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El atajo, un cuento de Alexander Dorado Zúñiga

Alexánder Dorado: Vivió en España donde participó en la Fundación Entre Dos Orillas que se dedica a apoyar las expresiones artísticas de extranjeros residentes. Actualmente prepara una colección de relatos titulada "De nostalgias y Fechorías" que recoge gran parte del trabajo realizado a lo largo de estos años. Varios de estos textos están publicados en el portal literario Tusrelatos.com (bajo el seudónimo alexdz_74.) Reside en Popayán, Colombia.



La desesperanza suele inclinarme a la nostalgia, como si fuera la inercia natural del pesimismo. Mientras contemplo la ciudad ajena desde mi ventana, atrapado en un diciembre gélido en el que acampa impune el corrosivo frío castellano, me extravío en las brumas de un presente confuso y sórdido y acabo abrumado por cierta sensación de fragilidad. El pasado, entonces, dispone su escenario y empieza a discurrir con sutileza. Pero lo que amenaza ser un aluvión de recuerdos, se diluye de repente, y en el silencio de la noche, vuelvo a evocar, con particular nitidez, la imagen de mi padre subiendo a su bicicleta Monark, dispuesto a emprender un viaje simultaneo al que hacemos, mi madre y yo, en los incómodos asientos de un autobús de la empresa Transpubenza. Es un viejo Dodge de un amarillo incierto, –con la reverberación del sol tiende al naranja– con un cartel de hojalata junto al conductor, que anuncia: Ruta 2, Cementerio. Es la ruta que nos llevará al barrio de mis tías solteras. El recuerdo es recurrente: mi padre, con su figura regordeta nos dice adiós desde el andén de la calle Tercera, mientras da sus primeros pedalazos. Cada noche igual, inexplicablemente. Ni un océano de separación, ni los 30 años transcurridos, ni la enajenante opresión de vivir en un país extraño, han servido para que el olvido haya levantado ese recuerdo con su viento aniquilador. Intento dormir, intento comprender el vínculo que tiene ese residuo inútil de mi niñez con el insalvable cerco en el que ha acabado mi camino.
Despierto acosado por un frio que parece agujerear mis huesos. Mi conciencia lucha entre una maraña pegajosa, y al fin surge limpia, febril, poseedora del detalle esclarecedor: es el único recuerdo de mi padre que se aparta de su conducta autoritaria y que tiene que ver con el descubrimiento, o la imaginación, de una realidad prodigiosa. Ahora puedo juntar los trozos rotos.
Entraba en su propensión al individualismo, el no acompañar a mi madre a visitar a sus hermanas los sábados por la tarde. Se mantenía como un satélite en cualquier evento familiar. Durante sus días de descanso vagaba en amplias órbitas de libertad y se desprendía de la realidad que le imponía nuestra existencia. Se marchaba los sábados, si no los viernes por la tarde, y no le volvíamos a ver hasta el domingo, cuando regresaba en un estado lamentable, al grito de “viva el partido liberal, abajo el partido conservador”. Era cuando llegaba por sus propios medios, implorando alguna limosna de afecto y de reposo. Otras tardes, las peores, llegaba a bordo de un taxi, inconsciente, desmadejado. Teníamos que ayudarlo a bajar, abrumados por las risas y los comentarios de los vecinos que se asomaban a las ventanas para gozarse con nuestra vergüenza. A veces no podíamos con su peso y teníamos que meterlo a rastras. Ocurría en ocasiones una última desgracia; el taxista quería aprovechar la situación, exigiendo que se le pagara la carrera de acuerdo a un itinerario incierto, seguramente exagerado. Casi siempre mi madre andaba escasa de dinero, entonces, la escena de la llegada y el pago de la carrera se alargaba en plena calle, porque ella concentraba en la figura del taxista toda la responsabilidad por lo que la vida le había dado, negándose rotundamente a pagar, rebelándose inútilmente a su destino, por una vez.
