AVANCES, AUTORES, FICCIÓN, NUEVAS VOCES

Sólo para gourmets, un cuento de Fabián Mauricio Martínez

Gargantua, Gustave Doré, Pinterets

Me aficioné a este deporte hace poco. Lo vi por televisión en casa de mis tíos y me enamoré. Estaba con mi primo haciendo zapping y después de varias vueltas, nos quedamos en el canal 754. Transmitían la final del Campeonato Mundial de Alitas de Pollo, y pensé que Bronco Stewart, un enorme gordo de Cincinnati, ganaría sin problemas. Los otros finalistas, de distinto sexo y procedencia, no se veían capaces de superar la gula de aquella bestia humana. En los videos de presentación quedaba claro que Bronco Stewart los dejaría en ridículo. Imposible predecir que Vanesa Jackson, una ex adicta al crack, forrada en los huesos, le ganaría al animal de Cincinnati. Mucho menos que Hau Kiut Siow, un coreano al que los mechones de pelo le ocultaban los ojos, lo derrotaría también.

El coreano impuso la marca mundial engullendo ciento ochenta y cuatro alitas de pollo en doce minutos. Ciento setenta y nueve alitas pasaron por la garganta de la negra Jackson. Y ciento sesenta y ocho las que Bronco Stewart contabilizó para su derrota inesperada. Hau Kiut Siow recibió el cheque de 10.000 dólares entregado por la MLE (Major League Eating), y yo supe esa tarde de domingo, mientras sorbía los hielos de un vaso, que tenía una oportunidad sobre la Tierra.

Seguí las competencias de distintas especialidades: salchichas, hamburguesas, ostras, pizza, albóndigas, hot dogs, tortas de manzana, spaghetti y croquetas. La idea era tragar. Tragar rápido. Tragar sin saborear. Desaparecer la comida tras la garganta como una serpiente pitón. Desde que era niño me gustó comer y siempre me comparé con las garrapatas que son capaces de ingerir cien veces su peso en sangre. Mi abuela solía golpearme porque me colaba en la cocina y desocupaba los tarros de galletas, acababa con los embutidos y no dejaba una gota de leche. Ella achacaba el hecho a que mi padre era un borrachín y nunca tenía plata para alimentarme. Si mi padre nació para beber, yo nací para comer. Y voy a hacer de mi don una profesión que me llevará al estrellato.

Voy todos los domingos a casa de mi primo para ver las competitive eatings, tomar apuntes y entrenar. Mis tíos no se molestan, tienen dinero y siempre la nevera está a pedir de boca. “Siéntete como en tú casa, Danielito”, y eso es lo que hago: sentarme frente al televisor, poner el canal 754 e hincharme como un sapo de Discovery Channel. Croac. Croac. Luego de ver la ronda eliminatoria para la final del World Hamburger Eating Championship, mi primo me propuso asar dos paquetes de hamburguesas y contabilizar –cronómetro en mano- el tiempo que me tomaba comerlas. Ni siquiera pude terminarlas: las vomité. Mi primo me pasó una toalla de papel y dijo con un tono de sabio prematuro: “primo, si quiere ser alguien hay que entrenar”.

Me mudé a la casa de mis tíos y a partir de la primera mañana salí a trotar. Mi primo me acompañaba en su carro y me daba ánimos desde la ventana. Volvíamos a casa y practicábamos con tomates y manzanas. Una semana después pasé a las alitas de pollo, luego a los huevos duros y finalmente a los filetes. En una entrevista publicada en Major league Eating News, Hau Kiut Siow dijo que era aconsejable comer hojas de lechuga todos los días, pues éstas aumentan tu capacidad estomacal y además ayudan a absorber mejor las grasas. Dijo también que beber cuatro litros de agua en treinta segundos expande tu estómago, y que, al momento de la competencia es recomendable lubricar la comida con agua, despedazarla con las manos y una vez en la boca, apretarla contra el paladar.

Mi primo es el encargado de promocionarme por Internet. Tengo una página web y aunque tengo pocas visitas, he recibido buenos comentarios. En el video donde devoro un balde repleto con ostras, una tal Alexandra85 escribió: “Lo haces muy bien, qué manera de chupar. Escríbeme un correíto. Besos”. Creo que la tal Alexandra se equivoca, soy un deportista y no tengo tiempo para chats privados, ni encuentros virtuales; mucho menos desde que la MLE llegó a la ciudad y, como parte de una agresiva campaña de posicionamiento, está organizando concursos en distintos lugares. De este domingo en ocho hará uno de mediana importancia en la Cancha del barrio Olaya. Es una eliminatoria interregional a la que mi primo, por supuesto, me inscribió. Se tomó la tarea de anunciar todo el asunto en mi página web, de moverlo por redes sociales, de conseguir, incluso, un par de entrevistas con la radio local.

Cada quien tiene sus capacidades y poco importa si éstas parecen extravagantes. Mi amigo Eliseo se tatuó todo el cuerpo con manchas de leopardo. Además de ser aficionado al Atlético Bucaramanga –los leopardos de la liga colombiana de fútbol- Eliseo ahora se hace llamar el Hombre tigrillo, y anda con el cuento de que quiere trabajar en el Circo de la Carpa Negra. Yo respeto eso. El mundo está lleno de dóciles y no pienso convertirme en uno. Por eso el campeonato del próximo domingo es fundamental y aunque se trate de algo local, hay que empezar por conquistar la ciudad. Poco a poco, el mundo caerá como una hermosa sucesión de fichas de dominó. Hay que hacerse un nombre para sacar la visa y participar en competitive eatings de gran nivel y recompensa.

No he vuelto a casa y mi papá tiene que venir para saber cómo estoy. “Yo muy bien, gracias, dándole duro al deporte”, le digo con la boca llena de huevos cocidos. Mi papá me aconseja buscar trabajo. “Tranquilo padre, ya encontré mi vocación”, y continúo atiborrándome el hocico con huevos duros. Bebo un vaso de agua y le pregunto a mi primo “qué tal”, él mira el cronómetro y con una sonrisa me responde: “Mejoró cinco segundos, champion”.

La cosa va así: es el Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno. Vienen participantes de Barbosa, Mesitas del Colegio, San Gil, Ubaté, El Valle de San José, Zipaquirá y Bogotá. Los premios consisten en 500.000 pesos para el primero, 300.000 para el segundo, 100.000 para el tercero y un pollo gordo para el cuarto. El ganador concursará en Boyacá, en el Primer Concurso Nacional de Papa y Longaniza, donde estará el Cóndor, un campesino de Sutamarchán, capaz de engullir una oveja, según dicen, de un solo bocado. El único de los participantes que me preocupa es el Flaco Melgarejo, un pelado del Valle de San José que viene entrenando a punta de chorizos cocinados en guarapo. Tiene la marca de haber comido ochenta y nueve de esos choricitos en diez minutos, y cualquiera que conozca los chorizos del Valle de San José, sabrá que son un manjar de esos que caen pesado al estómago, y el hecho de que un flaco sin gracia los trague como si nada, le da a uno qué pensar. Pero bueno, si voy a ser el campeón del Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno, no habrá chorizo que valga.

Poco a poco voy superando mis records personales, y cada día me siento más motivado, porque el objetivo es llegar a lo más alto. Me fascinaría competir en Estados Unidos con Joey Chestnut, Hau Kiut Siow y demás luminarias de este deporte. Para ello tengo que ganar el domingo a como dé lugar. Por eso mi primo ha traído veinte pescuezos de pollo. Hay que entrenar con el elemento, convertirme en un arma de digestión masiva. En dos sesiones, una por la mañana, otra por la tarde, los he devorado con prisa. Bebo agua y como lechuga a lo loco. Faltan pocos días y no hay tiempo que perder.

Me fastidia que hayan empezado las manifestaciones en contra de la competencia. Hoy en el noticiero pasaron que cientos de desplazados se agolparon en las puertas de la nueva sede de la MLE en el occidente de Bogotá. Las personas exigían que les regalaran la comida de los concursos. Lo peor fue cuando llegó un camión de la MLE y la gente se abalanzó contra el vehículo. Los guardias de seguridad abrieron fuego, y aunque la sangre y los muertos se evidenciaron en la pantalla, las personas no renunciaron al ataque y se produjo, según la presentadora del noticiero, “una masacre de grandes proporciones”. Qué lástima que no se apoye el deporte en esta ciudad, qué fastidio que no se valoren a los nuevos talentos locales.

