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El Cristo en Aucayacu, un cuento de Richard Parra




I
Cuando el Cristo llegó a Aucayacu nos dio esperanza. El anterior oficial no había tenido las verijas para arremeter contra los subversivos y, por eso, lo asesinaron en una emboscada en la que también cayó el profeta Salvador. 
Recuerdo que a Salvador lo trajeron hecho pedazos. Sucumbió como andaba anunciándolo: decapitado, esparcidas sus entrañas sobre la pestilente tierra. 
Los sobrevivientes contaron que, a Salvador, herido de bala, una terruca le colocó un petardo entre las piernas. Según cuentan, antes de estallar, Salvador lanzó un presagio: que vendría uno del Cielo con espada para castigarlos.


Un soldado lisiado nos contaba de Durante García, el Cristo:
“Yo estuve presente cuando el puta bautizó a su primer terruco. Pensábamos que se mearía de miedo como los demás novatos. Pero no. Yo vi que una luz le auró el rostro cuando sujetó el puñal que, de un golpe, se lo clavó a un chiquillo por el cuello hasta el corazón”. 
“Y rápido se ganó fama”, agregó el soldado. “A los días, se le ocurrieron otros métodos de martirio como la penetración de clavos por las narices, las orejas y otros huecos. Desde entonces, lo llamábamos el Cristo. Una vez, detuvimos a un terruco desertor que se había vuelto evangelista. El hijo de puta ese se la pasaba rezando, pidiendo por su alma, pensando que así lo dejaríamos vivir. Pero lo colgamos de un árbol y el mismo Cristo lo clavó de las muñecas y los pies. Allí, delante del crucificado, el Cristo les dijo a los demás detenidos que no importaba si el mismo Jehová los perdonaba, que nadie se escaparía de su vesania”.
Decían que el padre del Cristo era descendiente ilegítimo de terratenientes, que llegó nadie sabe de dónde a Huamanga con su negra mujer —llevada de chiquilla a la fuerza decían— desde las haciendas algodoneras de la costa. Por eso, el Cristo era un cholo zambo que atemorizaba con su cara de mandingo. Era macetón y andaba como le daba la regalada gana: con la camisa abierta, los chancabuques desatados y con la melena espesa crecida para cólera de ciertos superiores.
El Cristo se ejercitaba por las mañanas en la explanada pasando el crematorio. Hacía piques, planchas, abdominales, levantaba rocones. Había días en que, sazonado de cañazo, se dirigía a la plaza, correteaba hembras y las alzaba en peso.
Que yo recuerde, Confesor, ninguno de los que hizo cachudos lo escarmentó. Es más, cuando su fama de ser elegido se extendió, hubo quienes toleraron sus pendejadas creyendo que estas eran una forma de castigo divino.



II
Los habladores contaban que a su madre la dinamitó Sendero Luminoso. Ella y el Cristo, que ya en ese entonces era militar, viajaban en la tolva de un camión Chevrolet. Justo cuando el vehículo cruzaba por sobre un puente una bomba estalló. Durante salió volando, cayó al río, pero se salvó.
Las crónicas señalan que el rescate de los cuerpos duró dos jornadas debido al agreste terreno. Describen que los cadáveres estaban esparcidos por las peñas, entre espinas y fierros retorcidos, y que el tufo producía arcadas.
En el velorio, el Cristo dijo que su madre era misericordiosa y que eso le aseguraba el Cielo. Luego, la enterraron en una modesta tumba junto a su marido, a quien, años antes, unos indios contaminados de comunismo asesinaron durante los disturbios posteriores a la Reforma Agraria. 
El Cristo era el único fruto de aquel matrimonio. No tenía hermanos. Por eso, cuando, años más tarde, cayó en desgracia, solo su mujer, una arrepentida, estuvo allí para asistirlo.

