AVANCES, AUTORES, FICCIÓN, NUEVAS VOCES

El santo oficio de la envidia, un cuento de Marco Tulio Aguilera

Grabado, Francisco Toledo, museo Oaxaca.

N

o sé en qué momento comenzamos a querer que Nario Veloz, el famoso o infame doctor honoris causa de nuestra universidad, muriera de un infarto, en un atropello vial, que le cayera un rayo o por lo menos que se suicidara de forma aparatosa o discreta. Nos daba lo mismo. Cansados hasta la más íntima bilis estábamos de sus premios, reconocimientos internacionales, viajes todo pagado a paraísos impensables, bonos de excelencia y sobre todo del homenaje de una especie de corte de mujeres apetecibles y jóvenes. Hace pocos días varios de nosotros comenzamos a comunicarnos (con alegría malsana, obviamente) las noticias del reciente estado de ánimo de Nario Veloz: sombrío, triste, deprimido. Su perfil de Facebook parecía contradecir el talante lúgubre de su personalidad social actual: es presidido el miserable y lastimoso perfil de Veloz por la foto de dos mujeres en edad frutescente: a lado y lado de la figura de Nario, hombre en el inevitable declive de la tercera edad, campaneaban las imágenes de dos frescas y saludables jovencitas con sonrisas de lo que parecía honesta felicidad. El mensaje que intentaba sin duda difundir ese perfil de Facebook era: miren, fisgones, las mujeres, las mujeres frescas, los mejores frutos de la tierra, me rodean, me celebran, yo soy su pastor.  Pero bajo esa foto comenzaron a aparecer anuncios que presagiaban un insuceso. “La tristeza me cubre y acompaña como una nube”, “Del amor sólo restan los recuerdos”, “Cuando me vean, amigas, sonrían, podrían salvarme del suicidio”. Fácilmente se puede deducir que la salvación del espurio doctor Nario Veloz dependía exclusivamente de las mujeres. Y, sí, toda su vida estuvo determinada por ellas. Primero por su madre, luego por la Mimicha, después por la polaca importada, y en tiempos más recientes por las cubanas, además por las innumerables alumnas que lo rodeaban como un perfumado enjambre en la Facultad de Letras, donde ha trascurrido los cincuenta años de su lamentable vida laboral. A juzgar por sus mensajes en Facebook los hombres no cuentan en su vida ni siquiera como sombras entre bambalinas, aunque paradójicamente el grueso de su producción literaria y académica está dedicada a los hombres, con mayor énfasis a los homosexuales. El homosexualismo fue tema que le sirvió para organizar varias antologías, para dictar cátedras y conferencias en incontables universidades que padecieron su escolástica y soporífera erudición. Ahora recuerdo que yo mismo anoté sobre él en Facebook sin siquiera ocultar su nombre verdadero hace ocho años: “Quiero hablar sobre un personaje casi de Balzac, un papá Goriot clavado, que me ha perseguido desde un supuesto anonimato divulgando en memorando interno una solicitud para que los profesores se opusieran unánimemente a mi ingreso en la Facultad de Letras de nuestra universidad. ‘Personaje nefasto’, me calificaba. ‘Hombre pernicioso, sórdido e inmoral’.  Pero, ay, amigos, en este rancho todo se sabe. Me enteré de la carta gracias a media docena de llamadas telefónicas. El caso es que no progresó mi intento de alcanzar la categoría de profesor titular, lo que es atribuible a la fementida carta, y también, no lo dudo, a mi productividad literaria algo sobredesarrollada. Porque he de decirlo: mi currículum es veinte veces más sólido y multifacético que el de Veloz. Pero regresemos al personaje. Paso a describirlo:  Nario Veloz debe estar rozando hoy los 80 años. Su pelo intensamente negro denuncia su pertinaz adhesión a los tintes y la resistencia a las obras del tiempo. Otro dato: ha sometido su nariz, de forma original hoy desconocida, a varias operaciones, sin que ninguna lo haya dejado satisfecho. Lo que ha subsistido a la fecha en medio de su rostro anguloso y descarnado es una especie de rústica pirámide en carne viva. Esta insatisfacción con el apéndice nasal que le heredaron sus ancestros contrasta con su empecinamiento en seguir usando la misma indumentaria, cosida, recosida, sometida a estrechamientos bianuales por un sastre complaciente: a medida que el tiempo pasa, su cuerpo se seca, su ropa va disminuyendo gracias al sastre cómplice por lo menos dos tallas al año. Desde que lo conozco su aspecto no ha variado: el mismo espaldar encogido, la cabeza gacha, el mirar subrepticio, la cortesía de portero de hotel de cinco estrellas. Viste invariablemente con ropa fúnebre de baja calidad y en su rostro florece una sonrisita de don nadie. Y, siempre, llueva o luzca sobre el mundo un sol de creación reciente, porta como especie de alabarda su gran paraguas negro, un heroico alerón de seda impermeable.

Pues fue la peregrina figura, la legendaria y oscura personalidad de Nario Veloz, de nuevo investido con otro ¡otro! doctorado honoris causa, ¡en Praga, además!, lo que nos convocó a La Parroquia a un par de escritores, entre los que me cuento.  Comentamos la indignación que nos causa la nueva alta investidura y los homenajes que se anuncian en la próxima feria del libro. Decía J.J. Barrientos con merecida razón que ese mequetrefe había vuelto a aparecer en foto al lado de nuestra rectora celebrando que le habían dado el Premio al Decano, ¡30 000 pesos mensuales durante un año!; decía que el homúnculo insistía en seguir fatigando a morir a sus alumnos de Letras cuando ya debía haberse jubilado; decía que tuvo un infarto y que su amigo RHV lo llevó a un hospital de miseria donde para desventura del mundo lo regresaron a la circulación. 

Se me hace, maestro, comentaba Publio Octavio, que Nario Veloz tiene los poderes de Rasputín; si no, cómo entender el abejorreo de las alumnas en torno a ese anciano encorvado como un Mefistófeles o un Fausto, bicho que a los ochenta años sigue presidiendo la Junta de Gobierno, publicando sus insufribles ensayos en la revista institucional y sus antologías de putitos en las mejores editoriales. Por qué, preguntaba Publio, si yo tengo veinte libros publicados y el reconocimiento unánime de la crítica internacional, permanezco en la penumbra mientras los reflectores iluminan a ese mediocre. 

Es cierto, respondió Barrientos, Nario Veloz no es nadie en el mundo intelectual y sin embargo figura como la gran eminencia de nuestra universidad, mientras nosotros, lo digo sin modestia y sin vanagloria, tenemos una obra sólida. 

No te limites, J.J, respondió Publio, hoy en día eres el mejor cuentista local: mejor que Petrol y menos aburridor; con una prosa más limpia de pedanterías que Ramudsen; sin las obnubilaciones de Menelao: eres el mejor narrador cuento a cuento, así como Carmelo Reyes es el mejor boxeador del mundo kilo a kilo, aunque he de decirlo, como novelista te tengo algunos reparos. 

Perfectamente justificados, Publio: tú eres el novelista de esta ciudad y de este país, ni más faltaba, eres el excelso por excelencia, un grande de las letras no locales o nacionales sino mundiales: eres del tamaño de Nabokov, casi de Dostoievski. (Exageraba, claro, pero pasemos por alto la minucia).

Publio Octavio aspiró a profundidad. Un elogio de ese tamaño viniendo de J.J. valía su peso, no en oro sino en litio, que como se sabe es hoy en día el elemento más preciado. 

Y esa conversación, amigos, tres lujos de la humanidad reunidos, como tres estrellas remotas alineadas en el infinito del universo, sucedía aquí nomás, en nuestra modesta parroquia, el restaurante La Parroquia, de tan ilustre historia, éramos tres estatuas vivas almorzando carne enchilada, enfrijoladas y agua de horchata, menú económico, aclaremos,  a cuenta de mi persona, que, digámoslo sin temor a cansar al lector, acababa de realizar la desmesurada hazaña de  vender un ejemplar de su más reciente novela ¡publicada en España!, obra acapitada por un críptico y conmovedor título que ni Umberto Eco habría elucubrado: Ladrillo. ¿A quién diablos se le ocurre escribir una novela a la que va a titular Ladrillo? ¿Y sobre todo, quién demonios va a comprar una novela con semejante título? ¡Ladrillo! Y sí, tras una presentación más deshabitada que un edificio en ruinas, yo, este eminente literato que soy, vendí ¡un libro! 500 páginas de alta literatura, no puterías. 

Salgamos del fementido almuerzo en La Parroquia y pesquemos algunos datos sobre Nario Veloz antes que el aire del tiempo, l’ air du temps, se los lleve. Veamos: nuevas noticias sobre el pasado del personaje: sus matrimonios (con Svieta, la polaca, luego con Yahaira, la cubana), su tímida iniciación en las artes venales a los catorce intonsos años en manos, boca y bajo vientre de la famosa prostituta Mimicha, a cuya casa de lenocinio fue llevado como res al matadero por RHV, el más grande mentiroso del pueblo, y por la Lola Flores, gigantón gay, compañero de andanzas de Nario Veloz. En el cuarto de pecado de la Mimicha, la profesional del amor pagado más económica y asistida del pueblo, se cumplió la ceremonia del desvirgamiento del chiquillo quien salió llorando y seis meses más tarde se dio cuenta de que tenía en su órgano urinario crestas como de gallo viejo, de las que se curó con dosis masivas de penicilina y agua de borrajas, pero lo que no logró superar fue la impotencia, que marcaría la pauta de su perversa, retorcida y anómala vida. 

Todo lo anterior fue recopilado por este notario gracias a una llamada telefónica que le hizo (le hice) a RHV. Regresemos a La Parroquia. El mejor cuentista veracruzano escuchaba con deleite lo que yo le estaba revelando. Y también aportaba. Nario Veloz era, es, personaje de una riqueza literaria insondable, decía, personaje para Hitckock o Tarantino. Deben considerarse, según RHV, el más grande mentiroso del pueblo, la acendrada religiosidad de Nario, que lo lleva a confesarse una vez a la semana, a ir a misa de cinco de la mañana todos los días y a comulgar todos los domingos; deben tomarse en cuenta su avaricia y tacañería, es fama que a sus viajes a Europa Oriental, no infrecuentes y siempre con becas y apoyos de los sucesivos rectores de la universidad, lleva una reserva de pan Bimbo, mayonesa y jamón,  lo que parece improbable dadas las severas reglas de las líneas aéreas. No olvidar su sobretodo tres cuartos rígido y desteñido que da la impresión de no haber sido lavado en siglos; imagino que con ese mismo sobretodo sobrevivió a los inviernos de Varsovia y Lodz durante los años en que logró colarse a las residencias universitarias y a los restaurantes de caridad de esas ciudades, costumbres que le permitieron ahorrar sin duda una fortuna que en alguna parte de su casa de Usher debe estar. 

