, y allí metieron, a patadas y puños, a Rooney y a la morena, mientras de la casa emergían los ladridos y gruñidos violentos de una jauría de perros. La puerta se cerró, y no se oyó nada más. Los extranjeros se miraron un poco confundidos, hasta que el alemán que había armado el porro lo encendió y se lo pasó a sus compañeros: 

—I love this shit —dijo emocionado. 

La marihuana exacerbó el viaje de LSD. Johnny apareció de nuevo y les pidió que lo siguieran. Esta vez iban escoltados por los hombres de pantalones anchos y gorras de colores. Caminaron, adentrándose en el callejón, en donde descubrieron a varios ojos mirándolos con resentimiento. Johnny descendió por unas escaleras que llevaban a un sótano de luces rojas. Varias mesas y mujeres los estaban esperando. Había una de ellas desnudándose en el escenario; tenía el pecho y los brazos tatuados y varias mariposas revoloteaban sobre su pubis.

Los cinco hombres se sentaron y pidieron una botella de ron. Al rato, los alemanes solicitaron una habitación grande para ellos y la compañía de tres chicas. Los dos japoneses se quedaron en la mesa, y fueron rodeados por varias manos que se les enredaron en las piernas y las braguetas. Shuta se emocionó con la mujer rubia del tatuaje de mariposas en el clítoris, y se fue con ella a uno de los cuartos. Yohei bebió unos tragos más de ron e intentó pensar con claridad, pero le era imposible; se encontraba demasiado intoxicado, y la imagen del rostro del bebé en la barriga de la morena no lo dejaba en paz. Una mujer muy voluptuosa de pelo negro y piel blanca se sentó a su lado. La mujer era bellísima y pronto logró que Yohei se fijara en sus labios y escote. La mujer tomó la mano derecha del japonés y se la puso entre los muslos bajo la minifalda del vestido. Yohei se olió los dedos y se puso como un animal. Se metió con ella en uno de los cuartos iluminados por la luz roja. La mujer se quitó el vestido, se acostó en la cama y se sacó la ropa interior. Yohei vio que debajo del ombligo de la mujer había una frase tatuada. Se acercó y reconoció una caligrafía confusa en la que creyó leer: «Do you wanna kill?». 

Al terminar, Yohei salió de la habitación, y se encontró en la mesa con Shuta y Johnny, que les informó que era el momento de regresar al hostal. Caminaron hasta el bus escolar que los esperaba a la salida del callejón del infierno. El microbús arrancó solo con los dos japoneses. Shuta preguntó por los alemanes. Johnny miró por la ventana; sus rastas siseaban y se movían como un nido de serpientes: 

—Tuvieron problemas con esas mujeres en la habitación; y si allí hay problemas, lo mejor es no meterse —respondió sin mirarlo. Y Shuta creyó que si lo miraba lo convertiría en piedra. 

Yohei se recostó contra su asiento y miró por la ventana. Se repasó el bigote negro con los dedos y sintió alivio al recordar que al día siguiente regresaría a Tokio. Observó en la calle, junto a un semáforo en rojo, a un par de sombras tiradas en el suelo que intentaban prenderle fuego a una pipa hecha con un lapicero y una tapa de gaseosa. El bus arrancó. Yohei cerró los ojos, pero no pudo descansar; solo podía ver una imagen en rojo intenso y con variaciones caleidoscópicas que se repetía en su mente. Se trataba de la barriga hinchada de la mujer morena con el rostro monstruoso del niño, que se mezclaba con el vientre blanco y dispuesto de la mujer voluptuosa, que le preguntaba, en una caligrafía insistente y violenta: «Do you wanna kill? Do you wanna kill? Do you wanna kill?».  



**Este cuento hace parte del libro El encanto podrido de Bogotá, ganador del XV Premio Nacional de Libro de Cuentos de la UIS. Primera edición, febrero de 2021, Ediciones UIS. 

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Fabián Mauricio Martínez G. 
Escritor y periodista. Autor de los libros de cuentos El encanto podrido de Bogotá (2021), Cuervos en la ventana (2013) y Una ciudad llamada Bucaranada (2010). Autor de la novela El sexo de las salamandras (2015) y de la biografía Me llamo José Antonio Galán (2010). 