El hecho es que no recuerdo un evento grato de la infancia en el que mi padre estuviera presente; nunca jugamos al fútbol, ni nos bañamos en un río, ni fuimos a un circo. Siempre miré de lejos, con recelo y con cierto peso en el alma, a los niños afortunados que tuvieron otra suerte. Pero lo arbitrario de este cuadro, es que mi padre jamás dejó de apabullarnos con el régimen implacable de los días de la semana, cuando se ajustaba a la sobriedad, al celo por la puntualidad, al cumplimiento exacerbado de sus deberes de maestro de escuela, como ejemplificación de la responsabilidad que tendríamos que cargar en nuestras propias obligaciones. Funcionaba así, hasta que terminaba su rutina y empezaba a asomarse a la ventana, una y otra vez, preso de su nerviosismo alcohólico, y desaparecía sin decir adiós a nadie. Esas licencias que el mismo se otorgaba, significaban para mí la liberación de sus ataduras y de su vigilancia, pero a la vez me empujaban al planeta de soledad y bombillos apagados –para economizar electricidad– de las noches de mi madre. Antes que llegara la época en que la noche y la calle me lanzaran su llamada irresistible, me recuerdo compartiendo con mi madre esas desapacibles veladas. Daba cabezadas frente a nuestro televisor a blanco y negro, obstinándose en seguir las elucubraciones infinitas de las telenovelas mexicanas. Otras veces, resignada y triste, gastaba las horas en lúgubres repeticiones de su Rosario de católica acérrima. Hoy me pregunto: ¿qué pasó después, cuando las correrías de mi adolescencia me absorbieron? Mi madre naufragaría, presa de los nervios, en el inmenso buque oscuro de la casa, supongo. Esa sensación de culpa por haberla dejado sola, no me dejará en paz nunca, por más que intente convencerme que yo no era nadie para restituirle su malograda vida.
No quiero extenderme en la visión de una infancia melancólica, porque al fin y al cabo el tiempo logra echar tierra encima y nos obliga a seguir viviendo con esos sedimentos. Mi intención es enmarcar el prodigio de mi padre, diciendo adiós, rezagándose poco a poco del autobús, lejano, pequeño, mientras mi mente inventa una competencia entre aquella bicicleta de adulto y el motor incansable del Dodge de la ruta 2. Este nos lleva al Camilo Torres, un barrio obrero, de casas pequeñas, pegado como lapa luctuosa al cementerio municipal. Mis tías regentaban una tienda y una peluquería, con la codicia y la ternura desangelada, de dos solteronas entradas en años. Mi madre viajaba silenciosa, con esa mirada, lejana e indiferente, de quien no espera gran cosa de la vida, como si estuviera programada para la resignación. Yo, en cambio, viajaba atento a los virajes trabajosos que el conductor imponía al gigantesco volante, forrado con toscos trozos de cuero, cocidos con la misma cuerda, fuerte y burda, que usábamos en los veranos para elevar las cometas de papelillo multicolor. Atento a las acometidas a la palanca de cambios, con su pomo de cristal grueso, casi siempre decorado con la figura del Sagrado Corazón de Jesús, o de la Santísima Virgen, cuya mirada elevada al cielo, era casi idéntica a la mirada tristona de mi madre contemplando la calle o las personas que pasaban a su lado, por el pasillo del bus, rumbo al timbre de la salida. Desde la baja perspectiva que me daba mi estatura, por encima del espaldar de los asientos, podía ver la calle como una realidad en movimiento, reflejada en la pantalla de la cabina. El conductor me parecía el capitán de una gran nave espacial, esquivando colisiones con piedras siderales. Después de un trayecto de infinitos frenazos y bruscas arrancadas, a través de calles retorcidas y angostas, el autobús nos sacaba del centro colonial y se enfilaba hacia los barrios que con los años se habían ido añadiendo a la ciudad. Allí, el blanco inmaculado del sector histórico se extinguía y daba paso a las polvorientas luces de neón de los anuncios de los asaderos de pollos, las casetas de latón del comercio pobre, la sucia plaza de mercado con sus cantinas como cuevas inmundas, y los talleres para buses y camiones. Era la visión del desencanto: los ancianos rebuscaban entre montañas de fruta podrida; los niños campesinos se perdían entre una multitud miserable de vendedores callejeros; las mujeres de tez india llevaban a cuestas bultos colosales; los bulteadores borrachos dormían sobre las aceras. Yo no despegaba los ojos de la ventanilla para grabar en mi mente lo que odiaría; la miseria que debía retratar como la peor condición, para reconocerla siempre y no sucumbir jamás.