Decían que el Cristo era sanador, medio brujo por su madre macumbera y porque sabía de enfermería. Y esto no era mito: el puta curó a muchos. A mí me practicó una traqueotomía cuando una esquirla me hirió el cuello. El Cristo también hacía limpias, pero no como los curanderos, rezándole a Dios y a la Pachamama, sino puteándolo a uno y echando gomeadas y pateaduras.
Los serranos supersticiosos le tenían miedo. Afirmaban que al Cristo el diablo se le presentaba en sueños y que le daba ideas para enfrentarse al comunismo. Hasta decían que lo veían en las chicherías bailando como poseído. 
Ahora el Cristo vive retirado, Confesor. Si lo viera: parece un hombre sereno, plantado. Nadie sospecharía de su turbulento pasado. Trata de mantenerse digno, sí, lúcido, pero a veces pierde el sentido. Qué duda cabe: ese balazo que le pegaron en la cabeza lo ha dejado medio tarado.
A mí me dijo, Confesor, que está resentido con el Gobierno y los oficiales de la plana mayor que se olvidaron de él. Sobre todo, con aquellos que hicieron plata con la pichicata en Aucayacu y no le dieron ni un cobre. Y es cierto: ahora el Cristo recibe una cicatera pensión y vive con el miedo de que Sendero lo busque y se lo chife.
A veces, cuando toma caña, el Cristo se lamenta: dice que cometió un irremediable error al declararle su vida a la Comisión de la Verdad y Reconciliación, recua de rojetes comechados, oportunistas, traidores.
—Estaba débil de carácter —me dijo el Cristo—. Además, en el psiquiátrico me tenían dopado.
También cuenta el Cristo que Jesús Dios, el Verdadero, ciertas noches se le aparece en sueños y lo bendice con sangre. Así se expresa: que le vienen visiones iluminadas, que ha comido de la carne del Señor, que ha relamido sus costras. 
¿Será eso o serán delirios, Confesor?
—Su mujer —la alzada arrepentida— dice que el Cristo se encierra a tomar cañazo y a hablar solo, que lo ha escuchado conversándoles a las ánimas de quienes fue verdugo. Menos mal que esa mujer es prudente y, antes de que el Cristo se cruce con trago y culebrón, le esconde la pistola. No vaya a ser que las cosas no se salgan de control.


III
Los que lo aborrecen no consideran la irrealidad que vivió. Si hubieran estado en su pellejo, si tuvieran sus ojos, su conciencia, su corazón. Tendrían que ser su carne y su sangre, estar en sus heridas. En los machetazos que le pegaron a traición. En el balazo que le asestó la perra esa y que lo dejó medio orate.
Tendrían que comprender que cuando descendió del helicóptero por primera vez en Aucayacu, allá se vivía una locura. No solo eran dos bandos: Fuerzas Armadas, Sendero. Estaban los narcos, los paramilitares, las rondas armadas, los soplones. Todos querían una tajada. Todos veían su interés. Todos se sacaban los ojos.
Recuerdo que, en cierto momento, los pobladores empezaron a delatar a los sinchis con los terrucos. Se los ponían en bandeja para que Sendero los matara. Es que la policía les arrebataba la coca y les intervenía sus pozas. Sí, pues, los sinchis se fueron contra el pueblo y este les respondió aliándose con Sendero.
¡Póngase en sus zapatos, Confesor! Esa gente tenía familia, necesidades, no les quedaba otra que trabajar para el narco. Además, allá en la selva no había buenas chacras, ni industrias, ni escuelas, ni postas, son pueblos aislados. Mucha hambre se padecía, pestes, sabandijas, abusos. ¿Qué más podía hacer un joven sino meterse a la subversión o de narco? ¿Qué más, Confesor?
Por eso, ante la pregunta "¿droga o Sendero?", una noche el Cristo dijo "droga" y secuestró a unos narcos para exigir dinero por su liberación. Con esa plata, el Cristo sobornó terrucos. Así logró que los mismos senderistas pro narcos les entregaran a los cuadros más politizados. Todos se venden.
El Cristo sí que fue un visionario. En su apogeo, en la selva se llegó a decir que más allá de su palabra no había otra verdad. Con él, les metíamos terror a las bases de apoyo de Sendero Luminoso, que hasta pidieron treguas. Recuerdo que en las batidas amenazábamos con castrar y violar inocentes. Solo así, con mano dura, los pobladores se pusieron de nuestro lado, colaboraron, y los que no pagaron su cuota de sangre. Con esa política, Confesor, la gente entraba en cintura. ¿O ya no se acuerda? Usted también estaba allí. Usted también ha matado gente. Porque allá en Aucayacu ninguno era inocente. La culpa recaía sobre todos nosotros en la Tierra, la pus, las espinas de Dios. A todos nos habían parido con dolor, condenados, resignados y avergonzados, así como sermoneaba el profeta Salvador.



