AVANCES, AUTORES, FICCIÓN, NUEVAS VOCES

Cazadores de Sonidos, por Ricardo Abdahllah

Ricardo Abdahllah obtuvo en 2013 el Premio Nacional de Cuento que otorga la Universidad de Antioquia por el conjunto de relatos LADO B, El sol es siempre igual. Revista Corónica presenta en esta entrega Cazadores de sonidos que hace parte de esa colección. La ilustración especial es de Andrés Espinosa.




a Rapunzel Simbaqueba
Toda colección aspira al infinito,
Filemón de Sausage- De collectis autem et infinitum
Angélica giró sobre sí misma para acercar la grabadora al altavoz en el techo del vagón. Los pasajeros la miraron como si estuviera loca. No es que faltaran locos en el metro (cada pasajero hacía su inventario: los que hablaban solos, los clochards- que hablaban solos-, los miembros de la Iglesia del Reino-que hablaban solos, también) pero llamaba la atención que un loco, una loca en este caso, llevara una grabadora. El anuncio sonó justo después de que Angélica Gallego oprimiera el botón. La voz de la grabación, la grabación que Angélica grababa en su grabadora, anunció que el metro iba a partir, lo que todos los pasajeros sabían y a ninguno le importaba. ¿Qué otra cosa podía pasar? Los metros siempre parten. Angélica oprimió el botón de pausa, luego el de stop.
“Perfecto” dijo y nos quedamos callados mientras el metro dejaba atrás los andenes de la estación Gallieni. Pasa que todos los sonidos, no sólo los del metro, están anunciados por la ruptura del silencio y ese no-silencio antes del sonido dura lo suficiente como para oprimir el botón de ‘ • REC’ pero no para suspender una conversación (callarse toma un instante) y luego oprimir el botón. Por estar hablando de cualquier cosa – muy posiblemente de los trámites en la Prefectura-  habíamos perdido un “A partir del próximo mes, la RATP lo invita a utilizar la nueva estación Olympiades”. Un anuncio con ese lado efímero que lo hacía una joya. Cuando inauguraran la estación, sería imposible que alguien dijera ‘el próximo mes’. Aunque esa tarde registramos todas las grabaciones programadas de la Línea 14, incluyendo las célebres ‘Bajada por el lado izquierdo’ y ‘Terminal, se invita a todos los pasajeros a bajar’ en sus versiones estación Bibliothèque Nationale y estación Saint Lazare, el anuncio de la futura estación Olympiades se había quedado en el limbo de los sonidos que nunca serán grabados.
De eso seguíamos hablando el domingo siguiente al subir al metro en Gallieni. Terminaba la tarde y en la mañana habíamos estado en la Línea 1, que los fines de semana estaba llena de turistas y, siguiendo alguna consigna verbal que nadie reconocería, los conductores eran más generosos en sus explicaciones. Dos momentos memorables de ese día: A mediodía, en Louvre-Rivoli el conductor deseó a quienes bajaban en la estación Palais Royal–Musée du Louvre una placentera visita a “la Gioconda, la Venus de Milo y demás obras maestras del arte francés”. Luego, a eso de las dos, en Bastille cuando después de la grabación que decía “Cuidado con el escalón al bajar del tren” el conductor imitó la voz femenina del anuncio para completar  “No queremos que a alguien le ocurra lo que a la señora en patines de la semana pasada”.
“El tipo de Bastille era un poeta” dijo Angélica cuando luego de grabar los anuncios de todas las paradas de la línea bajamos en Tullieries “Deberían incluirlo en una colección de ‘Poetas espontáneos de la RATP'”

Varios momentos serían candidatos para esa hipotética antología del servicio de transportes. En nuestras horas vividas en el metro habíamos encontrado que además de poetas, el equipo de conductores incluía filósofos (‘El tiempo siempre transcurre rápido, lo que es inútil para algo tan circular’, Línea 2, Ternes).
Sería una buena idea, una antología de sonidos. Sólo que nadie se tomaría el trabajo de hacerlo. Eso le dije, que nadie se tomaría el trabajo.
Imagino lo que ocurrió luego de que al final de ese largo domingo de grabaciones nos despedimos en Châtelet, que es la estación donde todo mundo se despide. Ella tomó la Línea 7 hasta Place d'Italie. Cambió a la 6, bajó en Nationale y caminó hacía el edificio HLMesco donde vivía en la rue Xantrailles. Yo subí a pie por la rue Saint Denis y luego por la rue du Faubourg Saint Denis.