Por otro lado, están los que luchan contra las competitive eatings desde sus blogs y redes sociales. Se han divulgado videos de los certámenes en USA, y la gente está aterrada con la cantidad de comida que se desperdicia. Hay una gran masa de personas que se opone a que esto ocurra en nuestro país. Por eso me quiero ir, porque no dejan que los deportistas nos desarrollemos con libertad. La gente debería sacudirse y hacer algo por sí misma y no fastidiar a aquellos que intentamos salir adelante; además, yo no me voy a olvidar de dónde salí y cuando me corone campeón mundial en Houston o en San Francisco, voy a donar un billete largo para que construyan comedores y alimenten a todos esos muertos de hambre.

Hace muy buen clima. 18 grados centígrados anuncian en los parlantes. Un domingo soleado para ganar mi primera competencia. Buen augurio. Han dispuesto una carpa larga en la mitad de la cancha de fútbol, con una mesa de madera que alberga siete bandejas con pescuezos de pollo. Bajo la carpa sólo podemos ubicarnos competidores y jueces. Siete plazas ubicadas de izquierda a derecha de la siguiente manera: José, el pescaíto Durán de Mesitas del Colegio; Uriel, el carnicero Romero de Zipaquirá; Chucho, el Sopitas Flórez de Ubaté; Magaly, la reina del barrio de Barbosa; Carlos, el Flaco Melgarejo del Valle de San José; Daniel, la Garrapata Garrido de Bogotá (o sea yo); y John Freddy, la Cachaza Galindo de San Gil.

Los jueces se ubican en los dos extremos de la mesa. Con cronómetro en mano se disponen a registrar el primer record de la MLE, en la modalidad pescuezo de pollo relleno, en nuestro país. Alrededor de la carpa, una multitud de curiosos se agolpa, quienes son custodiados por un cordón de seguridad de hombres armados de la MLE. Los Mágicos del Vallenato tocan en la tarima principal, suenan a todo dar y el aguardiente, la cerveza y el guarapo corren como ríos desbordados entre las personas. Los manifestantes, desplazados y estudiantes de la universidad pública llegan con pancartas y altavoces, pero la rechifla de los enfiestados, comandada por el vocalista vallenato, es más fuerte y los que se quejan quedan relegados a la bullaranga de la muchedumbre.

Una mujer en vestido de baño rojo sube a la tarima y baila una puya intensa, el guacharaquero ataca su instrumento y el de la caja saca la lengua como el lobo de las caricaturas. La música se detiene por unos momentos. La mujer, que ostenta la banda de MISS MLE, avanza hasta el micrófono, y el público la recibe con toda clase de piropos sucios: “Primero que todo, gracias a los directivos de la MLE por traer sus magníficos eventos a nuestra ciudad (la mujer ríe y lanza un beso a la mesa directiva del evento). Estamos reunidos para celebrar el Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno. Queremos darles las gracias a los participantes, a Los Mágicos del Vallenato por sus estupendas melodías, y a todos ustedes, querido público, porque sin ustedes nada de esto sería posible (la mujer saca un rollo de papel de su escote y lee). La competencia de hoy consta de un procedimiento sencillo, el ganador será el que se coma todos los pescuezos de pollo en el menor tiempo posible. Cada uno de los participantes tiene al frente una bandeja con diez pescuezos de pollo rellenos de arroz y salchichón, con un peso de 350gr cada uno. Junto a la bandeja, hay un balde con agua donde le es permitido a cada concursante sumergir los alimentos, y si es el caso devolver los mismos. Junto a los deportistas, se ubicará un miembro de la MLE para inspeccionar y aprobar la efectiva ingesta de la totalidad de los pescuezos. Los jueces pararán sus cronómetros al terminar el primer, el segundo y el tercer lugar, que serán premiados con...”

“¡Tenemos hambre! ¡HIJUEPUTAS, HIJUEPUTAS, HIJUEPUTAS!”, y los manifestantes intentan traspasar el cordón de seguridad, pero son neutralizados con bolillos y culatazos de los guardias y miembros de la policía, quienes acaban de llegar enviados por la alcaldesa (reciente socia de la MLE), para brindar mayor seguridad al evento. Los Mágicos del Vallenato salvan el incidente, tocando una canción que vuelve locos a los que no protestan, y en menos de un minuto, tienen a más de un centenar de personas brincando en un sólo pie. Detrás de la tarima está aparcado el camión de bomberos. Una de las mangueras es desenrollada sobre el escenario y la mujer de vestido de baño rojo juega con ella. Dos bomberos sonrientes accionan la manguera y el chorro a presión se desparrama por el cielo. Cerveza. Lluvia de cerveza. Cerveza donada por la alcaldía que empapa a las cabezas enloquecidas. Son las 4:20 de la tarde y la mujer del vestido de baño anuncia: “ahora sí, tragones; ahora sí, comelones... en sus marcas... listos... YA”.

Yo no me fijé en nada. Yo solo abrí la boca y devoré los pescuezos, uno tras otro. Concentrado. Recogía con la mano los pedazos de arroz y salchichón y los metía entre mis cachetes. Me eché agua por la cara y como pude mojé la comida en mi boca, la cual empezó a bajar por el esófago como Dios manda. Me volví imparable y al llevarme la última cabeza de pollo a la garganta, miré a mis adversarios y noté que les llevaba ventaja. Feliz, enseñé la boca vacía y uno de los jueces gritó tiempo. Levanté los brazos y supe lo que sienten los boxeadores cuando ganan su primera pelea. Busqué a mi primo para celebrar y vi que la gente estaba alborotada. Eran un mar agitado de cabezas, brazos y piernas. Un océano sangriento en medio de una batalla de buques armados. Vi el cuerpo de Miss MLE, caído en la tarima, con el pelo pegoteado de sangre, y al cantante del grupo vallenato derrumbándose fuera del escenario. Los manifestantes habían logrado quitarles las armas a los policías y las disparaban en todas las direcciones. Se habían metido dentro de la carpa y un grupo de ellos mordía los cachetes del Carnicero de Zipaquirá, mientras una mujer le despedazaba una de las manos a mordiscos. Otro grupo de personas, agachadas, hurgaba a manos llenas en el ombligo del Sopitas de Ubaté, repartiéndose la longaniza fresca del pobre hombre.

Yo corrí como alma que lleva el diablo. Corrí sobre los cuerpos diseminados. Pisé cabezas, aplasté pies, trituré orejas. Los gritos se oían por todas partes. Un hombre flaco se me vino encima con la boca abierta. Yo enterré mi puño en su boca hasta asfixiarlo. Me lo quité de encima y corrí más rápido. Olía a pólvora. Olía a sangre. Trepé en el primer árbol que encontré escondiéndome en la rama más alta. Observé a la gente desmembrándose, devorándose, vomitándose. Vi los dientes y las uñas empapadas en sangre y fluidos corporales. Me quedé muy quieto. Inmóvil. Llegó la noche y con ella, uno a uno, los comensales se fueron alejando de la cancha, dando tumbos y eructando con orgullo. Solo cuando el último de ellos se retiró, bajé del árbol. Busqué entre las ropas desgarradas a mis tíos y mi primo, esculqué en sus bolsillos sanguinolentos y tomando las llaves de la casa me fui para allá.

Fue una larga caminata en la que solo podía pensar en una cosa: yo había ganado el Primer Concurso Interregional Pescuezo de Pollo Relleno. Yo era el ganador, yo era el campeón, así que debía visitar la sede de la MLE y exigir mi certificado. Llegué a casa de mis tíos, tomé una ducha caliente, me metí en la cama y puse el reloj despertador a las 6:00 de la mañana, como lo hacíamos con mi primo para entrenar. Debo seguir, honrar su memoria; retroceder nunca, rendirse jamás, como él mismo decía. 

