Putas en miniatura, de Jorge Alberto Aguiar Díaz

7:30



Tenía un culo de veinte, una cara de sesenta pero no llegaba a los quince años.
Todas las tardes la veía pasar por la calle Obispo hacia el café París o la Bodeguita del Medio.
Se llamaba Sailín. Yo le decía chica bonsái.
—¿Cuándo me vas a dedicar una noche, chica bonsái?
—Nunca, JAAD.,
—Aunque sea una hora, chica bonsái. Me conformo con una hora.
—Nunca, JAAD. Ustedes los cubanos no tienen fulas pa’pagarme.
—JAAD, no es cubano, chica bonsái. Soy un marciano que nació en Saturno y vive en la Tierra.
—No importa de dónde eres, JAAD. No tienes dólares. Estás liquidao.
Ella, sin embargo, era demasiado optimista. No había pensado que la buena suerte dura poco en La Habana Vieja.
Una noche necesitó ayuda.
Nunca supe por qué me buscó. Quizás por el miedo o la soledad en que vivía. Tal vez porque parecía un cura con mi calva o un tipo asexual por haber perdido cuatro dientes. Pesaba cincuenta kilos y parecía inofensivo. Me había confundido con un payaso.
Lo cierto es que estaba frente a mí provocativa y hermosa.
—Oye, JAAD. Estoy metí’a en tremendo lío.
Tenía una cicatriz en la mejilla derecha. Me gustaba su pelo largo y encrespado y su pavoneo todavía infantil.
—Hay un muerto. Yo no sé cómo fue pero hay un muerto.
Me abrazó.
—¿Te está buscando la policía?
—No sé. No sé na’, JAAD. Vámonos de aquí.
—¿Pero adónde? Yo no tengo un centavo ni dónde meterme.
—¿Me vas a ayudar, sí o no?
—Claro. Claro que te voy a ayudar
Abrió el monedero y me dio cinco dólares. Me dijo que iríamos a la casa donde ella algunas veces pasaba las noches con los extranjeros. Yo debía pagarle a la dueña y no decir nada más. La miré en silencio. Tragué en seco y la acompañé.
—Te advertí que aquí no quería cubanos —dijo la mujer cuando llegamos.
—No hay problemas, mi china. Este es JAAD, un amigo de confianza.
—¿JAAD? ¡Qué nombre tan feo!
Sailín le explicó que yo pagaba bien. La dueña, con sus trescientas libras, me miró de arriba a abajo y comentó que tenía aspecto de policía.
Pedí un poco de agua.
—¿Ves lo que te digo? Los cubanos no hacen otra cosa que pedir. Después, pagan una mierda, lo comentan todo en cualquier esquina y buscan problemas cuando se emborrachan.
Se fue hasta el fondo de la casa para traer el agua.
El lugar se veía limpio, decorado con objetos de yeso, flores plásticas y un altar para los santos lleno de caramelos, dulces y dinero.
Sailín me dio otros cinco dólares. Cuando la mujer regresó se los puse en las manos callosas y manchadas y le dije:
—JAAD, paga bien, no se emborracha, es mudo y si fuera policía la mitad de La Habana estuviera en el tanque.
La gorda quedó feliz con los diez fulas y habló bien de algunos cubanos.
Sailín y yo entramos en la habitación.
—¿Qué vamos a hacer aquí?
—Esperar.
Se sentó en la cama.
Conecté el ventilador.
Abrí la ventana y me asomé.
—¿Esperar? ¿Qué vamos a esperar?
La chica bonsai no contestó. Se quedó abstraída mientras fumaba.
El cuarto era pequeño. Paredes sin pintar. Cama con sábanas limpias, una silla, una mesa y una puerta que conducía al baño.
—¿Será conveniente estar aquí?
—No tengo adonde ir.
—¿Y dónde vives?
—Con Kenia. Alquilamos un cuarto en la calle Esperanza pero allí no puedo ir ¿entiendes? La policía ya debe estar buscándome.
—¿Quién es Kenia?
 Me senté a su lado.
—Mi amiga. Es de mi pueblo pero hace dos años que vive en La Habana.
—¿Qué edad tienes? ¿Catorce? ¿Quince?
—¡Qué importa eso, JAAD! ¿Me vas a ayudar si o no?