Mientras Angélica ya entraba a su casa, miraba en el buzón para saber si había llegado la nueva cita en la prefectura y luego en su cuarto para saber si su novio, un tipo que se llamaba Mendes, había cambiado de opinión y regresado. Luego peleaba con el libro que no se dejaba leer y la tesis que no se dejaba escribir. Yo peleaba conmigo porque no encontraba mi llave y tenía que entrar tras el periodista Giraud que venía con su hermano policía y dejaba la puerta abierta para una putica y su cliente que buscaban un patio para meterse y ella (Angélica, no la puta) ya estaba tomándose un té de algo mientras yo maldecía que no hubiera sopa de sobre en mi alacena y me resignaba a un café, negro y sin azúcar convertido en carajillo con un chorrito de vino, y ella pensaba “¿Cómo hacer una antología de sonidos del metro?” y yo cenaba media baguette con nutella y me acostaba a dormir porque los lunes tenía que trabajar y ella entraba a Internet en busca de ideas y buscaba y buscaba y hacia las tres de la mañana encontraba la página de la Policía del Sonido, levantaba el teléfono y marcaba a mi casa y yo saltaba pensando que el ejército (napoleónico) tomaba por asalto el edificio o los CRS nos allanaban porque habían descubierto un albergue de trabajadores ilegales o a un anciano maniático que mantenía una familia judía protegida en la cava sin decirles que ya había terminado la Segunda Guerra Mundial o los LePen se habían tomado el poder y habían anulado todos los titres de séjour de todos los extranjeros o yo había ganado algún premio a los clientes frecuentes de las marcas de precios bajos en Ed.
Pero era Angélica, indignada porque alguien no sólo estaba cazando sonidos en el metro sino que los tenía bien clasificados en Internet.
 “Tienes que verlo, Humboldt” dijo.
Verlo era fácil para ella, sólo tenía que girar la cabeza hacia la pantalla del computador que tenía enfrente. Para mí, que con todo y que me había venido a estudiar sistemas no tenía Internet, significaba salir de mi casa, caminar hasta Sebastopol y tomar el bus nocturno hasta Gare de Lyon, y allí esperar la línea que iba hacia Cesson-la-Forêt si es que todavía pasaba a esa hora y caminar por toda Tolbiac hasta la rue Xantrailles.
Eso era exactamente lo que Angélica esperaba que yo hiciera. Eso fue exactamente lo que hice.
Angélica me esperaba con un pocillo de té que fue una gentileza de su parte considerando que ella estaba tan histérica como yo congelado. Me puso el pocillo en las manos. Quemaba. Lo coloqué disimuladamente sobre la mesa para no molestarla.  Tenía su computador portátil sobre la mesa del comedor.
“Mira esto” dijo.
La página que aparecía bajo la dirección www.policedessons.com era una preciosidad. Angélica, por supuesto, no lo reconocería y a la hora de hacer sus críticas, comenzó por el nombre, que le sonaba de derecha. Luego me señaló la fotografía principal, que debía servir como presentación. Era una mano, de mujer sin duda, sosteniendo una grabadora digital. “Graban en MP3 los malditos” dijo.
Grababan en MP3 los malditos, pero eso no era lo peor. Lo peor (y Angélica lo sabía y no iba a decírselo) era que la colección de sonidos era dos veces más grande que la nuestra y cuarenta veces más organizada. Los agentes de la Policía del Sonido, así se hacían llamar, clasificaban sus archivos con vocación de botánico doctorado en taxología y postdoctorado en sicorigidez. Desde “Anuncios de tráfico interrumpido por razones técnicas”, pasando por “Campanillas por línea” hasta “Sonidos de rieles”, cada categoría, por supuesto, estaba subdividida.
Entré a “Sonidos de rieles/Arranque y parada”. Allí había enlaces para escuchar y descargar archivos sonoros de cada una de las dieciséis líneas del metro, para algunas se incluían muestras de diferentes paradas. Al lado de eso, los archivos que habíamos estado acumulando era más o menos un costalado de ruidos.
Pero no se lo dije, le dije que era cuestión de organizar un poco lo que teníamos. Angélica había estado todo el tiempo mirándome con los brazos cruzados. El resplandor de la pantalla alcanzaba a iluminarme pero no a ella, lo que le daba el aire de una estatua colocada en el punto exacto de una caverna donde la luz decide que es demasiado peligroso seguir adelante.
“No es todo” dijo “haz clic donde dice ‘El Futuro del Metro’”
No necesitaba hacer clic, la palabra “futuro”, me indicaba el resto. Allí estaba el anuncio de la apertura de la estación “Olympiades”, exactamente igual al que nosotros no habíamos grabado.
“Son una pandilla. No. Un Cartel. Deben estar por todos lados con sus grabadoras MP3 y pasar toda la noche puliendo la página de Internet”.
Angélica tenía razón, cada sección tenía su espacio para comentarios de los lectores y todos los comentarios alababan la elegancia de la presentación y el rigor de la clasificación. Angélica preguntó si yo creía que era fácil montar una página como esa. Le dije que montar páginas de Internet no debía ser muy difícil porque todo mundo tenía una. “Tú sabes de computadores. Desde el colegio eras bueno ¿Serías capaz de montar una página como esa?” dijo. Así , con el como esa  en cursiva. Ese fue su primer empujón al tren de consecuencias. Respondí con toda honestidad que no, pero que podría conseguir un ayudante.
