La barca de Harold

6:03


J. S. de Montfort (Castellón, España, 1977) es Graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Es miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios). Cuento.



El resultado de tu meditación perpetua: nada.
Omar Khayyam


Es imposible que le duela el pie, así sin ningún motivo, pero Marguerite está segura; le duele. Lo imagina quebrado, roto. Le duele tanto y con tanta intensidad como si le hubieran pasado, lentamente, por encima, las cargantes ruedas de un trailer.
Imaginaciones mías, se dice; aunque finalmente el pie le acaba doliendo y tiene que mover la pierna para que no sucedan los temibles calambres, las contracciones de la parte trasera de la pierna, que ocurren cuando llevas demasiado tiempo en la cama, o has cogido frío, o simplemente sientes unas ganas súbitas de que te duela.
Harold no está aquí para acariciar esos tobillos, ahora, cuando despega el rayo de luz  que pasa por la cortina y hay que levantarse. Pero es que nunca estuvo para acariciarle los tobillos, justo al despertarse, que es cuando más duelen. Quizá tampoco ella se lo hubiera pedido, no lo recuerda exactamente.
La única esperanza es que desaparezca su barca. La barca de Harold, que está en el jardín, vuelta del revés, inútil, apoyada contra el sauce, y en ella un marrón quebradizo dibuja letras viejas donde aún se pueden adivinar las enormes letras de su nombre.

Las mañanas de antes –de hace unos años, de cuando estaba Harold- desde luego que eran diferentes, de eso no hay duda.
Marguerite recuerda a Harold administrándose alguna forzosa tarea innecesaria, como construir armarios, casas pequeñas para que jugaran unos niños que ella había decidido que no tendrían, banquetas para invitados a barbacoas que nunca se celebraron, una imponente mesa para el jardín…
Marguerite nunca entendió por qué Harold hubiera de esforzarse en todo eso, ella le echaba de menos en la cama, no demostrando nada, a ella no tenía que demostrarle nada.
Por lo demás no le echaba de menos, porque Marguerite aparte de echar de menos el pelirrojo natural de su cabello, echaba de menos muy pocas cosas. Lo único, que le acariciasen los tobillos, por la mañana.