Acaricié su pelo.
Me gustaba su boca. Sus dientes. Su lengua rojísima, gorda, juguetona.
—Cuéntame lo que pasó. Si quieres que te ayude me tienes que contar lo qué pasó.
—No sé na’ JAAD, te lo juro. El alemán estaba con Kenia en el cuarto y yo estaba en el baño.
—¿Un turista? ¿El muerto es un turista?
—Sí, pero yo no sé lo qué pasó. Soy inocente.
—¿Dónde fue eso? ¿Dónde estaban ustedes?
—En un hotel. El yuma le pasó dinero a un policía y al tipo de la puerta y subimos sin problemas. ¿Quién se iba a imaginar que iba a pasar esto?
—¿Y dónde está tu amiga?
—¿Kenia? No sé. Yo me fui enseguida. Ella se quedó llorando pero yo me fui enseguida.
Le pedí un cigarro.
Me quedé mirando hacia la esquina de Cuba y Amargura.
Una ventana estrecha con un paisaje encantador.
—JAAD, ¿tú conoces a alguien en la policía?
Me miró con ojos desorbitados y llorosos. Fumaba sin parar y se mordía las uñas.
—Dime, ¿tú conoces a alguien en la policía?
Me gustaba cómo se recogía el pelo y la manera de sentarse con las piernas abiertas. Me fijé que no llevaba ajustadores y se le marcaban los pezones.
—Si tengo o no un amigo en la policía ¿de qué sirve?
—¿Cómo que de qué sirve? ¿Tú estás bien de la cabeza, JAAD? Con un socio en la policía to’ se resuelve.
Toqué sus manos.
Manos frías y pequeñas.
—¿Tienes o no un amigo en la policía?
No dije nada. Ella continuó:
—Yo no sé cómo fue la cosa pero no tengo na’ que ver con ese muerto.
Acaricié sus hombros y la besé en la cara.
Se mordió los labios.
—No te preocupes. Todo se va a resolver.
—Yo hago lo que tenga que hacer. Cualquier cosa, JAAD, pero no quiero ir presa. No hice na’.
—Relájate. Tienes que descansar.
—No hice na’ ¿entiendes?
—De acuerdo, pero tienes que descansar. Acuéstate un rato.
Se sentó en la cama y se echó a llorar.
La abracé y sequé sus lágrimas con mi boca.
Mi lengua recorrió la cicatriz.
—No me toques.
—¿Por qué no? No te voy a hacer daño.
—Todos los hombres dicen lo mismo. Todos quieren lo mismo. Dime, ¿no te gustaría acostarte conmigo?
Dejé de acariciarla.
Me quedé escuchando los ruidos que llegaban de la calle.
—¿Tienes algún amigo en la policía?
—¿Qué quieres que haga?
—Que me ayudes, JAAD. Dijiste que me podías ayudar.
—Bueno, está bien. Cuéntame
—Ya te dije que no sé. Yo estaba en el baño y cuando entré al cuarto el alemán estaba muerto.
—Pero, ¿cómo se murió? Que yo sepa nadie se muere así como así.
—No sé. Yo no sé na’. Dice Kenia que el tipo había comprao coca.
—¿Cocaína? ¿Dónde?
—¡Qué sé yo, JAAD! Me imagino que en la calle. En la calle se puede comprar cualquier cosa ¿no?
Me encogí de hombros. Yo llevaba treinta años comprando libros y preservativos. Una vez, anfetamina, y otra, marihuana. De ahí no pasaba.
Una vida de aficionado en una calle para profesionales.
—Bueno, a lo mejor fue una sobredosis.
—¿Y si Kenia lo mató? Mira, JAAD, Kenia y Jaime son uña y carne y nadie sabe lo que ellos planificaron.
—Espérate un momento, mi socia. ¿Quién coño es Jaime?
—El punto que nos busca a los yumas.
—Un chulo.
—No. Jaime no es ningún chulo. Jaime no nos quieta el dinero como el Negro. El Negro sí era un hijo de puta pero Jaime no.
—¿Y qué pinta El Negro en todo esto?
—Na’. El Negro era un singao. Me picó la cara. Mira. Se tocó la cicatriz.
—¿Por qué?
Se levantó y fue hasta la ventana.
Los senos le saltaban debajo de la ropa.