Que Angélica dijera que no le importara si había que pagar, no quería decir que tuviera dinero de sobra. Nadie tiene dinero de sobra en París. Ella había tenido que cuidar niños y gatos y dictar clases de español y salsa siendo experta en lo primero y nula en lo segundo. Lo que quería decir era que realmente no le importaba pagar. Esa madrugada me dio todas las cintas que habíamos grabado. Mi misión, ya que no tenía otra alternativa que aceptarla, era digitalizarlas y poner todos los archivos en Internet. No contraté un asistente, suficiente tenía Angélica con conseguir el dinero para pagar el arriendo y eso que, aun luego de que se fuera Mendes, pagaba menos y vivía mejor que yo. Como Angélica no quería que me distrajera durante las dos semanas que duré montando la página, me llevó todos los días provisiones que yo no podría comprarme y la mitad de los días cocinó en mi casa. Le salía bien la paella en lata marca Eurito Feliz - € :) - La tarde que la página estuvo lista, Angélica había preparado paella. “Ahora esperemos las visitas” dije.
Nuestra dirección era www.leschasseursdessons.com. Confiábamos en que las secciones “Poetas del Subterráneo” y “Humor Sobre Rieles”, con enlaces muy visibles en la página de inicio, serían suficientemente atractivas como para que nuestros visitantes las recomendaran a sus conocidos. Esa noche Angélica destapó una de esas botellitas de vinos casi transparentes que venden en Nicolas. La había comprado siglos atrás para la ocasión especial que aparentemente había llegado.
“La siguiente botella será cuando tengamos más visitas que la competencia” dijo.
Angélica estaba pensando en términos empresariales.
*
Las visitas llegaron, también los comentarios. Como Angélica recuperó su computador portátil cuando la página estuvo lista y me dejó sin Internet, yo pasaba cada tarde por un taxiphone en el Passage du Prado y le pedía diez minutos baratos de conexión al tipo que atendía para escribirle a mi familia y  mirar cómo iban nuestra página y la de la competencia. El tipo se llamaba Said y siempre me los dejaba gratis. Nos habíamos hecho amigos cuando le conté que mi papá, antes de retirarse del ejército, había estado en el Sinaí.
Esa historia le encantaba, qué carajos hacía el ejército colombiano en el Sinaí.
“Los envían a comprar papiros. Un año para que compren los mejores” dije y era cierto.
Angélica, que también era hija de un suboficial  y por eso nos habíamos conocido desde el colegio, no miraba en cambio la página de los Policías del Sonido. Asomarse al sitio de la competencia fue una tentación que resistió hasta que un comentario en nuestra página, un comentario que hablaba de la grabación de Olympiades, la hizo decidirse. Mi teléfono sonó a las tres de la mañana. Esta vez no imaginé una irrupción imperial, un golpe de estado o un premio de supermercado. Estaba seguro que era Angélica y por eso no contesté ninguna de las ocho llamadas consecutivas. Lo primero que hice al día siguiente fue llamarla, sabía que iba a decir “Tienes que ver esto”.
Pero lo que dijo fue “Estoy en Gare de Lyon. Te espero en cinco minutos”
La encontré en el Bonne Journée de la gare frente a cuatro pocillos vacíos de café. Había estado allí parada con la grabadora en la mano desde antes que saliera el primer metro.
“Tienen en su página una nueva versión del anuncio de Olympiades, pero con voz femenina. Todos los comentarios dicen que es un hallazgo, que la competencia, es decir, nosotros, jamás podríamos conseguir algo así”.
Angélica se aferraba a la grabadora como si su mano se hubiera petrificado a medio camino del botón de ‘• REC’.
“Aunque pasemos todo el día aquí, vamos a conseguir esa grabación” dijo.
Aunque pasamos todo el día allí no la conseguimos. En cambio pedimos tanto café que las existencias de Bonne Journée para el día siguiente se vieron seriamente comprometidas y algún operario de la gare lo notó. Cuando escuchamos el sonido un poco ridículo que precede a los anuncios, Angélica hundió hasta el fondo el botón de grabar. Los dos pensamos en el anuncio de Olympiades, pero lo que siguió fue mejor.
“La RATP le recuerda a nuestros queridos consumidores masivos de café que la gente de París querrá algo de beber mañana para acompañar el pan de chocolate con el que iniciarán el día”.
El gesto de Angélica al presionar “STOP” fue heroico. Apretó los dientes con esa particular sonrisa de labios cerrados que tienen los vencedores.
Tuvimos una buena semana. Aunque nunca superamos en visitas a la página de la competencia (yo ya la llamaba así, “la competencia”) y la segunda botella de vino semitransparente seguía cerrada, nuestras visitas iban en aumento y dos o tres comentarios nos declaraban superiores. En nuestra colección habíamos incluido un conductor que había rapeado acerca de un problema de tráfico y un frenazo de emergencia en Porte de Vanves cuando un trozo de concreto dejado allí por un grupo de anarco-automistas había bloqueado la vía. Angélica y yo estábamos juntos cuando lo de Porte de Vanves, también estábamos juntos en Montparnasse cuando una dama anunció en los altoparlantes “Se ha perdido un perro de raza poodle. Se ruega a las personas que lo vean comunicarse con el más cercano agente del equipo de la RATP”.