Entrevistada Nana  Cristiana, una de las menos opacas y agraciadas alumnas de Nario, quien de ninguna manera cayó subyugada por los extraños efluvios mesméricos del profesor Veloz, comentó que a ella le tocó asistir a la etapa  más reciente de los cursos del profesor en cuestión y que el hombre llegaba a clase con una especie de nube de melancolía sobre la cabeza, se quitaba el saco tres cuartos, lo que permitía ver su camisa blanca de manga larga con lamparones de color amarillo bajo los sobacos y un insoportable olor a moho o chivo en desuso que hacía que las alumnas de toda la primera fila de bancas permaneciera deshabitada; colgaba Nario el saco tras cuartos, rígido como si fuera de cuero de cabra asoleado, de un gancho, colocaba su infatigable paraguas negro, ya desteñido, con la contera apuntando al suelo cerca de su escritorio si estaba seco, o abierto, fuera del aula, en el corredor, como la capa de un vampiro que entra a su castillo y pone a secar sus alas. Exhibía el profesor Veloz su sonrisita de abrepuertas, sacaba de su maletín con las esquinas luidas un cuaderno en el que traía apuntadas las clases que había dictado veinte o treinta años antes y comenzaba a leerlas. Lo que, decía Nana, le ocasionaba a ella un sopor de muerte que propiciaba el descanso, de modo que cuando despertaba la clase ya había terminado. Y sin embargo sus compañeras, algunas, bebían las palabras del doctor Nario e iban descifrando lo que en el puro fondo les quería revelar, que, niñas, cada obra literaria tiene un trocito de corazón del mundo, a ese núcleo esencial y a ese trocito de corazón, es a donde debemos llegar. Terminada la clase no faltaban tres o cuatro acólitas que seguían a Veloz como apóstoles al profeta y lo acompañaban a sus actividades académicas y extraacadémicas. Nunca se murmuró que tuviera comercios inconvenientes con ellas, particularmente porque su figura era tan estrafalariamente deplorable que no invitaba a la murmuración. Nana soportó durante dos años sus clases, lo que le permitió dormir a sus anchas y rumiar una carrera literaria secreta que no estaba dispuesta a hacer pública. Lo suyo era convertirse en una poeta secreta estilo Ajmatova, o una loca como la argentina aquella que pasó de la cama de Cortázar al manicomio y del manicomio al río Sena. Lo que sí se puede pregonar a ciencia cierta sobre Nario Veloz es que todos los profesores de la Facultad lo detestaban por la facilidad con que lograba acomodarse a la sombrita de los rectores de la Universidad a lo largo de los años y por la cantidad de invitaciones que recibía a las grandes universidades de París, Montepllier, Sevilla, Madrid, y sobre todo a instituciones abstrusas detrás de la antigua cortina de hierro. 

Nuevos datos sobre el pasado de Nario Veloz, aportados por el siempre comunicativo RHV, esa inagotable máquina fabuladora. No puedo soslayar mi interés, bien sabes, gran RHV: te comento muy en privado que estoy escribiendo con toda la mala leche del mundo una novela sobre Nario Veloz; necesito unos datos, su madre, por ejemplo, su madre, ¿qué me puedes decir de ella? Uuu, la señora Cuquita de Veloz fue una tremenda rezandera cuya fama estaba fincada en vestir las imágenes de las iglesias de Santa Rosa de Lima y Santísimo Redentor, todas en Ciudad Mendoza, natal ciudad del doctor en mención, gastaba la señora su fortuna, grande, se sabe,  y habrá de investigarse su origen, en importar telas de las más chirriantes y lujosas para disfrazar con particular y a veces extravagante minucia a Santa Rosa de Lima, patrona de los tuberculosos, con modas bien poco convencionales aderezaba a la muy santa como emperadora romana, odalisca púdica o ninfa de la Hesperia. El niño Nario Veloz, criado en ese ambiente con olor a incienso y tufo a semen de seminarista, no tuvo otro destino que convertirse en  mamasantos, ir a misa todos los días, comulgar los domingos, costumbre que conserva hasta la fecha, cuando ya cumplió los ochenta años y parece el pergamino de un papiro griego con una respetable joroba que comparte con su madre, eso sí con el pelo teñido y las cejas con cuatro pelos bien peinados, nunca se ha dejado el bigote o la barba, su nariz convertida en el suplicio de Tántalo, desde que se le ocurrió hacer que se la alargaran, en los días en que fue estudiante de teatro, pues antes tenía una nariz que consideraba excesivamente pequeña, casi como una espinilla más en su rostro, se la mandó operar con un injerto de la nalga en la punta y le quedó como la trompa de un tapir, apéndice que se siguió operando cada cuatro o cinco años, con el resultado de que nunca ha quedado satisfecho y ha pasado temporadas escondiéndose, apoyando sus ausencias de la academia mediante licencias con goce de sueldo, naturalmente, gracias al  favor de casi todos los rectores, que uno tras otro han caído en sus embaucaciones, desde que fue becario en Polonia, tradujo algunos libros, con la ayuda, naturalmente de académicos acreditados que a cambio de dinero nunca revelaron sus labores de negros literarios. Pues, dijo RHV por medio de una enciclopédica llamada telefónica, un día Nario decidió importar a su madre de Ciudad Mendoza a su casa en Xalapa, para que pasara sus últimos años, que fueron más de la cuenta, y  Nario comenzó a desesperarse porque la mujer insistía en no morirse y molesto por la constante vigilancia de doña Cuquita, que le criticaba las visitas de jovencitas a la sala donde, decía,  quién sabe qué perversiones practicaban porque eso eran vinos, humos negros y carcajadas hasta altas horas de la noche. Y por ello Nario se ausentaba para liberarse de su madre, iba a Cuba, a Varsovia, a Madrid y Barcelona, donde dictaba o decía dictar conferencias, y cuando regresaba ahí estaba su mamá, ya con 97 años,  con esos ojos de arpía, que a dónde fuiste, hijo amado, tan lejos de  nuestra parroquia, no dudo que visitaste ese mundo de pecadores y comunistas, y eso siguió sucediendo hasta que un día regresó de dictar sus clases en la Facultad de Humanidades y encontró a la vieja tirada en medio de la sala, perdido el aliento y el pálpito de su corazón, lo que sin duda le dio alivio pero le planteó nuevos conflictos. ¿Qué hacer con el cuerpo? Estuvo estudiando el caso y buscó en su memoria libros que pudieran ayudarlo, algo que tuviera valor literario como El perfume o por lo menos valor científico, por ejemplo, obras técnicas sobre embalsamamiento, de modo que insomne leyó todo lo indispensable, buscó los implementos, los químicos, el instrumental quirúrgico, le sacó las tripas a su madre, le chupó la masa encefálica según la técnica sugerida por el Libro tibetano de los muertos, extrajo con una pajuela los sesos y conociéndolo como lo conozco, dijo RHV, no dudo que haya recordado una escena de la famosa obra teatral Tito Andrónico, que como bien sabes es de Shakespeare, es decir, fritó los sesos de su madre, eso fue naturalmente después de esconder el cuerpo en proceso de embalsamamiento, invitó a sus alumnas preferidas y les ofreció un platillo verdaderamente de cardenal, sesos maternales, las chicas pidieron la receta pero Nario con sonrisa de alquimista dijo que algún día, cuando escribiera sus memorias, anotaría la fórmula. El caso es que embalsamó a su madre y comenzó a manejarla como a una muñeca transportable a la que acostaba en su cama, le rezaba sus rosarios, bañaba con esponjas de manzanilla y romero, la sentaba al lado de la ventana que da a la calle, tras una discreta cortina y ponía al imbunche a contraluz de una lámpara, lo que es, claro, una reviviscencia de aquella película de Hitchkock, recuerdas. 

Preguntado RHV de cómo sabía tantos detalles, respondió que los había escuchado de labios del durmiente Nario Veloz, que acostumbraba a hablar dormido y que no sólo hablaba sino que respondía a las preguntas de quien estuviera a su lado. Preguntado sobre las circunstancias, bastante sospechosas, de que RHV hubiera compartido habitaciones nocturnas con el académico honoris causa, respondió sin turbación alguna que desde el infarto en la Ciudad de México, don Nario había optado por invitarlo a todos sus viajes, no sólo como amigo y enfermero, sino como albacea, en caso de fallecimiento. 

Dejemos el asunto del infarto a un lado, dije en el ya citado almuerzo en La Parroquia, hay varias vertientes del asunto que no tengo muy documentados. Por ejemplo lo de las cubanas. Ah, las cubanas, exclamó el mejor cuentista veracruzano, digamos que ese es mi campo. Y pasó a explayarse. En una de las frecuentes escapatorias de la mezquindad provinciana (voces en las sombras no dejaban de incordiar al pobre Nario con anónimos en los que se le acusaba de extorsionar a los rectores para que le concedieran prebendas, premios, doctorados y en los que se le sindicaba como militante homosexual y hasta traficante de mozalbetes guapos y atléticos) Nario logró ligar una invitación a la Universidad de La Habana para pronunciar una serie de conferencias sobre un famoso poeta también homofílico. Por las noches salía el doctor solitario a  caminar por el malecón de La Habana, sabiendo sin duda que ese era el mejor territorio de caza de jovencitas y que su aspecto de extranjero,  particularmente destacado por la estrafalaria costumbre de portar siempre su paraguas y el ya famoso saco tres cuartos apestoso, eran la mejor carnada. 

Cabe aquí preguntarse por qué, si todos los indicios hacían sospechar que el doctor Nario era adicto a los goces helénicos, siempre lograba conseguir la compañía de mujeres, en general bastante frescas y tiernas; también cabe responderse, en calidad de conjetura, claro, que ello se debía a que pagaba por la compañía, ello para liberarse del terror a que se le achacara una desviada tendencia sexual. Las mujercitas eran su escudo contra las murmuraciones. Y contra la soledad. De ahí su eterno plañido en Facebook. La soledad y la ansiedad van de la mano. En muchos casos, como en el mío, no hay salida / El camino nunca termina. Lo que termina es la vida. Nada extraño pues que lo abordara una de las desprevenidas jovencitas, apenas al borde de lo legalmente permitido, con la cabellera aleteando al viento del malecón y que le contara al compasivo Nario sus penas: madre diabética, abuela con Alzeimer, hermanitos sin zapatos para ir a la escuela, levantarse a las cuatro de la mañana para hacer la fila del pan, el jabón, el dentífrico, la carne de pollo una vez al mes. Terminaron Nario y la chica, claro, en un bar y después en la habitación del Hotel Imperial sin que el hombre apurara una copa y sin que usara de las artes amatorias de la linda jovencita y después de una semana en la que visitaron todos los días los almacenes donde se compra con dólares y en los que ajuareó a  la bella casi adolescente con todos los últimos modelos de Nike, Adidas, Puma, y después de hacer colaboraciones solidarias un día sí y otro no de 5o, 100, 200 dólares para tapar goteras, impermeabilizar la casita de la amiga, comprar zapatos, un pastel de cumpleaños para la abuela,  la invitó el doctor Nario a viajar con él a México, sin compromiso alguno, trato que aceptó Yahaira, que así se llamaba o decía llamarse la mujercita preciosa. Y de tal manera fue como llegó el doctor a nuestro pueblo con aquel trozo de hembrita deliciosa como no se había visto otro en nuestro rancho. Amorosa la chica y con talento, se inscribió en la Facultad de odontología gracias a su beca, “la beca Cente-Naria”, decía con leve ingenio que celebraron sus compañeros. Y se los podía ver con aires de gran romance, ella del brazo del vejestorio, con una carcajada perpetua instalada en un rostro que bien podía envidiar la más sólida debutante de una película de bajo presupuesto en Hollywood. No pasó un mes sin que Yahaira le encareciera a Nario que salvara a su mejor amiga, Carmenza Duque, de las torturas del régimen comunista. Lo que hizo Nario de buen grado. Pagó el boleto de Carmenza Duque, que resultó ser todo un trasatlántico de mujer, aún más estrepitosamente espectacular que la primera. Pero luego de Yahaira, fue necesario traer de Cuba a doña Sofronia, mujer de noventa y cinco kilos, abuela de la primera inmigrada, para salvarla de la inminente muerte por coma diabético y del inevitable desalojo. Y después tuvo que importar a la hija de Sofronia, mujer escandalosa y malhablada, madre de Yahaira, porque era la única persona en el mundo que podía soportar el humor solferino de la vieja de noventa y cinco kilos. Total, que al año de la llegada de Yahaira, eran ya cinco personas las integradas a la familia, todas con grandes aspavientos, grandes carencias y naturales apetencias. Y eso sucedió hasta que llegó a su casa una noche Nario tras faltar a sus cátedras nocturnas en  la Facultad de Letras y encontrar a Yahaira y Carmenza Duque trenzadas como dos serpientes nauyacas hechas un cerrado nudo de lujuria. Las estuvo mirando, tembloroso y emocionado, un rato sin que ellas se dieran cuenta y según parece aquello era una escena del dantesco séptimo círculo, salía un humo, un vapor de sahumerio de los cuerpos (me contó Nario) y cuando se dieron cuenta de la presencia del testigo indiscreto en lugar de avergonzarse, le apuntaron con sus deditos índices doblados en la última falangeta invitándolo a unirse al aquelarre. Lo que obviamente Nario no hizo porque, como ya se sabe, su aparato no funcionaba desde los tiempos del descalabro con la Mimicha, más bien les dijo con su habitual timidez, “por mí no se preocupen, niñas, sigan jugando, que yo nada más las miro”. Y no se piense que Nario las echó de la casa por esa íntima inmoralidad, que terminó gustándole al extremo que después, como se verá, trató de revivir con sus alumnas, sino por el hecho de que la invasión de cubanos amenazaba con expulsarlo de la casa. Y es que Carmenza también tenía parientes en extrema necesidad, algunos de ellos perseguidos políticos, que era necesario extraer de Cuba antes de… Etcétera. La solución a aquel desastre inmigrativo la maquinó y llevó a cabo Nario mediante un acto radical matemáticamente planeado. Invitó a toda su nueva familia a pasar una semana en el Hotel del IPE en Chachalacas. Todos los gastos pagados. Cuando regresaron bronceadas y con sobrepeso de mariscos las cubanas encontraron todas sus pertenencias en la calle, la casa blindada con rejas, candados y un par de guardias privados que informaron: el doctor viajó a Belgrado y no va a regresar hasta que termine un doctorado. ¿Qué pasó con la manada de invasoras cubanas? Nada grave: todas se instalaron en la ciudad, Yahaira terminó su carrera, Carmenza entró a Medicina, la abuela murió y la madre se empleó como capturista en una empresa fantasma. Dicen que tienen casa propia y la verdad es que ya no necesitan del apoyo del doctor. 

