AVANCES, AUTORES, FICCIÓN, NUEVAS VOCES

Lluvia colorada, un cuento de Camilo Rodríguez

 Erupción del Paricutín, 1943, Gerardo Murillo Dr. Atl

                                                                                                                                                    

"Para N" 

      

Till she came along 

There was nothing but an empty space

―Eric Burdon


E

l domingo en la mañana Abril y yo salimos a tomar aire. No era precisamente un día bonito para ir a la montaña, pero llevábamos demasiado tiempo encerrados en la ciudad. Hasta el sexo había desmejorado. “Vamos, que ya pareces un gato asustado”, me dijo. Entonces me miró con sus ojos azules y esgrimió su sonrisa especial, esa sonrisita que le encendía el cabello de rojo, iluminaba las pecas de sus hombros, los pómulos y podía convencerme de cualquier cosa. En menos de veinte minutos preparamos lo necesario para el picnic, tomamos su coche, llenamos el tanque de gasolina y fuimos. 

Íbamos al Teuhtli, uno de esos volcanes dormidos que rodean la ciudad desde tiempos inmemoriales. Leí que su nombre quería decir el de furia latente. Cuando se lo conté a Abril, me corrigió mientras hacía un giro prohibido: “Teuhtli es una volcana, debería ser la de furia latente”. Para mí eso no cambiaba mucho las cosas, pero Abril se la pasa diciendo que los hombres lo acomodamos todo a nuestra conveniencia, que escribimos las reglas del juego para ganarlo desde antes de empezar. Rara vez he leído sobre exploradoras, botánicas o arqueólogas, así que algo de razón debe tener. Yo simplemente le sonreí, busqué el CD de Eric Burdon en el estuche de discos y lo metí en la vieja radio. La primera rola era C.C. Rider, que combinaba a la perfección con la carretera despejada. Mientras Abril aceleraba yo iba pensando en esa palabra: rola. En algún lugar me habían dicho que venía de la primera sílaba de las palabras rock y latino, pero inmediatamente otra persona refutó a la primera arguyendo que rola venía de rolar, que es algo así como andar en círculos, y pensándolo bien no es del todo idiota, las canciones dan vueltas como los perros tontos que se muerden la cola. 

***

Recién dejamos la ciudad, el camino empezó a erguirse como una culebra al ataque. Nuestros cuerpos se reclinaron y alcanzamos a ver las faldas verdes de la montaña recubierta por una cortina de nubes. Abril tuvo que andar más despacio, siempre con el embrague en primera o tercera. “Las velocidades de fuerza”, me decía. Me puse los lentes para ver mejor los obstáculos que podían aparecer a nuestro paso. Sonaba Don’t let me be misunderstood, lo cual me recordó que Eric Burdon le escribió la canción a su ex esposa Angela, que lo había dejado por Jimmy Hendrix poco antes del famoso concierto del 67 en Monterrey, donde Burdon tuvo la brillante idea de vengarse incendiando la guitarra de Hendrix, pero cuando éste vio su amada Izabella en llamas —así se llamaba su guitarra favorita— le gustó tanto la idea que salió con ella al escenario y desde entonces la usó como un número recurrente en su show. “Ojalá los hubiera dejado a ambos” se limitó a responder Abril tan pronto le conté la historia, y agregó que los músicos seguramente quisieron más a sus guitarras que a Ángela y que en general los hombres tratan a las mujeres como objetos. No me atreví corroborar su reclamo recordándole que un par de años más tarde Jimmy Hendrix murió ahogado en su propio vómito.

Conforme subíamos las piedras se hicieron cada vez más resbaladizas y el coche empezó a patinar. Me bajé para quitarle un peso de encima y así subimos un tramo, Abril en primera y yo a pie. Un par de veces la vi detenerse, pues las ruedas rechinaban y el humo blanco flotaba en el aire. Entonces ponía el freno de mano, tomaba impulso y volvía a arrancar. Yo la miraba fijamente para evaluar la situación. Sus ojos seguían siendo igual de azules, sus pecas brillaban todavía, no había de qué preocuparse. Aproveché las pausas para tomar del suelo las piedras más filudas, las eché afuera del camino y le indiqué cuál era el mejor ángulo para avanzar. El viento frío soplaba pero el esfuerzo de la subida me había calentado el cuerpo, solo sentía una brisita subiendo por mi espalda cada vez que la mochila rebotaba contra mis nalgas.

