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Faroeste caboclo, un cuento de Mauricio Collares

A

demás de la zuela que compuse para mi sobrina Hannah y una partecita del “Danubio Azul” que en momentos de inspiración logro tararear, no sé casi nada de música. Casi nada es una letra que de tan larga bate en minutos a “Hurricane” de Dylan. Más admirable que alguien tan amusical haya logrado aprenderla es la forma como la aprendió, lo que quizá explica cómo sigue inscripta en su memoria después de más de tres décadas. Me la enseñó el sobrino de un ex-profesor de educación física de la escuelita del poblado de Bellavista. Tiempo después, cuando ya vivíamos en la ciudad de Manacapurú, mi mamá encuentra a dicho profesor y le pide que me haga un lugar en su fábrica de escobas. A alguien involucrado en la política local, como el Profesor Dorado, un favor de esos significaba la garantía de un voto. Además no llevaba las de perder en contratarme, pues se dice que a los niños advenidos del interior les gusta más el trabajo que a los de la ciudad. A mis 14 años necesitaba guita para ayudar en casa, para comprar algo de ropa y soñaba con tener una bicicleta Caloi Cross, por ende ayudaba a corroborar nuestra superioridad laboral. Como el pago no era por horas de trabajo, sino por cantidad de escobas producidas durante la semana, llegaba a la escobería a las cuatro de la madrugada y trabajaba hasta las seis de la tarde. Eso para poder ir a la escuela en turno nocturno. En los días que no había clases seguía trabajando hasta las ocho o nueve de la noche. La única parada era para almorzar el arroz con huevo duro frío que había traído de casa. Fuera de ese bocadillo, tomaba una que otra vez un trago de café. No solo yo solía cumplir esa jornada, de igual modo la cumplía el que estaba antes de que yo llegara a laburar ahí, quien me enseñó a hacer los tapones de piasava y a ponerlos en la base de madera. Tal como enseñé, cuando él se fue, las técnicas y costumbres a otro y otro y otro… porque todos se iban en cuanto conseguían algo mejor o que al menos les permitiera variar de curro. Yo quedaba. Siento que sigo igual. Siempre fui de acomodarme a las peores situaciones de sobrevivencia si alguien no me ayuda a salir mostrándome que peor no puede ponerse. En ese caso, me ayudó el propio sobrino de la persona que me hacía esclavo. Es que él, tal como yo, estaba siendo esclavizado por su tío. Era hijo de la hermana del Profesor Dorado y antes vivía en Manaos con el padre, quien lo envió a la casa de la madre después de que el chico tuvo problemas con la policía a causa de robos intranscendentes, alguna tuca de marihuana u otro pretexto cualquiera que sirviera para librarse de él. La madre lo puso prontamente a trabajar con el tío. Me causó impresión: bermudas largas, zapatillas Vans, remera con la S de Sepultura, un tatuaje de calavera en el brazo izquierdo. Como un skater, lo que era poco común a la época en esa ciudadcita. No era solo una forma de trajearse, al día siguiente ya vino con la patineta. Y llegó a las siete, aunque el día anterior, enseñándole los menesteres de la profesión, le hubiera dicho que podía llegar a las cuatro de la mañana. Fue el peor hacedor de escobas que he visto. El primer día hizo tan solo dos, y eso que las arreglé porque estaban muy mal hechas. El segundo hizo un poco más, pero lo máximo que llegó a hacer con regularidad fue veinte por jornada, siendo que mi media eran cincuenta. En realidad no tardó en agarrar la mano, su baja producción tenía más que ver con sus hábitos. Luego al tercer o cuarto día de la primera semana, a las nueve paró y, sin decir palabra, salió del galpón. Volvió con una botella de guaraná Baré y un paquete de galletitas Negresco.

― Quer? Toma.