Antes de dormirme, sentí un poco de pesar por él y por mis tíos, luego recapitulé los momentos de mi victoria: la manera cómo vencí a mis contrincantes, la forma en que el uso de la técnica y el entrenamiento había dado buen resultado, el cómo yo era ahora el Campeón Interregional de Pescuezo de Pollo. Sonreí y me di vuelta abrazando a la almohada. Imaginé mi coronación inevitable en Las Vegas, Houston o San Francisco. Y así, con el sabor de la victoria en la boca me quedé dormido.

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Fabián Mauricio Martínez G

Escritor y periodista colombiano. Ha publicado Una Ciudad llamada Bucaranada y Cuervos en la Ventana, Editorial UIS; El sexo de las salamandras, Ambidiestro, Taller Editorial; y una biografía juvenil, Me llamo José Antonio Galán, Editorial Norma.


Una caja y cuatro velas, un cuento de Antonio Asunción Pacheco



Una tolvanera envolvió por sorpresa al anciano. Trastabilló hasta detenerse de golpe flaqueando una pierna. Dibujó un gesto de dolor. Torció el pie sobre la goma del calzado y miró. Le escurría un hilillo de sangre.
Atravesó el patio, apurado y renqueando. Tuvo que aventar a manotazos el alborozo del perro para conseguir abrir la desvencijada portezuela de la cocina, separada del dormitorio por una tela amarrada con cintas. Ambos espacios eran pequeños, de tablas deterioradas por el tiempo, piso de tierra, grandes rendijas por las que escapaba el humo o se colaba el viento. Todas las casas alrededor mostraban las mismas condiciones sobre un paisaje esculpido por las sequías.
Su mujer quitó una tortilla de maíz del comal y lo miró con fastidio.
—Cierra esa puerta, caramba, que ya conoces al mañoso de tu perro —dijo. Él obedeció—. Acuérdate de lo que nos hizo con la bolsa de galletas que me regaló nuestra ahijada. ¡En nuestras narices se dio mejor cena que nosotros!
El anciano se sentó y se quitó una sandalia. La levantó pasando suavemente la mano por ambos lados.
—¿Qué haces? ¡Te he hablado mil veces de la diferencia entre pobreza y suciedad! —dijo la mujer mientras apagaba el fuego del comal. Luego destapó una olla de barro, de donde se elevó un vapor denso, y agregó—: ve a lavarte las manos, que ya vamos a comer.
Dejó caer la sandalia y apretó el talón contra la pata de la mesa. Ella retomó el asunto del perro.
—Desde hace tiempo debimos quemarle el hocico para quitarle lo cusco. Si nos descuidamos, cualquier día de estos nos deja sin comer.
—Me da lástima. Lo que se les quema es la campanilla, no el hocico. El dolor ha de tardar varios días.
—Pero él no tiene lástima de nosotros. —Le puso enfrente un caldo en el que flotaban algunos frijoles.
—A este paso —dijo mirando el plato—, en lugar de entrar, el perro va a querer salir corriendo. —Un gesto de dolor interrumpió el intento de una sonrisa.
—A este paso nos lo vamos a comer a él después de vender la gallina que nos queda —alegó ella sentándose a la mesa.
—No debiste vender ninguna. Ese dinero se nos fue como el agua.
—Había que pagar las deudas —le gritó mientras iba camino al lavadero en el patio. Miró otra vez la puerta abierta y fue hacia allá—. La que nos quedamos es ponedora, no tarda en estar culeca. Primero Dios este año sí llueva y tengamos chepiles. Y con un poco de suerte, hasta chicatanas.
El anciano flexionó la pierna para lavarse el pie a jicarazos; ya no sangraba.
—¿Qué te pasó?
—Nada, mujer, nada.
—¿Cómo nada? ¡Déjame ver!
—Seguro fue una espina.
—¿Y si fue un clavo? —Insistió en mirar—. Tú no tienes la vacuna del tétanos. Deberíamos ir al doctor.
El perro se acercó a ellos. La mujer le lanzó una advertencia. El animal, con la cola entre las patas, corrió a echarse por el brocal del pozo.
—Decía nuestra hija que no sólo en los metales está el tétanos. ¿Y qué doctor me querrá atender gratis? El centro de salud hace meses que lo quitaron.
—Vendemos la gallina.
—No, mujer, no. Al rato busco allá enfrente. —Señaló el lugar sin mirar—. Si encuentro el clavo, lo pones a hervir y me tomo la infusión y ya. De algo me tengo que morir de todos modos.
La conversación continuó en la mesa.
—Cuando ese día llegue, compra la caja más barata y cuatro velas. El dinero que traiga la gente, guárdalo, no lo uses en esa tontería del novenario de rezos y el cabo de año. Yo me encargo de hacerles saber allá arriba que me tengo bien ganada la gloria, después de tantos años de malvivir esperando a que se acordaran de nosotros.
—¡No reniegues! Y menos en la mesa, que aunque tortilla con sal y agua, Dios no nos abandona.
—Hace rato que para seguir, a mí ya no me alcanza ni la fe, mujer.
Ella no le rebatió.
—Después del entierro, vende este terreno y vete a casa de alguna de tus hermanas. A ella entrégale las tres cuartas partes del producto de la venta…
—¡Las tres cuartas partes!
—Sí, que sepan que después de eso te quedas con apenas nada para cualquier necesidad. Así no te tomarán por una arrimada. Y procura que mucha gente se entere del trato. Pregúntale a la hermana que tenga a bien recibirte si puedes llevar contigo al perro. Así no tendrías que abandonarlo a su suerte.
—Ese animal dañino. ¿Quién me aceptaría con él? Y de hacerlo nos corren el mismo día. Ahora que, pensándolo bien, con el genio que me cargo es más probable que decidan quedarse al perro y me corran a mí —dijo, echándose a reír de forma tan contagiosa que rieron por un buen rato los dos—. ¿Por qué me dices estas cosas? —preguntó ya recuperada.
—Estamos viejos. Tenemos que pensar con la cabeza fría. No tardo en morirme o, peor aún, en ser una carga. Creímos que nuestra hija cuidaría de nosotros y mira: allá arriba, donde todavía confías que nos procuran, decidieron llevársela antes.
—Él sabe por qué hace las cosas y cuándo. No me gusta escucharte hablar como si desearas morir.
—En mi situación, el deseo y el presentimiento son la misma cosa. Lo que más me preocupa ahora es que tú te vayas a enfermar de algo grave y no sepamos ni qué hacer, y desde este lugar resultará más difícil todavía si te quedas sola. Por eso quiero que te vayas al pueblo con alguna de tus hermanas.
—Tú lo que andas buscando es deshacerte de mí de una vez para buscarte otra.
—Una que no se queje de mi perro —completó con seriedad, el índice levantado, Después, apartó el plato y se incorporó.
—¿A dónde vas?
—A frotarme un poco de alcohol en los pies y recostarme un rato.

Sentado en el borde de la cama, el anciano entrecerró los ojos y examinó otra vez el calzado. Con la sandalia en la mano, el pie descalzo en puntillas, fue a levantar la tela que cubría la ventana. En la calle, su mujer buscaba afanosa en el suelo, cerca de donde recibiera el pinchazo. Ella se enderezó mirando hacia arriba. Las primeras gotas de lluvia rebotaron en el tejado.

Antonio Asunción Pacheco 

Nació en Santa Catarina Juquila, Oaxaca, México. 
Twitter: @antonio_zaratte
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Imagen: Graciela Itúrbide, los gallos de Juchitán, Pinterets


Sombra, un cuento de Mar Melendez

Fotografía Rafael Bossio @kabezarodante

Esa mañana la sentí un poco rara, incluso cabizbaja mientras que yo tenía la frente en alto. Entré a la cocina buscando algo para comer, nada me apetecía. Mi sombra estaba un poco más gruesa, me pareció algo sospechoso, pero cuando caminé hasta el baño y ella decidió no seguirme, la sospecha se hizo latente. De manera que ella respondía sola por sus movimientos, y yo que pensaba que eran pura imitación de los míos.

