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Bogotá Acid Road Trip, un cuento de Fabián Mauricio Martínez

B

ART era el nombre de la empresa que Yohei Yamamoto y Shuta Hirata contrataron antes de salir de Japón. Los dos amigos, estudiantes de último semestre de publicidad en la Universidad de Tokio, investigaron en la dark web sobre planes insólitos para hacer en Bogotá. Shuta y Yohei desecharon las redes de pedofilia, el ofrecimiento de esclavas sexuales encadenadas en sótanos y las catas de aguardiente con abundante cocaína, en exclusivos bares de la ciudad. Lo de la cocaína ya lo habían contratado en Bolivia, en un circuito de bares underground, en La Paz. Todo lo demás les pareció de mal gusto, así que siguieron con su búsqueda hasta encontrar los servicios ofrecidos por Bogotá Acid Road Trip (BART), y compraron, muy emocionados, los paquetes turísticos. 

Los dos jóvenes eran asiduos practicantes de osmolagnia y ozolagnia. Es decir, les fascinaban los olores corporales, más aún cuando se trataba de aromas asociados con excrementos, flatulencias y partes íntimas. Encontrar en el menú del BART la satisfacción de este fetiche, junto a otros que exploraban los límites de sus sentidos, los llenó de expectativas y emoción ante lo que les ofrecería la capital colombiana. Este tipo de turismo extremo era el que les interesaba a los japoneses, quienes tenían el pelo negro y la piel color ambarino. Yohei usaba un bigote poco tupido; Shuta era lampiño. 

Los japoneses visitaron Perú, Bolivia y Argentina. En Buenos Aires tomaron un vuelo hasta Bogotá. Llegaron un día antes del comienzo del frenético tour. Se instalaron en un hostal de La Candelaria, caminaron por el centro de la ciudad, tomaron algunas fotos de murales y grafitis, cenaron pizza en el restaurante de un italiano cerca de la Luis Ángel Arango, y se fueron temprano a la cama porque a las seis de la mañana los recogería una camioneta oficial del BART. 

La camioneta los llevó al Terminal del sur donde un colectivo los esperaba. Los dos japoneses compartían el tour con tres alemanes, dos francesas y un italiano, quienes también compraron la membresía en la dark web. El guía se llamaban Johnny, un hombre de San Andrés que hablaba un inglés perfecto. La primera parada, según el itinerario que les fue entregado en un programa de mano, era a las afueras de la ciudad, en el Salto del Tequendama. Un escenario recomendado por olfactofílicos del mundo entero. 

El bus escolar llevó a los extranjeros a observar la caída de agua, y Johnny, el guía sanandresano, los invitó a que se embriagaran con los efluvios pestilentes que se desprendían de la gran cascada. Los aventureros no se inhibieron, y aspiraron a bocas llenas el olor a mierda y cañería que reinaba en el lugar. Al cabo de un rato, el asunto resultó insuficiente; los turistas querían algo más fuerte, y Johnny lo sabía. El isleño los tranquilizó contándoles que ese era el preámbulo del verdadero manjar. La siguiente parada era la planta de tratamiento de aguas residuales del occidente de Bogotá. Por ahora los invitaba a que se hicieran fotos y selfis con la cascada de fondo. Los extranjeros se tomaron varias fotos y se montaron al bus escolar hacia el siguiente destino. 

Durante el recorrido, uno de los alemanes –pelo naranja y ojos verdes– pidió un porro extragrande de marihuana. Lo encendió y lo compartió con los demás miembros del grupo. En el BART el consumo de drogas estaba permitido, y los participantes podían pedir lo que quisieran en el momento que lo desearan. El plato fuerte era un ácido que se tomarían cerca del mediodía, según se leía en el programa entregado. Una de las francesas –pelo rojo y ojos azules– pidió un vodka doble. Su compañera –pelo negro muy corto, ojos azules y facciones finas– ordenó una línea de cocaína. Johnny, el hombre de rastas cafés, los atendió a todos con premura. Los otros dos alemanes, muy rubios y blancos, y los dos japoneses pidieron agua y café. El italiano no quiso nada. 