¿Cómo no amar a un pibe de tu edad que compartiera de tan buena gana algo así en medio de la esclavitud? El horario de merienda a las nueve de la mañana y a las tres de la tarde fue el primer cambio que introdujo. No siempre algo tan rico como lo de esa ocasión, porque era un casi nada de plata que su papá le había regalado al deshacerse de él, pero llevábamos de casa una tapioca, piquiá, pupuña, marimarí, algo en fin. Como retribución, le conté del juego que los otros chicos y yo hacíamos para engañar el tedio y el cansancio y que consistía en decir el nombre de una chica al tiempo que la punta de hierro del aparato de hacer escobas introducía los tapones de piasava en la base de madera. Yo empecé pero, habiendo gritado el nombre de media docena de mis colegas de la escuela, me sonó ridículo sin que el otro me secundara. Quedamos trabajando un buen rato en silencio. Cuando aún somos niños y no nos acostumbramos totalmente a la rutina, no hay nada más cansador en un trabajo repetitivo que el silencio. Quizá intuyendo eso, y por no querer sumarse a mi tarúpido juego, sin previo aviso, mi compañero comenzó a cantar, lo que de alguna manera sirvió para regular el ritmo de la tarea que realizábamos o más bien para alejar nuestra mente de la materia. En su repertorio estaban esencialmente Metallica y Iron Maiden. No creo que supiera inglés, sino que era de esas personas que sienten facilidad en ponerse a canturrear un hit internacional como si supieran otras lenguas. Siguió cantando hasta las once, cuando agarró el monopatín y se fue a almorzar a su casa. Regresó a eso de las dos de la tarde. En la primera semana así lo hizo. En la siguiente, como yo, trajo su comida en un táper. No obstante, llegada la hora del almuerzo, juntó unos palos, hizo una fogata y la calentó en una olla vieja. Y ese fue otro cambio que introdujo. Pronto pasamos a preparar nuestra comida en el propio sitio de trabajo. A juzgar por la cara que puso el Profesor Dorado el día que llegó y nos vio asando nuestro jaraquí no le gustó la idea, pero no verbalizó objeción y, posteriormente, en algunas oportunidades se puso a compartir de nuestro almuerzo. Quien lo viera ahí manteniendo agradables sobremesas no diría que era un cabrón capaz de explotar la mano de obra de esos dos niños de la edad de sus hijos, siendo que uno de ellos era su sobrino. Durante las horas de trabajo seguíamos con lo nuestro: él el cantante, yo el oyente. A las dos bandas principales se agregaron las participaciones especiales de otras como Slayer, Motörhead o Judas Priest. Al terminar una escoba, antes de ponerla junto a las demás ya listas, la transformábamos momentáneamente en una guitarra.

― Ohooo… Ohooo…

Una vez le pregunté si no sabía cantar algo brasuca. Aunque su repertorio no fuera la gran cosa como lo era en inglés, sabía algo de Ratos de Porão, Cólera y Garotos Podres, entre otros grupos. Pero lo que me enganchó fue cuando interpretó la balada “Faroeste caboclo” de Legião Urbana. Por primera vez intenté secundarlo cantando. Eso lo entusiasmó a enseñármela. La letra yo la agarraba con facilidad, ya la melodía… A veces pasábamos toda una mañana para que saliera una sufrible estrofa. Nunca vi un maestro tan atento y paciente con su pupilo. Por mucho menos otros me habrían desechado del mundo de la música. En algunas ocasiones llegamos a parar completamente el trabajo a fin de concentrarnos en determinados pasajes… No fueron esas pausas que hicieron decaer tanto mi producción de escobas. Es que poco a poco fui asimilando los hábitos de mi nuevo amigo, incluso al igual que él empecé a llegar después de las siete de la mañana y no por la madrugada como antes. Me di cuenta por lógica matemática que con los centavos que ganaba por escoba, por más que hiciera cien por día jamás iba a poder materializar mis sueños de consumo. Una vez que nos atrapó en profunda y extendida siesta a las tres de la tarde, el Profesor Dorado se enojó. Le dije como justificación que mi mamá me había dicho que no descuidara la escuela a causa de trabajar tanto. No sé si pensó en un voto asegurado en la elección que se avecinaba pero, como patrón, aminoró el tono amenazante de despedirme. En vez de eso, me entregó un par de volantes y un calendario con su cara en tamaño natural y su número como candidato. Si antes iba al menos a preparar las bases y los cabos de madera y a buscar las escobas para venderlas a los comercios, ahora en el período electoral difícilmente pasaba por la fábrica, por lo que podíamos hacer lo que les diera la gana a dos zagales de 14 años. Muy a menudo hacíamos intervalos. Mi amigo organizaba obstáculos con los troncos de madera para entrenar piruetas con su tabla y yo, rehusando la invitación de sumarme a eso, iba a practicar salto mortal en el monte de serrín. Pasadas las elecciones no pudimos seguir haciéndolo porque el Profesor Dorado había invertido mucho en su campaña y necesitaba recuperar la plata perdida. Contrató a un tipo más grande que nosotros y ahora pasaba el día en el lugar. Así nos vigilaba para exigir que produjéramos más, a la vez que producía su cuota de escobas. Al mediodía del primer sábado pasadas las elecciones, como regularmente se hacía, esperábamos recibir el pago semanal, pero llegada la gran hora el patrón nos bicicleteó, diciendo que solo nos podría pagar en la próxima semana. No nos quedaba otra que esperar. Pero después de haber concurrido a la escobería todos los días, justo el sábado siguiente él no apareció. Su nuevo empleado tampoco. A las dos de la tarde nos cansamos de esperarlo sentados y decidimos ir a su casa a cobrarle. Del final de la Coronel Madeira a la Av. Manoel Urbano era lejos, pero fuimos. Total íbamos jugando por la calle: mi amigo con su skate y yo ejercitando con un cabo de escoba técnicas con bastón de kung-fu chino por el método ninja. Antes de las cinco llegamos a la casa del Profesor Dorado. Tocamos una y otra vez el timbre y nadie salió. Gritamos varias veces su nombre, cada vez más fuerte, y no contestó. Entonces empezamos a probar la estrategia de reemplazar el mote de Profesor por algunos insultos. Algo como:

― Lacra Dorado, Salame Dorado, Garca Dorado, Sorete Dorado, Rata Dorado…

Por fin abrió de sopetón la puerta y vino rojo de cólera en nuestra dirección. Dimos unos pasos hacia atrás. Lo suficiente para que me pusiera en una rebuscada posición de combate con el cabo de escoba y su sobrino agarrara la tabla con ambas manos. Nos midió y, aunque estuviera recaliente y fuera un tipo grandote, reconsideró la embestida. Volvió adentro amenazándonos con chumbo grueso.

― Sabem o que vai fazer meu 38 com isso?

Iba a ponerme a correr, pero el chico a mi lado me sostuvo e hizo señas para que escuchara lo que se habían puesto a discutir adentro el explotador con su mujer. Tras un largo altercado en que hacía entender a su marido de que no éramos más que dos niños, salió ella a decirnos que fuéramos el lunes a las nueve de la mañana y nos pagarían sin falta. Salimos de ahí bordeando hacia la plaza de la Iglesia Matriz, donde mi amigo se puso a practicar el skateboarding en los bancos y escaleras de concreto, mientras yo seguía perfeccionando movimientos con el bastón. Me cansó el brazo de tanto golpear al Profesor Dorado en árboles y postes de luz. Cuando el skater, sintiéndose exhausto, también se sentó, utilizando el cabo de escoba como si fuera un micrófono empecé a cantar “Faroeste caboclo”. Por primera vez la canté por completo de inicio a fin. ¡Bravísimo! No tanto. Me dijo mi profesor que debía ensayar un par de pasajes, pero que no estaba del todo mal. Muertos de hambre, al final de la tarde fuimos a robar mamón en la subestación de Eletronorte y enseguida bajamos al muelle para descansar viendo el anochecer púrpura recubrir el barro de las aguas. El lunes a las nueve yo estaba en la escobería. Solo yo. El nuevo tipo me entregó el pago de las dos semanas que el Profesor Dorado me había dejado. Le pregunté sobre lo del otro pibe. Contestó que ya había recibido lo suyo el día anterior. Salí de ahí y pasé por su casa para mostrarle las partes de la música que el domingo había estado retocando. Su mamá me atendió muy mal y casi a los gritos me tiró que, tras la injuria que habíamos cometido en contra de su hermano, le había enviado al hijo de vuelta a Manaos para que el padre se hiciera cargo de él.

Tiempo después oí por primera vez en una radio “Faroeste caboclo” cantada por Renato Russo. No me gustó. Quizá porque la interpretación que me habían enseñado era algo más punk, quizá porque en esa época ya llegaban al interior del Amazonas los primeros casetes de hip-hop, una indignación con la que me identificaba más. Sin duda las dos cosas. Pero “Faroeste caboclo” no dejó de interesarme, tanto que mi único intento como rapero fue haciendo una versión de ese tema. Como obviamente no me resultó, siempre soñaba con oírlo cantado por un Mano Brawn o un Rappin Hood. Hoy, en puro errar tantas noches sin lunas ni soles, todavía puedo desafinar cada palabra de la larga letra de esa canción, aunque se hayan borrado de mi memoria de baratija la cara y el nombre del pibe que me la enseñó.

*

Esta escritura no es optimista. No pienso que las Fuerzas Progresistas de la Sociedad trabajen con seriedad para que en un futuro próximo sean reivindicados los Derechos del Niño y del Adolescente. ¡Oh infamia sin nombre!

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Mauricio Collares nació en 1975 en Manaos. Estudió Letras en la Universidad Federal de Amazonas. Desde 2012 vivió en Buenos Aires, donde publicó los relatos Caléndula blanca (ed. Ojo de Poeta, 2016) y El tambor de la memoria gira (Ojo de Poeta, 2017). Tradujo al castellano El infierno de Wall Street y otros poemas de Joaquim de Sousândrade (con Laura Posternak, ed. Corregidor, 2018). En este momento se encuentra en aislamiento social en Manaos.

Imagen: Stanislaus Bhor, Manaos, 2008.

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