El eclipse, un cuento de Heider Rojas

     3:25

E

s apenas media tarde, pero la noche se extiende por el Desierto de La Tatacoa.

Es una sombra intensa de unos 300 kilómetros de diámetro, más la penumbra alrededor en otros 3.500, si son ciertos los datos que nos suministró Joluis.

Mientras veníamos, en la larga fila de carros que avanzaban lentos en la caravana por la carretera angosta y destapada, amarilla de sol de mediodía, entre los riscos de piedra caliza y las hierbas a veces como calcinadas, Joluis también nos contó, para llenar el silencio en el que caímos en el automóvil, que de tanto en tanto se rozaba con los salientes de la carretera, la historia de Josué, un militar que en la mitad de una de sus muchas batallas victoriosas al lado de Dios, el mismo Dios de Joluis, le dijo al sol que se detuviera en no sé dónde, y a la luna en otra parte.

Y ahora, en la repentina oscuridad, se oyen cantos de gallos y currucucus y bramidos apresurados, asustados, en el desierto hay muchos más animales de los que a plena luz uno estaría dispuesto a aceptar que lo habitan. Los animales se asustan porque todos los días de sus vidas la luz perdura una misma longitud, y aquí en el desierto todo es excesivamente regular.

 Algunos de esos animales sólo viven un puñado de años, y hay unos que únicamente meses, o semanas o días, tal vez algunos unas cuantas horas, y esa es toda su posible eternidad, todo el ámbito de su evolución, lo mismo que para nosotros, que duramos más que muchos de ellos, implica la frontera de setenta años.

Los que pueden corren a sus madrigueras y otros huyen sin orientación, mientras que bandadas de pájaros echan a volar con chillidos y fuertes aleteos en busca de la luz. Mientras compruebo que no alcanzo a ver la luz en el horizonte, de acuerdo con Joluis el desierto tiene alrededor de 110 kilómetros, lo que indica que toda La Tatacoa está a oscuras, pienso en las mariposas y miro alrededor, me gustaría hallar alguna, pero no veo a ninguna. Mariposa viene de María y de posar y su existencia es un regalo de color, ¿pero qué termina siendo una mariposa en la oscuridad?, y siento que es mejor no hallarla.

Cuando la penumbra empezó, hacia las 2:30, ya se percibía la inquietud en los animales. En los pájaros y las lagartijas y chicharras. En los gallos y gallinas y las cabras y jamelgos de los campesinos que tienen su casa con corrales de guadua cerca, en el altozano, y de los que viven más distantes, unas distancias que, en la espera, calculé por algunos balidos, cantos y chillidos que se anticiparon. Pero al llegar la oscuridad no tuvieron más opción, los domésticos, que hacer atropelladamente lo que siempre han hecho al anochecer, y los salvajes correr a campo abierto a refugiarse. 

Algunos de estos olfatean que morirán, aunque sus depredadores deben estar tan confundidos como ellos, de algún modo sienten lo que sería perder la vida y saben que no han tenido tiempo de escapar. 


     3:26

Para tranquilidad de Joluis nos vimos obligados a estacionar en la periferia de la muchedumbre y lo que hizo fue salirse de la carretera y adentrarse por una planicie que a la luz era como una gran piedra pómez, alejándonos lo más posible.

Él fue el de la idea de venir, pero ahora cree que puede haber amigos suyos de Neiva en la caravana y no quiere que nos vean y eso enfurece al pequeño Ric. Cuando están alegres poco importa que los vean, pero así de alterados o tristes sería fácil darse cuenta que se quieren a pesar de que discuten, y Joluis sabe que cualquier cosa podría hacer que el pequeño Ric estallara, que echara a gritar. Así que quedamos a buena distancia de las diez mil o más personas que murmullan en la oscuridad, disparan flashes como fosforescencias de luciérnagas e interfieren los caminos de huida de los animales, algunos de los cuales morirán bajo sus pies.

Los ruidos, los chillidos, los cantos pierden fuerza y continuidad. Los que lograron refugiarse callan y esperan mientras en el cielo oscuro el sol es como un botón de girasol ennegrecido.

–Protégete, dice Joluis, pasándole dos tiras de placas de rayos X.

Están de pie, apoyados en el capó.

–En este momento no hay peligro, se puede mirar directamente.

