AVANCES, AUTORES, FICCIÓN, NUEVAS VOCES

Sólo para gourmets, un cuento de Fabián Mauricio Martínez

Gargantua, Gustave Doré, Pinterets

Me aficioné a este deporte hace poco. Lo vi por televisión en casa de mis tíos y me enamoré. Estaba con mi primo haciendo zapping y después de varias vueltas, nos quedamos en el canal 754. Transmitían la final del Campeonato Mundial de Alitas de Pollo, y pensé que Bronco Stewart, un enorme gordo de Cincinnati, ganaría sin problemas. Los otros finalistas, de distinto sexo y procedencia, no se veían capaces de superar la gula de aquella bestia humana. En los videos de presentación quedaba claro que Bronco Stewart los dejaría en ridículo. Imposible predecir que Vanesa Jackson, una ex adicta al crack, forrada en los huesos, le ganaría al animal de Cincinnati. Mucho menos que Hau Kiut Siow, un coreano al que los mechones de pelo le ocultaban los ojos, lo derrotaría también.

El coreano impuso la marca mundial engullendo ciento ochenta y cuatro alitas de pollo en doce minutos. Ciento setenta y nueve alitas pasaron por la garganta de la negra Jackson. Y ciento sesenta y ocho las que Bronco Stewart contabilizó para su derrota inesperada. Hau Kiut Siow recibió el cheque de 10.000 dólares entregado por la MLE (Major League Eating), y yo supe esa tarde de domingo, mientras sorbía los hielos de un vaso, que tenía una oportunidad sobre la Tierra.

Seguí las competencias de distintas especialidades: salchichas, hamburguesas, ostras, pizza, albóndigas, hot dogs, tortas de manzana, spaghetti y croquetas. La idea era tragar. Tragar rápido. Tragar sin saborear. Desaparecer la comida tras la garganta como una serpiente pitón. Desde que era niño me gustó comer y siempre me comparé con las garrapatas que son capaces de ingerir cien veces su peso en sangre. Mi abuela solía golpearme porque me colaba en la cocina y desocupaba los tarros de galletas, acababa con los embutidos y no dejaba una gota de leche. Ella achacaba el hecho a que mi padre era un borrachín y nunca tenía plata para alimentarme. Si mi padre nació para beber, yo nací para comer. Y voy a hacer de mi don una profesión que me llevará al estrellato.

Voy todos los domingos a casa de mi primo para ver las competitive eatings, tomar apuntes y entrenar. Mis tíos no se molestan, tienen dinero y siempre la nevera está a pedir de boca. “Siéntete como en tú casa, Danielito”, y eso es lo que hago: sentarme frente al televisor, poner el canal 754 e hincharme como un sapo de Discovery Channel. Croac. Croac. Luego de ver la ronda eliminatoria para la final del World Hamburger Eating Championship, mi primo me propuso asar dos paquetes de hamburguesas y contabilizar –cronómetro en mano- el tiempo que me tomaba comerlas. Ni siquiera pude terminarlas: las vomité. Mi primo me pasó una toalla de papel y dijo con un tono de sabio prematuro: “primo, si quiere ser alguien hay que entrenar”.

Me mudé a la casa de mis tíos y a partir de la primera mañana salí a trotar. Mi primo me acompañaba en su carro y me daba ánimos desde la ventana. Volvíamos a casa y practicábamos con tomates y manzanas. Una semana después pasé a las alitas de pollo, luego a los huevos duros y finalmente a los filetes. En una entrevista publicada en Major league Eating News, Hau Kiut Siow dijo que era aconsejable comer hojas de lechuga todos los días, pues éstas aumentan tu capacidad estomacal y además ayudan a absorber mejor las grasas. Dijo también que beber cuatro litros de agua en treinta segundos expande tu estómago, y que, al momento de la competencia es recomendable lubricar la comida con agua, despedazarla con las manos y una vez en la boca, apretarla contra el paladar.

Mi primo es el encargado de promocionarme por Internet. Tengo una página web y aunque tengo pocas visitas, he recibido buenos comentarios. En el video donde devoro un balde repleto con ostras, una tal Alexandra85 escribió: “Lo haces muy bien, qué manera de chupar. Escríbeme un correíto. Besos”. Creo que la tal Alexandra se equivoca, soy un deportista y no tengo tiempo para chats privados, ni encuentros virtuales; mucho menos desde que la MLE llegó a la ciudad y, como parte de una agresiva campaña de posicionamiento, está organizando concursos en distintos lugares. De este domingo en ocho hará uno de mediana importancia en la Cancha del barrio Olaya. Es una eliminatoria interregional a la que mi primo, por supuesto, me inscribió. Se tomó la tarea de anunciar todo el asunto en mi página web, de moverlo por redes sociales, de conseguir, incluso, un par de entrevistas con la radio local.