Quise llamarte y contarte, pero al principio tu no contestabas el teléfono, luego cuando dijiste aló, mi sombra ya estaba a mi lado y no pude más que preguntarte cómo habías amanecido, tu respondiste: no sé, creo que ha sido una mañana un poco extraña. Yo respondí: totalmente de acuerdo, te llamo luego para saber cómo sigue esta extraña mañana y colgamos.

Mi sombra me miró, no tiene ojos, pero ese día sentí que me atravesaba con la mirada, y me dejó la sensación de que podría también atravesarme el pensamiento. Algo estaba pasando y decidí averiguarlo. Fingí dormir, quizás así se trasladaría a algún lugar y podría seguirla. Pero no funcionó porque el cansancio me jugó una mala pasada y quedé profundamente dormido.

Para cuando desperté habían pasado cinco horas y me sentía muy cansado y sin hambre, sin embargo me acerqué al refrigerador e intenté comer algo. Fue en vano, al mínimo contacto vomité lo que había ingerido.

Mi sombra crecía, ya me sobrepasaba casi diez centímetros. Caminé al baño, había poca luz y no sé por qué, creí que no me seguiría hasta allí, me equivoqué. Intenté llamarte, pero tu teléfono parecía mal colgado. ¿A quién más acudía? Sabía que no era el cansancio el que me estaba haciendo creer cosas que no eran. ¿Pero quién creería la historia de que mi sombra estaba tramando algo contra mí? Era absurdo. El cansancio me venció nuevamente y caí rendido, desperté a la mañana siguiente, aún más débil y casi sin color. Mi sombra por el contrario se veía fuerte. Como pude, cogí el teléfono para llamarte, sentí tu voz débil, y dijiste que te sentías extraña. Extraña parece ser la palabra para ese día. Yo tampoco podía hablar muy bien, te dije que de inmediato saldría hacia tu casa, y al colgar lo intenté, te juro que lo intenté, pero no pude, caí al piso cansado, débil, deshidratado. Estuve a punto de dormirme, pero hice un acopio de fuerza y solo lo fingí: necesitaba saber qué estaba pasando.

No sé con certeza cuantos minutos habían pasado desde que empecé a fingir que dormía, pero de repente vi como mi sombra acercaba lo que creo era su boca a mi muñeca derecha y empezaba a succionar lo que parecía mi esencia. No puedo explicar cómo ni qué era lo que la componía, porque cuando quise reaccionar, era demasiado tarde. Ella empezó a reír a través de mí, y miraba mis brazos. Se levantaba del piso con mis piernas y vocalizaba a través de mi boca, y yo seguía e imitaba involuntariamente sus movimientos. La sensación de levedad y pérdida me acompañaban, y me vi totalmente negro y unido a aquel cuerpo que anteriormente era mío.


Marleys Meléndez Moré
Profesional en lingüística y literatura de la Universidad de Cartagena, especialista en Promoción a la lectura de la Universidad Veracruzana y actualmente cursa la Maestría en Estudios de la Cultura y la Comunicación en la Universidad Veracruzana en México. 
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[Texto completo Del Libro La sustancia oculta en mi cuerpo y otros relatos.]

En la pista de baile, un cuento de Ollin García Pliego

Ollin García Pliego. Estudiante de doctorado en Letras Hispánicas en la Universidad de Indiana-Bloomington. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Lawrence (2015), y una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Iowa (2018).

El joven se da cuenta de que ha transcurrido mucho tiempo, pero no sabe cuánto. Sigue acostado y algo adormilado por los efectos de los analgésicos: posiblemente algo de propofol, tramadol, fentanil, ketorolaco o morfina. Le escurren lágrimas involuntarias por las mejillas y es consciente del sabor agridulce en su paladar. El joven tiene la boca seca y los labios levemente humectados, producto del sudor, el suero, las lágrimas y la mugre. Los músculos de su espalda tienen múltiples contracturas y su movilidad es limitada. El joven tiene el ojo derecho considerablemente abultado y siente un dolor punzante en la parte superior derecha de la cabeza: la placa de metal incrustada en el tejido óseo, resultado de una operación de seis horas, hasta el momento, exitosa. El joven, con un considerable derrame en el ojo derecho, percibe el ferroso olor a sangre que despiden las vendas y su herida.

Lo último que recuerda Tonatiuh es estar en el piso cuarenta y seis, en el antro, en el Sky Bar del World Trade Center de la Ciudad de México, bailando con Charlotte, su novia estadounidense una noche de julio de 2012. Tonatiuh, delgado, va de pantalón de mezclilla y camisa rosa de manga larga, y Charlotte, un poco más bajita que él, y con las mejillas sonrojadas por el baile, lleva puesto un vestido negro ajustado que le llega hasta las rodillas. Ambos bailan risueños “La Tortura”, de Shakira con Alejandro Sanz, mientras beben de sus vasos con hielos, tequila adulterado y Coca Cola. El Sky Bar forma parte de la torre giratoria del World Trade Center, que da una vuelta de trescientos sesenta grados cada hora. Tonatiuh y Charlotte pueden ver los cuatro puntos cardinales de la ciudad varias veces a lo largo de su velada. A decir verdad, al asomarse por las ventanas del antro solo ven puntitos de luz diminutos que terminan en las faldas de los cerros, avenidas sin fin, focos rojos de automóviles y más edificios a lo lejos. El chipi chipi que sacude ligeramente la ciudad torna borrosas las imágenes a través del cristal. 

El Sky Bar es el antro preferido de Tonatiuh por las luces de neón que se encienden después de la media noche y por la pantalla gigante que pone el video musical de la canción en turno. El Sky Bar es el antro preferido de Tonatiuh porque disfruta de noches enteras con alcohol ilimitado y dosis generosas de cocaína y éxtasis que le compra discretamente a uno de los bármanes. Charlotte sabe que Tonatiuh bebe y fuma, pero no tiene ni idea de sus otros gustos.

Con un poco más de esfuerzos, Tonatiuh, recostado sobre la moderna cama del Hospital Ángeles, en el sur de la ciudad, logra recordar que se besa con Charlotte en la pista de baile, y que después voltea a ver su reloj Casio y son las dos treinta de la mañana. Le vienen a la cabeza más imágenes borrosas. Después de unos minutos de estar mirando el techo de la habitación, Tonatiuh inspecciona a su alrededor para ver si encuentra señales de que Charlotte o sus padres lo hayan visitado en el cuarto: una bolsa, una cartera, una chamarra, algo. No halla nada. Voltea a ver a la ventana, pero las persianas están cerradas. El collarín le impide terminar de inspeccionar la habitación. Le truena el cuello, posiblemente una vértebra, y siente un hormigueo en toda la columna vertebral. Posiblemente no grita del dolor por tantas sustancias en su sistema sanguíneo. Escucha voces, de gente conversando, pero no puede entender qué dicen ni adivinar quiénes son. 

Entonces, Tonatiuh recuerda que se topa con un conocido suyo de la preparatoria en el baño mientras le compra una cajetilla de Marlboro rojo al intendente de limpieza que vende, entre otras cosas, dulces, cigarros y condones. Tonatiuh lleva varios minutos bajo el efecto de la cocaína y, con un trago de tequila y Coca Cola, se pasa la pastilla de éxtasis enfrente del espejo del lavabo.
Tonatiuh y su conocido no se llevan bien, pero tampoco se dicen enemigos. 

 ̶ Tonaquín, qué pasó, mi rey. Te escondes. ¿Esa gringa es tu novia? ¿La trajiste de tu universidad?
 ̶ Te vale madres.
 ̶ Uy, qué agresivo. ¿También te pone el cuerno?
 ̶ Cállate, cabrón, respétala.
 ̶ No mames, Tonaquiu, aún nos acordamos de cómo se corrió el rumor de que tenías gonorrea. No le gustabas a ninguna niña. 
 ̶ Eres un pendejo. 
 ̶ Tona el infectado, Tona el impotente, decían. 
 ̶ Eran una bola de hienas fresas petulantes.
 ̶ Eres un fosforito y un naco, que tiene un gusto de lo peor.
 ̶ Me lo tomo de quien viene.
 ̶ Además de naco, morocho y medio indito.
 ̶ Me das pena, atorado aquí, con tu círculo de pedantería neocolonial.
 ̶ Tona, recuerdo cómo te madreábamos, eras el hazmerreír y no tenías amigos.