 Marguerite, que aguarda echada sobre la cama, releyendo algún libro, al escuchar el sonido del teléfono, se quita las gafas. Las deja en el regazo. Y se echa un poco hacia detrás el cabello que le cae desmechado por las orejas. Quiere oír bien lo que tengan que decirle.
Una voz femenina, impetuosa, no tarda en hablar según descuelga el teléfono. Habla de una merienda, y unos sandwiches, y unas botellas de beaujolais y... Es ella.
-Perdón, qué es lo que desea -replica Marguerite, distante.
-Soy Merichei, ¿no me reconoces?
-Ay, perdona, perdona, cariño, es que uy, tengo la cabeza... ya sabes.. estaba con... haciendo..
Merichei, su vecina, le cuenta que está organizando una merienda para la tarde. "Tú siempre estás organizando cosas", le replica Marguerite.
-Esto va a ser especial, mujer, ¡vente!, verás qué bien lo pasaremos.
-De verdad, Merichei, no creo yo que...
-Habrá mucha gente -y tímida añade- hombres... -y deja la s larga, en un pueril suspenso-.
-¿Qué quieres decir con que habrá hombres?
-Vamos, Marguerite, habrá hombres de tu edad, ya sabes -y adopta un tono de juvenil confidencia- en especial uno que quiero presentarte, Marguerite. Es amigo del padre de Alain, es muy amable, y simpático, acaba de quedar viudo y yo pensé...
-Tú no tienes que pensar nada.
-Te pasaré a recoger a las seis. Estáte lista -suelta rápida Merichei-.
-Pero cómo puedes ser tan impertinente -dice Marguerite-, pero quién te has creído, yo no necesito ningún hombre, ¡a ninguno!- y enojada cuelga el teléfono. "¿Será posible?".
Es hora de salir de la cama.  Ya es hora de hacer algo. Necesita tener la cabeza ocupada.
El teléfono vuelve a sonar. Y suena.
Marguerite está bajando las escaleras del dúplex.
Pues que suene, que suene y que suene. A ella no le molesta el sonido apagado del teléfono. A ella no le molesta casi nada.
Preparar un té es una tarea a la cual hay que dedicarse concienzudamente. Hay que tratar con respeto ese agua verde, caliente, viscosa, un poco amarga. Y hay que degustarlo luego con obstinación, pero con paciencia y seguridad.
El estado de calma le permite a Marguerite dejar pasar las horas sin ninguna culpa, sentada en el salón. En el sofá.: mirando el torbellino que forma un papel en el jardín, subiendo, subiendo un poco más, desviándose a la derecha, cayendo sobre un charco, atrapado por el agua barrosa, y aguardar ahí, con osada paciencia.
Alrededor de la barca han crecido salvajes los hierbajos, y se le van arracimando las violetas vulgares, las margaritas que vienen de la valla cercana (de la casa de Merichei), que ya han conseguido avanzar ese terreno de apenas medio metro.
Eventualmente una brisa remueve el sauce y éste deja caer unas pocas de esas hojas lloronas por encima de la barca volcada, las hebras le acarician la quilla y van descendiendo caprichosamente hasta que quedan en alguna parte del jardín.
Una de las cosas que ha descubierto Marguerite con ligero placer en los últimos meses es el apacible gusto que produce tener algo en el estómago
Y qué rápidas pasan las horas…
¿Vendrá hoy Harold a llevarse la barca de una vez?, piensa mientras descubre una mañana que es inexcusablemente la del domingo, porque no hay coches que pasen por la avenida y sí hay personas que caminan, hacen jogging o conversan distraídamente. Y hay como un ruido enérgico, que bien se preocupan de introducir sus vecinos con las máquinas cortacésped y los rugidos de los motores de las taladradoras, las aspiradoras, los escalofríos eléctricos de las batidoras en las cocinas, la urgente desesperación de las ollas express. Todo.
En lo que no repara, o mejor no quiere, es en que primero debería pedirle a Harold que viniera a por la barca, si es que realmente es éste su deseo: que Harold se lleve la barca. Pero ella no pide nada a nadie.
Por eso el domingo transcurre igual que el sábado, que el viernes, que el jueves, que el miércoles y que el martes. La única diferencia estriba en lo que ocurre afuera: la distensión, la parsimonia y el descuido.
Por lo demás, está bien. Es un día como cualquier otro.
Una sacudida de viento fuerte contra el cristal de la ventana avisa de la presencia del lunes.
Marguerite trata de levantarse, pero le duelen mucho los tobillos, y las piernas pesan, pesan tanto como las ruedas cargantes de un trailer.
Suspira.
Trata de mirar afuera, desde la cama, pero la ventana está cubierta por la cortina y solamente percibe unas sombras grisáceas.
La espalda le pesa especialmente más que otros días. Quiere concentrarse y que le dejen de doler los tobillos, la espalda, la rodilla. Pero o no consigue concentrarse o no consigue olvidar el dolor.
Sólo quiere que Harold se lleve la barca. Maldito seas Harold, llévatela, ¡llévatela de una vez!
La lluvia se arracima en el cristal, se escucha en el tejado, lo cubre todo. La lluvia es la presencia del martes.
Está bien, si ni siquiera esto es capaz de hacerlo por sí mismo…
La pluma escribe sin guardar cuidado en las letras, en la armonía de sus siluetas, en la rectitud de las líneas, escribe casi con autonomía de su mano blanca:
Querido Harold,
 Se detiene. Trata de seguir escribiendo. Piensa.
Por favor, ven y recoge tu barca, llévatela. Estoy harta, no puedo soportar verla en mi jardín, día tras día, por favor, ¡ven y llévatela!
Y abajo, firma, tuya / Marguerite.
Y adjunta una rúbrica descarada y enorme.
Escribe la dirección y reza para que Harold siga allí, en esa casa que ella imagina, porque no ha ido nunca a verla, nunca ha llamado a esa puerta, la puerta de Harold.
Se deja la carta en el regazo y cierra los ojos.
Será porque el peso del cuerpo es inmenso, pero se duerme. Y, para su perplejidad, sueña. Un sueño tremendo y largo… un sueño que quizá dure unos días, hasta que una mañana aparece la alerta del sonido parco pero sentencioso del timbre de la bicicleta del cartero. Y suena el timbre del chalet.