Mi espionaje por medio de Facebook es cada vez más tedioso. Ya el doctor Veloz no aporta nada a mi curiosidad. Y no. No se ha suicidado ni lo ha carbonizado un piadoso rayo. Hago frecuentes llamadas telefónicas a los que alguna vez consideré amigos. Casi ninguno me contesta. Y si contesta lo hace lacónicamente. No tienen nada que decir sobre Nario. Imagino con frecuencia ir al sepelio del personaje. A veces pienso que al entierro no asistirán sino los enterradores. En ocasiones conjeturo una multitud conformada por mujeres y por académicos satisfechos que quieren asegurarse de que es cierto: ha muerto el doctoradísimo Nario Veloz. Y voy más allá: casi puedo apostar que le harán una estatua en la explanada de rectoría. Y una década más adelante comenzarán a aflorar volúmenes de novelas que harían palidecer a Proust, a Faulkner y hasta el mediocre de García Márquez. Pero, ay, amigos, todo esto son imaginaciones. Nario Veloz sigue vivo mientras no se demuestre que está muerto. Y quizás ni siquiera cuando muera podré estar seguro de que no va a regresar. Y tal vez lo haga ya descaradamente como el vampiro que es y que nunca pudo ocultar. Pues bien: ya no puedo soslayar lo que es evidente: este texto fue dictado por el odio y la envidia; si vale algo hay que atribuírselo al doctor Nario Veloz. Quizás éste sea el único mérito destacado que se pueda atribuir al personaje.

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Marco Tulio Aguilera Garramuño: cuentista, novelista, crítico y periodista colombiano. Cursó la licenciatura en Filosofía en la Universidad del Valle; Maestría en Literatura de la Universidad de Kansas. 

La Zona Fantasma, un cuento de Carlos Polo

Distrito Grafiti

L

o primero que golpea al pisar la Zona Fantasma no es precisamente el roñoso panorama, la suciedad, los desechos desparramados por todos lados, las edificaciones en ruinas; no: lo que realmente se te viene encima como un ramalazo es el mal olor. Una especie de presencia sólida y penetrante que te sacude entera.

Avanzo intentando sortear el detritus, la descomposición, las bacterias, las bacterias, las bacterias… los microbios, los microbios, los microbios…

Me esfuerzo en controlar las arcadas mientras me adentro en estas calles atestadas de sucios muertos en vida, con la firme intención de pasar desapercibida entre el ir y venir de todos estos desconocidos, en este pedazo de tierra de nadie, de estos miles de nadie que deambulan sin prisa y sin tiempo, con la marca del exilio pintada en sus caras.

Avanzo entre todos estos desahuciados que van por ahí compartiendo sus fluidos, su vaho, su sudor, su halitosis, su mugre y sus despojos.

En la Zona Fantasma habitan no solo alimañas y bichos de toda índole, sino miles de empaques desperfectos y en avanzado proceso de deterioro, enseñando a plena luz las claras alteraciones moleculares que presenta su organismo, la falta de regeneración de sus células y el descarado avance de la muerte, una real, definitiva e irrevocable muerte…

¿Cómo se puede subsistir en semejantes condiciones?, ¿cómo puede ser ésta una consciente y libre elección? No solo resulta difícil de creer, sino obsceno y repulsivo. Son fantasmas, sombras imperfectas, fieles discípulos del caos y la apoptosis, comemuertos impenitentes que decidieron huir del sistema y negar toda norma, toda ley, toda autoridad y regirse según sus propios términos.

A la Zona Fantasma se accede atravesando el Desierto de las Medusas, y luego este cuadro decadente en donde reinan como únicos dioses de bolsillo el individualismo, la fuerza, el engaño, la astucia y la recursividad. Aquí todo está en venta, todo es susceptible de negociar, hasta la esencia. Incluso lo que no se ha inventado, si no existe, en la Zona simplemente lo hacen realidad.

Mi IAI se apresura a descontaminar el oxígeno, un sujeto alto, extremadamente delgado, se atraviesa en la acera.

La cosa va ataviada con una vieja gorra gris, de la cual se desprende un par de orejeras largas que le penden sobre los hombros. Una especie de viejo gabán del mismo color, roído y deshilachado que le llega hasta las rodillas, le cubre una camiseta a rayas agujereada y un pantalón demasiado ancho y holgado que le baila sobre los huesos.

Se despoja de unas gafas oscuras con una extraña lentitud y solemnidad que me resulta curiosa y luego hace una mueca y muestra unas encías desdentadas. Su ojo derecho es una prótesis vieja por donde se puede observar una cuenca vacía y una serie de cables y conectores eléctricos, su ojo no es más que una pelotica que se mueve para todos lados como si no existiera conexión alguna entre los comandos cerebrales y la misma prótesis.

Su rostro ajado, excesivamente marcado por las arrugas, está enmarcado entre un cabello largo y completamente blanco, sin vida. Hace un gesto adusto, circunspecto, y enseguida vuelve a cubrir sus ojos con los lentes.

“¿Tiene alguna idea sobre cuánto tiempo habrá que mantener oculta esta historia?”, dice.

No entiendo de qué habla, y lo peor es que sigue como si nada, como si nunca se hubiera atravesado en mi camino. Un pequeño vehículo con dispositivo autónomo lo sigue como un satélite; en  el  interior  de  la  máquina,  expuestas  a  la  vista,  se  pueden  observar varias prótesis, algunas oculares, otras de extremidades inferiores y superiores, órganos biológicos e implantes cerebrales de vieja generación IA20050, completamente descontinuados.

Un ventarrón inesperado levanta una enorme nube de polvo. Sobre la acera y tirado como un trasto inservible, me encuentro con un cuerpo que yace boca abajo. Mi primer impulso es continuar mi camino sin que nada me distraiga, pero hay algo dentro de mí que siempre termina por imponerse a la lógica y a la razón.

“Esa no es una buena idea”, dice Eloysa, la IAP conectada a mi dispositivo.

“Y según su sabia majestad, ¿qué se supone que se debe hacer en estos casos?”. 

“Nada. Todo lo que no esté conectado con la operación está de sobra”.

“Y según… Me estoy saliendo de los parámetros que competen a la operación. Vaya, muchas gracias”.

“De nada”.

“Siempre es bueno tener presente estas cosas”. “Descuida, para eso estoy aquí”.

“De manera. Muy bien, gracias por todo, ciao …”. “Por favor, no me vayas a…”.

“Ciao, hasta la vista. En este momento no necesito sermones”.

Me agacho y toco el hombro del desconocido. “Hola, ¿está bien?, ¿se siente bien?”, le pregunto,  mis poros reciben otro embate del viento como respuesta, trago algo de polvo, lo cual me desata un momentáneo ataque de tos. Giro el cuerpo, que me parece liviano en exceso, como si tuviera entre mis brazos una cáscara vacía.

Del otro lado de la acera alcanzo a divisar unos viejos y roídos tenderetes atestados de compradores atraídos por el humo y los fuertes olores que producen los animales procesados para la ingestión. La triste panorámica me provoca un ligero ataque de asco y repugnancia.

En esta tierra de perros hambrientos y famélicos, nadie, absolutamente nadie, se interesa en otra cosa que no sea saciar sus propias tripas.

El cuerpo ya frío y acusando el rigor de la muerte, me enseña las cuencas vacías de unos ojos abiertos de par en par, que miran fijo hacia el oscuro infinito, hacia la nada. Automáticamente caigo en la cuenta de la inutilidad de mi gesto. De su boca escapa una enorme cucaracha que hace que retroceda de manera instintiva.

Era un hombre joven, famélico, sin un solo asomo de grasa corporal. No lleva calzado, ni abrigo, tampoco corazón, en su lugar hay un agujero y conectores desordenados y desprendidos. Otra cucaracha se desliza por su boca, y esta vez sí que resulta suficiente para mí.

“Eloysa, dame un mapeo completo de la zona, evalúa los posibles elementos hostiles circundantes y, por favor, dame la ubicación exacta del primer elemento”.

“Te dije que no era buena idea”.

“Tienes toda la razón, debí escucharte”.

“Por el momento no hay registro de posibles elementos hostiles a la redonda. Latitud Oeste, antigua capital portuaria. Divisado primer elemento a 2500 metros latitud norte”.

“Gracias, Eloysa”.

“No está de más recordarte que debes evitar el contacto con estos salvajes”. “Sí, ya lo sé”.

“Podría enumerarte una a una las 5325 posibilidades en las que esta exagerada exposición de tu parte puede terminar mal”.

“No hay ninguna necesidad de exagerar”.

“Yo solo pinto un cuadro fáctico de la realidad circundante”. “¿Y qué se supone que tengo que hacer?”.

“Ser mucho más cuidadosa y menos confiada. Por lo menos con un mimetismo adecuado llamarías mucho menos la atención”.

“Muy bien. Sugerencia procesada. Lo tendré en cuenta para la próxima”. “Deberías hacerlo en este mismo momento”.

“Gracias, pero no me apetece. Hasta luego”. “No se te…”.

“Ciao”.


Lascivia- bar.


Sobre el escenario tres jóvenes danzan mientras se van despojando de la ropa al compás monocorde y acelerado de una canción popular. Rodeando el escenario varias mujeres sonríen levantando sus vasos al aire. Algunas aprietan sus labios contra los de sus compañeras de mesa, otras se toquetean, otras aplauden mientras beben.

En la barra, uno que otro sujeto solitario contempla ensimismado su bebida destilada. El chico ubicado en el centro del trío de bailarines realiza una acrobacia que sus piernas modificadas le permiten, que no son otra cosa más que un par de implantes descontinuados, de esos que se empleaban antes de la revolución molecular.

Un sujeto excesivamente alto, que atiende los pedidos detrás de la barra, sonríe sin motivo mientras realiza unos ridículos pasos de baile y su cabello le cambia de rubio a moreno, de blanco a rojo, de azul a castaño, al ritmo de los beats acelerados de la canción que se escapa de los reproductores de sonido.

Cuando los jovencitos se despojan de toda la ropa, el bar entra en calor y la salva de aplausos y el vitoreo no se hace esperar. El rubio del extremo izquierdo se roba la atención de todos gracias a las erecciones espontáneas y a los movimientos rápidos y exagerados de su miembro que maneja a total voluntad. Alrededor de su glande se pueden observar los filamentos electrónicos y los conductos modificados que le permiten su espectáculo.

“¡Eloysa, Eloysa, necesito contacto visual con el elemento!”.

“Dame un minuto. La recomendación es dejar este lugar lo más pronto posible; todos y cada uno de los presentes se constituyen en elementos potencialmente hostiles”.