“Te imaginas si el perro estuviera en las vías” dijo Angélica “esa sería una grabación”. “Sería una grabación cruel sobre todo”
Discutimos el tema hasta la parada de La Fourche. Angélica alegaba que no había dicho en serio lo del perrito, pero yo no acababa de creerle y no le creí hasta que me juró que no habría grabaciones de anuncios de accidentes en nuestras páginas. Regresando esa tarde en la Línea C del RER, nos detuvimos en la estación Pont de l’Alma. Angélica siempre tenía el dedo sobre el botón de la grabadora y había desarrollado un cierto movimiento reflejo que siguió cuando el tren apenas arrancando frenó de repente. Hubo un silencio cortísimo, antes de que el conductor anunciara:

“El tráfico será interrumpido debido a la presencia de un idiota sobre las vías”
Luego bajó del tren y caminó a grandes pasos por los rieles los veinte metros que separaban a la locomotora del idiota, a quien sería más políticamente correcto llamar “hombre triste”, o hasta “pequeño hombre triste”, porque era bajito y caminaba mirando al piso con lo que parecía uno de esos blocs de dibujante. Tenía un mechón blanco en medio del pelo. El conductor, que al contrario era enorme, lo izó por la camisa para subirlo al andén. El idiota no dijo nada. Se sentó en el suelo con los ojos como si fuera a llorar aunque de lejos se le notara que ese “casi llorar” era su estado natural. Desde allí miró al conductor subir a la cabina y arrancar de nuevo.

“A su izquierda pueden ver al individuo que hoy nos ha retrasado” dijo el conductor antes de continuar camino hacia Invalides.
Angélica lo había grabado todo. Tuve que obligarla a aflojar los dientes, porque había un problema. Dos. El primero era que horas antes, Angélica había aceptado no dar campo a la tragedia y aunque el tren no le hubiera pasado por encima al idiota, un hombre que camina por las vías lleva ya ese aire de lo trágico. La segunda es que todo el incidente había ocurrido en el RER y no en el metro. Y no era lo mismo. En nuestra página y en la de nuestra competencia estaba claro que los sonidos serían du métro y no de los trenes suburbanos.
“Podemos cambiar eso” dijo ella cuando le desbaraté sus intenciones. Sus ojos, por ese ‘casi llorar’ se parecían a los del idiota.
Podíamos cambiarlo, claro, pero decir “sonidos del RER” quería decir extender nuestro objetivo hasta 100 kilómetros de París, incluir las gares de las ciudades pequeñas y pagar un montón de dinero extra en tiquetes o en pase NaviGo.
“…súmale que para ir y volver de lugares como Montereau-Fault-Yonne o Auvers-sur-Oise no hay más de cuatro trenes por día…” dije aunque no tuviera ni idea y con seguridad exageraba.
Era definitivo, Angélica iba a llorar si antes no le sangraba el labio por la fuerza con la que se lo estaba mordiendo.
 “…súmale que ellos son más y si empezamos con los RER van a reclutar más gente y vamos a terminar metiendo en esto a los buses y a los tranvías y las bicicletas públicas si es que algún día terminan de implementarlas”
“Podríamos decir que el incidente ocurrió en el metro. La situación tiene ese aire de las cosas que pasan en la Línea 4” dijo Angélica
Podríamos, pero no sería honesto, de ahí a empezar a grabar en casa y hacer ruidos con las ollas había un paso. Su “está bien” final lo gritó en Gare de Austerlitz, pero en Austerlitz fue también donde vimos que con motivo de no me acuerdo qué ocasión especial la RATP había decidido que ese fin de semana utilizaría en la Línea 10 uno de los trenes antiguos que guardaba en sus garajes. Todo debía sonar diferente en ese tren, desde las puertas al cerrarse y la campanita al arrancar hasta el aire en los túneles y las voces de los pasajeros, que, como se sabe, cambian según la línea en la que viajan.
Sobre todo, teníamos la posibilidad de adelantarnos.
Eso dijo Angélica, que la posibilidad de prepararnos para los sonidos, más allá de la mínima anticipación que suponía la ruptura del silencio, era todo lo que podíamos pedir.
“Todo” repitió ella. El último sonido que grabamos esa noche, fue en cambio, un regalo inesperado justo antes de la hora de cierre en Pelleport.
“El servicio ha terminado. Solicitamos a las personas que aún se encuentran en las vías alejarse del borde del andén. El tren de mantenimiento pasará en diez minutos”.
El tren de mantenimiento pasó ocho minutos después. Imprevisible a pesar del anuncio. Primero un silbido de medio segundo y luego, de la nada (aunque en un túnel todos los trenes aparecen de la nada) una locomotora inmensa con tres docenas de vagones que transportaban rocas y maquinaria. Un ruido que hacía vibrar toda la estación como si la ciudad allá arriba fuera a desbaratarse. El ejército napoleónico. Las tres generaciones de los LePen. La caballería de los Hunos.