Al llegar a la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales El Salitre, los viajeros, como si fueran animales hambrientos, aspiraron con delectación la acumulación de gases nauseabundos. «Me encanta», dijo uno de los alemanes rubios; «delicioso», se relamió la francesa de pelo corto; y Johnny les regaló un dato que aumentó su éxtasis: «Esta planta trata las aguas negras del 30 % de Bogotá. Nuestra ciudad tiene alrededor de nueve millones de habitantes; es decir que estamos aspirando el olor de la mierda de más de tres millones de culos», y todos estallaron en carcajadas, mientras husmeaban con frenesí, como sabuesos de dos patas. «Esto es casi como el jenkem», afirmó el italiano –calvo y de barba negra–, que les contó a todos cómo solía drogarse con un grupo de amigos en Nápoles, tras llenar con mierda y orina una botella de plástico, taparla con un globo y dejarla fermentar unos días bajo el sol, con el fin de aspirar sus gases. 

Los japoneses estaban fascinados. Les divertía mucho encontrar personas de otros países con sus mismas aficiones. «Esto es muy bello», dijo Yohei, y su bigote desordenado se ensanchó con placer. Johnny, con sus rastas gruesas y quemadas, los invitó a que bajaran al pozo donde buena parte de la materia fecal se empleaba para hacer fertilizante para plantas. El grupo bajó y se sentó alrededor de la laguna de lodo en donde la caca era convertida en toneladas de biosólido Tipo B. Los extranjeros abrieron las bocas y con las manos se ayudaron a tragar las hediondas vaharadas. Allí los esperaba un funcionario de la planta –casco amarillo y gafas industriales– que recibió un fajo de billetes de Johnny. El empleado le entregó al isleño un sobre de manila. Luego, el funcionario industrial, con un acento bogotano muy marcado, les dijo a los turistas: 

—Enjoy the ride, guys. I hope you all have a strange trip —y sonrió antes de alejarse cuesta arriba.

Johnny invitó al grupo a que formara un círculo a su alrededor. Les dijo, mirando su reloj de pulsera, que eran las 11:30 de la mañana y había llegado el momento de tomar LSD, tal y como estaba planeado. Repartió unos ositos de goma de varios colores, impregnados con dietilamida de ácido lisérgico, uno por persona, y los invitó a comerlos:

—Welcome to Bogota Acid Road Trip —les dijo en tono ceremonial. 

Los viajeros se comieron los ositos de goma, se tomaron de las manos, formaron un círculo y aspiraron al unísono el hálito de la planta de tratamiento de aguas negras. Luego se soltaron y se dirigieron al bus escolar. Los tres alemanes entonaron una especie de himno; las dos francesas se detuvieron y se besaron largamente bajo el cielo azul; Shuta y Yohei gritaron con acento japonés y en español: ¡Viva Bogotá!

Durante el nuevo trayecto se preguntaron unos a otros si el LSD ya les había hecho efecto. Todos dijeron sentirse raros, pero aún se encontraban en el plano ordinario de la realidad. El microbús tomó la avenida 68 y cruzó por encima de la 26, y a la altura del Parque Simón Bolívar el calvo de barba negra gritó que se le había estallado el ácido. Se carcajeó señalando una buseta de transporte público, en la que la gente se apretaba con rostros malhumorados. Todos observaron la buseta, pero el único que también le encontró gracia fue el alemán de pelo naranja, que describió los ojos de los pasajeros como pelotas de ping pong y los dientes salidos como los de las ardillas. El italiano repetía que la buseta parecía un triceratops con ventanas en los costados, y la gente un montón de gusanos que infectaban al dinosaurio. «Está muy loco», dijo otro de los alemanes, fastidiado por la alharaca del calvo italiano. 

El bus se detuvo. Los viajeros se bajaron y caminaron hacia la entrada, encantados con las curvas amarillas y rojas de las montañas rusas, y con los rayos de luz del inicio de la tarde golpeando la superficie del barco pirata. Todos ya habían emprendido el viaje lisérgico, y se encontraban en medio de la embriaguez ascendente del ácido. Johnny repartió los brazaletes del parque de diversiones, un par de botellas de agua, unas manzanas y unos bocadillos. Les dijo que con ese brazalete tenían acceso a todas las atracciones y los juegos del parque. Les advirtió que luego de cuatro horas los vería en ese mismo punto para partir a la siguiente estación del Bogotá Acid Road Trip. Él y otras personas del staff estarían muy pendientes de ellos, porque eran conscientes de que el LSD extraviaba la noción del tiempo. También les dijo que podían presentarse problemas nerviosos debido a la sobreestimulación del parque, pero que esa era precisamente la idea y el espíritu del BART: el turismo extremo en todo su esplendor.