“A veces siento que olvidas toda mi experiencia y mis años de entrenamiento”. “No se trata de eso, es… No sé cómo explicarlo…”.

“Olvídalo, concéntrate en el elemento”.


Ilda la Desertora.


“De acuerdo. Reconocimiento facial, lectura biométrica concordante. Esquina derecha junto al rincón. Ilda Val Kiriart, más conocida como Ilda la Desertora, ex miembro importante de la FA perteneciente a las primeras falanges, fue degradada y expulsada durante la cuarta oleada de purgas. Fue acusada de apropiación de recursos, desacato y conspiración”.

“¿Por qué repites todo eso, Eloysa, si sabes que yo tengo esa información más que procesada?”.

“Porque lo considero necesario y práctico, lo siento. ¡Cuidado, arma letal!”.

“Eso sí que es importante. Pero tranquila, en esta ecuación a ella le resulta de mucho mejor provecho mantenerme intacta, sin un solo rasguño, o de lo contrario jamás conocerá lo que es un empaque nuevo. Es más, podríamos estar seguras de que de ahora en adelante contamos con una guía y con seguridad personalizada”.

“Contacto visual y reconocimiento asegurado. Preparados”.

“No hay problema”.

Alta, robusta, de facciones duras, Ilda es una mujer que lleva marcado el paso del tiempo en su rostro. La mujer  es poseedora de un raro temple, una especie de rudeza salvaje que habita en su mirada.

El barman sirve un par de tragos dejando las copas al alcance de sus manos, la larga barra poco a poco se ha ido poblando de curiosos que buscan de cualquier manera acercarse para observar mejor el particular espectáculo.

Ilda vacía la copa de un solo envión y la vuelve a poner sobre la barra de un golpetazo seco y enérgico. Escanea completa a la delicada mujer que tiene enfrente, la esculca de arriba abajo, empleando esos ojos fríos cansados ya de tanto trasegar por un mundo que no ofrece treguas ni concesiones.

“Es hora de largarse de aquí, niña, antes de que toque abrirse paso a punta de pistola. Uno no puede meterse en un nido de víboras como este con un empaque así de inmaculado. Allá atrás ya están negociando desde tus ojos hasta tus tetas. ¡Muévete, niña!”.

Dice con un tono de voz igual de áspero al de sus bruscos ademanes.

La noche sube de temperatura, los cuerpos de alquiler, de estos jovencitos desesperados, brindan y sonríen, entre el humo de cigarrillos de colores y sabores estrambóticos, entre exóticos licores que fungen como aperitivo para invitar los discretos placeres de la carne, entre alegres conversaciones de mero tránsito, antes de concretar la transacción.

Cada una de las luces están dispuestas para invitar a la intimidad y la discreción, en medio de una abundancia de cuero, piel al descubierto, risas, bebidas, danza. Todo lo que está ocurriendo frente a mis ojos es ilegal, prohibido y fue  erradicado completamente a lo largo y ancho de las cinco localidades.


La música del océano.


Ganan la calle y se enfrentan a otra noche desprovista de luna y estrellas, a un cielo, que no es otra cosa que un agujero negro y oscuro, un hueco gris del que empiezan a caer delicadamente pequeñas motas blancas. El frío arrecia, la calle es una boca hambrienta y abierta que las engulle sin masticar.

Rodean la calle con lentitud desplazándose con disimulado sigilo entre charcos y agua estancada. Rezagos del fuerte aguacero que cayó mientras ellas estuvieron bajo las luces estroboscópicas del bar.

Ahora acusan un persistente goteo fragmentado, lo suficientemente fastidioso para generar incomodidad. En especial las calles de la Zona Fantasma no gozan de una gran vitalidad y no se trata precisamente de la lluvia. En los pocos rostros de los atrevidos y necesitados cuerpos de alquiler que caminan la acera como si nada, se adivina el miedo y la desconfianza.

Ilda marca un paso rápido y firme. Doblamos la esquina para desembocar en un callejón oscuro. Se detiene, me toma de la mano y se lleva el dedo índice a la boca. Nos volvemos a mover, esta vez con mucho sigilo. Se vuelve a detener y se pega a la pared, recostando la cabeza y la espalda, me hace un par de señas ordenando que haga lo mismo. Bate un par de palmas y ordena con firmeza a su IAP.

“¡Camaleón!”.

Quedamos envueltas en una falsa fachada holográfica, que nos permite ver de adentro hacia afuera y nos proporciona un mimetismo perfecto. A escasos centímetros vemos pasar a un grupo de cuatro mujeres y dos sujetos que llevan armas desenfundadas. Todos estaban departiendo hace unos momentos en el mismo bar de mala muerte que acabamos de abandonar. Durante varios minutos se dedican a revisar y a hurgar por los alrededores, luego se dispersan, tomando cada cual un camino diferente.

Una vez que se pierden de nuestro alcance focal, Ilda se pone de nuevo en movimiento y volvemos a tomar la calle. Regresamos por donde vinimos, como recogiendo los pasos, y luego tomamos la bocacalle buscando el oeste por un callejón largo que desemboca en las postrimerías del Desierto de las Medusas.

Gracias a los conocimientos de la zona y a la ya curtida relación de Ilda con estos recovecos y estas callejuelas desamparadas y sin ley, logramos ponernos a buen resguardo. Ingresamos a una vieja edificación que parece abandonada. La primera habitación tiene una extraña forma redonda, es un recinto amplio, espacioso. Ilda se detiene en el centro de la habitación, cierra por completo los ojos y me dice.

“Cierra los ojos y escucha; sé que eres demasiado joven para reconocer de golpe este sonido, pero solo inténtalo”.

“Qué, cómo”. 

“Shhhhhhhh”,  ordena, convocando el silencio o, mejor, a los sonidos que solo son percibidos precisamente cuando intentamos que el mundo se detenga.

Una especie de rumor que crece y crece me empieza a recorrer el cuerpo, una especie de rugido cadencioso, acompasado y tranquilo. Algo que no logro asir ni interpretar con las palabras, una energía pura y tranquilizadora que me empieza a arrullar.

“¡Eloysa, Eloysa!, ¿me puedes sacar de esta vergonzante ignorancia?”.

“Cómo no. Revisando en los archivos. Esto que escuchas no es más que un fenómeno natural. La llamada música del océano, los sonidos producidos por las olas del mar, que siempre estaban en constante movimiento. Cuando la fuerza del agua tocaba la costa o embestía contra las rocas generaba esa vibración acústica, que terminaba reproduciendo esa especie de bramido”.

“Bienvenida al Caracol, el único lugar de toda la Zona Fantasma en el que se produce esta cosa maravillosa. Ahora sí podemos seguir adelante con nuestro asunto. Aquí nadie nos puede interrumpir, nadie puede intervenir con nuestra transacción. ¿Están listo los códigos de acceso?, ¿el indulto? Y…”

“Todo está listo y debidamente coordinado. Todo: el acceso a los recursos y a la información solicitada. Y lo más importante, el nuevo empaque. No serás perseguida, la FAS borró ya el expediente. Lo único que no tienes permitido es la reincorporación, seguirás confinada a la Zona Fantasma”.

“Les puedes comunicar a las culos fríos de tus jefas que no tengo ningún interés en su mentira y en su mierda de sociedad perfecta. ¡Qué se jodan todas! Hasta tú, bonita criatura valiente. Jajajajajajaja. Tienes esas tetas bien grandes niña bonita para meterte así sin protección a la Zona Fantasma. Jajajajajajajaja. Diles a tus jefas que lo único que necesito es que me cumplan”.

“Aquí quien ha cometido delitos y ha infringido la ley es…” “Podrías callar a ese bicho no-biológico”.

“Adiós, Eloysa, gracias por los datos”. “¿Cuáles son mis garantías?”, pregunta Ilda con los puños cerrados, que reposan sobre su gruesa cintura.

“Todas. Todo aquel que le sirve bien a la FA siempre será recompensado. Extiende tu brazo”.

Ilda extiende su brazo derecho ofreciendo la palma de su mano. “Dame acceso”.

Ambas digitan sobre sus muñecas los respectivos códigos, luego las acercan a centímetros y el trato queda sellado.

“Es hora de irme. Hasta aquí llega mi responsabilidad y mi parte del trato”. “¿Y dónde encuentro a mi elemento?”.

“Después de esta habitación debes seguir hasta el final del callejón oscuro que precede a esta estancia; una vez culmine, allí encontrarás lo que buscas.”.

Me da la espalda y se marcha sin más, sin un gesto ni una palabra de sobra. El callejón es un agujero húmedo y oscuro, prolongado, casi interminable.

“Eloysa, necesito luces, no tengo idea de hacia dónde voy”.

“Realizando diagnóstico. Te quedan menos de 20 pasos para ganar la salida; no registro por el momento amenazas o elementos hostiles”.

“Muchas gracias”.

“Siempre lista para el servicio”.

“A veces sería bueno que no lo estés tanto”. “No entiendo”.

“No es nada”.

“Nada, esa frase no es coherente con lo que acabas de expresar”. “Olvídalo. Por el momento necesito volverte a bloquear”.

“Pero aú…”. 


Los soñadores.


El callejón conduce a otra enorme estancia ocupada por cientos de cuerpos en reposo que yacen en pequeñas camas ordenadas en hileras. La mayoría conectados vía intravenosa a soluciones salinas y suero de sustento. El terrible olor hace imposible la respiración, una mezcla de sudor, heces y orina concentrado. Todos y cada uno de estos seres en reposo están conectados a dispositivos IAI, que a su vez están conectados a una matriz que les da acceso a la plataforma.

Un hombrecito de rostro oval y bigotes delineados, casi que milimétricamente dibujados, se acerca a mí con un particular modo de caminar que me resulta gracioso, además de sus enormes orejas y la extraña bata blanca atiborrada de polvo y suciedad; el hombrecito no camina, se balancea de un lado para otro como un antiguo autómata de esos fallidos que terminaron descartados precisamente por su antinatural despliegue motriz.

“Bienvenida. ¿Cuántos meses de conexión desea? Antes de asignarle un cupo necesito que llene estas formas, por favor”.

No solo se trata de su rostro, de su forma de caminar, ahora me sorprende mucho más su extraño tono de voz, grave, profundo, bien modelado, en completo contraste con su extraño cuerpo asimétrico.

“No, no vine a eso. Ilda me dijo que todo estaba arreglado”. “¿Ilda, cuál Ilda?”

“Ilda, la Desertora”.

“Ahhhh, la Desertora. Muy bien, disculpe la confusión, pero ya está claro. Haberlo dicho desde el principio. Ilda La Desertora, claro que sí. Muy bien, nos ponemos en ejercicio de ipso facto. Cupo 225, hilera 23. Acompáñeme, por favor”.

Por sus ojos desfilan cientos y cientos de cuerpos famélicos, pegados al hueso y al tuétano, algunos en completo reposo, como si hubiesen entrado ya en la total desconexión que supone la muerte real. Otros menos desgastados y muy activos, moviendo los brazos o las piernas; otros solo con la cabeza en movimiento, el rostro enjuto, adusto, marcado por el tiempo. Algunos tan famélicos que ya no son más que cadáveres momificados en los que aún se percibe un mínimo impulso vital y nervioso. Todos y cada uno de ellos idos y con los ojos apagados, como si la presencia de sus cuerpos fuera solo un reflejo, una ilusión, un espectro…

“Perdóneme, por un momento pensé que usted era otra soñadora; aunque, pensándolo bien, por su aspecto, dudo mucho de que alguna vez haya probado de estas amargas mieles”.

“Está usted en toda la razón. ¡Eloysa, Eloysa! Dame la ubicación exacta del elemento”.

“Divisado el elemento, estamos a pocos pasos de su encuentro. Signos vitales funcionando y óptimas condiciones, estado físico en orden. En reposo inducido y contemplado desde hace 45 días”.

El hombrecito se detiene frente a una de las angostas camas, revisa unos ficheros que cuelgan de una de las esquinas.

“Aquí está, El Colorado Tourette, un consuetudinario asiduo de esta Casa de los Sueños. Tourette es un soñador regular y controlado, nunca ha extendido su viaje por más de 120 días”.