*
Dos días después grabamos un  irlandés tunecino cantando en Arts et Métiers que a pesar de que el tipo dijera que era “traductor sin dinero y no cantante” terminó siendo el sonido más escuchado de la semana, pero la Policía del Sonido subió un buen imitador de Victor Daville, un mimo que se burlaba de los transeúntes y un improvisado jam durante una parada en Château Rouge. La grabación se titulaba “Live au Métro” y comenzaba con el conductor anunciando que el servicio se detenía por unos momentos. Luego, un dúo probablemente marroquí empezaba a tocar gumbis y tamboras y dos músicos que viajaban en otro vagón se les unían con un violín y una guitarra eléctrica mientras los pasajeros llevaban el ritmo con las palmas de sus manos.
No había mucho que pudiera hacer para animar a Angélica. Aunque le insistí en que subiera la grabación “Tren de mantenimiento” de Pelleport, Angélica ya había decidido que subiríamos el archivo de “El Idiota” y lo marcáramos como ocurrido en Château d’Eau. La competencia respondió con sonidos de los africanos de Château d’Eau gritándose de un lado a otro de los andenes. El hecho de que hubieran respondido con audio de la misma estación me pareció una señal (un guiño, o eso vi yo), de que dudaban de la autenticidad de nuestra grabación.
Para el evento del sábado siguiente Angélica consiguió una segunda grabadora y fue marcial en sus instrucciones. Ese fue el primer día que le noté las ojeras. Había pasado toda la noche planeando cómo íbamos a distribuirnos al trabajo durante el día para superar en el “cubrimiento” (palabra suya, por supuesto) a la competencia.
“Estás loca” dije.
“No estoy loca: alguien tiene que grabar el ruido del metro viejo en los túneles. Es seguro que los Policías del Sonido no van a hacerlo”.
Contra mi voluntad y tratando de que nadie me viera, bajé a los rieles en Chardon Lagache. No fue fácil porque la estación estaba llena de personas que querían montar en el metro antiguo. Entre ellos estaba Angélica con su grabadora. Terminé por esconderme en uno de esos nichos de los túneles que creo sólo sirven para que si alguien baja a los rieles a grabar sonidos no termine viajando en pedacitos los últimos segundo de su vida. El viejo tren se anunció con mucha anticipación y cuando pasó a centímetros de mi nariz, vi a Angélica hasta que el último vagón giró para no verse más. Lo grabé todo y justo en el momento en que detuve la grabación, le pregunté a la mujer que me miraba desde el otro lado de las vías qué diablos estaba haciendo en los túneles del metro.
“Grabando” contestó ella antes de cerrar la boca de golpe con el gesto exacto de una niña que sin querer acaba de confesar que la desaparición del postre se debe a ella y a no a un oso pardo o un platillo volador.
Atravesé el túnel en tres pasos y tomé por la muñeca la mano que en la fotografía de la página de Internet sostenía la misma grabadora que sostenía en ese momento. Frente a mí tenía a la comandante en jefe de la Policía del Sonido. Fui rudo, pero es cierto también que si no hubiera sido yo sino Angélica la que la hubiera encontrado, le habría llenado la boca con tiquetes de metro hasta asfixiarla. En la noche lanzó una sonrisa enorme cuando le dije que había obligado a FátimaJustine, ese era su nombre, a borrar las grabaciones de los túneles “Yo le hubiera llenado las orejas con tiquetes de metro” dijo.
En efecto.
“Habrá que ver qué hicieron los demás de su banda” dijo.
Lo bueno era que no habría nada en la página de los Policías, que los Cazadores tendríamos la “exclusividad” (ahora yo utilizaba palabras como las que ella usaba ) del ía que la RATP había sacado el más viejo de sus trenes. Angélica sonrió otra vez.
“Lo malo” dije “es que no hay otros,  Fátima-Justine hace todo el trabajo. Es ella la que graba, la que edita y la que hace la página”
Toda victoria es imperfecta (lo que está bastante mal), pero es una victoria (lo que está bastante bien). Durante la siguiente semana, Angélica comprobó una y otra vez que no sólo Fátima-Justine (ya era Fátima-Justine en singular, no la Policía del Sonido como institución) no subió ningún archivo de la exhibición del metro antiguo, sino que ni siquiera mencionó el evento; pero a la felicidad de Angélica, que debía haber sido redonda como es la felicidad perfecta, le aparecían esquinas cuando recordaba que Fátima-Justine sostenía sola una página en Internet mejor, y de lejos, que la nuestra, cuya existencia a lo mejor ni siquiera se imaginaba.
O eso pensábamos, porque el domingo siguiente nos dejó un comentario, firmado F-J. L.(PdS), que decía “En mi página a las tres treinta de la mañana”.
Era obvio que Fátima-Justine había escogido la hora para que Angélica pasara la noche sin dormir y a pesar de eso la torturó por seis horas extras que Angélica pasó haciendo clic cada treinta segundos sobre el botón de “Actualizar” de la página de la Policía del Sonido y clavando las uñas en el teclado. A las diez menos veinte apareció el enlace a la nueva joya de Fátima-Justine. El título era “Fuego”. Angélica había esperado toda la noche y la mitad de la mañana por ese momento pero dudaba en abrir el enlace. Miraba la pantalla y luego a mí, esperando la orden que le di cuando me di cuenta que se estaba poniendo pálida.