Tonatiuh le pega un puñetazo en la nariz y lo avienta contra los mingitorios. Su conocido cae de espaldas y se pega en la cabeza con uno de los urinarios. Se abre una herida en el cuero cabelludo y comienza a sangrar. Su conocido se intenta levantar, pero antes de que pueda hacerlo,
Tonatiuh le asesta una patada karateka en la cara y le fractura la nariz. A pesar de los esfuerzos, Tonatiuh, recostado en su cama, con las lágrimas involuntarias escurriéndole del ojo derecho, no se acuerda de nada más. Llega la enfermera.

Por más esfuerzos que hace, Tonatiuh no puede hilvanar más detalles. La enfermera le dice que su familia ha bajado a la cafetería y que no tardan en volver. Mientras tanto, la enfermera camina hacia la ventana y abre las persianas. Afuera de la habitación, sentado, se encuentra un agente del ministerio público, y a su lado, están dos elementos de la policía de la ciudad. La enfermera le dice a Tonatiuh que el agente está esperando órdenes del neurocirujano para poder tomarle la declaración.

 ̶ Señorita, ¿cómo llegué aquí? ¿Qué tengo? ¿Qué me hicieron?
 ̶ Ahorita que regrese su familia puede hablar con ellos. Le puedo decir que su abogado ya vino y está con sus padres.

Tonatiuh se le queda viendo a la enfermera unos instantes. Lo tranquiliza momentáneamente su perfume corporal, un olor a bosque de coníferas. Unos momentos después, Tonatiuh se les queda viendo fijamente al agente del ministerio público y a los dos policías. Ellos, a su vez, lo voltean a mirar a través de la ventana del cuarto, serios y continúan con su plática. Tonatiuh, preso de un ataque de nervios, comienza a sentir un hormigueo en la cabeza, cada vez más agudo, al punto de que cree que puede perder de nuevo el conocimiento. Le escurren gotas de sudor por la frente. Su cuerpo continúa transpirando las medicinas. Tonatiuh no sabe cuánto tiempo lleva internado, pero sí se da cuenta de que despide un olor rancio, una combinación de sudor, medicinas y residuos de desechos corporales. Tonatiuh respira su propio hedor e intenta no volver el estómago. También advierte que lleva puestos unos calcetines azules, con fondo pachoncito y una bata blanca. Tonatiuh siente molestias en el pecho y le arde la piel, producto de los electrodos que tiene adheridos en esa parte del cuerpo. El cardiofrecuencímetro suena rítmicamente, arrullándolo: bip, bip, bip. El traumatismo craneoencefálico, la fractura de cráneo, la operación y el hematoma cerebral de poco más de un milímetro de diámetro lo deben mantener internado por lo menos un par de semanas más, si nada se complica. Entonces le vienen más imágenes de la pelea. 

Su conocido se levanta, tapándose la herida en la parte trasera de la cabeza con ambas manos, asustado, insultándolo, y Tonatiuh lo manda de regreso contra los mingitorios, amenazándolo con buscarlo en la universidad o en su casa de Polanco con una pistola calibre .45 que, según él, tiene guardada en su casa, hecho que es más una amenaza que una realidad. Tonatiuh solamente sabe karate-do y corre con un poco de suerte de recordar las lecciones de su pubertad. El señor encargado del puesto en el baño intenta separarlos sin éxito y sale corriendo a reportar el incidente con los guardias de seguridad. El conocido de Tonatiuh no se levanta. Queda tirado en el suelo, noqueado. El guardaespaldas de su conocido está en la barra pidiendo bebidas.

Entonces Tonatiuh, recostado en su cama con tecnología de punta, siente el peso de diez cuerpos humanos en el pecho y se pone morado ante la falta de aire. Recupera el aliento y comienza a gritar, a insultar, a azotar las manos contra sus muslos. Intenta levantarse, pero advierte que tiene la mano derecha esposada a la cama y se le zafa el catéter del brazo. Comienza a sangrarle la vena. Llegan corriendo otras dos enfermeras e irrumpen en el cuarto los dos policías para ver qué sucede. Tonatiuh no puede incorporarse, correr y escapar de la habitación. Siente que la cabeza le estalla, y entre todos, le dicen de cosas. Tonatiuh se siente a punto del colapso. Permanece rendido, en la cama, bocarriba, a punto de desmayarse. Las enfermeras le inyectan una dosis generosa de midazolam.

En los segundos previos a quedarse profundamente sedado, Tonatiuh recuerda que al salir del baño y al dirigirse hacia la pista de baile, suena la canción de “Payaso de Rodeo”, de Caballo Dorado, y ve que Charlotte corre hacia él con la intención de abrazarlo, sonriente. Justo en el momento antes de encontrarse con ella, siente cómo le estrellan una botella de Grey Goose en la cabeza. 
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Imagen: Vista aérea alcaldía Benito Juarez, CDMX, google imágenes

10-02, un cuento de Juandiego Serrano Durán


1


TRAS GIMOTEAR POR ASOCIAL, bajé lentamente los dieciséis escalones del segundo piso de la torre y me dirigí al parqueadero contiguo al edificio, desde donde era amplificada la música enternecedora que se entrometía con las notas profundas que intentaba disfrutar en mi sala de estar. Ofendí mis deseos de soledad musical, y bajé a encontrarme con la felicidad inmediata, con música popular proveniente de la costa, que siempre suena después de la música enternecedora.
Bajé cada peldaño con paciencia, cuestionando en todo momento mis despóticas maneras de estar solo. Bajé cada peldaño con cinismo, a por la alegoría subjetiva de un encuentro con la municipalidad de los otros.
Si existe un pequeño e insignificante espacio en el tiempo para el decadente espíritu comunal, ese espacio se da en diciembre. En la Navidad, no sé si transitados por la angustia o discutidos por el interés, los vecinos de un espacio comunal nos reunimos para sonreír, o para intentar hacerlo al danzón de los dulces villancicos. Ponemos a leer a los niños, les damos panderetas a los viejos, repartimos equitativamente los gastos logísticos de cada uno de los días de la novena y nos ponemos a corear, con una extraña sonrisa, el ven, ven, ven del Niño Jesús.
Rezamos como rezaban nuestros antepasados católicos: rezamos con abnegación, y con ganas de cenar. Nueve días rezanderos a cualquier nivel espiritual, en especial, un tiempo de cenas gratuitas y a la mano, de congelamientos mutuos del hambre.