El autobús nos introducía en ese universo de fealdad, recorriendo una rústica avenida fragmentada por cráteres enlagunados. El último tramo era una línea recta donde al final emergía, imponente, el cementerio, arropado por los arboles melenudos que separaban los dos carriles. Allí estaba; solemne, grande, solido, y sobretodo blanco, cercado por un muro de unos dos metros, sobre el que se elevaba una reja de barrotes, adornada por un ejército de cruces negras y figuras retorcidas, que tachonaban el verde oscuro de los estirados y elegantes cipreses que poblaban el interior. Me fascinaba el orden milimétrico de las tumbas comunes y los panteones de los nobles apellidos, sobre la alfombra de los prados. El cementerio parecía recordar el orden necesario de las formas que habíamos abandonado en el centro; era el reducto bien dispuesto de la muerte frente al caos del mundo. Al pasar frente a la entrada principal, mi madre se santiguaba, me tomaba de la mano y tocaba el timbre. El autobús se detenía y abría las hojas chirriantes de la puerta trasera, cien metros adelante, en la última esquina del muro blanco. Para mí, a los ocho años, ese era el final de la realidad conocida. La avenida continuaba su trazado hacia el oriente, con un acentuado descenso a un inframundo de barrios pobres, donde solo los poderosos conductores osaban adentrarse.
Esa visita de cada quince días pudo haber sido un hábito sin importancia, sino es porque un día, al golpear a la puerta de hierro de la casa de las tías, nos abrió mi padre. Tenía una sonrisa inusual en él, como si se complaciera con la cara de asombro que debí poner. Yo me preguntaba, ¿cómo había llegado antes que nosotros? Ese hombre serio, con sus sempiternas gafas oscuras, que imponían en él un aspecto amenazante, era el conductor de un vehículo mágico. O quizás, era él, y no la Monark, quién poseía la facultad de elevarse sobre el trayecto caótico del tráfico y superar la velocidad del autobús. No quise preguntar a nadie. Guardé el secreto y me consagré en los viajes sucesivos, a descubrir el momento exacto en que mi padre y su bicicleta fabulosa se desprendían de las leyes naturales del movimiento, y se elevaban, o se esfumaban en el aire, para encontrar el atajo. Nunca lo descubrí, por mucho que sacara la cabeza por la ventanilla corrediza, ante el pavor de mi madre, que intentaba amedrentarme con la inminencia de una decapitación. Siempre era lo mismo, mi padre se quedaba irremediablemente atrás, desde la parada inicial, pedaleando sin prisas, y no lo volvíamos a ver hasta el destino final. Siempre antes, siempre adelantado. Y si no lo encontrábamos, era porque ya había llegado, había saludado y se había marchado unos minutos antes, aprovechando la situación para una de sus evasiones. Era cuando mi madre se volvía a refugiar en esa expresión afligida, tan natural en ella, porque entendía que su ausencia sería larga y su regreso azaroso. No recuerdo cuanto tiempo me aferré desesperadamente a esa fantasía como compensación a una infancia grisácea, adherida al naufragio silencioso de mi madre. Cuando tuve mi primera bicicleta, comprada de segunda mano a un compañero de Colegio con lo que me pagaba ocasionalmente mi tía por ayudarle a surtir las estanterías de su tienda, comprobaría por mis propios medios lo banal del misterio. Pero eso mucho después de que las conversaciones con amigos más avezados en asuntos prácticos, me hicieran entender las infinitas posibilidades de provocar alteraciones espaciales y ganar ventaja tomando rutas rápidas, aprovechando los resquicios de las calles para adelantar en los atascos, trasgrediendo los semáforos y las señales de tráfico. Me aficioné a hacer competencias con los mismos autobuses, donde mi madre ahora viajaba sola o en compañía de mi hermano pequeño, al que de paso también cautivé con la asombrosa demostración, llenando su cabeza de innumerables falacias. En cuanto a mi padre, una vez descubierto su truco, perdió el único halo de encanto que alguna vez tuvo, y después, en la lúcida rebeldía de mi adolescencia, adquirió su definitiva y odiosa dimensión terrenal. No comprendí aquel embeleco hasta hoy, cuando desperté soñando con él. Pedalea sudoroso y esquiva con gran esfuerzo los obstáculos de las calles, para llegar antes, para sorprenderme.
Incapaz de volver al sueño, he salido al salón. Contemplo la calle mojada y oscura. Una calle ajena y solitaria, barrida por el viento frío del invierno que traspasa paredes y se agazapa en los huesos.
Comprendí que jamás me había liberado de aquél viejo estupor. Sin saberlo, llevo todos estos años compitiendo con el autobús, rehuyendo del camino trabajoso, buscando las prerrogativas de las veredas paralelas, jugándome la vida entre el tráfico, oyendo bocinazos e insultos para llegar antes, para ganarle a la triste paciencia de mi madre, para sorprender, para superar a alguien. Y lo he logrado, he llegado antes, he llegado tan lejos como la distancia de un océano, tan lejos que aquí nadie me conoce, tan lejos que no hay nadie a quien sorprender.  

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Imágen: ilustración especial para Revista Corónica por Pedro Toloza

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