–Te puedes quemar la retina.

–Ay, gordito. Sá, grita, ¿en este momento puedo o no ver directamente?

En realidad no estoy seguro y ya sé que es mejor que se arreglen ellos mismos.

–Dejen de pelear, les digo, el eclipse dura sólo unos minutos y tal vez no puedan ver ninguno otro en el resto de sus vidas.

–Úsalos, por precaución, le dice Joluis, con una voz conminatoria.

Durante el viaje de casi cuatro horas, desde que tomamos la Autopista Sur, han discutido todo el tiempo. Cuando me recogieron estaban felices, sobre todo Ric, él siempre está feliz o en la peor de las depresiones. Estuvo riéndose de las peripecias que debió hacer para escapársele a su novia, una adolescente atractiva, de ojos azules y pelo castaño en tirabuzones, que siempre que la he visto junto a él ha dado muestras de estar muy apegada. Hoy quería que hicieran no sé qué, pero él ya tenía planes de venirse a ver con Joluis el eclipse, le parece un acontecimiento especial, fantástico, y cada día parece más enamorado y quiere compartir con su gordito momentos como éste.  

–¿Estás seguro que sigue sin saber?, le preguntó Joluis luego de que él nos terminó de contar las peripecias. 

–Sí, se rió. Sí, gordito, le deslizó la mano por el antebrazo, y como Joluis continuó en silencio: Supongo que también irá al desierto gente de Neiva, pero puedes estar tranquilo, voy a comportarme como un simple amigo, se acomodó contra la portezuela, enojado. 

A Ric le gustaría que los vieran, que todos lo supieran, le gustaría dejar de ocultarse, poder abrazar y besar y coger de la mano a Joluis en cualquier lugar, todas las veces que lo desee. Se conocieron hace cinco meses, en la universidad, al comenzar Ric primer semestre de arquitectura y Joluis noveno de ingeniería, y para Ric ha sido un tiempo suficiente para afirmarse con claridad en lo que quiere, en su preferencia sexual. ¡Los tipos, y entre todos el que más me gusta es el gordito!, ha repetido riéndose. Y creo que en cualquier momento, en uno de sus arranques, le dirá a su novia que la quiere mucho, muchísimo, pero como su mejor amiga. Creo que calcula cuándo le dirá de quién exactamente está enamorado, por quién vive en las últimas semanas tantos altibajos de ánimo, y siente que ese momento será el inicio de su verdadera vida.

Joluis, en cambio, no quiere que los vean en la universidad o fuera de ella en circunstancias que los delate. Es su primera relación homosexual, al menos la primera de la que se ha atrevido a comentarme, y es católico y practicante, en Neiva durante años estuvo cerca de la curia. Aunque es cinco años mayor que Ric no sabe cómo manejar la situación. Desde que se vieron por primera vez sus días rotan para él.

–A partir de que nos cruzamos la mirada en los baños ha sido como si nos hubiéramos lanzado una red en la que vivimos hasta hoy, me confesó una madrugada, en la cocina del apartamento que comparte con otros dos estudiantes de provincia, en el barrio Palermo.

Salió del baño y Ric lo siguió. Durante un trayecto Joluis no lo volteó a mirar. Pero luego lo esperó.

 –Y cuando estuvimos cerca me di cuenta que lo que quería era estrecharlo y besarlo, de inmediato, como si nos reencontráramos después de una larga separación. Él sentía lo mismo. 

Pasados cinco meses hacen planes porque Joluis terminará este año la carrera y piensa trabajar y radicarse en Bogotá y ambos creen que entonces podrán ser mucho más felices, mucho más libres de expresarse.


     3:27

Al otro lado de la línea del teléfono estaba Joluis.

–Lo tienen en una comisaría, retenido.

 –¿Por qué?

–No sé bien, supe que lanzó el televisor por la ventana del apartamento. Es un quinto piso. Imagínese cómo sería el alboroto en el condominio. Creo que seguía botando cosas por la ventana cuando lograron abrir la habitación y agarrarlo. Discutimos antes de separarnos, pero no sé si tiene que ver con eso. Visítelo por mí, puede que siga disgustado conmigo y en ese caso sería contraproducente que yo fuera, usted ya lo conoce. 

Era mediodía del domingo, y yo tenía resaca, pero me hizo prometerle que iría lo más pronto posible.