“¡Ábrelo, Angélica Gallego!” grité.
Mi grito había creado un silencio enorme. Clic.
Al final de esa tarde pensé en eso, en los clics que siguieron al de Angélica por toda París (por toda Île de France, por toda la gloriosa Europa unificada). Los clicks que hacían los fanáticos de los sonidos del metro parisino, esa multitud que Fátima-Justine y Angélica y yo habíamos despertado, para elogiar la grabación de una emergencia por incendio en Maraichers, editada como un documental sonoro. Primero los ruidos normales de la estación, luego la alarma, las instrucciones de un funcionario diciendo “Les sugerimos no alarmarse” y la gente corriendo alarmada. Angélica escuchó cinco veces seguidas la grabación. En la última cerró los ojos. Dos segundos antes de que dijera “Esto es guerra” pensé que con toda la calma del guerrero, eso que llaman “magnanimidad” pero quiere decir lo contrario, iba a reconocer el trabajo de Fátima-Justine.
Pero dijo “Esto es guerra” y dos segundos después había maquinado que iríamos a cazar un anuncio de accidente. Sustentaba su decisión en que “La gente quiere tragedias”.
Aunque no hubiera nada trágico en el documental de Fátima-Justine y quedaba claro que el fuego que había motivado la alarma había sido cosa de nada, al día siguiente estábamos en Porte de Pantin esperando anuncios de accidentes.
Nos tomó cuatro días (tiempo suficiente para que la página de Fátima-Justine reventara de elogios) poder grabar un anuncio de “pasajero en las vías” que tampoco parecía gran cosa. Los lectores (¿los “escuchadores”?) pensaron lo mismo y estuvieron tan ágiles en criticar nuestro archivo como habían estado alabando el de Fátima-Justine. Cuando Angélica leyó el comentario en el que se nos acusaba de (cito textualmente) “Morbosos enfermos que no sienten ningún respeto por el dolor ajeno”, golpeó el escritorio.
 “Pero sí eso es lo que a ustedes les gusta. Eso es siempre lo que les sirven en todas partes” dijo.
Angélica preparó café y se lo tomó sin ofrecerme y sin hablarme. Hacía un gesto como el que había tenido en el momento en el que no se decidía a abrir el archivo de Fátima-Justine, pero habiendo perdido todo rastro de angustia.
“Por principio no vamos a editar el sonido” dijo
“¿Por principio?”
“Es uno de los principios, que las personas puedan escuchar los sonidos tal como suceden”.
Yo no podía más que aceptar ese principio recién creado. Tampoco creo que los principios nazcan de otra manera.
“Claro” dije “Fátima-Justine violó ese principio”
“pero la gente enloqueció porque había una historia. Nosotros podríamos tener el sonido más extraño del mundo…”
“Un terrorista que asesina un militar de la armada en Barbès, las voces de los fantasmas de Couronnes, anuncio de un alce blanco que formó una familia en la estación Croix Rouge, por ejemplo. ”
“… pero sería nada si no cuenta una historia completa…”
“Cómo llegó el alce, cómo pudo encontrar comida en una estación desierta, cuáles son sus planes para el futuro, si piensa invertir en la educación de sus hijos...” “...desde el inicio hasta el momento en que no haya más que escuchar”
“Sólo que por principio no vamos a editar” dije recordando cuando Angélica, contra mi voluntad y principios, había subido un sonido de RER diciendo que era del metro. “… así que deberíamos estar allí antes de que ocurra la historia…” dijo.
“Anticiparnos otra vez”
“…una historia que debe ser lo suficientemente trágica…”
“Aunque podrían volver a tildarnos de ‘morbosos’ lo que no estaría bien para la imagen de la página”
“¿Cómo podemos saber que un accidente va a ocurrir?” preguntó.
Cuando llegué a casa seguía teniendo en la cabeza esa pregunta. Descartando las artes adivinatorias (aunque siempre hay esos papelitos con anuncios de videntes que uno recibe en Barbès – Rochechouart) se me ocurría que habría que buscar un riel oxidado o una viga a punto de caer y esperar pacientemente. Por supuesto la idea era estúpida, podían pasar años antes de que el accidente ocurriera, podía pasar que la viga o el riel colapsaran en una madrugada o entre dos servicios de metro o, peor aún, que dado el deterioro la RATP enviara a sus técnicos a reparar el daño “antes de que ocurriera un accidente”. En cualquier caso habría que armar una tienda de campaña junto al sector defectuoso y vivir allí un buen tiempo, lo que tal vez Angélica estaría dispuesta a hacer si no fuera porque se moría de ganas por un desquite inmediato.
“Se acabó” dijo Angélica y tiró la edición del 20 minutes sobre la mesa del macdo de Strasbourg-
Saint Denis, en donde habíamos quedado de encontrarnos. La sonrisa de Fátima-Justine, grabadora en mano, adornaba la mitad de una de las páginas interiores. “La página Internet de mi competencia es un fraude” decía el titular. Así, entre comillas.