Los extranjeros se dispersaron. Shuta y Yohei decidieron ir a la rueda de Chicago, al igual que la pareja de francesas. Tomaron la misma góndola, y desde la parte más alta de la noria contemplaron la belleza de la gran arboleda del Parque Simón Bolívar. La francesa de pelo largo y rojo dijo que le parecía un racimo de brócolis y espinacas. La otra mujer, de pelo corto y tatuajes en los dedos, le pidió que le regalara ese ramo de hierbas en el altar de su matrimonio, y la besó. Los japoneses observaron boquiabiertos ese beso rojo y frutal, que parecía salírseles de las bocas como pétalos de carne arrastrados por el viento. Uno de los ojos azules de las francesas se abrió y miró a los japoneses. El ojo azul escogió a Shuta y una mano rosada de lúnulas blancas lo tomó de la camiseta y lo atrajo hacia ellas. El japonés sintió el mareo del desbalance de la cabina y se pegó a los labios húmedos y vertiginosos. 

Shuta cerró los ojos y vio peces azules que nadaban a gran velocidad y se desintegraban formando una erupción de energía multicolor. Abrió los párpados y se sentó nuevamente en su puesto. Yohei se abalanzó contra las francesas, pero la misma mano rosada que había traído a Shuta, lo rechazó. La rueda de Chicago se tambaleó y descendió. Se detuvo a la altura del suelo, y el operario los invitó a bajar. Los japoneses lo hicieron, pero las francesas alegaron que se querían quedar mucho tiempo en la rueda. El operario insistió, pero una de ellas le mostró el brazalete con mucho énfasis. El operario se encogió de hombros y accionó la máquina. 

Shuta vio la góndola subir y a las francesas fundirse en un nuevo beso. Le pareció que las mujeres eran de plastilina y se derretían sobre el plástico amarillo de la cabina. Los japoneses acordaron ir al castillo del terror. En el camino se distrajeron disparando al blanco, en la casa de los espejos donde se abrumaron con sus múltiples imágenes desvaneciéndose en los cristales, y tomaron el sol, sentados en una amplia zona verde. 

El castillo del terror emulaba una torre medieval pintada de negro y rojo. Adentro, después de hacer una larga fila, apagaron las luces. En la primera recámara, un hombre con capucha de verdugo dejó caer un hacha muy cerca de donde estaban; Shuta y Yohei corrieron espantados, ahogándose entre la risa, el miedo y las oleadas de ácido lisérgico. 

En la siguiente habitación, sobre una cama, estaba una niña retorciéndose, botando babaza y doblando su espalda como una araña, con la cara cortada y los ojos verdes como desechos radioactivos. Junto a los japoneses se encontraban el italiano calvo de barba negra y un grupo de clientes del parque de diversiones. 

El siguiente escenario era una especie de anfiteatro. Varios cuerpos yacían bajo sábanas aguamarinas. Los japoneses, el italiano y lo demás visitantes atravesaron la sala, unos agarrados de otros, al tiempo que dos de los cuerpos se levantaron con enormes cuchillos. Los muertos, maquillados como zombis, espantaron al grupo. Yohei no podía controlar la risa, y se detuvo en el pasillo antes de ingresar a la siguiente sala. Shuta lo esperó con lágrimas en los ojos. El italiano, que también se quedó con ellos, estaba pálido y serio; alucinaba con demonios y calaveras que lo cazaban. Cerraba los ojos y veía dentro de sí a la muerte con la guadaña acercándose con interés. Abría los ojos y se encontraba con el horror sobredimensionado del castillo del terror. Tenía la frente verde, al igual que las comisuras de los labios rodeadas por la espesa barba. 

Los tres atravesaron la próxima sala. Estaba iluminada con luz amarilla y tenía un tubo rojo como el que usan los bomberos para descolgarse desde el techo. Arriba de ese tubo había un hoyo del que descendió un payaso con dientes largos, vestido negro y zapatones rojos. Al aterrizar, frente a ellos, desenfundó una motosierra, que encendió al instante. Los japoneses escaparon, pero el italiano, en el colmo del mal viaje, colapsó. Cayó fulminado y convulsionó en el suelo. Los japoneses huyeron convencidos de que el payaso había hecho trizas al italiano. 

Shuta y Yohei salieron del castillo. Corrían a toda velocidad, en medio del terror y las risas alborotadas. Fueron abordados por una mujer que los obligó a parar, tomar agua y calmarse. La mujer los condujo al bus escolar. Era la hora de partir hacia la siguiente parada. Shuta observó la rueda de Chicago. De una de las góndolas sobresalían las pantorrillas rosadas de una de las mujeres francesas; las piernas se agitaban al igual que la cabina que las sostenía. Shuta sonrió y caminó hacia el bus, al igual que Yohei, que mordía una manzana muy roja, bajo una tarde extraordinariamente azul que agonizaba en Bogotá.

