El mar se fue a dormir con las palomas

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Javier Zamudio*

Luis soltó el libro empezado una semana atrás, una colección de cuentos de Cortázar, y miró a su madre, quien con manos temblorosas lavaba el pescuezo de un pollo para hacer una sopa; quitaba algunas plumas, cortaba la piel y pasaba los dedos sobre unos ojos acristalados mientras dejaba el agua correr. Se fijó en los pies hinchados y en las varices que ascendían desde los talones buscando los muslos. Las piernas de su madre parecían un mapa surcado por diferentes ríos a punto de desbordarse.

Abrió la boca con la intención de decir algo, pero se contuvo. Algunas prendas de ropa se escurrían de una maleta ubicada cerca de la cama; varios papeles descansaban sobre el cristal agrietado de la mesa de café. Una fotografía de su padre estaba pegada en uno de ellos. Había sido un hombre esbelto, cabellera abundante y unos ojos negros perforados por un brillo diminuto. Lo extrañó.
Se acercó a la maleta, buscó una chaqueta y, luego de ponérsela, se dirigió a la puerta principal.
“Voy a la librería”, dijo antes de abandonar el apartamento.

Se plantó frente a la entrada, en un corredor perfumado con lavanda, y agachó la cabeza para comprobar si su pantalón estaba limpio. Se sintió ridículo, preocupándose por algo que no tenía importancia. Giró el rostro, deteniéndose en la cerradura, a punto de arrepentirse, y esperando el grito de su madre en el que le decía que no demorase. Pero el grito no llegó. Volvió la vista al corredor y avanzó hacia la puerta que conducía a la calle.

Salió. Miró a dos mujeres que cruzaban. Una de ellas le devolvió la mirada. Luis no supo si interpretar aquello como una provocación, pero no hizo el menor intento de averiguarlo. No tenía más que una moneda en los bolsillos y sus zapatos mostraban una boca abierta a un costado, que parecía tragar polvo con gusto.

Empezó a caminar. No recordaba cuánto tiempo llevaba en Quito, pero lo que conocía se reducía a un tramo de la avenida Amazonas que empezaba en la Cristóbal Colón y terminaba en el parque El Ejido, y varias calles con una arquitectura entre colonial y contemporánea, cuyos nombres no sabía de memoria, pero iba leyendo a medida que caminaba: General Robles, Ulpiano Páez, 9 de octubre.
Entró a un restaurante y pidió un café. Esculcó sus bolsillos y sacó la moneda que tenía: un dólar que había robado a su madre. Le sirvió una mujer menuda con la cara redonda; cargaba un niño a la espalda. Pagó y bebió el café tratando de demorarlo, sentado en una butaca solitaria que había en la calle y mientras miraba un cielo demasiado azul para ser el cielo. “El mar se fue a dormir con las palomas”, dijo en voz alta. Se le ocurrió así, de la nada, que se volvería escritor y pareció tan cierto que no pudo ocultar el deseo de sonreír.

El restaurante estaba a un costado de la iglesia de Santa Teresita y, además de comida, vendía velones, estatuillas de la virgen y escapularios. La dueña se sentó detrás de una vitrina y contempló, a través de un espejo redondo que colgaba en la entrada, el rostro de Luis: sus ojos persistían sobre aquella piel tiznada y agrietada; los dedos cruzados alrededor de la taza y una sonrisa que había aparecido sin aparente motivación.

Luis terminó el café y se puso de pie. Sintió dolor en la rodilla derecha y, cojeando un poco, se aproximó a la vitrina para pedir el cambio a la mujer. Ella le pasó una moneda de cincuenta centavos. El niño estaba sobre la vitrina. Luis lo miró con ternura y pensó que tenía suerte de estar en Quito. Su padre no había llegado tan lejos.