Iban a ser las tres de la tarde cuando salí a verlo y hacía uno de esos días despejados, rutilantes, que siguen a los días de lluvia intensa, y no sé porqué, tal vez por la profusa claridad, empecé a acordarme en el trayecto de una serie de amigos de niñez y fue como tocarse la cicatriz que es el ombligo: porque todos estaban físicamente desaparecidos. Tal vez todos o algunos vivos en algún lugar de la ciudad, o del país, o del mundo, pero desaparecidos de mi vida como yo de las de ellos. ¿Alguno me recordaba? Pensar en eso me causó cierto mareo, como si por un instante hubiera percibido un movimiento brusco y generalizado alrededor.

La cara de Ric me sacó del brocal en que me había dejado la impresión de mis amigos niños.

Como es usual cuando retorna el sol, hacía un frío que calaba en el interior del edificio.

Y Ric estaba literalmente a la sombra: en una habitación bastante oscura para ser media tarde, al parecer utilizada para el descanso de los funcionarios aunque también podía albergar retenidos, ubicada entre el salón con el pesado escritorio de madera y las sillas destartaladas y los archivadores, que constituía la oficina del comisario, y el patio interior que la separaba de los calabozos en los que los detenidos se asomaban y sacaban los brazos por las puertas de barrotes de hierro. A Ric no lo habían metido allí seguramente porque apenas tenía diecisiete años y por haberse identificado con el carné de la universidad.

No se alegró al verme.

 –¿Viene de parte del gordito?, sonrió con desconfianza.

–Queríamos saber cómo estaba.

–Muy bien.

Tenía los brazos cruzados, sentado a lo largo en una cama sencilla, cubierta con un colchón forrado por la sábana limpia pero desteñida, ubicada contra la pared que separaba la habitación de la oficina del comisario, con las piernas una sobre la otra. No me invitó a sentarme pero lo hice, al final de sus pies calzados con unos zapatos de gamuza.

–¿Hay algo que yo pueda hacer?, le pregunté.

–Nada, me replicó de inmediato, pero luego se demoró antes de agregar: Mi mamá vendrá más temprano que tarde a firmar el compromiso. Ella y mi hermana ya se deben estar dando cuenta que sería peor para ellas que yo amaneciera aquí.

 En la penumbra parecía más moreno de lo que era en realidad y los dientes más blancos. Visto con detenimiento, me pareció que carecía de belleza física, al menos la que yo buscaría en una mujer, pero tal vez yo no estaba en condiciones de apreciarlo bien, de hecho su novia me parecía una beldad. El mechón de siempre le caía sobre la frente. Y aunque se reía, como era su costumbre, me resultó claro que lo hacía para aparentar.

 –¿Para qué llegar a esto?, le dije.

 –Mijito, respondió, no me meta los dedos a la boca. ¿Lo mandó a interrogarme? ¿Por qué no vino él, si le intereso un poco?

–Me importa un pito lo que piense y que me tenga desconfianza, le dije con mi mejor tono de amistad. Y me importa un pito el futuro de ustedes dos. Si él no me lo hubiera pedido de todos modos habría pasado por aquí. Simplemente porque a usted lo he visto ya más de medio centenar de veces y me cae bien. Como persona, sonreí. 

Tuve la idea de confesarle que tenía la convicción de que Joluis lo amaba, que nunca antes, desde que lo conocía en la universidad, lo había visto amar a alguien como ahora a él, pero me levanté; ¿era yo quien se lo debía transmitir de forma que no tuviera dudas?

 –No se empute, me sonrió, tratando de aparecer más cálido. Dígale lo que le parezca.

Me contó lo que había sucedido, escuetamente, sin mayor deseo de hablar. Saqué en claro que Joluis y él habían discutido, lo cual ya lo sabía, y que cuando llegó al apartamento la mamá lo esperaba. Le hizo no sé qué preguntas sobre su comportamiento de las últimas semanas y sobre Joluis y en lugar de no mentirse más y despacharle toda la verdad se encerró en el cuarto y empezó a romper las cosas, furioso con todos, con Joluis porque se enfurecería si las cosas se aclararan de esa forma y con él mismo por abstenerse de decirlo sólo para que Joluis le sonriera.