Retira con mucho cuidado el dispositivo IAI de la sien del Colorado y este se incorpora en la cama casi que de un salto. Sacude con fuerza su cabeza e inicia con una rápida y repetitiva contracción y distención involuntaria de su rostro. Saca la lengua, la esconde y arranca con una sarta de maldiciones.

“Mierdas andantes, putos culisucios, comemuertos, matasoles, alimañas necrófagas, tragaculos…”.

Virgil espera que se calme un poco y lo mira directo a los ojos para soltarle una sentencia.

“La máxima jerarca de la FA envió por ti. Te necesitamos, Colorado. Tenemos un importante encargo para ti y no tienes una solo opción, una sola posibilidad de negarte”.

Su cabeza comienza a sacudirse una vez más, contrae y abre la boca, los pómulos, luego cierra y abre el ojo derecho, después el izquierdo, saca la lengua y la vuelve a guardar para terminar con otra ráfaga de maldiciones y puterías.

“Pero quién es el puto comemuertos, culisucio, salvaje marrano, mataestrellas, tragapalos, malnacido, masticahuevos que se atreve a interrumpir mi…”.

_____

Carlos Polo  (Barranquilla, 1973). Autor de Polifonía de Colores, Testamento de la barriada, La suerte del perdedor. Dirigió la editorial Labra Palabra.

Truenos de agua, un cuento de Keren Marín

D

esde la ventana podía observar las cataratas. Deslizó la mirada y contempló la caída del agua y el estremecimiento que se producía cuando esta se estrellaba contra las piedras. Ensimismado se acercó al albornoz durante algunos minutos, olvidando por completo lo angosto de la habitación y el modo en que la humedad iba carcomiendo las paredes. Con lentitud desempacó sus maletas, ordenó el dormitorio y colgó al lado de la ventana una filmina a color de aquel paraíso tantas veces soñado. Quería ver si aquella imagen coincidía con lo que divisaba a través del vidrio. “Es igual” susurró. 

El reloj ya marcaba las 9 p.m., se acomodó con dificultad en la cama estrecha y apreció con los ojos apenas entreabiertos los saltos de las cataratas. Durante treinta y cinco años su vida se consagró únicamente a tal propósito: desde que descubrió aquel mágico paisaje en las imágenes de colores que atesoraba su hija con esmero, se empeñó en conocer aquel lugar. Fue tanta su obsesión que destinó un tercio de su salario para el viaje, renunció por completo a toda actividad que lo desviara de aquella pasión febril y en el ímpetu de su delirio abandonó su hogar llevando únicamente consigo la minúscula filmina. Tras un largo suspiro cerró sus ojos y trató de dormir, pero el sonido del agua irrumpiendo en el vacío le impidió conciliar el sueño: “Es cuestión de tiempo, pronto me acostumbraré a su presencia”. Sin embargo, los días discurrieron y con ellos la impaciencia al no poder conseguir tan anhelado descanso. 

De día la belleza de las cataratas era muda, pero bajo el claro de la luna su sonido hacía eco en las paredes y lo aturdía de tal modo que al día siguiente permanecía desorientado. Agobiado, preguntó al encargado del hotel el nombre de algún somnífero que le permitiera descansar, pero este respondió secamente: 

—Ya debería saber usted que las cataratas hacen demasiado ruido.

Después de aquella conversación tensa e infructífera, abandonó el hotel y recorrió durante varias horas los alrededores hasta que el cansancio lo venció y decidió volver a la habitación de paredes mohosas. Con el sueño a cuestas se acomodó sigilosamente en la cama, entrecerró los ojos y trató de obviar el sonido del agua saltando de los peñascos. Durante unos minutos la habitación se llenó de silencio, pero luego y sin previo aviso volvió aquel sonido monótono, el ruido de sus propios pensamientos abalanzándose hacia el precipicio. 

En los días siguientes su aspecto demacrado llamó la atención a varios de los huéspedes: algunos le invitaron tragos en el bar mientras otros le ofrecieron cambiar de habitación. Pero él desechaba cualquier propuesta. Justificaba su decisión diciendo que solo desde aquella ventana podía apreciarse la caída del agua y la espesa bruma que cubría la cima de su salto. Frente a tal determinación los demás comentaron que era demasiado huraño y optaron por dejarlo solo. En la hora de la cena evitaban su compañía y cuando entraba sigiloso en el bar se apartaban hacia el rincón más alejado, pero eso no le importaba, pues él se devanaba los sesos en un único pensamiento: dormir. 

Las semanas transcurrieron sin mayor novedad. En el día cruzaba el vestíbulo de baldosas naranjas y recorría una y otra vez el puente colgante que conectaba aquella casona con las montañas. Si se cansaba se acostaba debajo de dos coníferas a observar el trasegar del río y volvía a deambular por el puente una vez recobraba las ganas de dormir. Durante la noche permanecía desvelado, rodeado por el murmullo que provenía de la sala de bailes y que le recordaba una y otra vez el sonido trémulo del agua. 

Cada día andaba de un lado a otro, se arañaba la coronilla despoblada y golpeaba con sus puños las paredes, se encerraba en los baños comunes y abría todos los grifos en un vano intento de contener la realidad que le perseguía y apresaba. Una mañana la filmina con la imagen de las cataratas clavada en la pared cayó al suelo. El hombre levantó la imagen, empacó sus pertenencias y se acostó en la cama. Si aquel había sido el paraíso que había imaginado, logró soportarlo. Cerró la maleta y abrió la puerta. No había vuelta atrás. Treinta y cinco años no podían ser en vano. 

Al día siguiente cruzó el vestíbulo con maleta en mano. 

Alrededor silencio. 

____

Keren Marín. Politóloga de la Universidad de Antioquia y Magíster en Antropología en la Universidad de los Andes.

Imagen: Salto del tequendama, Stanislaus Bhor

Es algo temporal, un cuento de William Tamayo Agudelo

Imagen: Wikimedia Commons

L

os gritos de Lina empujan la madrugada hasta mis pestañas. Busca a Manuel, mi sobrino. Todavía una fracción de mi cuerpo le pertenece al sueño, me doy la vuelta mientras un martilleo de pasos desesperados se clava en el piso de madera. Manuel debe prepararse para el colegio, dice, y, al parecer, está metido en una habitación diferente a la suya o continúa dormido o detenido en alguna estación de un juego de escondite, porque Lina grita cada vez más molesta sin importarle que su huésped se revuelque en el mueble de la sala cansado y con un poco de dolor de cabeza. ¿Cuántos años puede tener Manuel si aún disfruta jugándole bromas a su madre antes de las seis de la mañana?

El vuelo de Londres se retrasó. Por ese motivo hube de estar tirado en un rincón del aeropuerto por quince horas, arrebujado en las mínimas frazadas que guardaba en el equipaje de mano. La elemental sobriedad por la falta de recursos luego de un viaje de estudio y trabajo que fracasó, me acompañó en aquella espera, duplicada al siguiente día en el aeropuerto de Rionegro, donde permanecí ocho horas expectante por la decisión que tomaría mi hermano Luis, quien se debatía, estoy seguro, entre no responder de nuevo el teléfono, permitirme dormir en su casa o pagarme un hotel por cerca de una semana para evitar algún contacto conmigo. Al final, aceptó entregar su dirección y pagar un taxi que me llevara a su casa. 

Estoy en la sala, acostado en un mullido sofá de cuero marrón, con los ojos cerrados y escuchando la voz fuerte de Lina. La misma voz que con desgano, en la madrugada, me preguntó por el valor del transporte una vez abrió la puerta. Lina, su esposa, a quien no conocía en persona ni tenía por qué conocer. 

—Usted es el hermano de Luis, mi nombre es Lina, al amanecer hablará con él —dijo, luego de recibir el cambio. 

Mi sonrisa en el umbral no encontró reflejo en su rostro, pero tampoco leí en él molestia o rencor.

—Evite hacer ruido. Manuel, el niño, tiene un sueño ligero, cuando se despierta a esta hora no duerme más. Allí —Y señaló el sofá— puede dormir. Quédese con la ropa puesta. 

Como un ensalmo, el nombre Manuel resuena en la cocina, el patio, la escalera, el garaje, la biblioteca. Tendrá cinco años, tal vez seis. Supe del matrimonio de Luis hace siete años a través de su Facebook, pero en las fotos todos eran desconocidos para mí, incluso él mismo: calvo y más gordo. Lina no se veía en embarazo; por lo tanto, Manuel debe ser un pequeño en preescolar. 

¿Invitaría a mamá a su matrimonio? Aunque no aparecía en las fotos, dudo de su ausencia y de su presencia, simultáneamente. Con ella y Luis cualquier hecho cotidiano podía convertirse en un acto desquiciado: una camisa perdida en el fondo de la canasta de ropa sucia se transformaba, en pocos minutos, en una búsqueda desenfrenada por toda la casa hasta llegar a las casas vecinas y a las de los familiares más cercanos. El repiqueteo del teléfono, un día cualquiera, descorría el velo de la ferocidad hacia todas aquellas personas que pudiesen estar importunando su tranquilidad por el hecho de realizar una llamada; así que empezaban a insultar en orden alfabético a los posibles culpables, incluidos los bancos, las empresas de televisión por cable y servicios públicos. Por acciones como estas es imposible saber si mamá asistió a la boda o prefirió vestirse de novia o de viuda, chocar el carro nupcial antes de su llegada o, al final, decantarse por mantener una sonrisa para todos los invitados, lanzada desde una pantalla táctil dispuesta en el salón de recepción. 

Lina arrecia la búsqueda de Manuel. Desde el segundo piso baja la voz gruesa de Luis:

—Manuel no está hoy, preocúpate por Manuela, ve a su habitación. 

Lina, molesta, farfulla algo incomprensible. Luego grita: 

—¡Él debería estar aquí, entonces es tu turno! 

La escucho subir las escaleras y abrir una puerta. En la madrugada, antes de acostarme, recorrí el primer piso ayudado por la luz del celular, entré a la cocina, robé un banano, luego entré al patio, a la biblioteca y, al final, atisbé dos carros blancos en el garaje. Todo organizado, en orden, pulcro. Hay un niño y una niña en la casa, de acuerdo con los gritos de mi cuñada; sin embargo, en la cocina no encontré cereales, dulces o cualquier otro alimento que delatase su presencia. En el piso tampoco hay juguetes o rastros del desorden esperable de un par de pequeños. De nuevo la voz gruesa de Luis, ahora en un tono apenas audible, le pide a alguien que se levante. Podrían ser gemelos. Quizás, hermanos con poca diferencia de edad. Tengo dos sobrinos, en todo caso. 

—¡Está acostado en la sala! —Lina alza la voz.

Escucho abrir una puerta y cerrar otra. Mantengo los ojos apretados y mi cabeza está vuelta hacia el espaldar del sofá. Quisiera evitar la voz de Luis cerca de mi cara por mucho más tiempo, algunos meses si fuera posible, para evadir cualquier tipo de recriminación. Hace diez años fue nuestro último encuentro.

El sofá se hunde, la gutural y tumultuosa voz de Luis sube desde mis pies doblados: 

—Ricardo, Ricardo, despierta, son las seis de la mañana, aquí no dormimos hasta tarde y debes salir temprano, puedes volver después de las siete de la noche, por lo menos este día, ya veremos mañana. 

Doy la vuelta en el mueble y finjo que acabo de despertar, pero mi actuación es pésima. Luis es un hombre gordo y calvo envuelto en una bata blanca de dormir. Su rostro está mal afeitado y la mirada es seca, más de lo que recordaba. 

—Hola, Luis. Muchos años sin verte, tenías cabello entonces.

—El estrés —responde—. Asumir responsabilidades acelera el envejecimiento, tu rostro, en cambio, está lozano. No tengo mucho tiempo para hablar, deja la maleta en el garaje y vete.

—¿Para dónde? —le digo. 

—Visita a mamá, vive en el mismo sitio —dice. 

—¿En Belén? Está muy lejos de aquí y no tengo un céntimo. 

—Si sales temprano, llegas en tres o cuatro horas a pie. 