IV
El Cristo convertía al más chúcaro de los conscriptos en uno de sus perros. Nos obligaba a arrodillarnos, a lavarle y lamerle los pies, a hacer hostias con su mierda y comulgar. Pero, después del maleteo, merendaba con nosotros en las rancherías. A veces, incluso pasaba el chuchuhuasi y la copita. Los sábados nos llevaba a cazar monos, a pescar al río Huallaga y a jugar pelota con los chunchos. Ciertas noches, leía su Biblia Reina Valera en silencio y luego nos contaba, con sus propias y procaces palabras, lo que acababa de leer. Hablaba del Dios de los judíos, de la Tierra Prometida, de cuando Nabucodonosor II destruyó el templo de Salomón. El Cristo improvisaba misas cuando no hallábamos curas, nos confesaba y, en el combate, hasta suministraba santos óleos, incluso a los terrucos. 
El Cristo nos contaba historias de la guerra de Troya, del ejército de Adolfo Hitler en África, de cómo los milicos bolivianos con ayuda del nazi Klaus Barbie golpearon a la guerrilla del Che Guevara, de los excesos que cometieron los franceses en Argelia, de las estrategias contrainsurgentes de la Escuela de las Américas y la CIA. Con las enseñanzas del Cristo, entendí la grandeza de Túpac Amaru II, el mariscal Cáceres y Grau. Yo que casi nada sabía de este país, así empecé a amarlo. Y también a odiar a los chilenos y a comprender lo hijos de puta que fueron cuando invadieron y humillaron al Perú.


A los detenidos primero los oficiales les sacaban información y plata, y luego nos los mandaban a nosotros para la chifadera.
        ¿Que cómo lo hacíamos, Confesor? Usted ya sabe. Chupábamos culebrón para envalentonarnos, luego los degollábamos, les abríamos la panza, les sacábamos las tripas, los llenábamos de piedras, los cosíamos con soguilla y los aventábamos al Huallaga.
Al inicio, los cuerpos flotaban y tuve que lanzarme al río y hacerlo de nuevo. Pero con el tiempo agarramos la maña. Nos repartíamos el trabajo. Todo funcionaba como una máquina.


Los oficiales nos mandaban terrucas ya abusadas. Esas mujeres apenas resistían. Las echábamos sobre unos trapos sucios y allí entrábamos a tallarles. Recuerdo a una chola recia que se puso tiesa y no había cómo abrirla. Con un alicate, entonces, le saqué las uñas, pero como seguía aguantándose tuvimos que amarrarla de las cuatro patas. 
Pero no lo hacíamos de malos. ¿De verdad usted cree que andábamos arrechos las veinticuatro horas? Sendero hacía lo mismo. A las hijas gemelas del alcalde de Aucayacu los sacos les metieron pinga hasta morir. A una viejita, la raparon y la agarraron como a hijo solo por ser la madre de un búfalo aprista y por financiar a paramilitares. Se metieron también a una posta médica a robar medicinas y se tiraron a las enfermas sobre sus propias camas. Ni crea, Confesor, esos comunistas también meten pinga que da miedo.
        Y, recuérdese, Confesor: el pueblo patriota aprobaba nuestros escarmientos. Cuando las rondas pescaban terrucas, nos las traían como tributo, como botín. Sí, Confesor, esas harpías eran unas hijas de la gramperra y se merecían la muerte que, con su bendición, les dábamos.


        El Cristo nos enseñó que el propósito del castigo no solo era obtener la verdad, sino convertir el alma del pecador y disponerlo para su encuentro con la Providencia. 
Los desnudábamos, les colocábamos agujas oxidadas y les metíamos corriente. Sea lo que sea, hombre o mujer, viejo o chico. Eran unas personas tan equivocadas, inmorales y fanatizadas que no soltaban así nomás sus secretos. A veces, era duro, Confesor, porque igual esas mierdas eran gente, aunque el Cristo lo negaba.


