En construcción, de Fabián Buelvas

Fabián David Buelvas González* (Barranquilla, Colombia, 1985). Psicólogo. Sus escritos han aparecido en Revista Bacanal, Revista Cronopio, Labrapalabra, y las antologías Vista al cuento de 2008 y 2009 (Editorial Antillas). Su cuento "En construcción" pertenece al volumen Espacios (disponible en Bubok) y resultó finalista del concurso "Tu Cuento Cuenta de la Universidad del Norte" (2009, Barranquilla), y del III Concurso de Relatos Fórum Montefrío (2011, España). Más

Un sonido seco y violento llamó nuestra atención durante la cena. Venía del segundo piso de la casa. Detuvimos los cubiertos y nos miramos entre sí esperando que alguien especulara sobre lo sucedido. Segundos después mi madre intervino mientras tomaba con el tenedor un poco de espagueti.
- Allá arriba está Germán. Si algo ha pasado, él nos avisará.
Seguimos cenando. En la mesa estábamos mi madre, mi padre, el abuelo, Clara y yo. Teníamos la costumbre de comer en la mesa, juntos, nada de cenar en el sofá o las habitaciones. Clara, la esposa de mi hermano Germán, tardó un poco en acostumbrarse; después encajó a la perfección en nuestra rutina familiar, o al menos simulaba bien.
Al terminar la cena mi padre se apresuró a buscar la escalera de madera que estaba en el patio. Subió al segundo piso y tardó unos diez minutos en bajar.
- Miré por todos lados y no vi a Germán. Sólo los materiales de la construcción, su colchoneta y su linterna.
Mi hermano Germán quería hacer su casa sobre la nuestra.
Había estado ahorrando desde que consiguió un buen trabajo como ingeniero hace dos años. Cuando no estaba en la oficina se lo pasaba frente al computador haciendo planos, esquemas y redes desconcertantes que me hacían ver como un ignorante, sobre todo si Germán intentaba explicarme esos asuntos sin que yo se lo pidiera: “Pero si es fácil, acá es equis, acá es ye, este lado es positivo, este otro negativo.” A mí me invadía una ira terrible y silenciosa como un cáncer que procuraba apaciguar dándole puñetazos a un costal de boxeo que instalé en el patio. Todas las noches reventaba a golpes aquel saco una o dos horas según el nivel de mi rabia.
Mientras los obreros construían la casa, mi hermano y Clara vivirían con nosotros. A mi madre le fascinaba la idea de tener a su hijo mayor tan cerca: “Mira, cuando termines la carrera levantas tu casa en el tercer piso”, me decía medio en broma, medio en serio. Yo lo que quería era largarme pronto de esa casa pero no tenía el dinero y, lo que es peor, tampoco poseía la suficiente fortaleza espiritual para estar lejos de mi madre. Germán desconoce esa tara en su vida y por eso arma una casa en el segundo piso; yo, que sí sé, sigo dándole al costal por las noches.
Como el barrio era inseguro y la construcción apenas empezaba, Germán, que estaba de vacaciones, cuidaba los materiales. Subía al segundo piso apenas se ponía el sol y bajaba al amanecer. Todas las noches se armaba con una colchoneta, linterna, un radio y montones de frazadas para protegerse del frío y los mosquitos. Clara subía a veces por la madrugada con una jarra de café caliente y bajaba junto con mi hermano por las mañanas.
Al abuelo nunca le gustó la idea de Germán: “Carajo, muchacho, no puedes estar toda la vida bajo las faldas de tu madre”. De todas formas sus opiniones poco o nada eran tenidas en cuenta: estaba viejo, sordo, y la memoria le fallaba.
Su deterioro fue implacable luego de la muerte de la abuela. Poco a poco se fue alejando de todo contacto exterior y limitó su espacio a esta casa que de todos modos era la suya. Pronto, empezó a disputarla con mi madre. Decía que ella y su esposo se la habían robado, pero que ahora estaba empeñado en recuperarla. Las veces que el abuelo pedía a gritos que nos fuéramos yo sentía que teníamos el deber de hacerlo, que mi madre era una vividora y que mi hermano no podía repetir lo que mis padres hicieron hace años. Nosotros ignorábamos los gritos del abuelo pero podíamos respirar el desasosiego que causaban en la casa.
Por las noches mis padres y Clara veían tres novelas seguidas, cosa que los mantenía entretenidos por un largo rato. Frente a la tele nueva (que era de Germán) había un sofá en el que los tres se acomodaban casi sin moverse, comentando los pormenores de la trama o sus opiniones al respecto. Mi abuelo se dormía luego de cenar y yo, presa del ocio, lavaba los platos, recogía la mesa y, finalmente, salía al patio a darle golpes al costal.
Entonces lo vi. Al principio creí que era un perro negro echado en nuestro césped o tal vez más materiales de construcción. Poco a poco la imagen real apareció; para cerciorarme encendí la luz de la terraza y, en efecto, no era ni lo uno ni lo otro. Llamé a mi madre con una voz que apenas si pude reconocer como mía. Le señalé lo que vi.
Era Germán, desparramado en el césped. Mi madre abrió la puerta desesperadamente y se echó a sus pies; sobre él se abalanzaron enseguida Clara y mi padre. Intentaron hacerlo reaccionar por si las dudas pero era evidente que estaba muerto.
Parecía un muñeco agitado frenéticamente por Clara. Mi padre lo cargó hasta su cuarto; mi madre iba tras él llorando mientras hablaba por teléfono.