Cada quien tiene sus capacidades y poco importa si éstas parecen extravagantes. Mi amigo Eliseo se tatuó todo el cuerpo con manchas de leopardo. Además de ser aficionado al Atlético Bucaramanga –los leopardos de la liga colombiana de fútbol- Eliseo ahora se hace llamar el Hombre tigrillo, y anda con el cuento de que quiere trabajar en el Circo de la Carpa Negra. Yo respeto eso. El mundo está lleno de dóciles y no pienso convertirme en uno. Por eso el campeonato del próximo domingo es fundamental y aunque se trate de algo local, hay que empezar por conquistar la ciudad. Poco a poco, el mundo caerá como una hermosa sucesión de fichas de dominó. Hay que hacerse un nombre para sacar la visa y participar en competitive eatings de gran nivel y recompensa.

No he vuelto a casa y mi papá tiene que venir para saber cómo estoy. “Yo muy bien, gracias, dándole duro al deporte”, le digo con la boca llena de huevos cocidos. Mi papá me aconseja buscar trabajo. “Tranquilo padre, ya encontré mi vocación”, y continúo atiborrándome el hocico con huevos duros. Bebo un vaso de agua y le pregunto a mi primo “qué tal”, él mira el cronómetro y con una sonrisa me responde: “Mejoró cinco segundos, champion”.

La cosa va así: es el Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno. Vienen participantes de Barbosa, Mesitas del Colegio, San Gil, Ubaté, El Valle de San José, Zipaquirá y Bogotá. Los premios consisten en 500.000 pesos para el primero, 300.000 para el segundo, 100.000 para el tercero y un pollo gordo para el cuarto. El ganador concursará en Boyacá, en el Primer Concurso Nacional de Papa y Longaniza, donde estará el Cóndor, un campesino de Sutamarchán, capaz de engullir una oveja, según dicen, de un solo bocado. El único de los participantes que me preocupa es el Flaco Melgarejo, un pelado del Valle de San José que viene entrenando a punta de chorizos cocinados en guarapo. Tiene la marca de haber comido ochenta y nueve de esos choricitos en diez minutos, y cualquiera que conozca los chorizos del Valle de San José, sabrá que son un manjar de esos que caen pesado al estómago, y el hecho de que un flaco sin gracia los trague como si nada, le da a uno qué pensar. Pero bueno, si voy a ser el campeón del Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno, no habrá chorizo que valga.

Poco a poco voy superando mis records personales, y cada día me siento más motivado, porque el objetivo es llegar a lo más alto. Me fascinaría competir en Estados Unidos con Joey Chestnut, Hau Kiut Siow y demás luminarias de este deporte. Para ello tengo que ganar el domingo a como dé lugar. Por eso mi primo ha traído veinte pescuezos de pollo. Hay que entrenar con el elemento, convertirme en un arma de digestión masiva. En dos sesiones, una por la mañana, otra por la tarde, los he devorado con prisa. Bebo agua y como lechuga a lo loco. Faltan pocos días y no hay tiempo que perder.

Me fastidia que hayan empezado las manifestaciones en contra de la competencia. Hoy en el noticiero pasaron que cientos de desplazados se agolparon en las puertas de la nueva sede de la MLE en el occidente de Bogotá. Las personas exigían que les regalaran la comida de los concursos. Lo peor fue cuando llegó un camión de la MLE y la gente se abalanzó contra el vehículo. Los guardias de seguridad abrieron fuego, y aunque la sangre y los muertos se evidenciaron en la pantalla, las personas no renunciaron al ataque y se produjo, según la presentadora del noticiero, “una masacre de grandes proporciones”. Qué lástima que no se apoye el deporte en esta ciudad, qué fastidio que no se valoren a los nuevos talentos locales.