V
Yo, Señor, soy su siervo. Líbreme de mi prisión y le haré sacrificio. Mi corazón, mi lengua, mis sentidos y potencias serán suyos. Mis testículos cercenados. Usted es mi salud, mi refugio.
¿Que quién soy yo?: vicio y pecado, retorcido deseo, un animal sin voluntad. Por eso, Señor, en lo profundo de la muerte, me encuentro sumergido, ahogado. 
Ahora lo escucho y repito: “Mi corazón homicida es un abismo de corrupción e iniquidad”.
“Mi corazón homicida”.
Deme libertad, Señor, para sujetarme a su suave yugo. Deme la ansiada muerte.



VI
Unos periodistas vinieron y lo trataron de cachaco bruto al Cristo, pero él se cobró.
Entramos a su hotel pasada la medianoche. Les rompimos sus cámaras, les quitamos sus rollos y casetes, los desnudamos, con las cachas de los fusiles los golpeamos, les pateamos los huevos, luego, con un fiscal, los acusamos de apoyar a la subversión y se fueron de Aucayacu. 
Cierta noche llegó un infiltrado a contarle al Cristo de una profesora blancona, a quien a la mañana siguiente detuvimos.
—Usted no se ha confesado —le dijo el Cristo—. Vive en el pecado, necesita comulgar.
—El infiltrado dijo que se trataba de la furcia del terruco Abraham, un camarada —dicen— que compañero de colegio de Abimael Guzmán. Interrogamos a otros maestros y alguien, poco antes de fallecer, nos dio una dirección. Resultó que los terrucos estaban camuflados en una iglesia abandonada de Los Santos de los Últimos Días. En pleno pueblo estaban los mierdas: encaletados en nuestras narices. El Cristo se enojó. Estaba hecho una fiera. En la iglesia evangélica, hallamos enterradas fals, granadas, una instalaza, panfletos, libros de Stalin, Mao y Mariátegui. Un retrato hecho a lápiz del Cristo. Pero no encontramos a nadie.
Luego el Cristo se metió con la blancona al “País de las maravillas”, como llamábamos a la sala de torturas. Seguro adentro el Cristo le habría dicho "serás perdonada, hermana, confía, encomiéndate". Asumo esto porque eso hizo después con otra terruca. Seguro se habría ofrecido llevarla él mismo a un hospital después del maltrato, le habría prometido seguridad, un futuro, pero para eso primero tendría que hablar.
Sí, Confesor, las hembras de Sendero eran más duras y sanguinarias. ¿Por qué cree que el cabecilla Abimael Guzmán andaba rodeado de hembras? ¿Se acuerda cuando Fujimori capturó a la cúpula de Sendero Luminoso? ¿Vio cómo gritaban esas rameras, la Garrido Lecca y la Iparraguirre? ¿Cómo arengaban? Algunos cuentan incluso que la primera mujer del cachetón Guzmán era la líder de la organización y que, por poder y para sacársela de encima porque estorbaba, la ejecutaron a sangre fría. 


El Cristo tiró el cuerpo al suelo.
—Puta madre, esta terruca estaba bien rica —dijo Arana—. ¡Cómo se la habrán tirado los oficiales, carajo! Qué lecheros. Carne blanca.
—Acuérdate, Timoteo —me dijo Arana—, este tipo de hembras te vas a tirar cuando seas teniente.
Luego Arana la cogió de las piernas y la arrastró hasta el lavadero. Allá, le pasó el trapo por abajo y le limpió la sangre. La mujer de Abraham estaba degollada, sin uñas. La habían rapado a la mala, a tijerazos, e incrustado tachuelas en las tetas y las nalgas.
        ¿Que para qué Arana limpió el cuerpo, Confesor? Pues dijo que todavía estaba caliente, que aún quedaba algo. Entonces le cubrió la cabeza con un costal y le abrió las piernas. Pichuzo fue el siguiente, luego Hermoza y así.
¿Y yo, Confesor? Pues me fui a un lado a fumar hierba. Luego Arana me dijo que yo tendría que hacerme cargo del cuerpo.
—Que Dios te bendiga, Timoteo —me dijo—. Eres un rosquete de mierda.
Así que le llené de piedras el vientre, la cosí y la aventé al río Huallaga.