     3:28

Se besan en la oscuridad. 

Muchas veces los he visto besarse así, con violencia, con urgencia o con pasión incontenida.

–Estás llorando, dice Joluis. ¿Por qué?

No responde.

–Deja de llorar.

Joluis lo dice con firmeza aunque trata de ser afectuoso. Podría disculparse por lo que ocurrió durante el viaje, pero se limita a abrazarlo, por la espalda, y a besarlo. Se funden en una sola sombra.

Creo que Joluis le teme, a su sonrisa irreverente, a su vitalidad, a que lo desborde, a que desaparezca de su vida tan repentinamente como apareció, y por eso, para conservarlo, lo que hace ante sus explosiones es demostrar que es más fuerte.

Además de ser cinco años mayor, Joluis es bajito pero robusto, pasa de ochenta kilos. Ric tiene la misma estatura y cincuentaicinco kilos más o menos, y es delgado y macizo pero frágil, parece uno de esos bailarines que saben algo único que los hace encantadores.

Cuando lo conocí se burlaba permanentemente de Joluis, de su manera de vestir y de peinarse, para él más que anticuadas desprovistas de intenciones, y de sus ideas prosopopéyicas y desconectadas del futuro, del que en cambio él parecía tener bien claros sus contornos. Unía su risa corrosiva a su desinhibición para expresarle con palabras y caricias que en todo caso lo quería tal como era, de modo que Joluis quedaba desarmado. Pero a medida que la relación se ha profundizado y prolongado, que se ha vuelto cotidiana y excluyente, que ha pasado de los momentos de amor compulsivo a la necesidad de compartir la vida, parece haber perdido el dominio que tenía.

Es rabiosamente inteligente, y muy sagaz. Ha sido capaz de engañar o sobrellevar a la psicóloga a la que lo llevó la mamá luego del incidente del televisor por la ventana. Le armó una historia relacionada con el divorcio de sus padres, la falta de atención para con él y la ira que le causa la actitud de la mamá ante sus desánimos, y se reía contando lo que ocurría en cada una de las tres sesiones a las que sin ninguna oposición asistió puntual y alegremente.

–Ya es mi amiga, comentó la última vez. No sabe nada de los dos, miró a Joluis brillándole los ojos, pero un día de estos te la presento a ver si te dejas delatar. A ver si dejas que descubra que mientras alzaba el televisor e iba a tirarlo por la ventana, consciente que le podía partir a alguien la cabeza, no hacía más que pensar en ti.

Pero cada vez más pasan sin transición de la alegría de estar juntos a la franca riña.

De hecho hoy salieron muy contentos de venirse al desierto, tan lejos de Bogotá, en el carro que Ric le suele sonsacar a la mamá cuando quieren salir de la ciudad y le entrega a Joluis apenas se ven para que él conduzca, un Renault 21 blanco, pero las prevenciones de Joluis le quitaron la alegría de la cara como si le hubieran arrojado un ácido. Estuvo un trayecto ensimismado, derrumbado en el asiento, con la cara contra la ventanilla, y cuando Joluis le reclamó se volteó y empezó a gritarle que no creía que su miedo a que los vieran fuera un problema de carácter sino que en realidad no lo quería. Joluis le respondió en el mismo tono y Ric subió la voz: fue un largo ping pong a raquetazos que culminó como con una bola estrellada en la pared por Ric:

–¿Es porque no puedo darte hijos?

Y repentinamente abrió la portezuela con el carro en marcha. Joluis reaccionó, sujetándolo del brazo. Lo atrajo al interior mientras el carro zigzagueaba. Manteniéndolo agarrado se orilló y parqueó al borde de la carretera, apagó el carro, sacó la llave y empezó a darle puñetazos y Ric no le respondía. Tuve que intervenir. No me gusta intervenir entre estos dos. Nunca se sabe de qué forma lo tomen. Cada vez que veo pelear a una pareja recuerdo el viejo dicho. Pero logré que se callaran, que se sentaran mirando al frente, y luego Joluis encendió el motor y reanudó la marcha. Me mantuve unos minutos encorvado entre los dos, cacharreando con el pasacintas.