Por otro lado, están los que luchan contra las competitive eatings desde sus blogs y redes sociales. Se han divulgado videos de los certámenes en USA, y la gente está aterrada con la cantidad de comida que se desperdicia. Hay una gran masa de personas que se opone a que esto ocurra en nuestro país. Por eso me quiero ir, porque no dejan que los deportistas nos desarrollemos con libertad. La gente debería sacudirse y hacer algo por sí misma y no fastidiar a aquellos que intentamos salir adelante; además, yo no me voy a olvidar de dónde salí y cuando me corone campeón mundial en Houston o en San Francisco, voy a donar un billete largo para que construyan comedores y alimenten a todos esos muertos de hambre.

Hace muy buen clima. 18 grados centígrados anuncian en los parlantes. Un domingo soleado para ganar mi primera competencia. Buen augurio. Han dispuesto una carpa larga en la mitad de la cancha de fútbol, con una mesa de madera que alberga siete bandejas con pescuezos de pollo. Bajo la carpa sólo podemos ubicarnos competidores y jueces. Siete plazas ubicadas de izquierda a derecha de la siguiente manera: José, el pescaíto Durán de Mesitas del Colegio; Uriel, el carnicero Romero de Zipaquirá; Chucho, el Sopitas Flórez de Ubaté; Magaly, la reina del barrio de Barbosa; Carlos, el Flaco Melgarejo del Valle de San José; Daniel, la Garrapata Garrido de Bogotá (o sea yo); y John Freddy, la Cachaza Galindo de San Gil.

Los jueces se ubican en los dos extremos de la mesa. Con cronómetro en mano se disponen a registrar el primer record de la MLE, en la modalidad pescuezo de pollo relleno, en nuestro país. Alrededor de la carpa, una multitud de curiosos se agolpa, quienes son custodiados por un cordón de seguridad de hombres armados de la MLE. Los Mágicos del Vallenato tocan en la tarima principal, suenan a todo dar y el aguardiente, la cerveza y el guarapo corren como ríos desbordados entre las personas. Los manifestantes, desplazados y estudiantes de la universidad pública llegan con pancartas y altavoces, pero la rechifla de los enfiestados, comandada por el vocalista vallenato, es más fuerte y los que se quejan quedan relegados a la bullaranga de la muchedumbre.

Una mujer en vestido de baño rojo sube a la tarima y baila una puya intensa, el guacharaquero ataca su instrumento y el de la caja saca la lengua como el lobo de las caricaturas. La música se detiene por unos momentos. La mujer, que ostenta la banda de MISS MLE, avanza hasta el micrófono, y el público la recibe con toda clase de piropos sucios: “Primero que todo, gracias a los directivos de la MLE por traer sus magníficos eventos a nuestra ciudad (la mujer ríe y lanza un beso a la mesa directiva del evento). Estamos reunidos para celebrar el Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno. Queremos darles las gracias a los participantes, a Los Mágicos del Vallenato por sus estupendas melodías, y a todos ustedes, querido público, porque sin ustedes nada de esto sería posible (la mujer saca un rollo de papel de su escote y lee). La competencia de hoy consta de un procedimiento sencillo, el ganador será el que se coma todos los pescuezos de pollo en el menor tiempo posible. Cada uno de los participantes tiene al frente una bandeja con diez pescuezos de pollo rellenos de arroz y salchichón, con un peso de 350gr cada uno. Junto a la bandeja, hay un balde con agua donde le es permitido a cada concursante sumergir los alimentos, y si es el caso devolver los mismos. Junto a los deportistas, se ubicará un miembro de la MLE para inspeccionar y aprobar la efectiva ingesta de la totalidad de los pescuezos. Los jueces pararán sus cronómetros al terminar el primer, el segundo y el tercer lugar, que serán premiados con...”

“¡Tenemos hambre! ¡HIJUEPUTAS, HIJUEPUTAS, HIJUEPUTAS!”, y los manifestantes intentan traspasar el cordón de seguridad, pero son neutralizados con bolillos y culatazos de los guardias y miembros de la policía, quienes acaban de llegar enviados por la alcaldesa (reciente socia de la MLE), para brindar mayor seguridad al evento. Los Mágicos del Vallenato salvan el incidente, tocando una canción que vuelve locos a los que no protestan, y en menos de un minuto, tienen a más de un centenar de personas brincando en un sólo pie. Detrás de la tarima está aparcado el camión de bomberos. Una de las mangueras es desenrollada sobre el escenario y la mujer de vestido de baño rojo juega con ella. Dos bomberos sonrientes accionan la manguera y el chorro a presión se desparrama por el cielo. Cerveza. Lluvia de cerveza. Cerveza donada por la alcaldía que empapa a las cabezas enloquecidas. Son las 4:20 de la tarde y la mujer del vestido de baño anuncia: “ahora sí, tragones; ahora sí, comelones... en sus marcas... listos... YA”.