—¿Puedes llevarme? 

Luis mira mi maleta, luego mira las escaleras. Escucho ruido en el piso superior, pasos ligeros, de niño. Una puerta se cierra. 

—Mantener una familia es costoso, Ricardo: dos hijos, casa, los carros, colegios, Lina no trabaja. En dos o tres días tendré algo de efectivo para entregarte, lo mínimo para un hotel económico. Por el momento, puedes venir en las noches, estrictamente en las noches, cuando estemos acostados. 

El sonido de una ducha baja hasta nosotros. 

—¿Puedo usar el baño? 

—Rápido —exclama—. Tienes que salir ya. 

—Acércame un poco, cuando lleves a Manuela al colegio. 

—¿Escuchaste a Lina? Estabas despierto, entonces. Decidimos en la madrugada que evitaremos que te conozcan. No voy a llevarte. 

—Luis, papá optó por invertir su dinero en mi educación en Londres. Era su sueño…

—A las 6:20 debes estar en la puerta —sentenció. 

Son las 6:20 de la mañana cuando salgo de la casa. Busco la vía principal y desciendo por la calle central de la unidad residencial. Son lotes individuales en los que cada uno ha hecho su casa tan ostentosa como ha querido. El frío es soportable y juego con el aire caliente que sale de mi boca, mientras me hago a la idea de caminar hasta Belén; sin embargo, ver a mamá no agita mis emociones. Tal vez quiera practicar el juego del olvido o la ignorancia y se permita hacerme presentar durante algunas horas, preguntar cada tanto mi nombre, apellidos e insultarme cada vez que le diga mamá. Eso hizo una tarde por Skype, hace seis años. Le colgué y, unos minutos después, le marqué de nuevo. De inmediato, me dijo que no recibía llamadas de desconocidos. Luego, recibió algunas llamadas telefónicas, pero solo para decirme que mi voz le parecía vagamente familiar. 

Antes de las 7 de la mañana, dos policías de la estación de Las Palmas me preguntan mi procedencia y la razón para, en lugar de tomar un bus, caminar por la vía a esa hora. Cuando menciono a Luis, se muestran extrañados y dicen que lo vieron pasar en la camioneta hace un rato con doña Lina y el niño. Si soy su hermano, podría haber ido con ellos. Respondo con un encogimiento de hombros y una sonrisa. Además, deben estar equivocados, Manuela va con ellos, a menos que Manuel hubiese, finalmente, salido de su escondite. Una mujer policía me pide mi cédula, escribe el número en una especie de celular policiaco y luego me la devuelve, agradece mirándome a los ojos y le agradezco de igual manera. 

—¿Quiere que lo llevemos a alguna parte? —dice el policía. 

—Si son amables, a Belén Rosales. Se ríen y mencionan la extrema lejanía del barrio, algo que sé y por lo cual necesito el apoyo. Sin embargo, me dejan cerca de un paradero de una ruta integrada del metro. Desde allí, comienzo a caminar rumbo hacia Belén.

El celular marca las 10:13 cuando llego a la casa de mamá. Luego de tocar el timbre durante unos cinco minutos, escucho su voz desde el balcón. 

—¡Dalia, mamá, soy Ricardo! —grito y cubro mi rostro del sol con la mano abierta sobre la frente. Seco el sudor de mi cara con la manga del grueso buzo que utilizaba para evadir el frío de los inviernos de Londres.

—¿Quién? 

—¡Ricardo, mamá, llegué en la madrugada, vine a saludarte! 

No responde, abandona el balcón. De nuevo el timbre. Otros cinco minutos y al fin abre ella con un vaso de agua en una mano y unos lentes oscuros en la otra. 

—Debe tener sed —exclama, y se pone los lentes con ánimo de escrutar mi rostro. De un tirón me bebo el agua, mientras observo cómo mamá contrae su cara en una mueca de interrogación. 

—Lo que usted haya sido —dice—, ahora lo es un poco menos; si fue mi hijo, hoy le falta un pedazo de eso. 

Después de la frase, se da vuelta y sube por las escalas. Como no me invita, pero tampoco cierra la puerta, vacilo antes de empezar a seguirla con lentitud por aquellas gradas que en mis recuerdos son un poco más espaciosas y menos empinadas. La sensación de opresión en mi cabeza es igual a la que sentía cuando en la adolescencia abría la puerta y miraba antes de entrar.

Me gustaría iniciar una conversación diciéndole que soy huésped de Luis; sin embargo, al llegar a la última escala, veo que estoy frente a la gran sala vacía: sin muebles, cuadros, alacenas, ornamentos. 

—¡Dalia! —grito de nuevo, y la voz de mamá se alza desde el fondo de la casa.

—¡Un momento, señor! 

—¿Has tenido problemas? —pregunto mientras la veo venir con una taza de chocolate y algunas galletas de soda en la mano.

—Eso a usted no le interesa. Tome, coma algo.

—Aquí había cuadros y porcelanas costosas, mamá, ¿pasó algo? 

—No importa.

—Cómo no va a importar…

—El robo de un hijo —dice con fastidio y da la espalda para ir de nuevo a la cocina.

—¿Robo? 

—La verdad, de los hijos. De uno para viajar, del otro para educar una descendencia que no conozco —responde, mientras camina. 

—Aquí había cuadros de Manzur, Caballero, Grau y uno pequeño de Romero Ressendi traído por papá de España…

—No hay nada. Todo se vendió. Incluidos los cristales orientales. ¡Todo! 

—Pero…

—¡Ya! Se fueron y es suficiente explicación. Dígame a qué vino tan temprano.

—A saludar, saber cómo estás... Las acciones normales que emprende un hijo cuando regresa de un viaje —Mi voz retumba en la casa como un eco.

—Acciones inútiles. Por cierto, no recuerdo su presencia en el entierro de su papá. ¿Estuvo?

—No, mamá. Él mismo me pidió que detuviera el viaje. Me despedí por teléfono cuando aún estaba en el hospital.

—¿Sí? Muy obediente usted.

—Estoy seguro de que lo recuerdas.

—Eso no es de su incumbencia. ¿Me repite para qué vino?

—Voy a evitar entrar en el incómodo juego de las repeticiones, mamá. Estoy en la casa de Luis. Me quedaré allá dos o tres días, luego buscaré un hotel o una pensión, mientras logro reconocer la ciudad y recuperar viejas amistades que puedan ayudarme.

—¿Ayuda? ¿Otra vez? Mi casa es un monumento a la ayuda. Pero lo voy a demoler. ¿Terminó la merienda?

—Pensé que podría estar aquí durante el día. Luis me permite llegar en la noche a la casa, a dormir, únicamente. Necesito un sitio donde descansar, y si puedes, algo de dinero para el transporte, porque caminé desde Las Palmas. Luis, sabrás, vive alto, en una parcelación. 

—A las dos peticiones respondo no —dice—. Si va a estar aquí por algunos minutos debe ayudar con la limpieza. Segundo: evito dar limosnas. Decida. 

—Ayudo con la limpieza, como lo hice casi siempre.

Escucho una llave de agua abierta en la cocina y el sonido de un balde. Desde el balcón veo la contaminación cubrir de gris las montañas orientales. Huelo mi ropa y siento el hedor a humo y sudor, producto de la larga caminata.

—¿Belén está tan contaminado como el resto de Medellín? —pregunto.

—Otro asunto que no le debe importar. Averígüelo, si es de su interés. Aquí está el balde con la trapeadora. Con esa agua debe limpiar toda la casa, la cuenta de servicios es cara y debo ahorrar en todo. Espere un momento, voy a traer una silla. 

—¿Tienes desinfectante o algo con aroma para mezclar con el agua? 

—No hay nada, señor. Solo eso. Empiece y yo superviso.

Con la primera lavada de la trapeadora, el agua del balde ha quedado negra. Mamá está sentada en una silla de plástico en un rincón de la sala. Tiene los ojos cerrados. El sonido de la trapeadora al deslizarse por el piso comienza a adormecerme y de la sala se eleva un olor a tierra húmeda. Las baldosas están desgastadas, opacas, y muchas de ellas muestran grietas profundas.

—Dalia, ¿cuándo limpiaste por última vez? 

No responde. Llego a la primera habitación, la que fue mía: está completamente desocupada. La misma pared lateral pintada de rosa, ahora descascarada como si los cuadros y los afiches que allí estaban hubiesen sido arrancados con fuerza. Trapeo con descuido y salgo rápido. Prefiero evitar cualquier recuerdo nuevo levantado por la configuración tradicional, el techo con arabescos o el clóset de pino. El vacío de la habitación no aumenta mi desánimo por la casa o por mi madre. Es una oquedad a la que quisiera poner forma de recuerdo disipado. Es un espacio en el cual no quisiera dejar ninguna sensación del presente, creo.

Mamá está sentada con la cabeza baja y los ojos cerrados, esperando. Sospecho que, sin embargo, me ha visto por el rabillo del ojo. Tomo el balde, ella se para, agarra la silla y me sigue. Intento entablar una conversación en dos o tres ocasiones más y la respuesta es el sonido de carros y pájaros que sube por el balcón. Continúo. Dormitorio de Luis: sucio, aunque su cama, nochero, mesa y cuadros permanecen en los mismos lugares. Habitación principal: cerrada. Segunda sala para juego y televisión: sofá cama raído con ropa doblada encima y una lámpara de piso alta junto a una pequeña mesa para el computador personal. En el comedor solo quedan los muebles de caoba pulida empotrados en la pared. Algunas copas de cristal permanecen en la parte alta. Al acercarme a la cocina, mamá detiene la persecución.

—Suficiente. Pare aquí. La cocina está limpia. Puedo darle algo de comer más tarde. Espéreme en la puerta. 

—Mamá, no voy a robarte. Además, la casa está desvalijada casi por completo. 

—Aunque no haya nada, haber tenido familia me enseñó que siempre queda algo por llevarse. 

—Todavía tienes familia.

—¿Quiénes?

—Luis, sus hijos, Lina…, yo.

—¿Quiénes?

—Ya sé, permanezco sin perdón por parte tuya. Papá me entregó casi todo para cumplir su deseo…

—Escúcheme…

—Espera...

—¡Espere usted! Solo reconozco a Luis. ¿Hijos?

—Tiene dos: Manuel y Manuela.

—¿Lina? ¿Usted?

—Mamá, aunque parezca insensible o tranquilo, me siento un poco…

—¡Sin dolores! No conozco a ninguna Lina, Manuel o Manuela. Creí que Luis tenía un hijo, únicamente. Poco importa, no me incumbe. En cuanto a usted…, espere en la puerta. 

Un rato después, sentado en la jardinera de la casa, recibo de mamá un plato de plástico con arroz, huevo estrellado y papas fritas de paquete.

—Aprendí a comer toda clase de comida en el extranjero, aquí era más selectivo, importunaba por lo que me servían tú o la empleada. ¿Recuerdas? ¿Qué fue de ella?

Su respuesta: una mirada lanzada a mi boca y una mano en el aire. El rostro de mamá es inescrutable, recio, sus ojos grises y pequeños me miran con desgano. Tiene puesta una blusa vieja de lino blanco, un pantalón vaquero y tenis azules de suela baja. Su cabello es corto y de color castaño. Al mismo tiempo la percibo fuerte y cansada. En dos oportunidades se esfuerza en iniciar una frase, pero se detiene. Luego de un rato, cierra la puerta. Un mediodía gris cae sobre nuestras cabezas. El barrio siempre fue silencioso, no parece haber cambiado mucho durante estos años. A mi espalda se mueven algunas flores y las ramas del chirimoyo de la niñez se bambolean con lentitud. Estamos solos frente a la puerta: yo, sentado en el borde de la jardinera con el plato en la mano, ella con el brazo apoyado contra la pared. 