2


Esa noche correspondía al tercer día de la novena en el edificio. No había asistido las dos noches previas. Bajé en el momento en que bajan los maldadosos, que es cuando suena la música popular. Bajé como bajan los maldadosos, con una sorna curiosa, a fin de aprovechar las festividades, y las plantas de audio prendidas, para algo más que un rezo. Fui atendido como se atiende a los maldadosos, con una empanada y un vaso con gaseosa colorada puestos en mis manos, y con un abrazo adjunto, discurrido en las siguientes palabras: “¡Qué milagro verlo, carambas!”.
Un buen conocedor de las costumbres decembrinas de herencia española sabe identificar con inconfundible claridad la descomposición de esa oración. El “milagro” es la indirecta del vecino decente, otorgado con hipocresía coqueta hacia el vecino pusilánime, para que éste convierta el milagro en una acción comunal venidera. El “carambas” es el perdón con que el vecino decente acepta la indecencia del otro vecino, y la hipotética de sí mismo en el entorno.
“¡Qué milagro verlo, carambas!”, me fueron diciendo hasta que, en un santiamén, me vi rodeado por los únicos individuos que prescinden de tal saludo, los maldadosos del edificio, quienes vinieron a darme quejas de lo único que critica un maldadoso en las novenas comunales: la empanada.
—¡Qué empanada más vieja y garruda! —dijo Judancio Álvarez, el vecino del 8-03.
Regordete y desgalichado, a este viejo le podían ofrecer una empanada recién hecha y cocinada con esmero, y para él seguiría siendo una empanada vieja y garruda, porque sencillamente no lo dejaron repetir. Si la bandeja de empanadas pasaba una segunda vez ante sus ojos, él no dudaba en decir: “¿Puedo? Es que me quedó el buen sabor en la boca…”.
—¡Imagínense! ¿Servir una empanada sin ají? No lo puedo creer. Parecemos de vecindario pobre —replicó don Jaime Luis Gutiérrez, el único vecino del edificio con doctorado, viviente del 5-01.
—Sin ají… ¡y fría! ¡Horrible! La mía estaba como para dársela a comer a los perros —respondió Juan Manuel, vecino del 7-01, un padre separado y, por ende, el alcohólico de la torre, motete por el que media vecindad lo llama ‘Juanma’, por desprecio, y la otra mitad, por camaradería.
Al oír los graznidos de entuerto, el señor Moisés Franco, presidente de la junta comunal, llegó para hablarnos en secreto.
—Es que no hay nada como los buñuelos de anoche, definitivamente. ¡Si los hubieran probado! —nos dijo anunciando la cena del día anterior, que él mismo había brindado, pero que ninguno de los maldadosos habíamos probado.
—¡De seguro! —le dije—. No hay nada como los buñuelos de anoche. Que yo sepa, sé que no hay nada, ni un gramito, ¡nada!, de los buñuelos de anoche.
—Ojo que mañana le toca a usted… —me contestó el señor Franco.
—Lo sé. Yo mañana les voy a dar vino a todos, así que coman hartos buñuelos, porque, si no, se emborrachan muy rápido —insistí.
Moisés se fue cacheteado, y, de paso, pronuncié las palabras mágicas que, en silencio, todos y cada uno de los maldadosos estaban esperando.
—Bueno, ¿y qué traguito nos vamos a tomar hoy? —dijo Juanma.
—A mí no me miren… —dijo don Jaime Luis, de quien se sabe que guarda cinco botellas de sello azul en su licorera.
—Eso es mejor que hagamos la vaca. ¡Yo quiero ron! —insistió Juanma.
—Yo quiero vino —agregué.
—Yo quiero cerveza —dijo Judancio.
Ante la indecisión, don Jaime Luis se paró de su asiento y, antes de entrar al edificio, dijo:
—Ahí está, señores: yo pongo dos de whisky, ya que nadie quiere tomar whisky…
Todos sabíamos lo que sus palabras significaban.


3


Una pista accidental de baile. Libertad en botella. Vecinos.
La noche parecía tenerlo todo, pero esa noche era una noche especial.
Esa noche la saludé por primera vez, habiéndola visto toda una vida. Vino hacia mí con irruptora presencia, y me saludó. Era como si ella nunca hubiese existido en mi vida, pero con su saludo pudiera afirmar que la conocía de toda una vida. O, todavía mejor, que ella me conocía de toda la vida.
La observé con placidez, mientras me dejaba llevar por su recóndita y bella combinación de lentes con ojos. De piel blanca y tersa, vistiendo un conjunto afrancesado de falda larga y blusa ligera, dibujaba la imagen de una mujer tan sencilla como insípida.
Parecía estar tan contenta como yo, pero lo estaba por razones distintas de las mías.
Ella es una de esas personas que hace de las novenas un lugar en el que nadie puede sentirse incómodo, incluso para quienes consideran, como lo hago yo, que asistir a una novena no es para nada cómodo. Ella es quien saluda a todos los presentes, quien ubica a los llegados en su lugar, quien supervisa la llegada de las empanadas, quien deja en la mesa el novenario, quien coordina con los celadores el llamado a los vecinos. Ella es quien saluda a todos y los observa con un candor extremo.
Es de una belleza de instante, en un instante de pocos segundos.
Su belleza se esconde. Hay algo raro en su belleza. Enemiga de la brillantez, su belleza emerge de actos sutiles. A pesar de estar en todos lados, en ninguno es protagonista.
Es de ojos pequeños, de cachetes generosos. Su cuerpo de cuarentona sin entrenamiento, su gentileza sin reservas. Oculta… ella es de una belleza oculta, como si sus gestos de generosidad fuesen absolutamente controlados por su moral, como si la sensualidad de su exportación cayera en el descontrol de un panorama accidentado. Intangible belleza que calmó tácitamente mis devaneos al saludarme, y decirme:
—¡Qué milagro verte, carambas!
Su vestido común y corriente, sus gafas comunes y corrientes, sus aretes comunes y corrientes, sus sandalias comunes y corrientes. Ante lo suyo, tan común y tan corriente, abrí los ojos al arte.
Sin decirme mucho más que eso, me abrí a su calidez lejos de las flamas con que otros de mis vecinos me dijeron las mismas palabras. Con su inocencia, que no me sería entregada a terso anhelo por cuenta de uno de mis caprichos, me encontré encorvado en una audaz visión, mientras masticaba la empanada de carne.
Una empanada deliciosa, sabrosa, del mordisco al paladar y de la boca a la sustancia. Una empanada fría, sin ají, pero servida por ella.
Frondosa aparición secundaria en una farsa que me tuvo por su cazatalentos.


4


—¿Quieren que les pague otra horita de música? —dijo la señora Teresa de Jesús, la vecina del 1-01.
—¡Hurra para doña Jesusa! —asentimos todos, aplaudiendo.
Por una extraña razón, doña Jesusa hace veinte años está por cumplir cien años, y ni los cumple ni fallece. A todos nos regaló un abrazo, y se fue a dormir.
Abrazar es algo que nace, pues por más hipócrita que pueda parecer un abrazo decembrino, es el dejar de abrazar lo que es realmente contradictorio. Los abrazos decembrinos son abrazos horneados, porque combaten al frío de todo un año.
Con la música en el ambiente, llegaron los pegados. A punta de abrazos, saludaron a los maldadosos y fueron tomando su puesto en el círculo espontáneo.
Llegaron Andresito, Luis Miguel, Dalton, Laurita y Daniela, que vienen a ser el combo de chicos que ya cumplieron la edad suficiente como para dejar de ser lanzados al micrófono en las novenas y tener el permiso para quedarse en la juerga posempanada. Llegaron como llegan los chicos grandes, con sed alcohólica y ganas de oír chistes, y con ningún problema ante la posibilidad de tener que llevar a algún borracho hasta su puerta.
Llegaron también doña Vilma y don Cristóbal, los esposos del 6-03, junto con don Alfonso y doña María Helena, los del 3-03. Detrás de ellos, doña Rosita, la animosa vecina del 2-01. Ellos colmaron la cuota de ajenos en juerga, personas que no toman trago, y que no tomarán trago durante toda la noche, pero decidieron que esa noche se acostarían un poco más tarde que el resto de sus noches. Doña Vilma trajo un pito de celador de cicla; don Alfonso, una caja de discos de vallenato antiguo, y doña Rosita, una bandeja de postre de limón.
—No le digan a nadie que yo estoy acá, señores —dijo don Jorge Jiménez, que llegó para agarrarnos los hombros de repente, por la espalda—. Pongo las botellas de lo que quieran y pago otra hora de música, pero no le digan a nadie que ya llegué.
Tarde, y un poco borracho, llegó ‘Jota-Jota’, como se le conoce a don Jorge Jiménez. Es el mejor peor esposo del edificio, y vive en el 5-01, con su señora, que lo adora con el corazón y asimismo se la pasa regañándolo porque siempre que llega borracho no hace caso.
Y, venida de lo lejos, llegó mi contemporánea, Jada Schenker, la vecina del 10-02. Llegó con cara de ponqué, tras hablar con su padre, un viejo comerciante alemán que abandonó a su familia original y se estableció en el edificio con la señora Ariza, a quien desposó y con quien ha vivido aquí desde que se construyó la edificación. Pasados sus cuarenta, Jadita ostenta el título de solterona sin prospecto del edificio.
Cerca de las cuatro de la madrugada dejó de sonar la música, y se silenciaron las carcajadas y los chistes y los gritos de algarabía.
Las botellas de don Jaime Luis fueron abiertas. Las horas de música de doña Jesusa y de don Jorge fueron pagas. Los discos de don Alfonso fueron puestos en la cajuela del carro de Juanma. Doña Rosita bailó con todos los presentes sin parar. Jota-Jota se quedó dormido dentro del carro de Juanma. Dalton y Laurita se fueron a besar a la vuelta del edificio. Don Jaime Luis no contó un chiste, pero no paró de sonreír. Judancio se comió media bandeja del postre de limón y se perdió media hora, para ir a tragar hamburguesa, como suele hacerlo, solo y sin testigos. Moisés corrió las cortinas para mirar hacia el parqueadero durante toda la noche, cada veinte minutos. Doña Jesusa durmió como si la música y la alharaca fuesen un silencio veredal. Doña Vilma y don Cristóbal llegaron abrazados y se fueron entre abrazos, después de dar una quincena de abrazos entre nosotros. A Juanma se le trabó la lengua, porque se puso a comer un hongo que había encontrado en el jardín, con leche condensada. A Andresito y a Luis Miguel les pareció increíble que Juanma y yo compráramos un pan del largo de un antebrazo y una gaseosa litro con lo que ahora alcanza para media menta, cuando tuvimos más o menos su edad. A nosotros nos parecieron admirables sus esófagos juveniles, capaces de engañar brutalmente a la borrachera. Jadita no habló mucho, pero sirvió los tragos y bailó seis canciones conmigo, contándome su vida. Yo hablé hasta por los codos, y bajé tres de las diez botellas de vino que tenía preparadas para la novena del cuarto día.
Se dio por terminada la novena del tercer día.


