Los colonizadores se han ido, un cuento de Juan Pablo Fiorenza


El autor nació en Lomas de Zamora, afueras de Buenos Aires, en junio de 1982, al terminar la guerra de Malvinas. Mientras él se gestaba, en Argentina ocurrían negociaciones, bombardeos, hundimientos, traiciones, e incluso visitas papales. Es Licenciado en Publicidad, y alimenta el vicio literario con cuentos breves. Con la novela "Verde Alicia" consiguió el accésit del concurso ALBA Narrativa (publicada en Venezuela y en Cuba). El presente relato obtuvo el 2º puesto en la categoría cuento corto de Fundación Lebensohn de la Ciudad de Buenos Aires en 2011.


Y un día, después de tanto insistir y sin aviso previo, sucederá. Ese territorio quedará vacío, de la noche a la mañana, sin explicaciones creíbles, ante la consternación de tu país y de todos los demás. Entonces, serás parte de un programa diplomático del gobierno. Verás un aviso tímido en el diario e irás, como otra entrevista de trabajo, con un sueldo más jugoso. Te elegirán por tener el biotipo clásico argentino: rubio, no; colorado, no; castaño, tampoco. Ni siquiera negro. Serás el morocho que embandere la argentinidad. Confirmarán que naciste después del 82. Que no tenés hijos ni mujeres que te lloren, que te quieran, que te busquen. Te harán exámenes médicos: diabetes, presión arterial, sonrisa sanísima. Te harán pruebas de cámara: video y fotografía. Te harán creer que competirás contra otros Juanes, Pedros y Pablos, otros argentinos de nombres bíblicos. No tendrás pasado, solo futuro. Leerás el acuerdo que te alcanzarán. Firmarás dos copias del mismo tenor. Honrarás la sangre de mucha gente que alguna vez tuvo tu edad y que no pudo seguir cumpliendo años. Te darán un rifle y dos horas de instrucción, no más que eso. Total, serás un ciudadano común y corriente.
Y el discurso del presidente comenzará con: los colonizadores se han ido. En la plaza, habrá algunos aplausos de perplejidad, habrá opiniones encontradas, y habrá pasado mucho más tiempo del razonable. Y allí estarás, en el balcón que será escenario. Escucharás tu nombre por los parlantes y no dejarás que se note que te tiemblan las piernas. A tu lado, en cuanto mires, encontrarás a la que será tu mujer y compañera. Te cederán el micrófono. Hablarás lento, peor de lo que pensaste y practicaste tantas veces. El eco será insufrible: el rebote de tus palabras en los edificios y el retorno perezoso de las frases te confundirán, y te apurarás para que todo pase rápido.
Y todo pasará muy rápido. Al día siguiente, vos y la chica que se llama María estarán sobre el avión. El dibujo de la costa patagónica te maravillará. ¿Y ella? No le hablarás durante el viaje; solo mirarás por la ventanilla. Un hombre con ropa de fajina te explicará que han hecho un rastrillaje para corroborar que no quedan vestigios de vida inglesa, que no te preocupes por los kelpers, que se han ido todos. Sí te advertirá sobre minas antipersonales que estarán señalizadas y sobre las que deberás estar atento. Llegarás a Puerto Argentino sonriendo con timidez. María bajará detrás. En la misma escalera del avión, en forma fingida o no, te cuidará la espalda con ojos maternales. Sentirás la calidez de su protección. Sin embargo, la cachetada del viento frío del oeste dirá presente. Por suerte, tu cabello bien cortado no se verá conmovido. La prensa internacional reflejará el momento histórico en las secciones de asuntos internacionales. El gobernador de Tierra del Fuego te estrechará la mano.