En el bus, Johnny anunció que las francesas se quedaban, al igual que el italiano, quien estaba siendo atendido por los médicos. Solo restaban para esta última parte del BART los tres alemanes y los dos japoneses como tripulantes de la extraña caravana. Durante el trayecto a la cuarta estación, Johnny les ofreció cerveza y puso minimal techno en el sistema de sonido. Los alemanes pidieron cocaína e inhalaron con gran escándalo. La música los puso a bailar en los asientos. El bus se dirigió al sur de la ciudad, en medio de un atardecer dorado, como si el cielo fuera un gran incendio y los psiconáutas estuvieran rodeados por el fuego. 

Los beats del minimal techno se transformaron en distintas atmósferas para cada uno. Shuta cerró los ojos y se vio atravesando una nube inmensa, blanda y rosada como de algodón de azúcar. Yohei estaba en un viaje más sci-fi. El techno y la noche que ya se cernía sobre la ciudad crearon alrededor del joven japonés la ilusión compacta de una nave espacial, que recién ingresaba a la Vía Láctea, avanzaba por el Sistema Solar, atravesaba la órbita de la Tierra, surcaba su atmósfera, rompía varias capas de nubes, sobrevolaba el cielo bogotano y caía en el bus escolar que se detenía en el siguiente destino.

Johnny y sus rastas quemadas, que a esta altura del viaje eran las serpientes de la cabeza de Medusa, abrió la puerta corredera del bus y les dio la bienvenida al nuevo destino: 

—Welcome to hell, dear strangers —y con su mano señaló un callejón por donde entraban y salían muchas personas, que vistas a contraluz parecían los extras de una película de una guerra atómica y devastadora. 

El lugar era una especie de mercado al aire libre, con toldos armados con madera y plásticos negros, poltronas y sofás sucios, en donde mujeres, niños y hombres fumaban marihuana y bazuco, inhalaban pegante, cocaína y bebían cerveza, aguardiente y alcohol antiséptico con total tranquilidad. Johnny los condujo por el callejón, en medio de fantasmas con los párpados rojos, el pelo inmundo pegado al cráneo y la ropa sucia. Yohei notó que en ese mercado, además de drogas, se vendían bicicletas, zapatos y electrodomésticos. De alguna manera, aquel infierno le recordó los mercados de pulgas que había visto en otras partes del mundo, pero con habitantes de la calle y gente del común consumiendo drogas como si la vida se fuera a acabar en ese mismo momento. O como si la vida ya se hubiese acabado y no importara nada más. 

Se sentaron en un sofá verde manzana tachonado de quemaduras de cigarrillos, y en dos sillones manchados de pegante amarillo. Pidieron cerveza y marihuana, que les fueron llevados al instante. 

—I love this shit —dijo el alemán de pelo naranja, y se dispuso a liar un porro para todos. 

Shuta observó a la gente que iba y venía en una procesión incesante. Viejos y niños con una botella pegada a la boca, arrastrando sus pies como soldados heridos de una guerra perdida hace mucho tiempo. Una pareja se acercó. El hombre era rosado y calvo, con los ojos verdes y la cara redonda. A Yohei le recordó al futbolista inglés Wayne Rooney. La mujer que lo acompañaba era flaca y morena, vestida con una camiseta rota de la que sobresalía una barriga grande, de varios meses de embarazo, en cuya piel Yohei creyó ver el rostro delineado de un bebé con mala cara. 

Wayne Rooney sostenía una botella de alcohol antiséptico con grumos de pegante industrial, de la que bebió un largo sorbo. Se secó la boca con el dorso de la mano y pasó la botella a su compañera, que tomó del brebaje con bastante sed. La mujer volvió a beber y escupió el trago a los pies de los extranjeros. Rooney les dijo: «Una moneda, gonorreas». Ellos no entendieron, y sonrieron pensando que se trataba de un acto del BART. Se acomodaron en los sillones y miraron a la pareja con expectativa. Rooney sacó un puñal que reverberó en medio de las luces callejeras. Tres hombres, con gorras y pantalones anchos, emergieron de las paredes –o así lo percibieron los japoneses–, y de un golpe en el cuello desarmaron al futbolista inglés, que cayó de rodillas al suelo. 