5


2 p. m. Llamada entrante.
—¿Sí, buenas?
—¿Aló, hermano?
—¿Juan Manuel?
—Sí. ¿Cómo amaneció?
—Todavía no amanezco. Me acabo de despertar. Qué dolor de cabeza tan…
—Sí, hermano. ¿Le bajo un antioxidante y hablamos un rato? Yo ya me he tomado tres y no me pasa la seca.
—Bueno.
—Ya bajo. Prefiero hablar en persona.
Cuando abrí la puerta del 2-03, Juanma entró mordiéndose las uñas de la mano derecha, con los ojos en la nuca y ensimismado. Se sentó en la sala, me pidió un vaso de la limonada que estaba sirviendo y dejó tres pastas de antioxidantes en la mesa. Comenzó a hablar mientras yo dejaba preparando una jarra de café.
Lo que me contó resultaba inverosímil.
Mencionó que perdió la conciencia cuando destapamos los vinos que bajé, tras las botellas de whisky de don Jaime Luis y las tres botellas de ron que mandó a pedir don Jorge. Se acordaba intermitentemente de unas pocas imágenes desde el momento en que puso a sonar sus elepés ripiados de los Be Bops y Los Pekenikes en el carro, con los que se sentó a ambientar la ingesta del hongo con leche condensada.
—¿Es cierto, hermano? ¿Comí hongo otra vez? ¿Es verdad?
—Sí —le respondí, con una risa contenida por el dolor de cabeza.
—No lo puedo creer. Todo parece indicar que mi exesposa tiene la razón: yo no maduro.
Prosiguió diciéndome que había estado orinando a la vuelta del edificio, y que había visto a Laurita realizando labores más propias de una experta equilibrista que de una jovencita de quince años.
—Es correcto —le dije—. Laurita y Dalton se fueron a quererse a la vuelta del edificio, pero no sabía qué cosas hicieron para quererse.
Continuó diciendo que Dalton fue a hablar con él para que no le contara a nadie lo que había visto. En retribución, él le pidió el favor de que parqueara el carro y lo acompañara al apartamento, pues no se podía ni sostener.
En frente de mí, se quitó el suéter que traía puesto y se remangó los pantalones, y me mostró el par de codos y las rodillas hechas añicos. Se descubrió la espalda baja, en donde reposaba un amplio moretón. Sus labios parecían mordidos.
—¿Qué me pasó, hermano? ¿¡Qué hice!?
Asombrado, vine a responderle:
—Dalton, no contento con recibir las honras de Laurita, fue y se lo echó a usted. Me acuerdo muy bien. No se avergüence: uno tarde o temprano termina teniendo un evento gay.
—¿En serio, hermano? ¿¡En serio!?
Cuando yo comenzaba a carcajear, él se acurrucó sobre sus rodillas y se puso a llorar. Conmovido por tan vergonzante escena, le dije:
—Tranquilo, Juanma: tranquilo. Es una broma. ¿Qué voy a saber yo, si ni siquiera me acuerdo de a qué horas nos entramos?
—¡No bromee con esas cosas, hermano! ¡No sea imprudente!
—Quédese tranquilo. La verdad, no tengo la más remota idea de qué carajos pudo haberle pasado para que tenga las rodillas como un nazareno. Estamos en época, ¿no? Haga de cuenta que llegó al apartamento en la peor de las peas, que se cargó una cruz al hombro y se puso a subir y bajar las escaleras con la cruz encima. Punto. Confundió el nacimiento de Jesús con la muerte, y se adelantó a Semana Santa. Misterio resuelto.
—¿Será?
—Nosotros ya no estamos para sufrir de vergüenza, sino para hacernos responsables de hacernos los locos.
—Va a tocar, hermano. Gracias. Voy a considerar lo sucedido como una genuina mentira.
—Vaya descanse.
Respiró con aparente calma, se tapó los flagelos, y volvió a decir:
—¿Usted va a bajar a la novena de hoy? Yo pienso que no iré.
—Me toca. Hoy la organizamos el primero y el segundo piso.
—Guárdeme empanada.
—Hecho.
Acongojado, pero resuelto, Juanma salió del apartamento.
Cuando estuvo preparado el café, me senté en la ventana a fumar un cigarrillo y me tomé el segundo antioxidante.
La esposa de don Jorge salió despavorida de la entrada del edificio, pidiéndole al celador que llamara a la Policía. En su concepto, don Jorge nunca había desaparecido un día entero sin avisar en dónde se encontraba. Jota-Jota no había llegado a casa.
Fui a donde Juanma y le pedí las llaves del carro. Abrí las puertas, y don Jorge no se encontraba durmiendo allí, según lo previsto. Fui carro por carro, buscando a Jota-Jota, sin poder hallarlo.
Cuando me redirigía al apartamento de Juanma, y la Policía llegaba al edificio, se me ocurrió bajar de nuevo y abrir la cajuela del carro.
—¡Don Jorge! —le grité con asombro.
Él, que parecía haber perecido por haberse tragado su propio bigote, despertó con un acceso de tos, y abrió los ojos para decirme:
—¿Qué horas son, mi chino?
—Las dos y media de la tarde, don Jorge.
—¡Carajo! ¡Mi esposa me va a matar!
—Don Jorge: le recomiendo salir con cautela. Su esposa está en la entrada del edificio con la Policía, buscándolo.
—¿En serio, mi chino? Válgame dios; ¿a qué horas se me ocurrió meterme en el baúl para dormir mejor? Dios mío. Abráceme, chino, que hoy puede ser la última vez que nos abracemos. De hoy no salgo vivo.
Cuando Jota-Jota caminaba directo al encuentro con la muerte de su libertad, doña Clemencia, su esposa, explotó en llanto y, abarcando lo insospechado, lo agarró a picos y caricias, repasando el completo de su rostro y tocando todo su cuerpo como queriendo realizar el acto de tener a su esposo vivo y vigoroso, apenas con un poco de guayabo.
La Policía se fue, no sin antes hacer derroche de unas bien exhaladas carcajadas ante lo cándido que este día les había entregado en el ejercicio de su profesión.
Dejé las llaves del carro de Juanma en su buzón, y me dispuse a darme un baño.
Bañándome, me acordé de las caras que me había puesto el celador cuando bajé a auxiliar los destinos de don Jorge. Ignacio, con sus manos de gorila, abría su inmensa palma, cerraba tres de sus dedos y me hacía señales de que me había visto, tocándose sus ojeras con los dos restantes. Cerraba otro dedo más, y me señalaba con picardía, como queriendo decir que algo me traía entre manos de la noche anterior.
Invadido por una pesadilla emergente, salí de la ducha y llamé a don Jaime Luis.
—¿Don Jaime?
—¡Hola querido! ¿Cómo amaneciste?
—Muy bien, don Jaime. ¿Y usted?
—¡De maravilla! Son ustedes el mejor elenco de comedia que he podido ver en mi vida. Y no es una afirmación menor, mira que yo viví cinco años en Broadway.
—Gracias, don Jaime. Eso es un halago. ¿Qué disparates hicimos, don Jaime?
Don Jaime Luis me contó que nos pusimos a bailar twist como locos, y que, en esas, rompimos la farola delantera izquierda del carro de don Alfonso, que no tuvo reparo en malhumorarse. Me contó que hicimos un concurso de carreras cuyo ganador era quien recorriera el edificio de arriba abajo en el menor tiempo posible. El premio era un lote de billetes que reposaba desordenado en el capó del carro de don Alfonso. El perdedor de cada ronda debía tomarse un vaso entero de trago, a fondo blanco. Juanma perdió todas las justas.
Continuó diciendo que, en medio de la borrachera, nos confabulamos para burlarnos de él, o de su doctorado en ciencias místicas. Que nos referimos despectivamente al título que había obtenido en los Estados Unidos, y que, sin tener un título digno de doctor, todos en la ciudad cometían un exabrupto al llamarlo como tal.
—La mejor de las patrañas te la inventaste tú, mi amigo —me comentó—. Dijiste que yo era doctor porque, sin ser médico, curaba el alma de los vagos condenados a la perdición, recomponiendo sus tripas con finas botellas de sello azul.
Al finalizar, me comentó que todos se habían ido disgregando con el pasar de las horas, comenzando por Judancio, que no regresó a la fiesta tras avisar que iba para el baño. Uno a uno se fueron yendo, hasta cuando quedaron él y don Alfonso. Solos, tras atesorar los fulgores del amanecer, fueron los últimos en irse a dormir.
—Tú te nos perdiste a las cuatro de la madrugada. Es posible que seas un nuevo rico, mi amigo. Uno muy rico, pero con un suegro mandón. Tengo que decírtelo: felicidades… y mis condolencias —fue lo último que me dijo.