“Gracias”, dijo. Esbozó una sonrisa al niño y continuó caminando. Se sorprendió de aquella cojera. No recordaba estar enfermo de una pierna. El dolor se le presentaba como una novedad. Miró las paredes grises de la iglesia e imaginó que él, Luis Carlos Beltrán, escribía un libro determinante desde el exilio. Permaneció congelado, sintiendo el frío subir por las uñas de sus dedos, encumbrarse silencioso por su piel ajada, dejándole una sensación dolorosa en los huesos. Cruzó los brazos en el pecho, antes de seguir su camino, sin quitar los ojos de la enorme cruz que parecía rasgar aquel mar dormido, donde las nubes eran la espuma de un oleaje triste. Reanudó su marcha, imaginando, todavía, el gran libro que escribiría. “Me cambiará la vida”, susurró convencido de que sería un libro importante, capaz de llamar la atención de cualquier lector. “Cien años de soledad le quedará pendejo”, volvió a susurrar con timidez, mirando a todos lados, como si estuviese mentando el nombre de Dios en vano.

Se detuvo en la avenida Amazonas, echó un vistazo en ambas direcciones, aguardando el momento oportuno para cruzar. Los carros adelantaban a toda velocidad y dejaban un ruido que explotaba en sus oídos. El dolor se había intensificado, sintiendo una aguja clavada en la rodilla que iba perforando más a cada paso. Agachó la cabeza para mirar su pierna, estiró la mano derecha y la apretó. Los dedos le temblaban. Cuando apretaba, el dolor aumentaba irradiándose hasta la ingle. De repente, como si fuera un sueño, llegó un recuerdo: en un trayecto nocturno desde la cama al baño se había estrellado con una silla. Había escuchado el lamento de su rodilla al chocar: un crujido que le expulsó un grito del pecho como si se tratase de un demonio. ¿Dónde estaba su madre durante aquel accidente? ¿Por qué no se había despertado? Se preguntó mientras dudaba del recuerdo. Sin embargo, la noche aparecía completa en su memoria: la ausencia de luz que había participado en aquella trampa para dejar fuera de combate a su rodilla. La fragancia del incienso: un olor penetrante a canela escurriéndose desde el apartamento vecino, donde vivía un venezolano, hasta la cama que compartía con su madre. “Tiene que ser un recuerdo”, pensó sintiendo otra vez el frío de aquella noche en las plantas de los pies. 
 
Una mano apretó su brazo izquierdo, regresándolo a la avenida.

“¿Le ayudo a cruzar?”

Se desprendió con violencia y giró el rostro buscando a quién había pronunciado esas palabras, pero no encontró a nadie. La mujer, que había agarrado su brazo, se alejaba con indiferencia. Pensó en ir tras ella e increparla, pero el dolor en la rodilla se lo impidió. Cruzó la avenida despacio, cobijado por las bocinas de varios vehículos, y avanzó por la otra acera en dirección a la librería Círculo de Lectores. Era la tercera vez durante esa semana que hacía el mismo recorrido para ver el libro que quería robar.

Guardó las manos en los bolsillos de la chaqueta y aceleró el paso sin preocuparse por el dolor. Avanzaba repitiéndose a sí mismo que éste sólo podía existir en su mente. Si lograba olvidarlo, podría sustraerlo del mundo. Imaginó, entonces, que empezaba a restar cosas en su memoria y que después de olvidadas, éstas iban abandonando la realidad. “Puedo incluir esto en el libro que voy a escribir. Puede ser la historia de un hombre que va olvidando el mundo que lo rodea y éste va desapareciendo. Mucho mejor que el Realismo Mágico”, se dijo en el mismo instante en que se detenía para ver el libro en la vitrina de la librería.

Entró, una mujer lo saludó con efusividad, le pidió la chaqueta y le preguntó si deseaba un café. Adentro hacía un calor agradable. Luis se dejó quitar la chaqueta y se sentó en un sofá de cuero, donde un joven leía. 

“Sin azúcar, como le gusta”, dijo la mujer pasándole la taza.