Los hombres con gorras patearon en el suelo a Rooney y lo arrastraron al interior de una de las casas, mientras la morena y su inmensa barriga imploraban por su compañero. Otros dos hombres, con gorras y pantalones anchos, empujaron a la mujer y la obligaron a ir detrás, en medio de unos alaridos que debieron oírse varias cuadras a la redonda. La morena miraba y gritaba a los japoneses suplicándoles ayuda. Yohei vio el rostro del bebé dibujarse en la piel de la barriga. El niño gesticulaba terror. Una puerta se abrió, y allí metieron, a patadas y puños, a Rooney y a la morena, mientras de la casa emergían los ladridos y gruñidos violentos de una jauría de perros. La puerta se cerró, y no se oyó nada más. Los extranjeros se miraron un poco confundidos, hasta que el alemán que había armado el porro lo encendió y se lo pasó a sus compañeros: 

—I love this shit —dijo emocionado. 

La marihuana exacerbó el viaje de LSD. Johnny apareció de nuevo y les pidió que lo siguieran. Esta vez iban escoltados por los hombres de pantalones anchos y gorras de colores. Caminaron, adentrándose en el callejón, en donde descubrieron a varios ojos mirándolos con resentimiento. Johnny descendió por unas escaleras que llevaban a un sótano de luces rojas. Varias mesas y mujeres los estaban esperando. Había una de ellas desnudándose en el escenario; tenía el pecho y los brazos tatuados y varias mariposas revoloteaban sobre su pubis.

Los cinco hombres se sentaron y pidieron una botella de ron. Al rato, los alemanes solicitaron una habitación grande para ellos y la compañía de tres chicas. Los dos japoneses se quedaron en la mesa, y fueron rodeados por varias manos que se les enredaron en las piernas y las braguetas. Shuta se emocionó con la mujer rubia del tatuaje de mariposas en el clítoris, y se fue con ella a uno de los cuartos. Yohei bebió unos tragos más de ron e intentó pensar con claridad, pero le era imposible; se encontraba demasiado intoxicado, y la imagen del rostro del bebé en la barriga de la morena no lo dejaba en paz. Una mujer muy voluptuosa de pelo negro y piel blanca se sentó a su lado. La mujer era bellísima y pronto logró que Yohei se fijara en sus labios y escote. La mujer tomó la mano derecha del japonés y se la puso entre los muslos bajo la minifalda del vestido. Yohei se olió los dedos y se puso como un animal. Se metió con ella en uno de los cuartos iluminados por la luz roja. La mujer se quitó el vestido, se acostó en la cama y se sacó la ropa interior. Yohei vio que debajo del ombligo de la mujer había una frase tatuada. Se acercó y reconoció una caligrafía confusa en la que creyó leer: «Do you wanna kill?». 

Al terminar, Yohei salió de la habitación, y se encontró en la mesa con Shuta y Johnny, que les informó que era el momento de regresar al hostal. Caminaron hasta el bus escolar que los esperaba a la salida del callejón del infierno. El microbús arrancó solo con los dos japoneses. Shuta preguntó por los alemanes. Johnny miró por la ventana; sus rastas siseaban y se movían como un nido de serpientes: 

—Tuvieron problemas con esas mujeres en la habitación; y si allí hay problemas, lo mejor es no meterse —respondió sin mirarlo. Y Shuta creyó que si lo miraba lo convertiría en piedra. 

Yohei se recostó contra su asiento y miró por la ventana. Se repasó el bigote negro con los dedos y sintió alivio al recordar que al día siguiente regresaría a Tokio. Observó en la calle, junto a un semáforo en rojo, a un par de sombras tiradas en el suelo que intentaban prenderle fuego a una pipa hecha con un lapicero y una tapa de gaseosa. El bus arrancó. Yohei cerró los ojos, pero no pudo descansar; solo podía ver una imagen en rojo intenso y con variaciones caleidoscópicas que se repetía en su mente. Se trataba de la barriga hinchada de la mujer morena con el rostro monstruoso del niño, que se mezclaba con el vientre blanco y dispuesto de la mujer voluptuosa, que le preguntaba, en una caligrafía insistente y violenta: «Do you wanna kill? Do you wanna kill? Do you wanna kill?».  



**Este cuento hace parte del libro El encanto podrido de Bogotá, ganador del XV Premio Nacional de Libro de Cuentos de la UIS. Primera edición, febrero de 2021, Ediciones UIS. 

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Fabián Mauricio Martínez G. 
Escritor y periodista. Autor de los libros de cuentos El encanto podrido de Bogotá (2021), Cuervos en la ventana (2013) y Una ciudad llamada Bucaranada (2010). Autor de la novela El sexo de las salamandras (2015) y de la biografía Me llamo José Antonio Galán (2010). 

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