—Supuse que tenías una relación más fluida con Luis —le digo en un intento por buscar su voz, sin tomar en cuenta el gesto de la puerta—. Conmigo entiendo tu distancia, mi decisión fue marcharme. Me alentó papá, fui mediocre en mis estudios, eso lo sabíamos, pero él tenía esperanzas. Después, todo se vino abajo. Luis era tu soporte. Sin embargo, quedaron algunos ahorros y la pensión. Eso le entendí a él la última vez que hablamos. ¿Por qué, entonces, pareces desconocer la vida de Luis? Es el hijo mayor, al que más quieres o querías…

—Eso no debe interesarle a usted, no es de su incumbencia. Hace parte de la familia que fuimos. 

—¿Qué hace Luis? ¿Ayuda con tus gastos? En la mañana me contó acerca de sus obligaciones, Lina está desempleada y los niños deben estudiar en buenos colegios, imagino. Yo llegué sin un céntimo, literal.

—Ya todo se lo había quitado a su papá… A nosotros.

—¡A ninguno le quité nada! También hago parte de la familia. Era un derecho, la apuesta de papá.

—Siento cansancio, me reconfortaría que se fuera. No le agradezco la visita porque no lo invité. Luego de escucharlo, reconozco un poco su voz y no me gusta. Tampoco recuerdo si antes me gustaba.

—¡Mamá! Está bien, no es necesario querernos, tenemos suficiente con tolerarnos, buscar algo soportable del pasado. ¿Tengo que pedir disculpas? Ahora mismo, si quieres…

—Es absolutamente inútil. Para eso tendría que reconocerlo de nuevo, señor, y, la verdad, lo siento como un… extraño, alguien a quien no es necesario ver ni escuchar. Hace mucho tiempo perdí lo que tenía y carezco de la fuerza para buscar viejos cariños.

—¡Cómo que no me reconoces! Al comienzo de mi viaje hablábamos por teléfono casi a diario, aunque solo fuese porque papá buscase nuestra reconciliación. Soy tu hijo y lo seguiré siendo. 

—Su papá era quien lo reconocía. Yo quería una niña, una hija. Así estaría libre de la ingratitud. Mire el resultado, señor: este desastre de casa, unos muros, unas paredes solas, sin alma, sin otra mujer.

Dalia está parada en frente de la casa y me golpea con sus ojos grises.

—No fui mujer, en contra de tu voluntad.

—¡Y tiene que decir lo sabido! En su regreso lo evidencia: una mujer estaría aquí conmigo.

—¿Quién lo asegura?

—¡Yo!, que sé cómo obraron ustedes y cómo lo harán en el futuro. Por suerte, queda poco, de lo contrario, acabarían conmigo más rápido.

—¡Mamá!

—¡Silencio! Nada de mamá. Esa es una palabra muy pesada. Apelo al desconocido que siento que es: váyase ahora. 

En los aeropuertos aprendí a entregar los documentos de identificación a cualquier policía sin buscar razones. Por eso, cuando de nuevo me piden la cédula y me preguntan por qué estoy sentado en la orilla de la carretera, sonrío con amabilidad y digo la verdad. Recorrí el camino más largo desde Belén, tomé la vía principal hasta cruzar el puente de la estación Industriales del metro, de allí busqué la avenida El Poblado hasta llegar a la vía Las Palmas y empecé a subir; por lo tanto, estoy cansado y huelo mal. A los policías les hace gracia el relato del viaje y quieren saber en dónde termina. Se sorprenden cuando les doy el nombre del sitio hacia el cual me dirijo, pero dicen que no pueden ayudarme. Luego se van. 

Durante buena parte de la caminata tuve la imagen de mamá incrustada en la cabeza, pero intenté no hacer caso a pensamientos felices o nostálgicos sobre ella o la familia. «Es algo temporal», exclamé en voz alta, como solía hacerlo cuando atravesaba Tottenham Road al salir de clases, y pensaba en los malos resultados y en cómo terminar la universidad. «Es algo temporal», dije, cuando papá al fin descansó y su verdadera ausencia me hizo sufrir. «Es algo temporal», digo, sentado en la hierba, al lado de esta carretera que lleva a la gran casa de Luis, Lina, Manuel, Manuela.

Esperé lo suficiente para llamar a la puerta. Luis abre. La casa está a oscuras. Antes de que intente ingresar, cierra la puerta y me señala una banca larga de madera, justo debajo de un farol.

—¿Visitaste a mamá hoy? —pregunta con interés.

—Sí. Hablamos, le ayudé a limpiar un poco. Actúa parecido a ti, como si temieran que yo les fuera a saquear la casa o les hubiese robado algo. Al final, me sacó a la calle y luego me echó.

—¿Te contó algo?

—¿Sobre qué?

—Nosotros, mi familia.

—Dice que no sabe nada acerca de tus dos hijos. Tampoco reconoce a Lina. En la casa faltan los cuadros y los objetos de valor, está casi vacía. Nos acusa a los dos.

—Luego de la muerte de Roberto, lo vendí todo —dijo y sonrió—. Tenía que recuperar algo después de que te llevaste la mayor parte para tus supuestos estudios. Ella encontró la casa así como la viste, pero se sentía culpable conmigo. No defendió mi patrimonio. Inmediatamente, me alejé. He ido algunas veces más desde ese día. Tiene la pensión de Roberto, es una cantidad suficiente para que viva tranquila. 

—Yo vi lo contrario.

—Con el tiempo concluí que es la culpa. Eso la cambió.

—O la soledad o la venganza o la frustración. A ti, te quiso más. Eso siempre lo supe. Con esa certeza acallé el malestar cuando me fui. Supuse que continuaban unidos, cercanos, cómplices como en la niñez. Hizo un reclamo por no conocer tu descendencia. Así la llamó.

—Yo quería que algún día sintieras las consecuencias de tu rebeldía. Si hubieras rechazado la oferta de Roberto, aún vivirías con ella y yo habría administrado el capital. Estaría todo bien ahora. ¡Botar el dinero en estudios costosos! Roberto soñaba con un hijo dócil: tú. Y nos robaste. A él también. 

—Dalia me dijo que hubiese preferido una niña.

—¡Exacto!

—¿Cómo que exacto?

—Yo hubiera tenido el control. En una familia debe existir una independencia parcial. Al final los asuntos se reducen, como en un embudo, y debe quedar un filtro. Alguien por quien pasen las decisiones, otra persona que acompañe, una protegida. El resto del mundo se organiza alrededor de estos personajes. 

—Entonces, ¿mi rol era de acompañante?

—Tal vez. También de protegida.

Al escuchar a Luis lograba captar su convencimiento. Su cabeza calva estaba iluminada por la luz del farol y su cara tenía un gesto de autocomplacencia, de solemnidad.

—En tu familia, supongo, las cosas son así —barboté.

Al decir esto, el semblante de Luis cambió por unos segundos, me miró sin molestia, con sorpresa. 

—Con los años, lo será. Estamos en formación. 

—Por fortuna, tienes un niño y una niña, ¿no? Les vas a dar roles a uno y otra.

—Lo que sea —respondió con molestia, por primera vez—. Mañana te vas y deseo que no regreses. Si viviera en otro lugar, te pediría que durmieras afuera, pero debo dejarte dormir adentro, como anoche. Lina no es tan mala persona. Toma cien mil pesos, aunque no debería darte nada. 

—Muy bien. ¿Puedo bañarme?

Luis abrió la puerta y dejó que entrara. Miró un momento mi maleta y cerró con todos los seguros. Luego de usar el inodoro y darme un baño, me tiré en el mullido sofá. Sin embargo, no pude dormir. Deambulé por la cocina, tomé leche con pan, abrí algunos cajones con cuidado, descubrí un jardín detrás de la cocina con salida hacia un pequeño bosque de pinos y luego me concentré en el garaje interno. Un ruido a mis espaldas me alteró.

—¿Y tú quién eres?

—Debes ser Manuel —digo en voz baja, casi susurrando y un poco asustado. La casa está a oscuras, pero la luz de los faroles de la calle ilumina una parte de la sala. En frente, tengo a un niño soñoliento con el pelo alborotado que me mira con cara de asombro, vestido con un pijama de color melocotón.

—¿¡Y cómo sabes mi nombre, vienes de otro planeta!?

—Casi.

—¿Viniste en la nave Oumuamua? —pregunta excitado, mientras levanta las dos manos y figura un objeto alargado sobre su cabeza.

—¿Aprendiste eso en el colegio?

—En internet. Internet es un sitio muy grande y que sabe muchas cosas. Muchas más que el colegio. Luego te voy a enseñar cómo usarlo. 

—Muchas gracias, Manuel.

—Manuela. Soy Manuela.

—¿Manuela?

—Hoy me llamo Manuela. ¿Cuál es tu nombre alienígena?

—Ricardo. 

—¿Solamente? —exclama decepcionado.

—Sí. Soy hermano de tu papá. Soy tu tío.

—Uhmmmmm… ¿Pero sigues siendo extraterrestre aunque seas mi tío?

—No sé. Quizás. Si quieres.

—¿Puedo pensarlo unos segundos? 

—Claro.

—Ya. Yo quiero. Y también quiero ser una extraterrestre. ¿Me puedes conceder las dos cosas?

—Es difícil en este momento. Se me agotaron todos los poderes en el último viaje —respondo en un susurro.

—¿Y cuáles poderes se te acabaron? ¿El viaje fue muy largo? ¿Cuándo vuelves a tener poderes? ¿En la nave había más extraterrestres hermanos de mi papá?

—Son muchas preguntas al mismo tiempo, Manuela, y estamos de madrugada. Luego te las contesto. Yo tengo solo una, ¿por qué hoy eres Manuela?

—Porque mi mamá me dijo. Mañana me llamo Manuel y voy a otro colegio. 

—¿Y qué haces en cada colegio?

—Lo mismo, tareas y jugar con mis amiguitas —responde con despreocupación—. ¿Ya reconociste toda mi casa?

—Un poco, estaba haciéndolo cuando llegaste. 

—¿Te enseño?

Con delicadeza, toma mi mano y comienza a guiarme despacio por la cocina, el baño, la sala, el comedor, me explica el uso de los cubiertos, la nevera, el horno microondas, los platos. Después, se ubica delante de mí y empieza a subir por las escaleras, halando de mi brazo. En su habitación, enciende una pequeña lámpara de Disney y alcanzo a observar la cama doble con sábanas blancas, afiches de Toy Story, Frozen y de un grupo de K-Pop surcoreano pegados en las paredes. Una ventana pequeña, con una persiana color hueso, se encuentra al lado izquierdo de la cama. 

—La otra habitación es mía también, pero de Manuel. Es casi igual, nada más tiene un clóset más grande. Ahí estoy mañana. En las dos tengo ropa. Al otro lado está la de mis papás, con una cama grande y cortinas vino tinto.

En silencio, sale de su habitación y sigue con el recorrido hasta mostrarme una sala de estar rematada por una ventana de doble altura. En la pared frontal se ve un televisor de 50 pulgadas, un sistema de sonido en las esquinas y sillas de descanso. En ninguna de las paredes reconozco alguno de los cuadros de nuestra niñez. Aunque todo es exuberante, relleno, como de catálogo de exhibición, no logro detectar objetos de mucho valor, pero en la penumbra podría pasar por alto algo verdaderamente importante.

—Aquí me tiro cuando llego del colegio todos los días —me dice al oído. 

—Bueno, Manuela. Llévame al garaje —le digo y repito en mi mente: «es algo temporal».

—¿Dónde te encontré? ¿Por ahí entraste?

—Sí, es algo temporal.

—¿Cómo, Ricardo?

—Es una frase de nosotros los extraterrestres.

—¿De verdad? ¿Yo también la puedo decir?

—Sí, de esa manera te vas transformando.

—¡En serio! —dice con excitación infantil. 

—Claro. El universo es más sencillo de lo que te imaginas, Manuela. Ahora hazme un favor: voy a bajar al garaje. Acuéstate después, mañana no me verás y por eso vas a decirle algo a tu papá cuando se dirijan al colegio, ¿me ayudas?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¿Qué?

—Le dices que un extraterrestre, Ricardo, o sea, yo, recorrió la casa contigo, de la mano, y luego solo, para llevarse algunas cosas a su planeta y aprender de sus objetos y costumbres.

—Está bien. 

—Muchas gracias, Manuela.

—Me repites la frase alienígena.