Fátima-Justine hablaba como uno de esos detectives fastidiosos que al final de los cuentos anuncian quién es el culpable y se refería a la falsedad de la “Grabación del Idiota” explicándole al público que en la Línea 4 no había paradas donde el conductor hubiera podido decir “Miren en el andén de su izquierda al individuo…”. Sobre todo, en Château d’Eau el andén estaba a la derecha. FátimaJustine era lo suficientemente generosa para decir que esperaba que se tratara de una grabación del RER y no de un montaje casero, pero dejaba claro que habíamos mentido conscientemente, lo que tiraba al piso la credibilidad de todas nuestras grabaciones previas y posteriores. Angélica lo repitió “Se acabó”.
Y se había acabado. La vi alejarse hacia el Boulevard Sebastopol con la cabeza baja. Todos los comentarios de las siguientes semanas en nuestra página fueron negativos, París (toda Île de France, toda la gloriosa Europa unificada), odiaba nuestro sitio, dudaba de la autenticidad de nuestros archivos y nos condenaba a retirarnos y dejar a Fátima-Justine como reina absoluta de los sonidos del metro.
Todos los comentarios fueron negativos pero no creo que Angélica se hubiera tomado la molestia de leerlos.
*
Volví a saber de ella cinco semanas después, cuando el calor se había instalado cómodamente sobre París, las orillas del río se llenaban de turistas con botellas en la mano y la gente paseaba los perros que creo yo habían mantenido encerrados durante los meses de frío. El teléfono sonó a las siete de la mañana, lo que ser resultaba una hora decente para Angélica. Yo había recibido mi tire de séjour, lo que sólo me dejaba pendiente la obtención del número de seguridad social y pensaba cada vez menos en las páginas de sonidos y en los sonidos del metro. Angélica me dijo que había vuelto a subir archivos, que había grabado un drama de pareja en italiano en la línea D del RER, perdido por segundos un accidente con una bufanda en la línea 9 y encontrado cosas realmente interesantes en los túneles después del cierre de las estaciones. Sus trasnochos subterráneos explicaban las ojeras. Probablemente Angélica (la conozco, la conozco) estaba durmiendo más en los túneles que en su apartamento de Billancourt. Ya nadie trabajaba esa tesis doctoral pendiente, ni llamaba al Sargento Gallego, al otro lado del mundo. Ya nadie contestaba a los correos de la Prefectura pidiendo documentos faltantes ni esperaba a Mendes a quien yo, por pura casualidad, había visto con una argentina tomando mate en Buttes-Chaumont.
“No estoy viviendo en los túneles, pequeño idiotica” dijo “sólo he hecho un par de excursiones nocturnas”.
La primera mitad tal vez era cierta, pero yo estaba medio seguro de que las excursiones no eran un par.
“Han sido más de un par, pero no vivo en los túneles”
Angélica me puso una cita esa noche en Pelleport, dijo que necesitaba volver a grabar el ruido del tren de mantenimiento, que lo que habíamos grabado sonaba una porquería. “No quiero estar sola a esa hora en la estación, ¿Vienes?”
No tenía muy claro por qué luego de entrar sola a los túneles en la madrugada me necesitaba para que la acompañara en una misión más bien de rutina y de hecho no entendía por qué seguía interesándole un asunto que para mí estaba terminado. Y a pesar de eso le dije que allí estaría.
“1:05. No 1:00 ni 1:10” dijo y me lo repitió en letras “una-hora-cinco-minutos-de-la-mañana”.

Me vería con ella a esa hora. Pensé en mirar la página para escuchar las joyas que Angélica había recolectado en los túneles, pero con el tiempo (¿puede decirse “el tiempo” si se habla de cinco semanas?) había terminado por comprometerme con un par de actividades diarias que me resultaban más rentables que grabar ruiditos y había pasado la tarde tomando junto al río con Tristán, un amigo que había ganado una beca para ir Bucarest. Considerando lo que iba a pasar, debí haber mirado la página, pero me dediqué a las cosas del día. Esa noche, cuando entré al taxiphone de Said, pasé un rato hablando con un primo alemán y su novia portuguesa que habían llegado a visitarlo de paso para el Festival de Sziget. Me senté frente a la pantalla y entré a Internet justo diez minutos antes de la hora de cierre, justo veinte minutos antes de la cita con Angélica, escuché sonidos de ratas en la madrugada y coros de mendigos borrachos escondidos entre las estaciones fantasmas. Los comentarios eran positivos pero poquísimos. El último lo había hecho la misma Angélica y era más bien un anuncio:
Queremos agradecer a todos los que han estado con nosotros durante estas difíciles semanas. A ellos y a los visitantes que tienen un poco olvidada nuestra página los invitamos a escuchar, en este mismo lugar y mañana antes del mediodía, el más espectacular de los registros sonoros alguna vez captados en el metro de París
Diablos.