Y cuando me acomodé otra vez en el asiento recordé el artículo que leí en el periódico sobre el caso policial de una mujer de veintitantos años que fue asesinada por su marido, iracundo porque ella llegó a su casa “tarde”, en el barrio Quiroga, como a las once de la noche, y oliendo a cerveza: le clavó un palo por la vagina, destrozándola por dentro, y la remató a golpes. 

Algo frío me bajó por la columna. Es una de las sensaciones inconscientes por las que no me gusta preguntarme cómo es el amor. 


     3:29

La sombra que formaban se divide en dos, una gruesa, otra delgada, y ésta avanza un par de metros y mira al sol directamente. Yo también lo hago, miro al sol directamente.   En mucho tiempo, tal vez en todo el tiempo que les resta a nuestras vidas, sólo nos queda un instante para hacerlo, este instante, y es antes y después de la totalidad que no se debe hacer, porque mirar al sol mismo cuando brilla enceguece.

–¿Siente el frío?, dice Joluis, acercándoseme.

Es cierto, ha habido un cambio brusco de temperatura. Sigue hablando mientras mira a través de las placas radiológicas, en un tono que claramente incluye a Ric, o más bien le habla a él en un tono que me incluye a mí. Habla de las propiedades de la luz infrarroja y del perigeo de la luna, de tanto en tanto a Joluis le gusta hacernos recordar que ya casi es ingeniero. 

Su cháchara va diluyéndose hasta que deja de hablar. No le oímos. De pronto ha empezado a clarear y a la vez, apresuradamente, los animales del desierto reaccionan, se oyen cantos de gallos y balidos y uno, dos relinchos, y gorjeos, unos más intensos que otros, unos animales más desconcertados que otros. ¿Cuál de ellos sabe que en tres horas volverá a oscurecer? A los de vidas simplemente fulgurantes tal vez ésta ya no les alcance para sentir que el día y la noche han recuperado su regularidad. 

A medio kilómetro, entre los diez mil, la multitud de siluetas sitiadas por los carros, se siente la animación que trae la luz. La penumbra durará alrededor de una hora, se irá disipando lentamente, igual que en tantas alboradas, pero con la primera luz la masa se alivia, se revuelve, adquiere movimiento, como cuando empieza a conjurarse un prolongado apagón.  

–Es mejor que nos vayamos antes de que quedemos atrapados en la caravana, dice Joluis.

Como única respuesta, Ric se sienta en el lugar sobre el que ha estado de pie mirando al sol. Se queda viendo las extensiones del desierto débilmente iluminadas, los focos de erosión, los surcos y las cárcavas que parecen cordilleras a escala, los cactus y arbustos aislados, fantasmagóricos. 

Joluis se entra al carro y pone el motor en marcha y Ric se levanta, pero echa a caminar hacia el borde del risco y al llegar allí se agacha, se apoya con la mano en el borde y salta. Desciende rápidamente, da la sensación que resbalándose, en un segundo desaparece en la cárcava.

Voy a sentarme al lado de Joluis. Apaga el motor y esperamos. Me cuenta que la mamá de Ric ha averiguado o sospecha y que lo ha llamado un par de veces en tono amenazante. 

–Cualquier día puede meterme en líos con la policía, inventarse algo para involucrarme. La vieja es jodida y tiene influencias. Ha hecho cuentas y dice que los altibajos de Ric empezaron cuando aparecí.

–En eso la suegra tiene toda la razón. 

Me suelta un puño en el bíceps. Menos mal que es bromeando, al gordito le pesa la mano, pobre Ric, debe tener sus buenos moretones allí mismo donde le ha estampado besos. Y luego me repite que lo quiere, que nunca ha querido a nadie como a él. La retahíla que ya sé. Se ha vuelto monotemático como tantos enamorados. Me cuenta que ya no pueden utilizar la fachada con la que había entrado en el apartamento de Ric.   

–Empecé a darle clases de álgebra. Fue idea de él, conoce bien a la mamá y piensa velozmente. Al comienzo a la vieja el asunto le sonó, podía irse tranquila a su oficina, es Gerente en un banco y tiene la esperanza de que Ric se vaya a estudiar a Madrid, como lo hizo el año anterior la hija, para recuperar toda su libertad. Permanecíamos solos la mayor parte del tiempo, poníamos la cadena para asegurarnos y no hacíamos otra cosa que querernos.