—Me metió a jinetera. Tenía un amigo italiano que le gustaban las señoritas.
—Pero, ¿por qué te cortó la cara?
—Me dijo que con él iba a ganar un baro largo.
Me presentó al italiano y gané cincuenta faos. Todo fue rápido. Una hora.
—¿Cincuenta dólares por la primera vez? ¿Eso fue lo que pagó el italiano?
—Cien. Fifty-fifty con el Negro.
—Te pagó una mierda. Una virgen vale una fortuna...
—Nadie es adivino, JAAD. Yo tenía doce años. ¿Cómo coño iba a saberlo? En ese momento pensé que era mucho dinero.
Cogió su mochilita y la abrazó como un salvavidas.
Pasaron dos, tres, cuatro minutos. No sé.
Imaginé que La Habana ya no era una ciudad sino un océano. Cada cual abrazaba lo que podía y se dejaba llevar por la corriente.
—¿Y qué pasó después con El Negro?
—Na’. Jineteé pa’ él casi dos años y siempre me daba una mierda.  Entonces le robé.
Recostó su cabeza en mi hombro.
Respiré otra vez su perfume.
Su olor a hembra joven.
Acaricié sus manos.
Sus pies desnudos.
Ella sonrió.
—JAAD, dime una cosa. ¿Tú me hubieras defendido cuando el Negro me picó la cara?
Traté de imaginarme al Negro.
Traté de imaginármela desnuda.
—¿Por qué no fuiste a la policía?
—¿Pa’ qué? No iba a resolver na’.
—¿Cómo que nada? Tú eres menor de edad. La policía iba a creer en ti.
—¿Qué hora es, JAAD?
—¿Por qué no fuiste con tus padres a la policía?
La chica bonsai se echó a reir.
—¿Qué padres, JAAD? Mi mamá es una borracha y vive en Ciego y a mi padre no lo veo desde los ocho años. ¿Qué podía hacer yo sola? El Negro conocía a una pila de policías. Si yo lo denunciaba no iba a pasar na’.
Toqué su vientre por encima de la ropa.
Quedó inmóvil.
—¿No te gustaría vivir de otra forma?
—¿De otra forma? ¿De qué forma, JAAD?
Me arrodillé frente a ella.
Acaricié sus hombros.
Ella reaccionó. Se erizó de pies a cabeza.
Busqué sus labios.
La besé con suavidad.
Un roce.
—Te puedo ayudar.
—Eso es lo que quiero que hagas. Ayúdame.
¿Conoces a alguien en la policía?
—Relájate. Eres inocente. Todo va a salir bien.
Se echó a reír.
—Los hombres siempre dicen lo mismo. To’ va a salir bien y después to’ es una mierda.
Me empujó y caí de nalgas.
—Cuando el italiano me fue a partir me dijo que to’ iba a salir bien. Y fue mentira. Me dolió y a nadie le importó.
—¿Te dolió mucho?
—¿Y a ti qué te importa, JAAD? Siempre duele. Pero después de to’ salí bien. No me dio golpes como le hicieron a Daymaris.
—¿Daymaris es la mulata que anda contigo?
—No. Esa es una comemierda. Daymaris es la prima de Kenia. La partieron a los trece, pero tuvo suerte. Le dieron cien fulas pa’ ella sola y después se empató con un español que vivía en Matanzas.
Tragué en seco. Necesitaba tomar ron.
—¿Cuándo vas a ver a tu amigo?
—¿A quién?
—A tu amigo el policía. ¿Tienes o no un amigo policía? ¿Tú no me estás engañando, JAAD?
—Rélajate. Duerme hasta mañana. Mañana vas a pensar con más claridad.
—¿Hasta mañana? ¿Qué estás diciendo, JAAD? Lo que le pagamos a la gorda es por tres horas.
Regresé a la ventana.
En la esquina de Cuba y Amargura los gatos merodeaban el basurero. Un viejo en muletas azoró a los animales y se sentó a comer los desperdicios.
—¿Por qué Jaime es diferente? Jaime y el Negro no son diferentes Sailín ¿entiendes? Todos los chulos son iguales.
—¡Qué importa eso ahora, JAAD!
—¿No quieres que te ayude? Te estoy ayudando. Dime, ¿por qué Jaime es diferente?