Al rato Abril hizo un gesto para que me subiera de nuevo. Obedecí. Avanzamos un kilómetro en segunda, tranquilamente. La vegetación era espesa, de un verde muy intenso. El sendero se hacía más y más estrecho. No tardamos en concluir que lo mejor era dejar el coche. Según el GPS estábamos cerca del volcán. Nos paramos bajo la única higuera del lugar. Era alta, de ramas fuertes, y sus hojas en forma de mano gigante nos daban seguridad. Antes de continuar, marqué el punto en el mapa virtual. Si mal no recuerdo, la última canción que escuchamos fue Coloured Rain y yo sólo esperaba que no nos cayera una tormenta.

***

A mediodía nos internamos en la espesura. Aunque el sol no se veía por el tapete de nubes grises, sus destellos de luz eran tan fuertes que se reflejaban justo encima de nosotros y podíamos adivinar su posición. Abril me contó algunos datos curiosos sobre el nombre de las plantas y la historia del lugar. “Esos islotes que ves allá son las chinampas”, dijo, y señaló el centro de un lago circular donde flotaban tres o cuatro granjas. Las flores y hortalizas brotaban del suelo e iban moviéndose en el agua, era una imagen bella y amable. “Hace quinientos años todo esto era una balsa flotante, qué bueno que todavía se conserva algo y ahora las mujeres pueden trabajar ahí”, cerró, sonriente. Y así retomamos el paso firme con dirección al volcán, o la volcana más bien. 

El sendero plano dio paso a una subida, ante nosotros aparecieron las milpas, los extensos cultivos de nopal, maíz y frijol. Leí que las llamaban las tres hermanas y me alegré de que no fueran hermanos, pero lo pensé un rato y entendí que les decían así porque eran las que alimentaban a la población y supuse que Abril tenía razón otra vez. Después de sortear el primer monte vimos al fin la falda de la Teuhtli. Ahora estábamos sobre tierra rocosa, para subir debía encorvarme y a veces apoyarme con las manos. Sentí pesada la maleta y las botas montañeras, como si fueran un obstáculo más. Abril no tardó en adelantarse. Pensé en lo fuerte y ágil que es. Recordé que otra tarde de domingo, después de una maratón de sexo, concluimos que si alguna vez peleábamos cuerpo a cuerpo ella me aplastaría como a una cucaracha. Mientras nos pasábamos un porro encendido medimos nuestros brazos y piernas, que tenían exactamente el mismo grosor. Además, en las sesiones de yoga ella lograba poner sus dos piernas detrás de la cabeza y alcanzaba otras posiciones que parecían normales para un alien pero eran imposibles para un tipo como yo. Como una cucaracha, eso era algo seguro. Cuando perdí de vista su pelo brillante traté de acelerar el paso. 

***

El olor a huevos podridos del azufre me dio gusto por primera vez en la vida, ¡al fin había llegado! Respiré por la boca mientras trepaba el último tramo a zancadas de compás abierto. Subí triunfante, con la sonrisa de un conquistador estampada en la cara. “¡Aquí estoy, vente, estoy vente, ‘toy vente!”, el eco del grito de Abril retumbó varias veces en la cavidad de la volcana. Se veía diminuta en la boca del cráter. Nunca me había parecido más pequeña que yo pero ahora se veía como una enanita ondeando el brazo al fondo de una taza de té. También me impresionó que el olor de la volcana seguía flotando en el ambiente a pesar de que estaba apagada. Bajé corriendo por la pradera, como un niño en recreo. Abril estaba de espaldas, agachada, palpando algo en el suelo. A su lado había un círculo de piedras y los restos de lo que parecía un fuego ritual. Las piedras tenían unos glifos raros que me recordaron los garabatos de un niño. 

“Las cenizas todavía están calientes”, dijo Abril. Yo sentí un calor extraño en la boca del vientre, me embargó una rabia malsana, un deseo incontenible de saciar mi rencor. En ese momento Abril me miró y el azul de sus ojos fue más intenso que antes. Me agaché para tomar una de las piedras y golpearla pero ella se adelantó y me acertó una pedrada en la frente. Aunque no me dolió, el porrazo me tumbó de espaldas. Intenté reaccionar pero ella llegó enseguida y me golpeó una y otra vez con la piedra caliza. Por unos segundos vi el cielo vespertino que empujaba las nubes y anticipaba un azul más profundo que el de los ojos de Abril. Una llovizna colorada comenzó a rociar el cielo vespertino. Ahora oigo el chillido agudo de los pájaros pero no siento el viento, tal vez porque ya formo parte de él.

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Camilo Rodríguez

Traductor y escritor colombiano. Profesor de la Universidad La Salle México. 

Twitter: @Cajme

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