Yo no me fijé en nada. Yo solo abrí la boca y devoré los pescuezos, uno tras otro. Concentrado. Recogía con la mano los pedazos de arroz y salchichón y los metía entre mis cachetes. Me eché agua por la cara y como pude mojé la comida en mi boca, la cual empezó a bajar por el esófago como Dios manda. Me volví imparable y al llevarme la última cabeza de pollo a la garganta, miré a mis adversarios y noté que les llevaba ventaja. Feliz, enseñé la boca vacía y uno de los jueces gritó tiempo. Levanté los brazos y supe lo que sienten los boxeadores cuando ganan su primera pelea. Busqué a mi primo para celebrar y vi que la gente estaba alborotada. Eran un mar agitado de cabezas, brazos y piernas. Un océano sangriento en medio de una batalla de buques armados. Vi el cuerpo de Miss MLE, caído en la tarima, con el pelo pegoteado de sangre, y al cantante del grupo vallenato derrumbándose fuera del escenario. Los manifestantes habían logrado quitarles las armas a los policías y las disparaban en todas las direcciones. Se habían metido dentro de la carpa y un grupo de ellos mordía los cachetes del Carnicero de Zipaquirá, mientras una mujer le despedazaba una de las manos a mordiscos. Otro grupo de personas, agachadas, hurgaba a manos llenas en el ombligo del Sopitas de Ubaté, repartiéndose la longaniza fresca del pobre hombre.

Yo corrí como alma que lleva el diablo. Corrí sobre los cuerpos diseminados. Pisé cabezas, aplasté pies, trituré orejas. Los gritos se oían por todas partes. Un hombre flaco se me vino encima con la boca abierta. Yo enterré mi puño en su boca hasta asfixiarlo. Me lo quité de encima y corrí más rápido. Olía a pólvora. Olía a sangre. Trepé en el primer árbol que encontré escondiéndome en la rama más alta. Observé a la gente desmembrándose, devorándose, vomitándose. Vi los dientes y las uñas empapadas en sangre y fluidos corporales. Me quedé muy quieto. Inmóvil. Llegó la noche y con ella, uno a uno, los comensales se fueron alejando de la cancha, dando tumbos y eructando con orgullo. Solo cuando el último de ellos se retiró, bajé del árbol. Busqué entre las ropas desgarradas a mis tíos y mi primo, esculqué en sus bolsillos sanguinolentos y tomando las llaves de la casa me fui para allá.

Fue una larga caminata en la que solo podía pensar en una cosa: yo había ganado el Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno. Yo era el ganador, yo era el campeón, así que debía visitar la sede de la MLE y exigir mi certificado. Llegué a casa de mis tíos, tomé una ducha caliente, me metí en la cama y puse el reloj despertador a las 6:00 de la mañana, como lo hacíamos con mi primo para entrenar. Debo seguir, honrar su memoria; retroceder nunca, rendirse jamás, como él mismo decía. 

Antes de dormirme, sentí un poco de pesar por él y por mis tíos, luego recapitulé los momentos de mi victoria: la manera cómo vencí a mis contrincantes, la forma en que el uso de la técnica y el entrenamiento había dado buen resultado, el cómo yo era ahora el Campeón Interregional de Pescuezo de Pollo. Sonreí y me di vuelta abrazando a la almohada. Imaginé mi coronación inevitable en Las Vegas, Houston o San Francisco. Y así, con el sabor de la victoria en la boca me quedé dormido.

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Fabián Mauricio Martínez G

Escritor y periodista colombiano. Ha publicado Una Ciudad llamada Bucaranada y Cuervos en la Ventana, Editorial UIS; El sexo de las salamandras, Ambidiestro, Taller Editorial; y una biografía juvenil, Me llamo José Antonio Galán, Editorial Norma.


  1. Excelente texto del joven escritor fabiamauriciomartinez@gmail.com. Saludos, y esperemos que el Sopitas Flórez reaparezca porque hace rato no sé de él. Buen texto. Me hizo recordar la novela de "Breve historia de todas las cosas" del escritor Marco Tulio Aguilera.

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