6


Son las siete de la noche.
Aguardo con una visible vergüenza en la mesa principal de la novena comunal. Doña Rosita ha traído empanadas de cascarita de la mejor calidad para la cena. Doña Jesusa mandó con su criada las bebidas gaseosas. Yo, que he tenido que salir en carrera a comprar cinco botellas de vino, he cumplido con traer las diez que prometí. Todo indica que la novena del cuarto día será realizable.
Los vecinos han bajado de a poco. Algunos me miran entre las cejas; otros me saludan a carcajadas. Ninguno me dice: “¡Qué milagro verlo, carambas!”.
Jadita ha estado hablando con los celadores, cuadrando las mesas, poniendo las sillas y organizando a los vecinos que llegan. Se ha cerciorado de que el sonido esté listo, y habla por teléfono con los músicos, que llegarán quince minutos tarde. En todo, apenas me ha dirigido la mirada.
Don Jaime Luis ha llegado temprano, y se ha sentado en primera fila. Don Jorge lo ha seguido, y de la mano de su esposa y de su nieta, se ha sentado en segunda fila, señalándome a la niña, para que lea algunos versículos del día. Juanma ha bajado enchaquetado y ha corrido con la suerte de que hace frío, para sentarse en tercera fila sin descubrir sus raspones. Judancio no aparece.
Ni bien continúa la saga del natalicio del Niño Jesús, abriéndose la noche, Jadita me deja el novenario en la mesa y me pregunta por la espalda:
—¿Cómo amaneciste?
—Entre las nubes —le respondo.
Ella sonríe, me recorre levemente el cuello y me deja un coqueteo con un par de ojos memoriosos. Sale de mi lado; me da la espalda.
Los chicos recitan; los viejos ondean las panderetas; los jóvenes se agarran los mentones del aburrimiento, y yo comienzo a servir el vino. Cantamos “Tutaina”, y cerramos la noche.
La salsa, el mambo y el merengue hacen su aparición en las manos de los músicos, y, apenas han comenzado, Moisés Franco ha bajado de su casa, se ha sentado al final de las hileras de sillas, y le han ido secundando uno, dos y hasta cuatro maleantes, con cara de hambre.
Doña Rosita les reparte las empanadas, antes de llegar hasta donde me encuentro. El quinteto de maleantes ha comenzado a hablar mal de las empanadas.
Judancio baja y ruega por dos empanadas, que doña Rosita le brinda con generosidad, ya que ha comprado las suficientes para repetir. Judancio toma tres, y retorna rápidamente a su hogar.
Me acerco a don Jaime Luis, a Juanma y a Jota-Jota, y les digo:
—De aquí no vuelvo a tomar hasta que el crío nazca. ¿Me oyeron?
—¿Cuál crío? —me pregunta don Jaime Luis.
—El Niño Jesús —le respondo.
—¡Ah, ya! Habla claro, amigo. Pensaba que hablabas de uno que no nacerá después de nueve días, sino que esperará los nueve meses para nacer.
Los tres echaron a reír.
Juanma se voltea, y me dice:
—Quédese tranquilo, hermano. He hablado con Dieter Schenker durante la novena. Él mismo me lo dijo: “No me importa que mi hija menor siga siendo la burla del vecindario por solterona. Me importa un bledo. En lo que a mí respecta, ¡no tendré un nieto que sea el hijo de un desgraciado escritor! ¡Scham!”. Así que relájese.
Los tres aguardan por mis palabras, sin encontrar decidirse entre explotar de risa o respetar mi rostro de preocupación.
—Señores: ¿pueden ustedes creer que no me acuerdo de nada? —les susurro.
Jota-Jota se ajusta el cinturón, y complementa:
—Quédate tranquilo, mi chino. No eres el único que no sabe qué fue lo que le ocurrió anoche. Estamos en novena, y en novena, como puedes ver, nos turnamos para vivir cosas que después de nueve días convendremos en olvidar del todo. Somos lo que llaman un vecindario de toda la vida.
Tras hacer la limpieza y recoger los desechos, me entraré a descansar. Junto con ellos, ayer fuimos los maldadosos, y hoy estuvimos entre los anfitriones y los juiciosos.
Allá atrás hay un quinteto de maleantes, al que se le han pegado unas diez personas, incluidos los chicos grandes. Una viejita que vive en el 4-04 ha pagado una hora más de música, y Jadita se ha quedado hablando con su padre.
Él la regaña, y ella tiene el semblante de no llevarle la contraria. Cuando termina, pasa por enfrente de mí con cordialidad, con esa cordialidad que tengo por una mujer que me conoció del todo durante una noche, pero a la que conozco menos de lo que puedo conocer a mi vecina del 10-02.
—Mañana compremos pólvora. ¿Les parece? —propone Juanma.
—Mañana no vengo a la novena —respondo yo.
—Tranquilos, señores. Yo organizaré el día nueve. ¿Les suena? —propone Jota-Jota.
—Me suena. Tengo tres botellas de sello azul en la casa, listas para curar enfermos de vagancia. Por algo me llaman doctor —cierra don Jaime Luis.
Don Jorge tiene la palabra.
Espero que a doña Jesusa no le haya pasado nada. Hoy no bajó a la novena. De seguro la necesitaremos el día nueve.

(((-_-)))

EN EL REPRODUCTOR:


Está bien:
Mis otros yo con una mujer prehistórica,
y Jack el Destripador dijo:
“¿Qué?”

ROB ZOMBIE (Haverhill, Massachusetts, E.U.A.), “What?”
Letra: Robert Bartleh Cummings (Rob Zombie)
(Álbum: Hellbilly Deluxe 2, 2010)


Juandiego Serrano Durán 

(Bucaramanga, Colombia, 19 de agosto de 1984). Este texto pertenece a su libro de cuentos Toda esa suciedad (ganador de la 1.a Convocatoria Primer Libro de Creación Literaria UIS, colección Emergentes), editado y lanzado por Ediciones UIS en 2019. Ilustraciones de Carlos Jácome Lobo.