Marguerite se echa con violencia contra la ventana del cuarto.
El joven cartero está detenido frente a su casa.
Por fin, se dice. Por fin: habrá noticias
El chico ha dejado urgente una carta sobre el vértice de hormigón donde se apoya la verja. Por precaución le ha puesto encima una piedra.
Desde el cuarto, Marguerite reconoce un sobre modelo continental. Y unas anotaciones en rojo.
De súbito, un sopor, un sutil mareo; cae Marguerite sobre la colcha.
Después de mucho rascarse los tobillos, coge el teléfono y marca el número de Merichei. La voz vivaracha y grabada de su vecina anuncia que están de vacaciones. Al final del mensaje, Merichei dicta un teléfono. Marguerite no se detiene a anotarlo.

Se hace difícil encontrar una lija en el cobertizo, donde las herramientas están dispersas, cubiertas de telarañas; el crujido de las patas de los pequeños insectos que huyen de la luz la asusta.
Comprueba Marguerite –al asomarse al jardín-, con los primeros rayos, cómo el alba despierta hoy artificiosa y burbujeante, de ese modo en el que la espuma blanca de los productos químicos hubiera llenado los otrora tranquilos, vetustos y limpios canales de Bordeaux, o así los imagina ella ahora, los canales de la ciudad, allá donde antes solía ir Harold solo con su barca.
Rasca Marguerite ahora las letras desconchadas de la madera; arranca obstinada las capas sucesivas de pintura.
Piensa en qué podría inscribir ahí donde se ha descubierto la madera vieja, y algo putrefacta.
Decide que lo mejor es dejarla así., sin nada.
Ya pensará en algo.

Pero el hecho incontestable es que –en un arrebato- llama al Courrier Français y deja un mensaje para que se publique cuanto antes en la sección de clasificados:
"Regalo barca. Urgente. Hay que pasar a retirarla."
Y después dicta su dirección y teléfono. Y en un intolerable descuido, dice: "preguntar por Harold". Y pega un grito.
Arroja el teléfono al suelo y de un puñetazo nervioso, se clava una dolorosa astilla que irrumpe bajo la uña.
Ahora sí, aparecen de nuevo y con vigor los dolores en el tobillo. Y se van extendiendo a la rodilla,  y pronto al muslo.
Se ve obligada a sentarse en el sofá y entonces rompe temblorosa –¡por fin!- la fotografía de ese hombre de ojos melancólicos.
Podías haberme avisado, ¿no, Harold?, de que pensabas marcharte. Podías... !
No se le escapa ni una lágrima, ni una sola.

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Imágen: Rosewater, por Charley Greenfield

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2 comentarios

  1. La intensidad y el estupor de verse delatada en los clasificados de la prensa es lo que me sorprendió. Un hijo de Carver. Gracias.

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  2. Pues sí, desde luego es un relato muy carveriano. Al principio me desconcertó un poco, pero luego ya me metí rápidamente en la historia. Quizás suprimiría las últimas frases, que dan el remate final, e intentaría dar alguna pista más en el relato para que esta supresión no afectara demasiado al entendimiento del lector.

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