—Jaime nos busca hombres normales. Gente que no sea morbosa. Hay turistas que lo que quieren es que hagamos tortilla o que se la mamemos a un perro o quieren filmar una película porno. Los tipos que busca Jaime están en otra cuerda ¿entiendes? Vienen buscando pareja pa’ lago serio. Con Jaime tengo la oportunidad de conocer un yuma pa’ casarme y olvidarme de este país de mierda.
—¿Y dónde se quedó Jaime?
—No sé. La última vez que lo vi le estaba vendiendo ron y tabacos a unos franceses.
Me quedé en silencio.
—Tienes que ayudarme, JAAd.
—¿Ayudarte? ¿De qué forma te puedo ayudar? No vas a entender nada. Nada. Ni una palabra.
—Sí, JAAD, tú me puedes ayudar. Ve y habla con tu amigo.
Acaricié su mejilla y mis dedos delinearon sus labios y ella cerró los ojos y yo contuve la respiración y me pegué a su cuerpo y estaba fría y la besé en la boca.
—Si me ayudas te prometo una cosa.
—¿Qué cosa?
—Ya sabes, podemos echar un palo.
—¿Un palo?
—Sí, un palo. Pero uno solo. Te va a salir gratis.
—¿Siempre lo haces por dinero?
—Claro, JAAD. La vida está muy dura.
Me quedé contemplándola.
—Verte desnuda sería un sueño. Verte desnuda y hacerte el amor.
—Me da risa tu manera de hablar. Hacer el amor y echar un palo es lo mismo. Dime, ¿vas a ir a ver a tu amigo?
Contemplé sus teticas saltarinas y su cintura estrecha.
Sus nalgas compactas debajo del vestido.
Su abdomen sin una gota de grasa.
Y se quitó la blusa y acaricié su pelo y sonrió y cruzó los muslos para que yo viera su entrepierna y quedó inmóvil esperando una respuesta.
—Sí. Cuando salga de aquí voy a ver a mi amigo.
—Pero no me engañes, JAAD, que se lo digo a Jaime.
—No, no te engaño. Te lo prometo.
Me besó y me mordió los labios.
—Yo no hice na’. Soy inocente.
Nos besamos. Y toqué sus muslos y toqué entre sus muslos y nos besamos y la abracé y la volví a tocar y la abracé y nos besamos.
Me quité los pantalones y ella cogió mi cosa entre sus manos.
—¿De verdad que tienes a un amigo en la policía?
Estaba arrodillada frente a mí.
Me miró con picardía. Una mirada tan maliciosa en unos ojos tan ingenuos.
—Sí. Ya te dije que sí. Se llama Carlos. Capitán Carlos.
Y La chica bonsai abrió la boca.
Estuvimos tres horas sudando. Nos olvidamos del mundo y los turistas y de la esquina de Cuba y    Amargura y de los gatos vagabundos y los viejos pordioseros. Respiré el olor de la lluvia. Iba a llover.
Cuando terminamos la abracé.
Besé la cicatriz.
Besé sus pies.
Ella se reía. Nunca había visto un hombre besándole los pies a una mujer.
Le canté una canción y me dijo payaso. Se burló de mis idioteces.
Rompió a llover y me recordó que tenía que ayudarla, que no la engañara, que Jaime no es fácil, hombre a tó’, te raja la cabeza y te corta la cara y le canté otra canción y llovió mucho, muchísimo. Casi una tormenta.
Desde la cama y a través de la ventana miré al cielo. Sailín se había dormido.
Imaginé que un platillo volador me recogía para largarme de este planeta.
A lo lejos escuché una sirena.
Me vestí en silencio.
Recogí mis documentos y las llaves.
No tenía un centavo. Recordé que estaba liquidado.
Abrí su bolso.
Preservativos. Pintalabios rojo. Un cepillo. Veinte dólares.
También una muñeca. Pequeña. De ojos azules.
No cogí el dinero.
Escuché la sirena más cerca.
Bajé las escaleras pensando que la buena suerte dura poco en cualquier parte del mundo.
Salí a la calle. Todavía estaba lloviendo.

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Este texto pertenece al volumen de cuentos Adiós a las almas. Revista Corónica lo reproduce con autorización de su autor.

Imagen: Alexander Deineka

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