Bebió la taza. El joven había dejado el libro sobre una pequeña mesa y, dando la espalda a la sección de Psicología, empezó a hablar de una novela que estaba escribiendo.

Luis lo oyó atento, pensando en que un día ese muchacho estaría comprando su gran libro escrito desde el exilio, el retrato de ese hombre perdido en una geografía extraña, mordido por el fantasma del olvido, reinventándose a través de calles coloniales que olían a indios muertos. Restando, por supuesto, el mundo en su memoria y fuera de ella. Igual que un dios escapado del Olimpo, pensó.
Cuando el muchacho se calló, le entregó la taza a la vendedora y se puso de pie, omitiendo cualquier juicio sobre el proyecto de novela. El dolor de rodilla, que había olvidado, regresó con ímpetu, obligándolo a cojear y a caminar más despacio. Avanzó por el corredor de Psicología, sintiendo la mirada de la mujer en su espalda. Oyó una voz:

“¿Busca algo en particular, don Luis?”

Oír su nombre, lo estremeció. Negó con un movimiento de la cabeza, sin voltearse, y continuó avanzando. Se detuvo un minuto frente a la colección de Filosofía y se preguntó en qué circunstancias había dado su nombre a esa mujer. Se imaginó a sí mismo preguntando por un libro y añadiendo: “Mi nombre es Luis, si le llega por favor guárdemelo”. Esta explicación lo dejó satisfecho, continuó su camino, cruzando la sección de Filosofía para entrar en un corredor amplio, cercado por dos bibliotecas, donde se apilaban los libros de literatura. Desde allí se podía observar una pequeña mesa que exhibía algunos clásicos, en la mitad estaba el objeto de su deseo.
Se aproximó a la mesa, agarró el libro y, después de comprobar que nadie lo vigilaba, intentó meterlo entre sus pantalones, pero era imposible guardarlo y salir sin ser descubierto. Desistió y se acercó a la caja.

“Me gustaría llevar este libro”, dijo, “pero he dejado la billetera en casa”. Abandonó el libro sobre una barra de madera y empezó a palparse los bolsillos.

“No hay problema”, dijo la mujer, “puede llevarlo señor, Luis, se lo obsequiamos”.

La mujer empacó el libro en una bolsa y se lo ofreció endulzado con una sonrisa. Luis lo agarró y salió de la tienda, atónito por lo que había pasado. El joven, que había escuchado en la librería, salió detrás de él y caminó a su lado. “¿Puedo preguntarle algo?”. Luis estaba de muy buen humor, se detuvo y asintió en silencio. “¿Es verdad que en noviembre saldrá otra novela?”. Luis no entendió la pregunta, subió los hombros y añadió: “Pronto escribiré una obra maestra”. Se despidió del joven de un apretón de manos y se dirigió a su apartamento.

Imaginó la sopa de pollo de su madre servida sobre el mesón de la cocina. Metió la llave en la cerradura y entró al corredor del edificio. Lo atravesó mientras sonreía pensando en el libro conseguido. Guardaría el tomo de Cortázar y, después de almorzar, se sentaría en el sofá a leer el resto de la tarde. Abrió la puerta del apartamento y entró. Llamó a su madre a gritos. Se acercó a la cocina y contempló el fregadero vacío, con polvo acumulado en las esquinas. En la mesa vio una foto de su madre: una lámina amarillenta con los bordes resquebrajados. “Habrá salido”, dijo sentándose en el sofá, quitando el libro de Cortázar y abriendo el nuevo. En la contraportada estaba la fotografía de un escritor colombiano, el cabello grisáceo, la piel agrietada. Un nombre que venía a su mente como un sueño. Alzó el rostro tratando de recordar dónde había escuchado ese nombre, le parecía que en boca de su madre. Miró hacia el cuarto sin encontrar un rastro de ella, ni sus viejas sandalias, ni alguno de sus vestidos. “Habrá que esperar a que llegue”, pensó.


*Narrador caleño radicado en Santa Marta.

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