Y te llevarán a una casa vacía con un techo verde. Porque aún tendrá olor a otra gente, la sentirás extraña. Como si la hubieras tomado, usurpado, pero no: esa casa, vuelve a ser argentina. Habitándola, la estarás recuperando.
Y esa noche dormirás muy mal. Antes, tomarás conciencia de que vos y María son ahora los únicos seres humanos de la Isla Soledad, de la Gran Malvina, y de las doscientas islas que los rodean. Intentarás hablar con tu acompañante. Le confiarás que no sabés por qué los ingleses se fueron de allí. Ella no te escuchará, no obstante será honesta y confesará que está embarazada de tres meses. Así, de la nada, lanzará la frase. Te tomarás la cabeza. Suspirarás. Tendrás ganas de preguntarle si tuvo oportunidad de contarlo, si el gobierno lo sabe. Lo harás. Ella negará con firmeza. Te tomarás la nuca. No preguntarás quién es el papá; en definitiva, acabás de conocerla. Pero antes de que llegue esa primera noche y de que duermas mal, saldrán de la casa. Aún será de día. La humedad los acompañará en todo momento. Subirán a la camioneta y conducirás con torpeza por la mano izquierda durante los primeros minutos. Te darás cuenta de que el esfuerzo es en vano: no hay más vehículos que el tuyo. No más colonizadores conduciendo, lo que te hará sentir bien, victorioso y modestamente patriota. Pasarán por la zona del aeropuerto. Notarán que el avión que los trajo se ha ido. Durante el viaje de reconocimiento, María hablará poco. Andarán entre calles y barrios con carteles en inglés, y discutirán sobre cómo renombrar a cada una de ellos. Surgirán mil homenajes a artistas y políticos que después olvidarás. María dirá que prefiere nombres de deportistas. Vos, de músicos. Todo estará árido y húmedo, ventoso y soleado, nublado y confuso. Qué lugar agresivo, para vivir, para ocupar, para poner en juego la vida en una guerra absurda, inoportuna y, como mínimo, mal pensada. Te preguntarás qué carajo estás haciendo allí, qué carajo estuvieron haciendo los británicos allí, tanto tiempo, quién carajo es esa mujer que deberá ser tu esposa, de quién mierda es el chico que lleva en el vientre.

Y por eso, esa noche, la pasarás muy mal. Soñarás con pesadillas de miedo y hambre, con pubertad y rocas, con cartuchos vacíos y trapos blancos, con pozos de zorro y frío.

Y finalmente, sonará el despertador. Deberás encender tu computadora portátil y hablar a través de la cámara en cadena nacional. Leerás lo que está impreso en el papel que te dieron, sin cambiar una coma. María entrará en cuadro con lentitud, desde atrás, abrazándote con ternura para que todo el país la vea.
Y ese día, el segundo en Malvinas, recorrerán a pie la zona de la casa. Sin vehículo, caminando. Todo estará quieto, en silencio, silenciado. De fondo, solo el silbido del viento y el ruido metálico de un anuncio publicitario que pega contra un poste. Las cosas, además de ajenas, lucirán vacías, desalmadas. Bares, bancos, salones de belleza. Negocios de ropa, iglesias, otros bares, otras iglesias. Hasta el mar parecerá abandonado. La declaración del Canciller del Reino Unido habrá sido breve: reconsideramos el caso Malvinas y hemos despoblado la isla en forma pacífica, para que la nación argentina ejerza su soberanía en el territorio. Vendrá la humedad, otra vez, y también una golondrina curiosa. Te dolerá la rodilla de una vieja lesión olvidada. La cercanía del aire marino te cansará rápidamente. María parecerá no tener sueño. Vos sí. Ella preparará algo de comer y dormirás una siesta agotadora. Soñarás con abortos espontáneos, con héroes relegados, con pasturas filosas, con barcos hundidos, con pingüinos caníbales y con granadas de hielo que no consiguen explotar. Al verte despertar con gesto sufrido, María te ofrendará su primera caricia. Una caricia genuina. Entonces, sin buscarlo, recordarás tu misión. La de ella. La de la pareja. La de habitar ese lugar donde ya no hay nadie. Las Malvinas son argentinas, la concha de su madre, dirás con dientes apretados. Cerrarás el puño manteniéndolo bajo, como un festejo medido, casi de señorito inglés. Considerarlo te repugnará y te odiarás. Tres mil colonos vivían allí, calcularás, y dirás que María y vos valen más que todos ellos juntos. Pero ellos, qué culpa. Tu compañera aparecerá con el brazo extendido y un mate en la mano. Leerás un libro de cuentos. Cenarán temprano.

Y el tercer día, irás a la costa. En el horizonte, distinguirás un barco ballenero. No estarás seguro, la bruma confunde al ojo. Pensarás en las muertes que se han hundido, en el petróleo que nunca existió, en la mierda que ha sido, en la farsa colonialista, en el dinero que cobrarás. El dinero. La revancha. El dinero. ¿Importa el dinero? Pensarás en todo lo que ganarás, más allá del sueldo. Pensarás en vos, en la primera familia argentina del siglo en Malvinas. Llorarás. Y esa noche querrás tener sexo con María. Tu compañera no se negará. El hecho de liberar tu semen en su interior te hará sentir que ese hijo ya es tuyo. Ese hijo será tuyo. Las Malvinas son argentinas. Las Malvinas son argentinas. El semen es tuyo. Ese hijo será como si fuera tuyo. Un hijo malvinense.

Y el cuarto día será el de la visita al cementerio. Tomarás algunas fotos, que luego enviarás al continente. Sentirás vergüenza por esos chicos caídos que dejaron vida y coraje, y vergüenza ajena por los borrachos que los enviaron a ese entierro. Sentirás vergüenza de todo. De cada hombre herido en esa tierra. De los invasores, de los colonizadores, de las armas. María te abrazará para que no llores. Llorarás.