Un sábado en la tarde que la vieja había viajado a Cartagena a un congreso, Joluis me llamó y al llegar al apartamento los encontré a los dos en calzoncillos. Luego de asegurar la puerta con la cadenilla dorada fueron a sentarse en el sofá, Ric en las piernas gruesas, blancas y peludas de Joluis, a gusto entre los brazos de él, también gruesos, blancos y peludos. La pasaban bien, pero solos, y querían que alguien viera su felicidad.


     3:47

–Ya sería mejor esperar, dice, mirando a la carretera.

–La caravana tardará varias horas y Cenicienta podría alcanzar a convertirse en fregona.

Otro puño hacia el bíceps que logro esquivar, como un esparrin.

A pesar de que todavía falta alcanzar la claridad total, algunos grupos entre los diez mil han empezado a movilizarse en los carros y la lenta caravana se alarga levantando polvo.

Dejo el carro y voy hasta el borde del risco en donde Ric desapareció. En tiempos prehistóricos pudo pasar por la hondonada, formada de altibajos y en la que abundan los pedruscos, sin vegetación, un río caudaloso. A partir de cierta altura reaparecen los arbustos y los cactus desperdigados. Ric no se ve. Puede estar detrás de un promontorio o sentado en alguna hendidura o al otro lado, en la casa de los campesinos en el altozano.

Una bandada de pájaros regresa, o llega sin enterarse de la oscuridad, son puntos perdidos en el occidente.

La presencia de los animales de nuevo se ha silenciado, se ha disipado, vuelve a ser el viento el que se oye a pesar de la lejana algarabía de los diez mil y la erosión con sus rugosidades y formas caprichosas, en sectores rojizas, en otros como cenizas petrificadas, lo que acapara la vista.

Retorno al vehículo y le digo a Joluis que su tormento ha desaparecido. Se enfurece. Creo estar viendo a mi padre enfurecido con mi madre porque se demoraba en alguna gestión fuera de la casa. La quería siempre a la vista, como ahora Joluis lo quiere a él. Era violento mi padre, sus puños pesaban como yunques de hierro, solía jactarse que de joven le habían “multado” una mano. ¿Necesitará hijos Joluis, como los necesitaba mi padre? 

Me lo pregunto mientras él habla, bota la bilis, y yo pongo algo de música para matizar y esperar. Suena rara la música en esta inmensidad sin música. 


     4:27

El sol resplandece y el desierto ciega de luz cuando Ric reaparece. Ya es el sol de siempre, el que hace de estas extensiones un lugar desamparado, el que no puede mirarse directamente como si se tratara de los ojos de un padre autoritario, nada de tierno girasol, una combustión perenne: ¿cuándo terminará de consumirse?

A través del parabrisas Ric me parece un fauno del desierto; es fibroso, ágil y su piel de un cobrizo intenso.

Se acerca al carro por el lado de mi ventanilla.

–Quédese ahí, empuja la portezuela cuando la abro. 

Todavía tiene los párpados hinchados de llorar, pero le ha vuelto la sonrisa corrosiva.

Se mete como un zorro en el asiento posterior.

Joluis da reverso bruscamente y haciendo rechinar las llantas se enfila hacia la carretera. La larga caravana se mueve con dificultad, tiene por lo menos dos kilómetros y en algunas zonas se forman nubes de polvo que se engullen a los carros.

–Sá, me dice Ric, alcánceme el cuaderno que hay en la guantera.

Lo saco. Es un cuaderno de colegio, ajado, ¿un diario? Se lo paso. Se acomoda poniendo las rodillas contra la parte posterior de mi asiento, escribe algo, pero luego, en un arranque, lo tira fuerte por la ventanilla, y el cuaderno vuela como una mariposa desgarrada.

Joluis grita, mirándolo por el retrovisor.

–Gordito, no peleemos más: nos queda muy poco tiempo juntos, sonríe.

Joluis me voltea a mirar; si su enamorado, la única relación de amor que le conozco, hubiera estado en mi lugar, su puño se hubiera disparado como un arpón mecánico.

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Heider Rojas. Abogado y escritor colombiano. Autor de la novela Los Rizos y del volumen de ensayos Simpatía con el asesino. El presente cuento hace parte del libro  Escopolamina. 

Imagen: Antonio Turok, eclipse solar, Chiapas 1991.