—Es algo temporal.

—¿Y vas a dejarme algo?

—Otras palabras: cuando te transformes, deja a tus papás, pero mientras los acompañes no les prestes mucha atención. Ellos no reconocen los secretos. Deja de hacerles caso rápidamente.

—Uhmmm, ¿así es en el espacio?

—Claro, por eso viajamos desde tan lejos sin familia.

—Eso tiene sentido. Yo nunca oigo que hablen del papá extraterrestre.

—¿Sabes cómo salir de la casa sin abrir la puerta de la calle?

—Por la cocina, se pasa al jardín y con tus pocos poderes puedes brincar la reja. ¿Cuándo te vuelves a montar en Oumuamua?

—Muy pronto. No me verás más desde mañana. Eso espero. En cambio, yo te veré cuando crezcas y seas Manuel o Manuela. Lo que quieras.

—Me parece bien. «Es algo temporal».

—Excelente, Manuela. Aprendes muy rápido. Esa frase la puedes decir cuando quieras. Incluso, en algunos días se la puedes enseñar a Luis y Lina. Diles que te la dejé. ¿Vale?

—Vale, Ricardo. ¿Y tú qué eras antes de empezar a decir la frase?

—No… no entiendo, Manuela.

—Te explico: si me puedo transformar diciendo…

—Sí…sí…sí, Manuela. Hasta ahora me lo pregunto. Tú me lo preguntas.

—¿Lo olvidaste?

—No, exactamente. Quizás, no era alguien…

—¿Cómo así?

—Creo que era alguien que no quería ser una niña.

—Ser niña es difícil. Te lo aseguro. Pero ¿ahora qué eres? ¿Nada más un extraterrestre?

—Alguien que sabe que no fue un tipo de niña —respondo, golpeado por la pregunta.

—Eso no lo entiendo, pero parece muy bobo. 

—Lo es, chica lista; sin embargo, a veces lo bobo también es importante para completar el universo.

—¿De verdad?

—Quizás, después me enseñarás si estaba equivocado. ¿Vale?

—Vale, Ricardo —dice sonriendo, mientras extiende el pulgar—. Buen viaje. «Es algo temporal».

—«Es algo temporal», Manuela.

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William Tamayo Agudelo (Medellín, Colombia). Psicólogo. Colaborador habitual en revistas literarias.

Estigmas de la promiscuidad, un cuento de Rodolfo Lara Mendoza

Ex-voto | Almond Eye Painter, Wikimedia Commons 

H

ace casi una semana aparecieron los estigmas. Primero fueron dos pequeñas llagas en las manos que me sorprendieron dolorosamente en la mañana al lavarme la cara. Tres días después las marcas de Cristo aparecieron en mis pies. Esa noche había soñado que yo era un santón hindú que intentaba caminar sobre tizones incendiados. Hoy me ha despertado un fuerte dolor en la espalda. El espejo ha revelado siete surcos en la carne.

Hasta entonces no había creído posibles estas cosas. Al menos no para mí que no me aproximo ni remotamente a la santidad aunque haya dedicado gran parte de mi vida al estudio de ella: soy profesor de teología, pero también un mujeriego empedernido, un bebedor sin consuelo y un buscapleitos de primera. A pesar de mi vida disoluta nunca me ha gustado lidiar con lo ajeno, lo cual incluye, por supuesto, a las mujeres de otros hombres. Si en esta ocasión me acosté con la mujer de mi hermano ha sido por mero accidente, y recae más la culpa sobre el parecido que tienen nuestras casas y mi embriaguez de esa noche que sobre mí mismo.

Como hermano menor Ramiro siempre ha querido imitarme. Si es profesor de teología y un apasionado por las antigüedades, es porque antes yo lo he sido; si se metió a vivir con una extranjera alta y de cabellos dorados, fue envidiándome la mía; si tiene una casa con amplios vanos y diseño minimalista justo enfrente de mi casa, ha sido por esa obsesión enfermiza de ser mi reflejo.

Días antes de la aparición de los estigmas llegué borracho a casa. El taxi me dejó justo a la entrada del jardín, pero opté por entrar por la puerta de atrás para no hacerme un lío con las llaves. Mi mujer dormía de lado, plácidamente. La sábana le dejaba al descubierto la dorada cabellera y una pierna hasta el inicio de las nalgas. La visión de su cuerpo desnudo me encendió. La besé desde los pies hasta más allá de donde la sábana tapaba. En esa posición ladeada le hice el amor. Luego me quedé dormido. Me despertaron los puñetazos en la espalda y los gritos de Ramiro. Tardé algo en entender hasta que vi el rostro de su mujer sorprendiéndose a mi lado. Traté de explicarle a mi hermano que había sido una confusión, que seguro el taxista había entrado por el lado opuesto de la calle y por eso me había equivocado de casa. Que todo era consecuencia de su maldita manía de copiarme hasta el cansancio. Cegado por el orgullo y la rabia volvió a golpearme y nos agarramos hasta que los vecinos llamaron a la policía. En la comisaría, a duras penas, conciliamos.

Cuando volví a casa mi mujer se había largado. Hallé el armario vacío y sobre la cama una carta en la que me felicitaba por lo lejos que había llegado con mi promiscuidad. Me enteré de que la mujer de Ramiro también lo había dejado, luego de reprocharle su deseo enfermizo de imitarme. Como buenos hermanos solidarizamos en la desgracia y nos emborrachamos juntos. Después de la segunda borrachera aparecieron en mis manos los primeros estigmas. Ese día y los dos que siguieron me los pasé sin poder agarrar nada. Anteayer volvimos a beber. Cuando le mostré las heridas Ramiro sonrió y me dijo que seguro eran un premio por mi santidad. Creí sentir un dejo de ironía en sus palabras, pero me confortó el hecho de que él mismo, ante la inutilidad de mis manos, me acercara el trago a los labios.

Ayer desperté con la sorpresa de los estigmas en los pies. Como las heridas de las manos aún no habían sanado, tuve que arreglármelas con esa nueva discapacidad. Debido a ello, anoche nos emborrachamos en mi casa, y hoy ‒tras un sueño que en lugar de aclarar las cosas las confunde‒ me he levantado con la espalda cruzada a latigazos. En el sueño Ramiro me reprochaba por el abandono de su mujer. Y aunque es cierto que no soy culpable de ello, tampoco soy inocente. Contrario a lo que pudiera pensarse, un santo puede ser capaz de los mayores males, del mismo modo en que el diablo puede, sin saberlo, llevar una aureola entre sus cuernos.

Simulando inocencia frente a los estigmas, le he mostrado esta noche los azotes. Al igual que él, también he fingido estar preocupado. Con la botella de whisky en las manos me ha dicho que no hay nada que unos buenos tragos no puedan sanar. Me he dado a la tarea de servirlos yo para llevar cuenta clara de lo bebido. Hablamos de todo un poco: del rapto de Santa Teresa de Jesús y su visión del Infierno, de los estigmas de San Francisco de Asís, de la película de Rupert Wainwright, del martirio de San Esteban. Hacia la medianoche he fingido embriaguez. Simulo ahora estar dormido en un sillón. Por la ventana lo he visto cruzar la calle. Lo imagino en este instante buscando entre sus cosas, eligiendo entre sus antigüedades la punta de una lanza, cuidando de que la corona de espinas que me tiene preparada no le chuce los dedos.

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Rodolfo Lara Mendoza (Cartagena de Indias, 1973) 

Es autor de los libros de poesía Esquina de días contados, Y pensar que aún nos falta esperar el invierno, Alguna vez, algún lugar. En 2016 obtuvo el XI Premio Nacional de Libro de Cuentos de la Universidad Industrial de Santander por La gravedad de los amantes.

La casa, un cuento de Lorena Aguilar

Pixabay / graphisstudio

L

a casa tiene olor a humedad. Las paredes aún vibran por los gritos de la Señora, lanzados con la misma fuerza con la que tiró a la calle la maleta gris con la ropa de su marido. La casa está fría por las gotas de agua que se filtran a través del techo como se filtran las ficciones y las voces en su cabeza.

La casa cambia. Un día huele a cera roja, a navidad, al ajiaco preparado para los invitados, a la colonia que su marido usará para la celebración. Otro día, el perfume es el olor a la sangre que asegura haber visto en la camisa de su esposo, quien huía trepando la pared como un insecto.

El lunes la casa reluce, todos pasan a la mesa cuando el Señor llega hambriento. El viernes la casa cae de mugre apilada como trinchera para esconderse del susurro en su cabeza que le asegura que su esposo es un criminal. Se esconde de las cámaras ocultas entre las paredes, visibles solo para ella.

Cuando huele a comida provoca entrar por las puertas pintadas de rojo, como el piso, como la cera, como la sangre en la camisa del Señor. Si las puertas están rojas, es una invitación a seguir. Es la señal de su tranquilidad, no hay susurros ni advertencias en sus oídos. Pueden pasar, ha olvidado los motivos que la obligaban a atrincherarse.

Pero otras veces, las puertas son grises. Advierten que ella no le abrirá a nadie, que le recordaron todo: las cámaras, la camisa manchada, su marido huyendo, el peligro que corre si no se esconde detrás de la mugre. 

Todos huyen de ella, husmean desde las ventanas protegidos por las cortinas, como él, que sólo tiene valentía para abrir la puerta de su cuarto lo suficiente para que salgan un índice y un pulgar obesos apretando un par de billetes. Grita el nombre de su hija, ella rapa los billetes con la valentía que a su padre le falta y a ella por obligación le sobra.

La jovencita camina entre la basura regada por el piso hasta llegar al teléfono, con temor susurra la dirección. La casa sabe el significado de esa llamada. La puerta se hace más pequeña. La joven lo nota y se apresura a convencer a su mamá de que salgan a dar una vuelta por la ciudad, le dice que es Día de Velitas y que sería hermoso ver las luces. La toma de la mano con temor vestido de delicadeza. La lleva hacia la salida con pasos que se hacen lentos al tiempo que el marco de la pequeña puerta se llena de una extraña secreción. Salen atravesando esa viscosidad pegachenta anhelante de mantener dentro de la casa lo que es de la casa. 

El Señor escucha el sonido de un carro poniéndose en marcha. Piensa que es el taxi que se lleva el castigo con que Dios le desposó. Piensa en cuánto va a durar esta hospitalización. Su mente es numérica, suma y resta billetes todo el tiempo. Dos billetes para llevar a su mujer a la clínica de reposo. Diez billetes para la salida de la Señora, para que vuelva a lavar camisas, portones y pisos.

El Señor sale del cuarto. No reconoce lo que ve. Pareciera que cada elemento de su casa flotara. Huele a cobardía, a orines en los pantalones. Siente húmedo su ombligo. Observa su voluminoso estómago. Su camisa está manchada por la sangre que gotea su nariz, como cuando era niño y su mamá lo arrastraba de una mano mientras huía de su esposo que amenazaba, machete en mano, con llenarlos de planazos.

Se quita la camisa y limpia su nariz con ella. Se está asfixiando y necesita salir. No soporta más. Observa las paredes. Se acerca a una de ellas, la detalla, la corteja. Cierra los ojos. La huele mientras la acaricia placenteramente con las yemas de sus dedos. Manos y pies expelen un sudor espeso. 

De repente, como si saliera de un trance, abre los ojos detallando cada milímetro del espacio. Ágilmente sube su mano derecha por la pared, luego su pie derecho, mano izquierda, pie izquierdo. Sigue la ruta dibujada en su pequeña cabeza: pared, techo de la sala, pasillo, techo del patio. Llega hasta el lugar por donde entra el olor al aire citadino y la imagen del cielo pintado con nubes grises que se cuela por una teja rota que intenta arrancar el viento. Él se detiene para sentir con el rocío que empieza a caer, el inicio de su soledad. Sale dejando un rastro pegajoso y maloliente que borra la lluvia filtrada por las paredes de una casa vacía.

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Lorena Aguilar. Bogotá, 1991. Ganadora del concurso de cuento El Túnel 2018 (Cámara de comercio de Montería). Actualmente estudiante de Trabajo Social en la Universidad Nacional de Colombia.