Y el quinto día será domingo. Subirás a la camioneta sin que María se dé cuenta y recorrerás la calle Ross. Pensarás que deberá llamarse Discépolo. O Páez. O Gieco. Irás hacia el oeste. Sintonizarás mecánicamente alguna radio entre la fritura del dial. No encontrarás ninguna, las frecuencias argentinas no llegan hasta ahí. Sin embargo, no apagarás la radio. Deberían instalar una radio argentina en Malvinas. FM Recuperada, podría llamarse. También deberían venir más argentinos para ejercer la soberanía: un puñado de militares que defiendan, una autoridad que gobierne, al menos un médico que cure y asista el parto. Por el momento, vos serás todo eso. Todo eso, junto. Pero, ¿por qué no trajeron nada de eso? ¿Será que Malvinas no vale el esfuerzo, la pena, el dinero? ¿Quién, si no vos, querría habitar este suelo doloroso? Y los familiares de los combatientes, ¿no querrán establecerse en el territorio como una justificación tardía? ¿Les darán la oportunidad? ¿De qué vivirán? ¿De quién?
Conducirás alrededor de dos horas, solo y moroso, hacia el canal que une las dos islas más grandes. Te encontrarás rodeado de una naturaleza improductiva, inhóspita, hasta violenta: las ráfagas, el suelo rocoso, el frío y la humedad no son amigos de nadie. Ahora que somos soberanos de cada metro de estas islas, pensarás, ¿para qué las querremos? Y debatirás qué factores fueron más determinantes para que los ingleses devolvieran el territorio, para que lo abandonasen sin preparativos, para que Argentina recuperara el dominio de Malvinas. La presión internacional, no. El agotamiento del petróleo que nunca hubo, no. Extinción de la fauna marina, no. Exigencia de los kelpers, menos. Una maniobra de geopolítica de mayor alcance, difícil saberlo. En cualquier caso, viniendo de piratas, desconfiarías de un acto justo como ése. Cuidado con lo que deseas, Argentina. Cuando hayas dejado atrás el barrio desolado de Goose Green, te conformarás pensando en que nada de eso tiene importancia; que, por fin, Malvinas está poblada por un hombre y una mujer argentinos y que la próxima delegación oficial vendrá dentro de seis meses a planificar los siguientes pasos; que, por ahora, sos un civil, un ciudadano malvinense que tiene la orden de no meterse en líos y dejar pasar el tiempo, y que recorre los caminos de la isla. Los colonizadores se han ido, suspirarás. Asumirás que ya no estás en Malvinas únicamente por el dinero. Llorarás. Tal vez, de alegría.
La raíz de un arbusto arrancada por el viento te hará disminuir la velocidad. Para esquivarla, cruzarás de carril. Te reirás con suficiencia al darte cuenta de que manejás del lado derecho. En ese tramo, las piedras dominarán sobre el pasto amarillo. Medio kilómetro más adelante, vislumbrarás una bifurcación. Cuando la alcances, habrá dos carteles:
Izquierda, Walker Creek; derecha, North Arm. Sabrás que ambas rutas terminan en el mar. Se abrirá un tercer camino sin asfaltar, sin denominación ni destino.
Dudarás, ¿izquierda o derecha? Pero algo demorará tu decisión. Al principio, no identificarás de qué se trata. Luego, te darás cuenta de que es la radio, que había quedado encendida. Detendrás la marcha para resolver. Subirás el volumen. Escucharás palabras en otro idioma, acaso en inglés. La radio nos confunde a todos, te acordarás. El locutor de la radio y sus frases en indudable inglés te sacudirán. Se te harán invasivas, traicioneras, insoportables. Sentir que tu país ha sido engañado nuevamente te despertará algo parecido a la ceguera. El oído se te llenará de bronca y te arderá como una otitis aguda. Una radio en inglés: alguien transmite, alguien escucha. Quedan ingleses aquí. Cerca de aquí.
Y por un impulso inconsciente, tomarás el camino del centro, el improvisado, el que no tiene cartel, el que has tomado al aceptar el encargo, el que no dice adónde termina. Todo lo que venga lo harás por tu cuenta, nada ha sido guionado. Andarás despacio, con temor a que el ripio dañe el vehículo. Al costado de la ruta verás construcciones aisladas, desperdigadas, como ya has visto en otros lugares de la Isla Soledad. Pasarás por la puerta de un manojo de establecimientos, tal vez bares, tal vez bancos, casas, depósitos. Pero no estarán cerrados. Estarán en funcionamiento pleno. Verás el estudio desde donde transmite la radio que suena en la camioneta. Verás autos, verás camionetas. Verás siluetas sorprendidas que corren a esconderse. Te habrán visto, los habrás encontrado. Llorarás. Mucho. Los ojos de la bronca ya no te permitirán ver con claridad.
Y volverás a tu casa. Y entrarás con paso decidido. Y tomarás el rifle que estará en el armario. Y María intentará detenerte; si es necesario, le dispararás tu desasosiego a ella y a su hijo. Le echarás combustible al tanque. Y llevarás otro bidón, por si acaso. Y treparás a tu asiento y colgarás la cámara a tu hombro. Y pedirás cadena nacional por el teléfono satelital, que te darán, incrédulos, bajo tus promesas de mostrar algo maravilloso. Y atarás la cámara a tu pecho. E irás hasta el lugar al que llegaste de casualidad. Y encenderás la cámara. Y cuando te acerques a ese barrio oculto que todavía habitan los británicos, cargarás balas en el arma. Durante el viaje, recrearás los instantes futuros en tu mente: habrá unos cincuenta kelpers esperándote, entre civiles y militares armados, y estarán absortos de haber sido descubiertos en ese páramo invisible. Tu despecho hará el resto.
Estacionarás y bajarás con paso resuelto. Antes de enfrentar a las siluetas, llorarás. Y dirás en voz alta para que quede registrado: los colonizadores no se han ido, nunca se van del todo de ningún lado. Y llorando, avanzando, y sin levantar la vista, tirarás a matar.
Pero nadie recibirá un disparo.
Cuando unos segundos más tarde, te des cuenta de que no hay personas a tu alrededor, entenderás que no se pudieron haber evaporado. Que te equivocaste, que fue un error, que tu ímpetu. Y así lo harás saber a la cámara con lágrimas sinceras. Cortarás la comunicación. Subirás a la camioneta y volverás a tu casa. No obstante, guardarás espacio para la duda, y tendrás el arma siempre a mano. La radio del locutor inglés seguirá atormentándote.