El médico a quien mi madre llamó apareció como a la media hora. Auscultó el cadáver de Germán sin prisa, conciente de que estaba muerto y que el tiempo no haría la diferencia. Expidió el certificado de defunción y dijo desconocer la causa de la muerte: “Es mejor hacerle una autopsia”, dijo.
Mi madre se negó a que acuchillaran a su hijo.
El velorio fue al día siguiente. La casa estaba repleta de personas que con rostros de tristeza, real o fingida, nos ofrecían sus condolencias. El féretro se encontraba en la sala rodeado de mucha gente que yo no conocía. Por la madrugada mis padres habían llevado todos los enseres de la sala hacia el patio, de tal manera que muchas más sillas pudieron ser acomodadas en la casa. El abuelo pasó la mayoría del tiempo sentado, medio dormido, tomando tinto como un adicto. Mi padre y mi madre eran los anfitriones de una fiesta que no desearon ofrecer. Yo tenía ganas de darle trompadas al costal y morirme luego.
Clara se fue de la casa por la mañana. No quiso asistir al velorio ni al entierro: era de esperarse.
Tampoco se despidió de nosotros, sólo dejó una nota en la que manifestaba que regresaría pronto por sus cosas. Estaba destrozada; había apostado su vida a la misma causa de Germán y perdió cuando el juego apenas empezaba. Alcancé a verla en el momento en que tomaba el taxi: tenía los ojos rojos, hinchados y sin maquillaje. Parecía no haber probado bocado ni dormido en semanas. Quise decirle algo reconfortante y que no sonara tan hipócrita pero me detuve; preferí verla partir. Tuve la fugaz idea de irme junto con ella y casi de inmediato pensé que era una locura.
Para Clara fue fácil irse, ella no pertenece a la familia, no logró acostumbrarse del todo a vivir con nosotros durante el tiempo que pasó aquí, que igual fue poco. El implacable paso de la costumbre le fue ajeno. No será recordada, ninguno de nosotros la extrañará; será para nosotros una imagen difusa que aparece al lado de Germán durante sus últimos días.
Cuando todas las personas se fueron, cenamos. Esta vez sólo éramos tres en la mesa: mi madre, mi abuelo y yo. Mi padre subió al segundo piso a cuidar la arena, la piedra caliza, el cemento y el resto de cosas de la construcción: “Alguien tiene que hacerlo, eso no se puede perder” atinó a decir. Así que mi madre le sirvió la cena en la cocina antes que a nosotros y mi padre subió al segundo piso en construcción antes del anochecer. Mientras cenábamos, volvimos a escuchar aquel ruido que se cernía sobre nosotros desde anoche. Mi madre y yo corrimos directo a la terraza en donde encontramos a mi padre en el mismo lugar y posición en la que ayer estaba el cuerpo de Germán. Como hiciera anoche Clara, mi madre agitó el cadáver violentamente y yo me estremecí por dentro. Luego ella echó a correr al interior de la casa. Arrastré el cuerpo de mi padre hasta su cuarto.
Mi madre no llamó al médico esta vez: “No dejaré que me quite plata por auxiliar a un muerto”, sentenció. Ella misma examinó a mi padre: le quitó la ropa hasta dejarlo en calzoncillos y lo miró como la doctora que no era. A las dos de la mañana terminó de revisarlo:
“Sin heridas o moretones. Se murió de repente y cayó”, dijo convencida.
Con mi padre hicimos algo diferente. No queríamos otro velorio ni curiosos que extrañados se preguntaran por la sucesión de muertes en nuestra familia. Lo dejamos desnudo en el cuarto hasta averiguar qué era lo que estaba pasando.
Como no sabíamos por dónde empezar optamos por realizar lo evidente: durante la mañana mi madre y yo fuimos al patio y, desde abajo, intentamos ver qué había en el segundo piso. El abuelo caminaba arrastrando los pies por la casa, como un zombi, con una jarra de café en una mano y un pocillo en la otra. Desvariaba. Invocaba a gritos la presencia del espíritu de la abuela, de Germán y de mi padre, les ordenaba hacerse presentes de inmediato. Esta vez mi madre le gritaba que se callara, que por su culpa la desgracia habitaba entre nosotros. Ninguno de los dos cedía; al final ambos guardaron silencio y yo pude intuir lo que vendría.
Mi madre subió al segundo piso. El abuelo y yo escuchamos el mismo ruido de las noches pasadas mientras cenábamos. Lo que aconteció luego hace parte de lo inevitable.
La noche siguiente yo estaba dentro cuando escuché al abuelo caer. Antes de subir me había entregado las llaves de la casa y me hizo prometerle que cuidaría a los muertos que desde ahora la habitan. De esto hace ya una semana.
Los cuerpos de mis padres reposan en la que fuera su cama matrimonial; al abuelo lo senté en el mecedor que está en la sala. Lamenté mucho que Germán estuviese enterrado, hubiera querido tenerlo frente a su computador. Aunque el olor que expiden los cadáveres es repugnante yo permaneceré aquí.
Su presencia en casa me reconforta, es como si esta vez estuvieran de mi lado. No hay disonancia, un inmenso vacío me cobija.
Ya no me ejercito durante la noche. Por las mañanas salgo al patio y golpeo durante horas el costal de arena hasta hacer sangrar mis nudillos. Procuro no pensar, dejarme llevar por el agotamiento hasta que la noche llegue.
Algunas veces intento ver lo que hay en el segundo piso. Subo a una silla y salto para poder observar mejor.
Al parecer, todo sigue en orden.

3 comentarios:

  1. Una maravilla de relato, Fabián, manejas la tensión hasta límites insostenibles, imposible dejar de leerlo hasta el final. Hay algo de Cortazar en la inspiración?

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