VII
El Cristo: un alma disciplinada y coherente. Si no fuera por él, ¿dónde estaríamos?
¿Por qué nos toman por gente simplona?, ¿que no diferenciamos el bien del mal? Nosotros, el Cristo, Arana, Pichuzo, el profeta Salvador, todos cumplimos con el país, con Dios. Hicimos lo correcto.
En la guerra, el Cristo jodió al enemigo, eso es lo que vale. ¿No se acuerda, Confesor, que su presencia era omnipresente?, ¿que siempre nos vigilaba? En los ejercicios, en las misas. Hasta cuando merendábamos el rancho estaban allí sus ojos negros, su caraza de condenado. ¿No se acuerda del miedo que le teníamos? Era como un ardor que nos colmaba de odio.
Su reinado terminó cuando una chibola le pegó un tiro saliendo de una chichería y lo arrojó por un despeñadero. Apenas nos pasaron la voz, empezamos a descender en el abismo. A lo lejos, el Cristo parecía muerto, pero cuando llegamos al fondo advertí que todavía le latía la panza. Su cuerpo ya estaba cubierto de moscas. Arana quiso darle la extremaunción, pero el Cristo resistió.
        —Llévenme donde el brujo Eleodoro —balbuceó.
Y lo cargamos. Unas mujeres lloraban y le imploraban a Dios y a la Mamacha Cocharcas y al mismo Cristo como si fuera un santo.
        —Su camino será tedioso —dijo Eleodoro—. Veo ánimas que se arrastran tras él y claman venganza, pero no podrán. El Cristo prevalecerá en cada ruina y ceniza de su tiranía.
Dijeron que quien le disparó fue la hija de la blancona y el terruco Abraham, una perra a quien yo mismo estrangulé y cuyo cuerpo luego arrojé a un basurero.



VIII
El cielo manchado de suciedad: una costra. El aire pesado y frío, tanto que cuarteaba el rostro. Yo sostenía mi fusil, presto a disparar. 
Por el sendero aparecieron Abraham y sus terrucos y el Cristo nos dijo "hay que reventarlos a todos, ahora nos la cobraremos por el profeta Salvador”. 
Toda la primavera habíamos esperado el soplo.
—Timoteo, dispara —me ordenó el Cristo.
—Sí, Confesor, aquel fue nuestro gran escarmiento.

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Del léxico:
Terruco: Miembro del grupo subversivo Sendero Luminoso. Terrorista. 
Sinchi: Miembro de la unidad policial contrainsurgente peruana. 
Chúcaro: Salvaje, huraño, maleducado. 
Macumbera: De “macumba”. Rito que mezcla elementos religiosos populares africanos, católicos y andinos. Bruja. 
Chunchos: Término despectivo para indios de la selva. 
Chuchuhuasi: Licor afrodisiaco de la selva peruana preparado con la corteza del árbol Maytenus macrocarpa. 
Chifadera: De “chifar”. Matar, torturar, maltratar, violar. 
Aucayacu: Distrito ubicado en la región Huánuco, en la selva peruana. Desde el año 1982, el grupo subversivo Sendero Luminoso llevó a cabo acciones armadas en la zona. En Aucayacu también operaban diversas bandas de narcotraficantes. | N. de A.


Richard Parra. Lima, 1976. Autor de la novela Los niños muertos. De las novelas cortas Necrofucker y La pasión de Enrique Lynch. Ha publicado los volúmenes de relatos Resina y Contemplación del abismo. Obtuvo el premio Copé de ensayo 2014 con La tiranía del Inca, un estudio sobre la escritura política del Inca Garcilaso de Vega. Doctor en Literatura latinoamericana en New York University. 
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Imagen: Vanguardia Liberal/AP,  Ayacucho, 1989.

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