No me había dicho nada. Debía tener algo grande ya grabado o eso pensé hasta que decidí darle un vistazo a la página de la Policía del Sonido. “Aún tengo tiempo para hacerlo antes de ver a Angélica” pensé y estaba equivocado. No había grandes sorpresas y los comentarios nuevos también eran pocos. A la gente estaban dejando de importarle los sonidos del metro y la pelea entre Policía y Cazadores. Angélica había dicho “se acabó” un tiempo atrás, pero nada termina en un solo instante. Aún faltaban pocas semanas para que Angélica y Fátima-Justine se aburrieran y tal vez los tres terminaríamos riéndonos de todo el asunto.
 Queridos Policías decía el último comentario admiro desde hace tiempo su sitio en Internet, siempre más interesante y objetivo que la patética página de los Cazadores de Sonidos. Quisiera de mi parte regalarles un sonido particular que hasta ahora no he escuchado ni en su página ni en la de la competencia. Se trata de un simpático anuncio que puede escucharse después del último metro diario en la estación Pelleport y que, por alguna razón acústica que ignoro, hace que justo antes de lo que llaman, “el tren de mantenimiento”los rieles resuenen en un tono que sin duda es una prueba más de lo musicales que pueden resultar los sonidos de nuestro metro. El tren pasa a la una en punto. No a las 0:55 ni a la 1:05.
No lo tuve claro pero lo presentí. La expresión “No a las 0:55 ni a la 1:05” era, con cinco minutos de diferencia, la misma que Angélica había utilizado conmigo. Salí corriendo del taxiphone dejando un billete de cinco euros sobre el mostrador. Mientras corría hacia Château Rouge trataba de entender. Había dos mensajes de Angélica con dos citas separadas por cinco minutos (pasé por la registradora de la estación), un anuncio de un gran archivo que estaría en nuestra página (bajé saltando las escaleras para entrar al metro de un brinco cuando ya se cerraba la puerta) y una invitación disimulada para que Fátima-Justine estuviera en Pellefort. Mientras las dos líneas de metro que tuve que tomar hasta Gambetta recorrían las estaciones tan lento como podían, yo me preguntaba si Fátima-Justine asistiría a la cita y pensaba que en el caso contrario, Angélica habría aceptado. Estuve a punto de perder la línea 3bis en Gambetta y como entré cuando ya las puertas se cerraban, no escuché el anuncio que el conductor repitió un minuto después. El tren no se detendría en Pelleport.  Bajé en Porte des Lilas. Sabiendo que ya no sólo llegaría a la tarde a la cita de FátimaJustine sino a mi propia cita, corrí calle abajo. Puro efecto túnel, reducción del campo visual incluida. No tengo un solo recuerdo de estar bajando la larga escalera en caracol que sirve para llegar a los andenes. En el último giro de esa escalera escuché las sirenas de policía llegando a la estación y vi el tren de mantenimiento detenido mientras los obreros que viajaban en la locomotora trataban de entender lo que había pasado.
Yo acabé de entenderlo cuando vi a Angélica parada en el borde del andén mirando hacia las vías. Los pasos de los policías sonaban en las escaleras. Imaginé a Fátima-Justine agachándose junto a los rieles, escuchando el anuncio y esperando ese “sonido particular” que no iba a llegar porque no existía, y que terminaba por convertirse en una mano en la espalda. Luego el sonido del tren acercándose, el ejército huno, la caballería de Napoleón, la repentina pérdida del equilibrio. Debió ocurrir rápido, pero aún lo imagino en cámara lenta, la presión de la mano de Angélica sobre el hombro de Fátima-Justine, el giro de la cabeza hasta verla y la manera cómo debió abrir la boca para gritar justo cuando al ver la grabadora en la otra mano, comprendía.
Luego todo fue rápido otra vez. El sonido de los frenos del tren, el grito de Fátima-Justine en su medio segundo de caída, el conductor pidiendo a los obreros una calma que él mismo no tenía, mi llegada y la llegada de los policías que también gritaron, Angélica grabando la más grande historia sonora jamás registrada en el metro de París y sin embargo incapaz de sonreír o de morderse el labio por su triunfo.
No me miró a los ojos. Dejó la grabadora en una de la sillas de la estación y cuando pasó por mi lado caminado hacia los policías me dijo que seguía grabando, que subiera todo a la página. La voz se le quebró. No volteé, pero mientras me quedaba mirando el muro de loza blanca escuché lo que sucedió. Sentado en las escaleras, tratando de parecer un mendigo al que los policías no harían preguntas, seguí grabando casi por una hora: la llegada tardía de los paramédicos, los obreros saliendo a pie de la estación, un grupo de forenses en bata y un conductor de remplazo que abrazó a su compañero y le dijo “Ya, vete a descansar”.
Mientras el tren de mantenimiento arrancaba detuve la grabación. El sonido se quedó en los rieles por un tiempo, como si fuera una mezcla de vocecitas de grillos. No hacía ni mucho frío ni mucho calor al salir a la calle. Cuando me pregunté si debía subir esa grabación a nuestra página, ya los túneles del metro de París estaban otra vez en silencio.


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