El sexto día será lunes. Irás por otro camino, un camino cualquiera, encandilado, conociendo y tratando de olvidar. Estarás hablando con María cuando, otra vez, divisarás siluetas en movimiento. Contra el deseo de ella, pedirás cadena nacional. María se quedará en el vehículo, temblando de miedo o de frío. Te acercarás con sigilo al lugar, esquivando las matas de pasto duro. Al llegar al espacio donde los viste, ya no estarán: los grupos de figuras se habrán atomizado en una coreografía bien estudiada. Furioso, aunque sin perder el control, buscarás escondites dentro de las casas, pasadizos, trincheras y bunkers donde se puedan haber refugiado. No encontrarás nada. Pensarás que todavía están en túneles subterráneos que conectan la isla. Que los colonizadores no se han ido. Pensarás que estás loco. Que sí. Que no. Que si dijeron que se irían, es porque se fueron. Que si todavía hay una radio que transmite. Que no puede ser. Hace rato habrán cortado la cadena nacional, si es que la hubo. Dentro de la camioneta, la radio del locutor inglés seguirá atormentándote. Buscarás el abrazo de María, que incluso te brindará unas palmadas rítmicas en la espalda. Nada logrará calmar tu llanto.

El séptimo día será martes. Y te sucederá lo mismo, en otro lugar remoto de la isla. Pedirás cadena nacional. Te la negarán. El gobierno, al escuchar el relato de un nuevo episodio inminente, no te creerá. Por teléfono, le gritarás al mismísimo Canciller que esos hijos de puta son capaces de cualquier cosa, que los encontraste, que los estás viendo, que envíe ayuda, que no hay que fiarse de esos piratas. Y él te preguntará, con cinismo lógico, por qué querrían dejar una misión en la isla. Y dirás que no lo sabés, pero que hay que desconfiar, que seguro hay una razón. Y como no tendrás espacio para tu duda, enfrentarás al grupo: como antes, las personas se esfumarán a medida que camines. Tu Canciller, sin moverse del despacho, tampoco tendrá espacio para su duda. Y avanzará.

El octavo día verás llegar un avión. Por la escalerilla, bajará tu reemplazo: es un joven con el biotipo clásico argentino, rodeado de hombres camuflados en exceso. Subirás al avión vigilado de cerca, dócil, sumiso. Al pie de la nave, María recibirá a su nuevo futuro marido y vos no tendrás tiempo para despedirte. De ella, del viento, ni de tus Islas Malvinas.
Ya desde el aire, verás puntitos que se mueven por la tierra como hormigas; sin embargo, no se lo comentarás a nadie. Cuando llegues a tu casa en el continente, la radio del locutor inglés seguirá atormentando tu cabeza.

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Ilustraciones especiales para Revista Corónica: Andrés Espinosa

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